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Halley o el realismo zombi

Por Martin Camps



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La película se estrenó en el 2012, dirigida por Sebastián Hofmann. Ese mismo año escribí un libro de tema anómalo llamado Poemas de un zombi. En ese tiempo estuve conjeturando sobre ese monstruo posthumano con dieta antropofágica y me crucé con un libro maravilloso de Jorge Fernández Gonzalo titulado Filosofía Zombi (Anagrama, 2011) donde lleva el tema del miedo al campo de la filosofía, el zombi como monstruo post-industrial del capitalismo antropófago. Fue hasta este 2021 que pude ver la película gracias a las plataformas de “streaming”. La anécdota se platica fácil: Alberto (Alberto Trujillo) es un guardia de seguridad en un gimnasio en la Ciudad de México que está muerto en vida. Lo vemos en su casa, un típico apartamento defeño donde Alberto dedica su mañana a ponerse vendas, parches en las heridas y esculcarse los gusanos que introduce en un frasco donde revolotean moscas. De tal forma trata de ocultar su cuerpo abyecto con chamarras de manga larga, lentes oscuros y maquillaje. Su apartamento semeja un frasco iluminado como si el mismo fuera un insecto atrapado en una rutina laboral sin salida.

No sabemos a qué se debe el deterioro de su cuerpo, su anormal supervivencia a pesar de que es francamente un cuerpo putrefacto. En una escena, cuando el personaje camina por un largo pasillo del metro de la ciudad, Alberto se desploma ante la indiferencia de los otros pasajeros que tal vez lo confunden con un briago o simplemente no tienen tiempo para atender los problemas de otros. Alberto va a parar a la morgue donde un técnico (Hugo Albores) lava su cuerpo y lo prepara para una autopsia. Pero Alberto se incorpora y el hombre comienza a hablar con él tranquilamente mientras come un paquete de sopa Maruchan. “Yo sabía que esto era posible” dice el hombre y lo quiere convencer de que se quede más tiempo allí, porque no tiene oportunidad de hablar con nadie y tiene que comer solo porque no puede salir a la esquina a una fonda con sus ropas salpicadas de sangre humana.

Luly (Lourdes Trueba) es su jefa en el gimnasio y es la única persona que muestra interés en el empleado huraño y esquivo. Ella piensa que se debe a una enfermedad terminal que Alberto no quiere comentar. En su último día de trabajo lo obliga a irse a comer algo y después a irse de borrachera. Luly se embriaga y se lleva a Alberto a su casa. Repentinamente se va la luz en el apartamento y Luly enciende una linterna con la que explica el paso del cometa Halley por la tierra. Cada 75 años (la última vez fue en 1986 y la próxima en el 2061) se cumple la elipsis alrededor del sol y pasa por el firmamento terrestre, es también el periodo de una vida humana. Cada perihelio, hay nuevos ojos mirando el cometa. Dice Luly desplazando la luz por el cuarto como un cometa: aquí nací yo, aquí mueres tu, aquí muero yo.

De regreso a su apartamento, en una escena grotesca, Alberto se recuesta en su cama y procede a masturbarse, pero predeciblemente, se le queda en la mano su miembro viril, lo vemos a cuadro, autoemasculado, vencido por su propio cuerpo abyecto.

La película es una metáfora del deterioro, del lento caernos a pedacitos: el cabello, las arrugas, los dolores musculares, huesos rotos, enfermedades. En una escena de la película, Alberto asiste a una iglesia donde un pastor ayuda a los enfermos que imploran por la sanación. En otra escena vemos los cuerpos de los miembros del gimnasio levantando pesas, acumulando musculaturas. Sin embargo, sus cuerpos son exhibidos grotescamente, respirando trabajosamente, tal vez para subrayar lo inútil del proyecto por detener el menoscabo, la pendiente inevitable hasta el hoyo del cementerio. Sin embargo, Alberto, a pesar de su lento despedazamiento, sigue moviéndose.

La última escena de la película es intrigante, del zumbido de moscas pasamos a escuchar un mar revuelto entre icebergs y un barco manchado de nieve. Vemos solo la nuca del hombre, es Alberto. Esa escena que de pronto puede parecer desencajada con el ambiente citadino lóbrego, puede ser una elipsis a un futuro apocalíptico, a un momento cuando el mundo a entrado en una glaciación y el único “sobremuriente” de ese cataclismo es Alberto. También puede ser una idea de renacimiento, así como los gusanos se transformaban en moscas, Alberto tuvo que dejar su antigua escafandra humana para cumplir su metamorfosis, como un Gregorio Samsa posmoderno que, en lugar de convertirse en insecto, se transforma en zombi.

 





 

 

 

 



 

 

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