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CIEN AÑOS DE SOLEDAD

Por Marco Antonio Campos



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Tal vez otras novelas me dejaron de primera lectura un mayor desgarramiento en el alma, como El idiota o Los hermanos Karamazov, o una mayor perplejidad intelectual, como La caída, o un estado extremo de desamparo y tristeza, como Historia de mi vida de Chejov, o un horror metafísico difícil de convertir en palabras, como Pedro Páramo; ninguna me causó un estupor y un deslumbramiento inicial como Cien años de soledad.

Al promediar 1968 la leí por primera vez. Por semanas y meses volví con avidez a páginas y capítulos, de manera que personajes, hechos, escenas e imágenes se volvieron parte de mi rutina y mis sueños escondidos. En aquel entonces García Márquez en prosa y Pablo Neruda en poesía eran mis iconos dorados. Si sólo los dos hubieran escrito en nuestro subcontinente, me digo ya con gran distancia, quedaría de la narrativa y la poesía latinoamericanas del siglo XX lo esencial de su aliento genésico y de su poder terrestre. Podríamos con los sentidos recobrar sustancias, raíces, materias, frutos, vegetaciones. En especial la obra de Neruda, en su vocación whitmaniana, es una muestra irrepetible de una tentativa de telúrica absoluta. No pude cometer un deicidio con ambos. Al releerlos me avasallaban siempre sus mundos tumultuosos que se creaban, crecían, se destruían, se regeneraban. Como con Borges, Vallejo, Paz o Rulfo, no se sabe cuán profundamente ha quedado su obra en nosotros y cuando hablan por nosotros.

Cien años de soledad es un libro que fascinó lo mismo a Jorge Luis Borges que a Graham Greene, a Natalia Ginzburg y a Christoph Ransmayr, a Carlos Fuentes y a Mario Luzi, a Milan Kundera y Sergio Ramírez. Lo mismo a críticos como Ángel Rama, Edouard Hodousek, Jacques Gilard, Tzvetan Todorov, Roberto Paoli y Emmanuel Carballo, que a las amas de casa, las empleadas de trasnacionales y los conductores de ómnibus. Es un libro para que cada quien descubra la ciudad de encantamientos que anhele. Ninguna novela latinoamericana ha tenido tal éxito de venta, tal racha de traducciones, tal aplauso mundial.

En sus maravillosas memorias Neruda calificó a Cien años de soledad de maravillosa. García Márquez parece un duende que de la nada hacía surgir historias, historietas, episodios, anécdotas e imágenes, que en algo recuerdan el tejido de las pequeñas narraciones innumerables de Las mil y una noches. Contadas y vueltas a contar no pierden su eficacia de asombro y su vuelo arrebatado. ¿Cuántos deleites, alegrías, ternuras o emociones no le debemos a esta novela?

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Como es usual, cuando se publica un libro así, surge y se desata la maledicencia privada y pública. Decía Wilde que el público “perdona todo, menos el talento”. Al levantar una piedra (como dice José Emilio Pacheco en un desdeñoso epigrama) encuentras a los envidiosos “ahítos de humedad, pululando”. Y desde muy temprano empezaron a hurgarse en el libro, con la consabida mala fe, defectos o errores o copias supuestos. El caso más triste fue el de Miguel Ángel Asturias al decir que el colombiano plagió A la búsqueda de lo absoluto de Honoré de Balzac.

Desde luego el personaje real, que respondió al nombre de Gabriel García Márquez, no me simpatizó mucho. Es difícil conciliar al millonario con el hombre que simpatizó con el socialismo burocrático. No dejan asimismo de resultarnos chocantes sus rabietas y berrinches, con quienes no concordaban con lo que él quería pensar de sus libros, o quienes no tenían sus gustos artísticos, caribeños o no, o su visión de la realidad, como puede entresacarse de los artículos que publicó por años en la revista mexicana Proceso. Alguna vez, en una entrevista televisiva con Jacobo Zabludovski, insultó a los críticos calificándolos de “burros” y afirmó que no los leía. En una reseña que escribí a propósito del libro de entrevistas que le hizo Publio Apuleyo Mendoza (El olor de la guayaba) destaqué algunas de sus incongruencias y contradicciones. Por ejemplo, traté de mostrar que sí leía sus críticos (al menos a algunos), y la fama que tanto, según él, lo molestaba o perturbaba, era el primero en estimularla por diversas vías, entre ellas, calculados tirajes de cientos de miles de ejemplares. Vaya cambio. Se volvió muy otro de quien el crítico argentino Luis Harss (Los nuestros, 1966), un año antes de la celebridad de oro, decía que para García Márquez había sido “una virtud” ganarse “la amistad y el respeto de los que conocen su obra”. ¿Quién creería hoy que declaró esto alguna vez?

