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A la dirección del diario El Mercurio y la Revista de Letras.

Por Mauricio Rosenmann Taub



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Estimado Sr. Cristián Zegers Aristía, director:
Estimada Sra. María Teresa Cárdenas, directora:

Desde hace muchos años, El Mercurio guarda silencio respecto a mis publicaciones. Es un derecho que no cuestiono. Sin embargo, este silencio ocurre en un contexto especial que me lleva a escribir estas líneas. Mi resistencia a comprender este contexto las ha diferido. Una conversación con una conocida periodista me hizo ver más claro y comprendí entonces que era imprescindible hacer público este silencio aparentemente privado. Es evidente: no solo las palabras que un periódico comunica constituyen su mensaje, sino también sus omisiones y silencios en el contexto implicado y que a su vez motiva.   

No es para obtener publicidad que me dirijo a El Mercurio. Cumplo sólo con la responsabilidad que tengo en cuanto a mis trabajos. Sé que la posibilidad de una respuesta es nula. ¿Podría haber existido si una Joan Turner de Jara hubiera enviado en 1973  una carta a El Mercurio, o a uno de sus acólitos periodísticos, cuando informaron en un par de líneas que el sepelio de su esposo Víctor, acribillado por 44 balas, se había efectuado en la intimidad familiar?   

En lo que atañe a mi persona, el silencio de El Mercurio y de la prensa chilena está a todas luces ligado a la historia de un supuesto robo literario a David Rosenmann Taub, mi hermano, que fue hecho público por primera vez hace más de treinta años en un aviso en La Tercera (07. 04. 1977), pese a la carencia de testigos, a la ausencia del cuerpo del delito y del delincuente mismo. Mi hermano pretendía que su empleada doméstica le había sustraído miles de carillas de poemas. Encarcelada, fue liberada por falta de méritos. Tema nada fácil. Para aligerarlo, prosigo como si hubiera sido una amena leyenda:

Érase un reconocido y admirado poeta que sin necesidad, por amor a la poesía, inventaba cuentos. Con un especial sentido del orden decidió depositarlos en el BPP (Banco de la Poesía Propia) donde abrió una cuenta de 5000 (cinco mil) carillas simbólicas de poemas que le habían sido “robados” (así textual en diversas entrevistas). La inversión fue positiva y los intereses poéticos crecieron a medida que las invisibles carillas aumentaban (pronto a 7000 = siete mil) y a medida que la fecha del robo retrocedía: primero al año 1975 y luego a 1973, cuando se saquearon sus posesiones mientras caía Allende (La Nación, 22. 08. 2004) coronando de modo dramático los créditos depositados.

 Pero este drama no tenía que ver con la realidad. Ningún miembro de la familia Rosenmann Taub fue importunado y menos perseguido por la dictadura militar. Como sea, las carillas invisibles llegaron a ser una excelente subprime y esto con el beneplácito y la colaboración de El Mercurio que en artículos y entrevistas refirió repetidas veces al supuesto robo como si realmente hubiera sucedido, otorgando así, sin fundamento ni investigación alguna, la garantía imaginaria que caracteriza tales inversiones de riesgo, bancarias o poéticas, y hace necesaria esta aclaración. Una subprime poética puede ser acreditada por suposición: pasando bajo silencio de manera radical, durante años, sistemáticamente, todas las publicaciones de otro escritor cercano al en apariencia despojado, de tal modo que llegue a ser sospechoso hipotéticamente, por suposición, pudiendo ulteriormente ser “excomulgado” con facilidad,  tanto más que en el mercado literario chileno el rol de El Mercurio en ciertos círculos es omnipotente. 

Tales excomuniones existen. En este caso, mi persona podría estar implicada tácitamente y no solo en lo estrictamente literario. En efecto, en 2010, en un lanzamiento de un libro mío por Raúl Zurita y Felipe Cussen en el Goethe-Institut, un periodista de El Mercurio se hizo presente, grabó el evento y prometió entregar una copia a la editorial, lo que no ocurrió hasta el día de hoy, pese a repetidos requerimientos. En otro lanzamiento (2009), en una de las Ferias del Libro, el pianista Daniel Sasmay ejecutó una composición mía. En el anuncio de El Mercurio sobre la Feria—las únicas líneas publicadas en el diario sobre mi persona desde hace cuarenta años—, se reemplazó expresa y cuidadosamente la palabra “compositor” por “musicólogo”. Y cuando en 2010 el reconocido conjunto alemán de música de cámara e-mex, en el marco de una gira internacional, interpretó también piezas mías en varias ciudades del país así como en Santiago —en el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM) y en la sala Isidora Zegers— estas composiciones no fueron mencionadas. Pero lo más importante: acerca de mis libros enviados a El Mercurio —en el transcurso de los años una docena—, nunca hubo un comentario o una respuesta o siquiera un simple acuso de recibo, excepto una vez un mail de dos líneas de Pedro Pablo Guerrero indicando que el libro enviado no sería comentado. Un pedido de explicación preguntando la causa no tuvo respuesta.

