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TIERRA, . .ENTIERRO, . .DESTIERRO

Por Martín Cerda
Publicado en CAUCE, N°1, 18 de noviembre de 1983


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Cuando José Bergamín, el perspicaz escritor español recientemente fallecido, puso término a su prolongado exilio, lo hizo afirmando lacónicamente que prefería vivir enterrado a morir desterrado. Esta confesión del bautista de la España peregrina resume, en último trámite, esa insondable angustia que siempre acompaña al fiero calendario del destierro y devela, a la vez, la esencial dimensión del vinculo que une al hombre con su tierra.

Cada hombre se representa, piensa o imagina, en efecto, como hijo de su tierra. Esta oscura. enigmática "filiación" —en la que algunos, como Ferenezi, han creído ver una fijación (traspuesta) del estado fetal— forma parte, sin embargo, del más arcaico repertorio de experiencias de la mayor parte de los pueblos. No es un azar, en consecuencia, que en y para todos ellos el extrañamiento, destierro o exilio haya tenido (y tenga aún) un acento tan grave, doliente o, más exactamente, trágico como el que arranca la muerte. Es sabido, por ejemplo, que los hispano-árabes arrastraron durante siglos la nostalgia de la tierra perdida, como lo recordaba, a comienzos del siglo XIX, Chateaubriand en su novelita morisca Les Aventures du dernier Abecérage.

El des-tierro es, de este modo, una pena horrenda, un castigo extremo porque, en última instancia, arranca al hombre de lo suyo, lo "des-arraiga", lo espectraliza y, por ende, lo transfigura en una sombra en pena, nostálgica, sedienta de esa parte de su vida que se quedó allá. La nostalgia es sólo el rebote que da siempre el corazón acongojado del desterrado cada vez que se constata la fractura que lo separa, casi infranqueablemente, de la sociedad en que ensaya vivir. Es el nombre que enmascara al conflicto u oposición del hombre que fue entre los suyos y el hombre que intenta ser en tierra extranjera. No existe, en verdad, oficio humano más fiero que ese que alguna vez llamé el oficio de nadie. El desterrado es, justamente, ese nadie, ese ser fantasmagórico, permanentemente asaltado por el otro que alguna vez fue. "Cuando ya no seas el que eras —decía Cicerón—, no hay razón para que desees vivir".

Cuando estudiante solía encontrarme, en un modesto restorán ruso de Paris, con el viejo poeta formalista Alexei Remizov. Disconforme con la revolución triunfante, Remizov había dejado Rusia en 1921, el mismo año en que fue fusilado su colega Goumilev, radicándose en Berlín y luego en Paris. Nunca perdió, sin embargo, su "filiación" con su lengua materna. Sus libros, editados en pequeñas tiradas, conservan, según los entendidos, un marcado sabor del ruso del siglo XVIII. Vivía rodeado de iconos, libros curiosos, viejos ceniceros y afiches descoloridos por el tiempo. Todos esos objetos, a primera vista absurdos, tenían, sin embargo, una función precisa: encubrir la atroz desolación de la apatridia. Esa apatridia que lo hacía repetir a los pocos amigos que lo visitaban esta cruel paradoja: "Tengo necesidad de soledad, silencio y desierto".

La imagen del desierto trasciende, desde luego, la materialidad del espacio geográfico que la origina, para cobrar un sentido radical, meta-físico, casi religioso, como el que se acusa en algunos textos bíblicos y, más cerca de nosotros, en los escritos últimos de Nietzsche. Ella alude al interior vacío de un mundo inhóspito, de una "tierra baldía" (T.S. Eliot), de una comunidad quebrada. Es la máscara aterradora o, por lo menos, intimidante del desarraigo, la muerte o la nada. El apátrida no es, a su vez, el cosmopolita, sino, al contrario, el hombre que no encuentra su patria en ninguna parte, el perpetuo extranjero, el irremediable homme énigmatique que Baudelaire desnudó en el primer texto de Le Spleen de Paris.

En la historia de soda sociedad suelen producirse algunos episodios que, al enfrentar violentamente a una parte o facción de ella contra la otra, se convierten en verdadera traumas que, durante años, suscitan por igual el parloteo o la amnesia, la conmemoración ritual o la reticencia. De esos episodios traumáticos es difícil que pueda haber un discurso neutral, "objetivo" que permita escuchar, a la vez, las voces de las dos partes enfrentadas, porque lo que para unos es objeto de celebración o fiesta, para los otros es sólo motivo de congoja o duelo.

Lo que hoy llamamos literatura chilena del exilio es, de este modo, la parte audible de la voz de un sector importante de nuestros compatriotas que, acorralados por la adversidad de la historia, salieron fuera del país o debieron callarse dentro. No es una voz extraña, de otros, sino, al contrario, es una voz entraña, de nosotros. No hay "razón de Estado", ni motivo alguno que justifique mantenerla confinada, porque lo que ella dice, guste o disguste, es parte de una historia que todos vivimos. La historia, después de todo, siempre marcha con paso irónico. El des-tierro no solo marca o señala a los que lo sufrieron (y lo sufren), sino, además, a la sociedad que los exilia.

No es esta, sin embargo, la primera vez que la sociedad chilena conoce esta cruel y acongojante peripecia, ni que nuestra literatura la registra, explora e interroga. De la nostalgia de la tierra perdida procede, en efecto, una de las obras mayores de las letras (y de la ciencia) chilenas: la Historia natural y civil de Chile, escrita en Bolonia por el Jesuita expulso Juan Ignacio Molina. De esa misma nostalgia, de ese mismo dolor da cuenta en sus cartas otro de sus compañeros de desventura, el enorme teólogo Manuel Lacunza. Cada una de las posteriores sacudidas de la sociedad chilena, desde la Guerra de la Independencia (recuérdense, entre otros testimonios, las cartas y las proclamas de José Miguel Carrera), pasando por la sangrienta lucha fratricida del 91, hasta desembocar trágicamente en el presente, quebró en dos voces lo que parecía ser un multidiálogo, una palabra plural capaz de contener las querellas más extremas y, a la vez, en la que los portavoces de cada sector reconocían, sentían, palpaban ese proyecto de convivencia que es, después de todo, la vida de una nación. Pienso o, más exactamente, deseo que, entre otras urgencias de esta hora, aprendamos a vivir las diferencias, porque todo aquel que des-tierra al disidente se entierra, finalmente, a sí mismo.

 

 

 

Imagen superior: GRACIA BARRIOS – DEL EXILIO, 1979
  Mixta sobre tela. 160 x 132 cm.



 

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