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Edesio Alvarado Brujo volador.
Extracto de "Escritores a trasluz", de Mario Ferrero, Editorial Universitaria, 1971.

En EL INSULAR, El Guardián del Mito II, Rosabetty Muñoz
16 de marzo 2007

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Un día, hace muchos años, apareció en nuestra casona familiar de la calle Lira, un muchacho moreno, de ancha cordialidad y gran bigote.

—¿Está Fulano de Tal?- preguntó.
—Sí, con él habla.
—Vengo a hablar de poesía, dijo. Y sin mayores preámbulos se coló hasta la última habitación, que era la mía, se sentó sobre la cama y volvió a preguntar:
—Tienes vino?
—No, sólo hay algo de cerveza.
—Trae toda la que tengas, ordenó.

Comenzamos a hablar desordenadamente, con esa espontaneidad de los viejos amigos que se ven por primera vez. Fue una charla gratísima en que lo dijimos todo, atacamos a la crítica, nos burlamos de los poetas consagrados y hasta nos propusimos, seriamente, asesinar a Alone en la noche de un viernes, porque tenía que ser viernes no recuerdo por qué designio de la cábala.

Acabábamos, ambos de publicar nuestro primer libro de poesía. Eramos jóvenes, con esa radiante juventud que ahora me avergüenza. Como es lógico, queríamos cambiar el mundo con urgente y desesperada rapidez. De aquella memorable conversación nació "El Zócalo de las Brujas" y más tarde la revista "Lagarto", que mantuvo en permanente desazón a buena parte de la literatura chilena de aquellos años.

Edesio Alvarado venía del sur, de la Isla Grande de Chiloé. Aportó a la misteriosa cofradía la hechicería de los brujos voladores y su singular mitología. Comenzó por hacerse nombrar imbunche, a tal otro le dio el título de matuasto y los demás pasamos a serbrujos-sátiros brujos esponjas, brujos guardianes o brujos carretillas, el más modesto de los cargos claves, como quien dice jefe de portería de un edificio que no tenía puertas. El símbolo de los brujos era una escoba, en la que andábamos montados de noche, por plena calle Ahumada, como en el mejor de los mundos. (...)

La comida de inauguración del "Zócalo de las Brujas" se hizo en una pensión de mala muerte de la calle Santo Domingo, donde Angel Pizarro arrendaba una modesta pieza sin pensión. Por aquel tiempo, Pizarro era un próspero vendedor de corbatas, que abandonó hasta el muestrario por amor a la poesía.

Otro tanto hicieron los pintores Manuel Gómez Asan, Osvaldo Loyola, Roberto Mårquez, Renán Paz, y los escritores Jorge Sosa, Armando Méndez Carrasco, Rodrigo Amauro, Rolando Sánchez, Reginaldo Vásquez, Roberto Guerrero y el único brujo porteño, quien por sí solo constituía una sucursal de consecuencias imprevisibles: Ramón Carmona Carrasco. Más tarde, cuando el grupo comenzó a hacer noticia nacional, se incorporaron el infaltable Andrés Sabella, y los no menos célebres Franklin Quevedo y Raúl Iturra Falcka.

Pero el que llevaba el pandero era Edesio Alvarado. Había abandonado hacía poco sus estudios de medicina, luego de una estruendosa y conmovedora aventura de amor. Ya no quería saber nada de diagnósticos ni de presiones arteriales, su única meta era Walt Whitman. He conocido pocos seres con una mayor conciencia del frenesí que Edesio Alvarado. Todos vivíamos la época del "parpadeo", una mezcla muy extraña de bohemia desenfrenada, exaltación jubilosa y profunda búsqueda intelectual, lo que no era un impedimento para que a menudo fuésemos a parar a la comisaría.

Por lo demás, esto no constituía mayor novedad, ya que "El Zócalo de las Brujas" sesionaba en una sala de la Dirección General de Carabineros, que había obtenido en préstamo Juan Firula, por aquel tiempo carabinero raso y del tránsito. Firula dejaba la luma encima de la mesa, se sacaba la gorra en la que cabía toda su familia, tocaba la campanilla y pronunciaba la advocación solemne: "En el nombre del dios Baco se abre la sesión".