Más allá de esto, su obra es uno de los relámpagos más bellos e intensos de la historia literaria. Ha revelado el mundo con ojos nuevos y en su mundo circulan numerosas historias con aspectos insólitos o mágicos. Y Cien años de soledad sería tal vez uno de los diez libros que uno se llevaría a la isla (ésa, que todo lector ha soñado para sí como lugar extremo de meditación y solaz solitarios, pero que nadie, hasta donde sé, ha llegado a ella con todo y los diez libros elegidos).

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Cien años de soledad se escribió en años cuando ya García Márquez residía en México. Él ha declarado muchas ocasiones que la escribió en 18 meses, aunque, como ha observado el crítico italiano Roberto Paoli, fueron “cerca de diecisiete-dieciocho años de incubación” (Invito alla lettura di García Márquez). 

Se ha hablado en ocasiones de nexos entre Pedro Páramo y Cien años de soledad. En ambos hay una magia y una poesía que son fondo y luz. O de otra manera: hay una visión poética del mundo y de las cosas. Pero no son pocas las diferencias o los contrastes. En la novela de Rulfo  la gran sombra del cacique cubre las páginas como un cielo sombrío una ciudad; en la de García Márquez, pese a que algunos personajes queden más vivamente grabados, prevalece la historia de una familia de asombro. Tras la aparente estructura caótica de Pedro Páramo existe, como probó el paraguayo Hugo Rodríguez Alcalá, “una rígida lógica interna”; en Cien años de soledad domina “el doble rostro lineal y circular del tiempo” (Roberto Paoli). En Pedro Páramo existen dos tiempos: el tiempo histórico y el tiempo sin edad de los muertos; en la novela del colombiano es un tiempo de soledad, que emblemática o efectivamente, supone en cronología los cien años exactos (aun si se sabe que existe asimismo un tiempo de los muertos por los regresos del país de la niebla de Prudencio Aguilar y del gitano Melquíades). Pedro Páramo está narrado en diálogo y desde el  punto de vista de la tercera persona, es decir, el lenguaje poético y las voces diarias son las piedras de fundamento en el estilo rulfiano; en Cien años de soledad es casi siempre la tercera persona y diálogos y voces suelen ser brevísimos y casi siempre en función de la ironía o como corte efectista de un pasaje. Se entiende o sobreentiende en Pedro Páramo que habitantes del pueblo hilvanan el tejido de las historias; en Cien años de soledad sabemos en las últimas páginas que quien relata todo es el gitano Melquíades en unos manuscritos que descifra el último de los Buendía, lo cual da un final insólito y vuelve a la novela circular. En Rulfo señorean paisajes grises y neblinosos; la novela del aracataqueño, conviviendo Macondo con la selva y viviendo bajo un calor bochornoso, sobran para la memoria visual el amarillo pálido y el verde húmedo oscuro.

Llama la atención en ambas novelas lo musicalmente preciso de los nombres propios. Sólo podían estar allí. Más tenues en Rulfo, más sonoros en García Márquez. Oigámoslos de nuevo: Pedro Páramo, Juan Preciado, Susana Juan, Eduviges Dyada, en el primero; José Arcadio Buendía, Úrsula Iguarán, Rebeca Montiel, Gerineldo Márquez, Fernanda del Carpio...

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Tal vez dos personajes sobresalgan en la novela: Úrsula Iguarán y el coronel Aureliano Buendía. Ernesto Volkening ha hecho notar que en las novelas de García Márquez las mujeres ponen de nuevo orden donde el hombre dejó sembrado el caos. García Márquez lo ha reconocido y a Plinio Apuleyo Mendoza le respondió (El olor de la guayaba) que hasta Cien años de soledad “ese reparto de destinos entre el hombre y la mujer fue espontáneo e inconsciente”, pero que al caer en la cuenta de eso por observaciones de los críticos, no le gustó nada porque a partir de entonces ya no pudo construir los personajes “con la misma inocencia que antes”. Ningún personaje femenino representa o resume mejor estas palabras que Úrsula Iguarán, quizá el más querible de la novela. Hasta cuando empieza a perder la vista y los recuerdos comienzan a dislocársele, se percibe que si el orden existió en la casa de los Buendía se debió en su fundamento a ella. No sólo en la casa: en Macondo y representativamente en el mundo entero. Mientras los hombres salen al mundo creyendo que van a gobernarlo o a conquistarlo, mientras se han deshecho a través de milenios en guerras sin fin, mientras corren a la aventura esperando una y mil cosas (la mayoría inútiles), la mujer se ha resignado a quedarse en casa para salvar en su base hogar y familia. Honrada, severa, pragmática, laboriosa, Úrsula es la única que en ocasiones, en un pueblo avasallado por el puño masculino, trata de corregir o rectificar mínimamente excesos y desmanes cometidos por los varones de la familia. Hasta casi los cien años conservó “el dinamismo físico, la integridad de carácter y el equilibrio mental”. Como ella, por distintas vías, sostienen y conservan las casas de la familia, Fernanda del Carpio, Santa Sofía de la Piedad y Amaranta Úrsula.

