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El eterno retorno

Por Mauricio Electorat
Revista de Libros de El Mercurio. 11 de febrero de 2012






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El tema de esta columna es el eterno retorno. El eterno retorno del verano, en primer lugar y, también, el de ciertas lecturas y estados de ánimo, por decirlo con una expresión antigua. Es que el verano tiene algo de anulación del tiempo... El tiempo del verano es moroso, líquido, solar, enrarecido, onírico... Digámoslo de una vez: en verano, uno tiende a no existir. Por lo menos, no como se existe de marzo a enero: positiva, empírica, histriónicamente en el teatro del mundo... ¿No se ha dado cuenta que en febrero usted, y todo lo que usted supone, tiende a desaparecer? Sobre todo si se queda en casa, porque irse de vacaciones equivale a distraerse y eso es hacerle trampa al único momento del año en el que el misterioso paso del tiempo nos señala con su lento dedo veraniego una verdad irrefutable: la de la desaparición, la de su desaparición y la mía.

Cualquier alma más o menos literaria o sensible (¿hay almas literarias insensibles?, a lo mejor) sabe a estas alturas que el tiempo, como quería Borges, es circular. Que la historia y las historias se repiten, como se repiten los personajes y sus circunstancias. Hablo de las vidas de la gente común y corriente, no de las de los personajes de la literatura, pues cualquier alma sensible sabe también a estas alturas que las novelas imitan la vida, que es el verdadero territorio -el humus- en el que echa raíces toda literatura (después están las vanguardias, las "deconstrucciones", las novelas sobre la novela o sobre la "posibilidad de la novela", pero en el principio era la vida, ¿cómo podría ser de otra manera?). Para volver al tema, yo por ejemplo estoy convencido de que mi vida es, en cierto modo, una repetición de la de mi abuelo, un emigrante francés que llegó a Buenos Aires a los dieciocho años y luego se radicó en Valparaíso, como yo llegué a Barcelona a los veintiuno y luego me radiqué en París hasta muy entrada la cuarentena. ¿Se ha imaginado usted que su vida puede ser el retorno, la recreación, digamos, de la vida de otro? ¿Y de la vida de quién sería, si fuera? Quizás por esto el verano -el verano casero, no el de los lagos y playas cuya agitación está pensada justamente para ahorrarle a usted la extraña sensación de inexistencia, o de tiempo circular, o de eternidad, pues todo ello viene a ser más o menos lo mismo- es una época propicia para reanudar ciertas lecturas. Digo esto porque este verano, como el verano pasado, he estado leyendo En busca del tiempo perdido. Proust, Marcel, es una excelente lectura de verano, pues habla precisamente del paso del tiempo, de ese tiempo moroso y eterno de los caserones de provincia y de los salones de esa provincia del tiempo que es el París decimonónico; y no sólo "habla" del tiempo, sino que lo reconstituye en su esencia misma, que es precisamente su fluir, su moroso caudal que hace y deshace vidas y novelas. Y su milagro, su arte, es que lo reconstruye mediante la escritura. Una novela sobre nada, se proponía escribir Flaubert al comenzar La educación sentimental. Y, obviamente, el resultado es una novela sobre la futilidad de todo empeño humano y sobre la decadencia de la burguesía en la Francia del siglo XIX. Pues bien, La recherche..., como se la conoce en francés, es una vasta saga literaria sobre nada, una especie de monumento sobre el paso del tiempo y, con ello, sobre la escritura. Yo leo a Proust, este verano, los anteriores y, sin duda, los que vendrán. Y también a Balzac que es, como todo el mundo sabe, no sólo el inventor de la novela negra (lean, por favor, Esplendor y miseria de las cortesanas) sino, como decía Cendrars, el inventor del mundo. Algunas páginas de Proust, algunas de Balzac, mientras afuera, los "maestros" (curioso que llamemos así a los obreros) pintan la casa de algún vecino escuchando radio Corazón. Escucho yo también retazos de esas historias de amor, de despecho, de personas que buscan a otras personas, o sencillamente de gente que llama para pasar el tiempo... Si Proust y Balzac hubiesen vivido en este Santiago, seguro que habrían escuchado radio Corazón. 



 



 

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