Alguien descubrió un día que los brujos eran "comunistas", lo que determinó nuestro primer cambio de domicilio. Entonces nos fuimos al "Sótano Tropical", un elegante restaurante nocturno que dirigían Sergio Briceño y el ciego Medel. Briceño quería hacer de su negocio una Peña Literaria al estilo de las madrileñas, para lo cual no se le ocurrió nada más brillante que contratarnos a nosotros como número permanente de fondo.

Nuestra labor consistía en animar la tertulia y darle a la sala un ambiente intelectual, loco e irreverente, tarea que cumplíamos sin ningún esfuerzo, con una dedicación profesional tan responsable como si nunca hubiésemos hecho otra cosa en la vida.

Allí dieron conferencias Augusto D"Halmar, Díaz Casanueva y Mariano Latorre. Los días jueves se hacía teatro de cámara y nosotros leíamos originales en alta voz o Andrés Sabella cantaba en "boliviano". El resultado de tan curiosa innovación culinaria fue la quiebra más estruendosa de Sergio Briceño, a la que contribuimos muy a nuestro pesar. Hubo dos factores negativos que nadie tomó en cuenta: los poemas de Daniel de la Vega, recitados por el ciego Mędel, y el misterioso desaparecimiento, por dos o más días, de todo el personal femenino del restaurante, ausencia que coincidía con la fuga en masa de los brujos. En estas fugas tenía papel primordial Edesio Alvarado, quien terminó por irse al sur con una de las hermosas, dejando al "Zócalo" sin imbunche ni campanilla.

Pero no todo era cantar en las actividades culturales de la cofradía. Discutíamos día y noche como condenados, leíamos con pasión poesía de todos los tiempos y todas las lenguas, estudiábamos sociología, filosofia del arte, teoría, estética, historia, metodología, crítica,economía política. Todo lo cual vino a terminar en una violenta posición de insurgencia revolucionaria en una actitud renovadora que causó escozor a los sesudos escritores nacionales. Y que a la postre determinó la disolución, por exceso de madurez, del mentado "Zócalo de las Brujas".

A Edesio se lo tragó la tierra. Alguien dijo haberlo visto cazando patos silvestres en los alrededores de Calbuco, o arreando piños cordillera adentro, o navegando, en compañía de chilotes viejos, por los interminables canales del extremo sur. Otro comentó que bebía mucho, que curaba el mal de ojo en Curaco de Vélez, que preparaba tisanas para la calentura de los isleños.

Lo cierto es que un día, sin previo aviso, apareció como redactor político y luego director de la Revista "Vistazo". Como tal, fue a parar a la cárcel, acusado de "divulgar secretos militares", imputación absolutamente peregrina. Lo fuimos a visitar en el Anexo de Capuchinos. Estaba entero y sonriente, rodeado de los admiradores más inverosímiles, que atendía con gran desplante en una sala especial. Sus visitantes eran políticos de todas las tiendas, alcaldes de pueblo chico, đelegaciones sindicales y campesinas, escritores, artistas y hasta una simpática viejecilla que le llevaba de regalo un pollo fiambre y un canasto de tortillas.

En medio de todo este ajetreo, de esta vehemencia increíble, se dio maña para seguir escribiendo. Pasó de la poesía al cuento, del cuento a la novela, sin dejar un solo día el periodismo. Comenzó a ganar premio tras premio, hasta llenar su casa de diplomas y medallas de plata. Los libros se fueron acumulando con asombrosa rapidez: "El corazón y el vuelo"; "Venganza en la montaña"; "La captura"; "Los poemas del brigadier"; "El caballo que tosía"; "El silbido de la culebra": "El desenlace"; hasta llegar al más discutido y dificil de sus libros: "El turco Tarud" (...)

 



 


Extracto de "Escritores a trasluz", de Mario Ferrero, Editorial Universitaria, Colección Cormorán,
Serie Testimonios, Santiago, 1971.

 


 



 


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Edesio Alvarado Brujo volador.
Extracto de "Escritores a trasluz", de Mario Ferrero
Editorial Universitaria, 1971.
En EL INSULAR, El Guardián del Mito II, Rosabetty Muñoz. 16 de marzo 2007.