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Breve panorama de la cumbia en la poesía chilena reciente

Por Carolina Benavente Morales




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Siendo la cumbia el género musical popular por excelencia, podría esperarse que tuviera una presencia proporcional en nuestras letras o, al menos, una presencia equivalente a la que tienen otros géneros musicales (jazz, rock, ópera, etc.). La incorporación de este estilo al género literario por antonomasia en un “país de poetas” funcionaría como un indicador de democratización en la tortuosa, esquiva relación entre lo culto y lo popular, entre la alta y la baja cultura nacional, sus bellas letras y su picantería. Pero puede también pensarse que un acople entre cumbia y literatura sería saludable a la cultura del país, al crearse este género musical desde la precariedad y la fragmentación para reafirmar el calor, el sabor y el humor como cotidianas estrategias de supervivencia. Surgida en Colombia y acrisolada en el México de los 1940, la cumbia poco a poco se ha ido diseminando y arraigando en el territorio continental, así como más allá de sus fronteras, generando en torno a ella toda cultura de lo tropical que comenzamos a descubrir no sólo en su diversidad de corrientes estéticas, sino también en las implicaciones políticas de sus técnicas y modos de producción al margen de los grandes consorcios discográficos. Tomando en cuenta la solemnidad y la grisura de la poesía chilena, ésta pareciera quedar en las antípodas de la cumbia, pero las contaminaciones existen y es por ello que me preguntaré qué tipo de presencia tiene este popular ritmo en la poesía escrita nacional.

Como veremos a continuación, en la poesía chilena de las últimas tres décadas la cumbia ha sido impureza, sospecha y alegría jamás cumplida, situación que hoy comienza a cambiar debido no tan sólo a una evolución autónoma del campo literario, sino a su relación con las transformaciones sociales del último tiempo, anticipadas por los poetas en su condición de videntes. Mi indagación al respecto es netamente exploratoria y no responde a ningún estudio sistemático al respecto, sino más bien a una curiosidad. Realicé una búsqueda inicial por Internet y a partir de ello seleccioné algunos títulos que me parecieron más significativos, revisando la bibliografía correspondiente y analizándole en función de distintas variables que incluyen el tema, el lugar de enunciación, la experiencia, el habla y/o la actitud.

Una primera relación con la cumbia es de orden temático, imbricado a un estado de bajón emocional. De hecho, no se han escrito páginas y páginas sobre ella, pero tan importante ha sido su arraigo popular que, al sintonizar mejor nuestra producción poética, se logra escuchar un sonido de tambores, maracas y trompetas escapando de sus versos y sus líneas. El carnaval en cuestión no es de los más animados, pero si nos acercamos a él veremos a los poetas vacilando su tristeza a un costado de la pista: Yanko González registrando al “Pate Cumbia”; Héctor Figueroa que no encuentra motivos para bailar “un año más, que tú has vivido”; Víctor Hugo Díaz leyendo “postes incendiarios” y “habitantes muertos” mientras una “cumbia parafrénica se deja oír en todas las boites”.

El eclecticismo posmoderno favorece la intromisión de la cumbia en la lírica escrita nacional. Frente al terror neoliberal, la alegría populachera de este ritmo tiene sabor la mayor parte de las veces a encubrimiento, olvido y vana diversión. Los poetas sospechan de ella o la observan con curiosidad etnográfica, desde la distancia social que el campo literario mantiene con la cultura popular y sus inexplicables deseos de juerguear desde el epicentro mismo de la miseria. Pero a veces pasan sus penas con ella y, otras, parecen descubrir grandes verdades al escucharla, como Rodrigo Lira, quien la ocupa para renovar el clásico símil entre “Mujer” y “Poesía” desde un ángulo inusitado:

Está Mal hecha / La Mujer está mal hecha / dice la letra / de una cumbia / colombiana. / ESPANTOSA SENSACIÓN / cuando te consta y es evidente / que esa poesía que escribiste hace no mucho / también está mal hecha / La Poesía está / mal / hecha (Autocríticas uno).

Tal vez la canción aludida, que no aparece en ninguna parte al googlearla, no existe, resaltando como artificio de un poeta que se aventuró a renovar el extrañamiento estético mediante la utilización de un elemento ajeno a las bellas letras. De esta manera, el poema se contamina con una impureza que, paradójicamente, lo consuma como poesía: la cumbia es la mancha estética, metáfora de la imperfección femenina y de la propia maldición del poeta que atrapa referentes donde no debiera. O, al menos, donde no se esperaría que lo hiciera.