Debo especificar que resido en Alemania. En 1973 me encontraba en Freiburg ejerciendo como profesor en el Conservatorio Superior de Música (Musikhochschule) de esa ciudad. No estando entonces en Chile, sólo puedo hacer conjeturas. No puedo afirmar a ciencia cierta que el robo literario no haya sucedido ni tampoco confirmarlo. En todo caso cabe preguntar si guardando acerca de Mauricio Rosenmann Taub tan largo y ostentativo silencio, sistemático y hermético, el diario El Mercurio no ha intentado sugerir o insinuar algo especial.

Así el silencio puede llegar a ser un eficaz modelo de falacia periodística que armoniza perfectamente con lo que ahora se conoce sobre la ética de este periódico durante la dictadura militar (ceteris paribus, si posible). Pero quizás podría entreverse una atenuante al constatar la incapacidad de ciertos expertos de apreciar o captar un poema visual: para ellos es un juego intrascendente, una manera de llamar la atención, una moda ya pasada o en el mejor de los casos una forma de publicidad comercial. De tanto atender hipotecas literarias subprime se termina por considerar sólo tales actividades.

La familia Rosenmann Taub-Navia se manifestó públicamente en diversas cartas: a La Nación (19. 12. 2004) y al Proyecto Patrimonio, http://www.letras.s5.com/dr100305.htm 

La más arriba mencionada periodista no era muy versada en literatura, pero el intercambio de ideas me convenció de que no se podía seguir guardando silencio. Aunque duro y difícil, era preciso hacer público el silencio privado y arrogante de El Mercurio que sin palabras (ohne Worte) seguía siendo, como antes con ellas, difamatorio. Parodiando a Mendelssohn: Lügen ohne Worte. Esto no debe ni puede admitirse, tanto menos si escritores y artistas como Raúl Zurita, Eugen Gomringer, Harald Weinrich, Antonio Skármeta, Mauricio Kagel, Gerd Zacher, Felipe Cussen, Friedhelm Döhl, Waldo Rojas, Paul Guillén, Carlos Labbé, David Rosenmann Taub —claro, doch, mais oui, en los buenos tiempos— se han manifestado sobre mis escritos en positivos y calurosos términos.

Como indicio (humeante revólver), la mentada periodista aludió sin citar ejemplos a una semejanza entre mis textos y los de David Rosenmann, poniendo así sobre la mesa, en los buenos tiempos del liberalismo económico chileno, la originalidad y el copyright. Olvidando a Juan Luis Martínez que prefería ocuparse de poemas en lugar de poetas, sigamos un momento este camino para constatar que además de los paralelos formales, retóricos o temáticos (interés por la relación poesía y música), etc., hay efectivamente textos que se asemejan, en especial en los primeros intentos. ¿No es natural? Soy más de cinco años menor. Cuando escribí mis primeros cuentos tenía 12 años y mi hermano algo más de 17. Mi primer poema, sentido como tal, lo escribí a los 16 años. David ya había editado. Sin pretensión de comparar: ¿no hay semejanzas entre el primer Skriabin y Chopin; el primer Beethoven y Haydn o Mozart; Felix y Fanny; ambos Pablos; Alberto Rubio y David Rosenmann Taub (cuántos miles de carillas perdidas no hay ahí)?…

Stop. El copyright. Comparar, anotar y constatar que en no pocos casos el de mis textos antecede. El interés por la lingüística fue siempre primario en mis textos; lo mismo en cuanto a la alteración, la desconstrucción y el aspecto gráfico.

¿No hay que ver las diferencias? ¿No sirven para encontrar las cinco mil carillas? A propósito: ¿por qué no hablar del magistral relato de Eva Rosenmann Taub “Las zapatillas del maestro”, verdaderamente desaparecido, y que según su hijo, Daniel Navia Rosenmann, está en poder de David Rosenmann Taub?  Last not least: ¿no hay que hablar del diario de vida que escribí de los siete a los ocho años y que se encuentra en poder de mi hermano?

Mejor no seguir. Guardar silencio. Ahorrarlo y depositarlo en el Banco de la Cultura Poética BCP. Esperar y dejar que la publicidad, la concurrencia y el mercado arreglen las cosas. Al fin de cuentas y cuentos, Chi(le) y Chi(cago) se parecen; M. (Fried)man) y M. y D. (Rosen)mann también. 

Atentamente,
Mauricio Rosenmann Taub



 



 

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