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Ensayo y herejía

Por Martín Cerda
Publicado en revista Ercilla, N° 2036, 1974



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En su carta a Leo Popper, inserta en El alma y las formas a manera de prólogo, el joven Georg Lukács subrayaba el carácter “precursor” del todo auténtico ensayo. “El ensayista —decía Lukács— se parece a Schopenhauer en el sentido que, al igual que éste, siempre está redactando sus parergas, en espera de esa jornada esquiva que le permita escribir la obra que, en rigor, le preocupa desde sus inicios. Lo que importa describir en sus escritos no es, por lo tanto, el tema tratado en cada uno de ellos, sino, más bien, los problemas que determinaron, en cada caso, su elección y tratamiento”.

Los ensayos reunidos en El alma y las formas constituyen, posiblemente, una de las mejores ilustraciones de esta perspicaz caracterización del género ensayístico. Podemos refrendarlo mediante el caso más conocido. Todo el análisis de la visión trágica del mundo en el pensamiento de Pascal y en el teatro de Racine, llevada a cabo por Lucien Goldmann en El Dios oculto, está fundamentado, en efecto, en los problemas suscitados por Lukács en el ensayo que clausura a dicha obra: Metafísica de la tragedia: Paul Ernst. En otro lugar, hemos descrito detalladamente los problemas que, a su vez, condujeron a Goldmann a replantear, después de la Segunda Guerra Mundial, las preguntas formuladas por Lukács a comienzos de siglo.

Preguntar es siempre cuestionar.

De ahí que Theodor W. Adorno, discutiendo la carta de Lukács a Leo Popper, pudiese afirmar, medio siglo más tarde, que la herejía “es la más íntima ley formal del ensayo”; resumiendo, de este modo, en pocas palabras, el largo discurso desarrollado por el ensayo moderno, desde Montaigne a nuestros días. Largo discurso en el que han tenido cabida todas las “disidencias”, desde las herejías religiosas, las promesas utópicas y los islarios fantásticos, hasta las más actuales antiutopías y desengaños ideológicos.

Lo que define, en efecto, la situación del ensayista no es la posible solución que ofrece en sus escritos, sino, más bien, el movimiento de una interrogación sostenida, deslizada o insinuada. Por eso, buena parte de lo que habitualmente se designa como ensayo no es sino su brutal caricatura, como lo demuestra, entre nosotros, la ritual solemnidad de algunos plumarios incontinentes. Ella es el disfraz de una nativa incapacidad para descubrir dónde, cómo y por qué la realidad más segura se torna, de pronto, incierta, espectral o problemática.

El ensayista, en verdad, no se puede conformar con el “mundo” de lo hasta ahora pensado, sino que al contrario, por este mismo inconformismo está siempre obligado a cursar ciertas preguntas a la faz oculta e impensada del mundo en que vive, padece, actúa o imagina. Por eso, suele andar, como Nietzsche, a tropezones con los hechos y las ideas del presente, mientras clava los ojos en lo que podría ocurrir pasado mañana. “Algunos hombres —decía Nietzsche— nacen póstumos”. Entre ellos, es posible reconocer siempre la silueta de aquellos que, como Montaigne, Nietzsche, Lukács u Ortega, hicieron del ensayo una forma estética e intelectualmente coherente.

Goldmann advertía, en uno de los trabajos reunidos en Investigaciones dialécticas, que en las épocas de decadencia, como la nuestra, hay que volverse hacia las herejías “para escuchar la voz del espíritu”. Esta voz, sin embargo, postula oídos capaces de escuchar las preguntas más sencillas que son, al mismo tiempo, las más insondables.



 

 

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Ensayo y herejía
Por Martín Cerda
Publicado en revista Ercilla, N° 2036, 1974