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Mariano Aguirre. El rescate de un insobornable

Por Marco Antonio Coloma
Publicado en CIERTOPEZ, N°9, marzo-abril 2005



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El sábado 8 de enero pasado, cuando se cumplían siete años de su muerte, una treintena de amigos del desaparecido crítico Mariano Aguirre se reunió para rendirle un homenaje. El texto que sigue fue leído en esa ocasión por el único asistente que nunca conoció personalmente al crítico, pero que se ha adentrado en su trabajo y actualmente prepara un libro con una selección de textos sobre literatura chilena firmados por Aguirre.


Parto con una confesión que me incomoda: nunca conocí a Mariano Aguirre. Dicha la afirmación en cualquier otro lugar no alcanzaría a perturbarme. Pero me toca decirla aquí, en esta mesa, frente a quienes sí fueron sus amigos. Sería sencillo justificarla, pero apuesto en lo que sigue a darle un sentido, y de paso responder a una pregunta que me han hecho en varias ocasiones: qué motivos tengo para estudiar la figura de Mariano.

Creo que una de las claves está justamente en ese estatus, de entrada algo presuntuoso, pero que en él parece casi natural: el de figura. Y es que Mariano Aguirre no sólo fue un crítico literario severo y certero que ejerció el oficio, con algunas interrupciones, por casi treinta años, sino que llegó a convertirse —yo diría desde el año 87 cuando se funda el diario La Epoca— en una personalidad gravitante en el campo literario. Tanto como editor del suplemento Literatura & Libros del nuevo periódico, como impulsor de la colección Biblioteca del Sur de Planeta, Mariano se ubicó en una trastienda clave para el surgimiento de la literatura que vendría. Creo que sin él, el destino de la literatura chilena hubiera sido otro, no sé si mejor o peor, pero diferente. ¿Qué otra cosa es un editor sino una voluntad silenciosa que legitima y ordena? Me parece que la historia de la literatura debiera hacerse cargo de figuras como la de Mariano que sin haber compuesto necesariamente una obra, fue pieza importante para la presencia y la circulación de la obra de otros. ¿Cómo desconocer, por ejemplo, que fue justamente en las páginas de Literatura & Libros que se produjeron los primeros debates en torno a una narrativa nueva? Es cierto que la antología de cuentos que prepararon Ramón Díaz Eterovic y Diego Muñoz Valenzuela en 1986 bajo el título de Contando el cuento es un hito inaugural, digamos, la primera aparición pública de un grupo de escritores vinculados generacionalmente, estéticamente heterogéneos, pero que sobre todo suponía una provocación intelectual. Esa antología y la publicación de algunas novelas en esos años, fueron la excusa para comenzar a pensar aquella literatura que emergía tímida, marcada a fuego por la dictadura. Fueron los mismos escritores lo que se dieron a la tarea, algunos lo hicieron asumiendo su pasado traumático, otros apostaron por el fin de las experimentaciones formales y por la vuelta al viejo arte de contar una buena historia. Ese y no otro, fue el conflicto fundamental que inauguró un histórico artículo de Marco Antonio de la Parra, publicado en abril de 1989 en Literatura & Libros, y que fue replicado primero por Ramón Díaz Eterovic y luego por Pía Barros. Si la voluntad provocadora y motivadora de Mariano Aguirre no hubiera estado tras bambalinas ¿hubiera sido distinto? ¿Se hubiera transformado ese suplemento en un espacio de debate, exigido por la legítima pretensión de dar cuenta de lo nuevo y motivado por las esperanzas de estar a las puertas de la democracia ganada? Yo diría que a partir de ese momento los escritores se animaron a tomar la palabra, perdieron el miedo a la confrontación, se sintieron a sus anchas para intervenir y discutir, y fueron también agentes de algo más que su propia obra.

Habría que agregar un detalle no menor y que vale dejar anotado: no he sido testigo de otro suplemento literario donde convivieran con tanta armonía los registros de una escritura propiamente periodística con la reflexión académica de alto nivel. Sin duda, en eso Mariano tuvo el tino del buen editor, para entregarle al suplemento un perfil y un equilibro difícil de lograr. Cuando Grínor Rojo publica su Crítica del exilio en 1989, el libro es comentado ampliamente por Jorge Guzmán en un extenso artículo publicado en el número 69 de Literatura & Libros. A página seguida, se podía leer un texto de un crítico que mostraba sus primeras armas en el oficio, Javier Edwards, y más adelante el lector podía enfrentarse a una entrevista hecha por Carlos Ruiz al filósofo George Navet. Para mí, hay ahí una convivencia nunca más vista, una voluntad de intervención con resultados riquísimos y elocuentes.