Por su lado, la figura del coronel Aureliano Buendía se nos queda fija en su atractiva aridez, en su dureza sin amor, en su hermetismo desdeñoso. Tal vez en nadie siente el lector tanto como en él el seco sabor de la soledad. El coronel pasa (escribe Paoli) “de la soledad al heroísmo, de allí a la crueldad despótica, luego a la náusea de la guerra, para volver a entrar al fin en el círculo de la propia soledad, que será sacudida, sin embargo, por un sobresalto de antigua rebeldía”. De la familia, sólo Úrsula se da cuenta al final de sus días de que su hijo “no le había perdido el cariño a la familia a causa del endurecimiento de la guerra como ella creía entonces, sino que nunca había querido a nadie”, ni a su esposa, ni a las mujeres e hijos que tuvo. “Vislumbró que no había hecho tantas cosas por idealismo, como el mundo creía, ni había renunciado por cansancio a la victoria inminente, como todo el mundo creía, sino que había ganado y perdido por el mismo motivo, por pura y pecaminosa soberbia”.

Pero algo de cada personaje ahonda en nosotros como sedientas raíces: los proyectos fantasiosos o fantásticos del patriarca José Arcadio, la inusitada potencia sexual del primogénito José Arcadio, el encierro absoluto y el sacrificio desdeñoso de Rebeca Montiel, el vuelo y el revuelo infantiles de Remedios Moscote, la renuncia oscura y caritativa de Santa Sofía de la Piedad, la belleza homicida de Remedios la Bella, la gula pantagruélica de Aureliano Segundo, la extraña y a veces apagada presencia de José Arcadio Segundo, la tiesura y las exigencias sombrías de Fernanda del Carpio... Pero todos, absolutamente todos, unidos por una fatalidad que los acaba marcando tarde o temprano: “el aire solitario de la familia”. Un aire sin luz que terminará cuando el último Aureliano, al cumplirse los cien años, descifre los manuscritos y lea, no sin asombro y terror, la historia completa de la familia, incluida la de él mismo, y comprenda que las estirpes condenadas a cien años de soledad “no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra”.

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Todo parece salir en el libro de abajo de la tierra en una vegetación lujuriosa. De lo más cotidiano y simple surgen bellezas inesperadas. La vida se les impone a los personajes, los agarra, los arrastra, los hace polvo o arcilla. Viven como en los orígenes buscando los alimentos terrestres y descubriendo las cosas del mundo, aprendiendo a nombrarlas, arrastrados por la quemadura del deseo que para apagarla puede llevarlos al matrimonio o al burdel, al incesto o a la muerte.