Según lo indica la producción de los poetas mencionados más arriba, la fiestoca amarga de la Dictadura prosigue en la Transición. Cumbia: así se titula el poemario del año 2003 donde Yuri Pérez escribe de todo -cementerios, poetas C1, robos, parques, lumpen, matapiojos, antidepresivos-, menos de cumbia. La tapa roja del libro con iluminada fotografía de carretilla campestre sobre la cual resalta la palabra “cumbia” sin duda que efectúa de manera eficaz el contraste entre la tradicional y rural ciudad de San Bernardo y la modernidad cumbiera y global de Santiago, megalópolis que hoy en día ya casi ha devorado al ex poblado “típico” del Valle Central. Pero los síntomas amenazantes de la dislocación lumpérica aparecen por todas partes, en cada personaje observado, en cada situación experimentada, incluso en cada acción del poeta-protagonista, quien logra no obstante revertir por un fugaz momento los efectos de la contención enfermiza del deseo:

pero sé que al fondo del patio, bajo los pimientos, tu culo ríe desvergonzado / Y otra vez la vida tiene sentido, la poesía, las escopetas, la República.

Así, bajo la forma de una oda erótica a una gringa antecedida por la docta descripción de la alegría faltante -“La Cumbia es el aire musical más representativo de Colombia, etc.” (artículo significativamente escrito por un autor distinto en las primeras páginas del libro de Pérez)- y por una crónica de lo robado en “el boliche de mi madre”, San Bernardo secretó la perlita que anunciaba nuestro actual esplendor tropical, como mostrando que la mayor distancia entre los elementos permite redimensionar sus modos de relacionamiento.

Tal vez a despecho de él mismo, o tal vez no, Yuri Pérez nos anticipaba en su referencia muda a la cumbia que “otra vez la vida tiene sentido”: un sentido del goce, un sentido del festejo, un sentido de alegría desfachatada donde la evasión progresivamente se convierte en irrupción. En la poesía chilena, esta irrupción todavía está por llevarse a cabo y, como me parece importante que esto tenga lugar por medio del habla, invité al poeta Sergio Pallaleo a colaborar con un poema ad hoc en una edición especial sobre el tema que coordiné para el periódico El Ciudadano, con el siguiente resultado:

Arriba las palmas / Las manos / Las patas / Maraca reconchetuma’reee!!! / Esta es la cumbia / La cumbia tropical / Que baila el cuico / Y el flaite por igual! […] (Cumbia Tropical).

Toda irrupción tiene su grado de violencia y ésta no es la excepción, aunque se trate de una violencia escrita y con una dosis de humor que la vuelve más amable. En la letra de Pallaleo, la cumbia se incorpora ya no tan sólo como tema, sino como formato cancionero que podemos vincular a la cumbia villera argentina, por su carácter agresivo y provocador. La cumbia ya no es tan sólo evasión, sino degradación que alcanza por igual a los altos y bajos sectores del país. Pues en los últimos años la cumbia se ha diseminado por todos los estratos sociales chilenos, en paralelo a una acentuación de la lógica mercantil neoliberal, y Pallaleo a la vez denuncia y encarna con desfachatez la violencia sistémica y antisistémica de este proceso en su poema-canción.

Sin embargo, en nuestros días la relación con la cumbia también se modifica de manera casi imperceptible, pero sustancial, en otro sentido. Este nuevo vínculo sigue elaborando el desquiciamiento, la enajenación que rodea la cumbia, pero revirtiendo la distancia en favor de una proximidad y un íntimo contacto que, en su intensidad, revienta en un estallido de histeria. Así ocurre en La Exhumada (2009), de Marcelo Arce, quien inquietantemente proclama por medio de su hablante femenina la pérdida de todo un universo criollo de matiz psicotropical:

Ya no más atardeceres bajo el tendido eléctrico plagado de zapatillas ya no más cazuelas en Matucana ya no más Armando Hernández / ¡¡Loquita por ti, loca loca!!

La cumbia en este caso es palabra incorporada y desatada en la referencia concreta a una avenida, un plato de comida y una canción -el hit de Armando Hernández-, memoria anclada a un margen urbano y social santiaguino donde la metáfora sexual se trastorna en un grito de amor desposeído que nos evoca las desventuras de la modernización periférica y la pérdida del barrio afectivo.

Cumbia y dolor, cumbia y enfermedad, cumbia y violencia, cumbia y locura. En la poesía chilena es posible hallar la cara más siniestra de este género musical, cuya sencillez se ve sometida a disección permanente por las plumas afiladas y sensibles del escritor. Él percibe y acusa la evasión social, la mascarada de cuerpos olvidados de sí mismos sobre una escenografía tropical, pero también la infinita distancia que nos separa de la potencia del huracán y de la alegría de un sol bailando entre las palmeras. Lo interesante es que, de alguna manera, la cumbia afuerina a la poesía chilena en los años previos la ha ido permeando como enunciación y actitud que, en su articulación letrada, la canta y la baila delatando la crudeza del paisaje nacional.


Santiago, 2014, a partir de un texto publicado en Escáner Cultural el año 2010.



 



 

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