¿Y qué sucedió con la crítica? Es justamente en este tema donde yo reconozco un gesto de Mariano que lo retrata de cuerpo entero, en toda su honestidad y solidaridad intelectual. Y es que, valga la paradoja, Mariano no sólo fue importante por lo que hizo, sino también por lo que no hizo y por lo que dejó a otros hacer. Desde que se funda La Epoca, a principios de 1987, y hasta que se publica el primer número de Literatura & Libros, en abril de 1988, Mariano durante ese año ejerció la crítica literaria con regularidad semanal en las páginas del nuevo diario. Pero cuando nace el suplemento, él asume la responsabilidad de editarlo, interrumpe el ejercicio de su propia escritura, y pasarán varios años para que vuelva a retomarla en las páginas de La Nación hacia fines de 1992. Pero ¿por qué Mariano deja de ejercer la crítica mientras es editor del suplemento? ¿Por qué un crítico tan reconocido como él no aprovecha una tribuna que tiene a sus anchas para instalarse como el gran crítico literario en Chile? Pudiendo hacerlo ¿por qué no se reservó una página para que su firma siguiera apareciendo con regularidad? ¿Por qué le dio ventaja a otros —y estoy pensando en el cura Valente— para que pontificaran dominicalmente? Hay cosas de Mariano Aguirre que yo no logro entender sino sólo como consecuencia de su solidaridad intelectual. Lo que sí me parece claro son los efectos que tuvo ese paso al costado de la crítica literaria que Mariano dio entre 1988 y 1992. En este período, el suplemento Literatura & Libros acoge el surgimiento de otras escrituras críticas, y el oficio comienza a renovarse y a contar con nuevos nombres. Si bien Camilo Marks se inició como crítico en la revista Apsi, sumaba allí apenas un puñado de artículos cuando fue invitado a escribir en las páginas del suplemento editado por Mariano, y en el que ejerció la crítica literaria por casi diez años hasta el día en que La Época dejó de circular. Otro nombre que tuvo en Literatura & Libros su primera oportunidad en el oficio fue el ya mencionado Javier Edwards. Junto a éstos, aparecieron otros aunque con contribuciones más académicas y aparecidas con más irregularidad, como Rodrigo Cánovas, Naín Nómez, Jorge Guzmán, Diamela Eltit, Raquel Olea, Bernardo Subercaseaux y Federico Schopf. Más tarde, cuando Carlos Olivárez estaba a la cabeza de Literatura & Libros, también Patricia Espinosa publicaría sus primeros textos en el suplemento.

¿Qué otro corolario tiene esta historia? Uno que me parece poco atendido: Mariano Aguirre fue el primer crítico no pontífice de la literatura chilena. Tal como queda demostrado —aunque sea partir de las preguntas que he formulado más arriba— nunca tuvo él las pretensiones de instalarse como la gran voz crítica. Practicó siempre una crítica sin prejuicios, sin imposiciones de una estética determinada, sin descalificaciones ideológicas. Apostó por una crítica que iluminara la obra sin otra pretensión que entregarle pistas al lector. Concebía el oficio —y esto lo dijo en 1972— como una tarea esencialmente creativa. Cuando Mariano se iba de la vida, yo entraba a la literatura. Pertenezco a una generación que asume como memoria la historia de nuestros mayores. Es nuestra memoria imaginada. Esa memoria imaginada es un gran relato del pasado —a ratos muy poco feliz— que supone un gesto que es político y que nos da sentido: reconstruirla y recuperarla. No vivo la literatura de modo romántico. Aunque por cierto, soy portador del virus literario, ese bicho que provoca una extraña enfermedad que Onetti alguna vez llamó literatosis. Pero tanto como la literatura misma, tanto como el placer del texto, me interesa el fenómeno literario, cómo circula y cómo se legitima, cómo se forma un canon y cómo se instala una tradición. Entiendo que la literatura la hacen personas de carne y hueso, mirando la realidad con sospecha, y poniendo en juego sus legítimos anhelos y por cierto también sus ambiciones. Creo que quienes han escrito la historia de nuestra literatura no han sabido responder a estas preguntas. Aún más, la teoría literaria debería saber responder una cuestión que en el caso de Mariano Aguirre resulta trascendente: ¿qué obra construye aquél que ayuda a construir la obra de los demás?

Mariano Aguirre tuvo una voluntad de poder y lo ejerció de la forma más honesta e inteligente que uno pudiera imaginar, en un momento clave de nuestra historia literaria. En cualquier ámbito, siempre me han obsesionado las figuras insobornables. A los imprescindibles de Brecht yo agrego los insobornables. Y Mariano fue ambas cosas. Tal vez por eso nos haga tanta falta.

 

 

 

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