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“Nuestro tiempo ha sido de furia y sangre”, escribió Salvatore Quasimodo en un verso que resumía la experiencia terrible de la segunda gran guerra. Esa furia y sangre ha sido una experiencia cotidiana en la historia atroz del subcontinente latinoamericano. Si uno lee Cien años de soledad hallará una serie de hechos que son divisa o insignia del desdichado hado nuestro. Joaquín Marco señalaba, quizá pensando como español, que Macondo “no equivale a Hispanoamérica”. Macondo no, pero sí el país que lo rodea con los hechos que se disponen u ocurren. ¿Cuál país nuestro no ha conocido lo que allí se cuenta se cuenta hasta la desventura? Manipulación de urnas electorales, terroristas sanguinarios, soldados que en vez de proteger asuelan la población, innumerables levantamientos guerrilleros sofocados a sangre y fuego, la ubicuidad del guerrillero teñido de numerosas leyendas, el contraste entre la lucha armada y los negociadores políticos de antesala que maniobran para su beneficio personal, venganzas contra la familia del perseguido, venganzas de venganzas que acaban en un inútil y gigantesco río de sangre, guerras civiles que terminan circularmente en el punto de partida, ideales marchitos al comprobarse que en cualquiera de los partidos son moneda diaria el engaño, la mentira, la incompetencia y la corrupción, el paso devastador de las compañías trasnacionales estadounidenses, las matanzas de trabajadores huelguistas o de manifestantes reunidos en las plazas… Se podría revisar o dar una ojeada a lo que fue el siglo XX en los países latinoamericanos y sería como si el disco repitiera la misma canción y los periódicos anunciaran las mismas noticias. Graham Greene, quien nos conocía en lo bueno y en lo malo, lo sintetizó en su libro sobre el fallecido presidente panameño Omar Torrijos: en Europa la política es cuestión de partidos, en América Latina es de vida o muerte. Pero no sólo García Márquez, pensando en la historia colombiana, configuró y emblematizó la historia latinoamericana, sino llegó a anticiparla. La historia reciente, luego de 1967, año de su publicación, ha plagiado a la novela: en el caso de manipulación de urnas electorales los priístas mexicanos siguieron dando aún, por varios lustros, una lección de alta escuela; veáse el caso del terrorismo sanguinario: el ejemplo extremo de criminalidad se dio en Perú con Sendero Luminoso; veánse los casos de levantamientos armados que terminan una y otra vez fallidamente: los vimos en México, El Salvador, Guatemala, Colombia, Bolivia, Uruguay, Argentina y Chile; veáse el caso del guerrillero que parece estar en varias partes a la vez: son los casos, nos simpaticen dos y cuatro no: por un lado, el Che y Lucio Cabañas, y por el otro, Edén Pastora, Tirofijo y los minuciosamente siniestros Firmenich y el Presidente Gonzalo; veáse el caso de la matanza de los huelguistas, que luego son llevados en un tren y arrojados al mar, y los mexicanos recordaremos que de eso se hablaba que se había con los cuerpos de los muertos luego de la matanza de estudiantes del 2 de octubre de 1968.

Carlos Fuentes dejó anotado (Valiente mundo nuevo): “En Cien años de soledad García Márquez nos condujo de una utopía de fundación a una épica corruptora al alba de un mito que nos permitió recordar nuestra historia en el presente; nombrarla y escribirla. Esta realidad la logró el escritor gracias a una perspectiva, irónica y humanizante, sobre el proceso total de Iberoamérica”.

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Nadie ignora que desde La hojarasca comenzó la saga macondiana. Nombres y personajes y sitios empezaron a sernos habituales, aun si varios ya no aparecieron en su novela de novelas. Más: si un lector atento anhela seguir una lógica temporal relacionando fechas en las páginas de su narrativa anterior a Cien años de soledad se va a ahogar en un mar de confusión y no va a llegar a ninguna parte. Cien años de soledad puede prescindir de lo anterior y leerse sin escollos como una novela independiente.

Pero antes de Cien años de soledad, salvo una rara minoría, desde luego de una manera injusta, García Márquez era poco reconocido. Ya había escrito al  menos una novela corta perfecta (El coronel no tiene quien le escriba), la cual nos mantiene en la tristeza y la desesperación, otra novela muy bien construida (La mala hora), donde a partir de la aparición en una mañana de pasquines en puertas y paredes, se dibuja la vida de los moradores del pueblo, y dos o tres cuentos merecedores de cualquier antología (“La siesta del martes”, “Un día de éstos” y “Rosas artificiales”). En estos últimos cuentos es admirable cómo crea alusiones, sugerencias, silencios, y cómo subyacen en las historias la muerte, la pobreza dolorosa, la opresión de la dictadura, rencores y venganzas personales. “La siesta del martes” es un breve anuncio de alguna página de Cien años de soledad; los otros son, uno, una versión corregida de un capítulo de La mala hora, y el segundo, un desprendimiento de páginas de la misma.

Y empezó la lectura de la saga al revés: desde la pulverización de Macondo hasta el primer nombre y la primera imagen.

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De esa rara minoría de buenos lectores, quien apostó por García Márquez en grande, fue el crítico argentino Luis Harss en su consultado libro biográfico-literario Los Nuestros (1966). En el libro acompañan al colombiano nueve insignes narradores latinoamericanos: Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, Joâo Guimaraes Rosa, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa. Más allá de diferencias de criterio o de la forma de asumir críticamente el texto, resulta asombroso el olfato de Harss. En la nómina faltan nombres pero no sobra nadie. Hay libros que van más allá de lo que propone o se propone un autor; concebido antes del Boom, Los Nuestros lo anuncia y lo justifica.

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Cien años de soledad no ha conocido en el tiempo la soledad sino una comunión de lectores que no podemos contar en número. Ha resistido las pruebas del fuego, del tiempo y de la envidia. Es un libro que nos enorgullece porque muestra a un latinoamericano capaz de construir una catedral de oro. Cada tanto me gusta entrar y visitar esta catedral, donde suelo ver en su conjunto o en sus detalles, maravillas artísticas con las cuales me deslumbro y que dan al alma algo muy parecido a la dicha.



 



 

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