El autor de todos los Trópicos acaba de morir a los 88 años, en
pleno signo de Géminis, signo doble y traicionero. Tengo mucho en común con él: nunca he sabido si nací a las 6 de la tarde
o a las 6 de la mañana y Miller nunca supo si nació a mediodía o a medianoche, conocimiento imprescindible si uno cree
en la astrología.
Su padre era de origen alemán y tenía una sastrería en alguna calle del este de Nueva York. Allí trabajó Miller un tiempo, por orden de la madre, para evitar, sin lograrlo, que su
padre siguiera emborrachándose y arruinara a la familia. Allí
conoció al gran escritor erótico Frank Harris: quería hacerse
un traje deportivo para viajar en yate. El viejo Miller despreciaba a los escritores, creía que eran ligeros, irresponsables,
muertos de hambre, y le ofreció a Harris una tela propia para
un arlequín, porque «los bohemios pueden ponerse cualquier
cosa». Miller padre era también un bohemio, vestido con traje
de corte impecable, hecho a la medida, pero nunca lo supo;
su hijo aprendió con él a reconocer los géneros, a palpar con
delectación las sedas y los casimires, pero sobre todo, en la
sastrería, se cruzó con Harris, modelo de vida y de escritura:
«Acostumbraba ayudarlo a ponerse los pantalones cuando venía para una prueba. Nunca usaba ropa interior, lo cual asombraba a mi padre. A veces yo servía de mandadero cuando
cerrábamos la tienda. Un día mi padre me pidió que le llevara
un traje y cuando llegué a su casa me encontré a mi adorado
escritor en la cama con una mujer. Quise huir despavorido pero él insistió en medirse el traje. Saltó de la cama, completamente desnudo, y se probó los pantalones».
La profesión de escritor es ambigua, escinde, especialmente en un medio tan puritano como el de Miller. En Primavera negra Miller relata sus experiencias en las calles de Nueva
York, sus peripecias como pandillero, sus escamoteos eróticos
con las muchachitas, su preocupación por los deportes, su deseo de imitar a Charles Atlas, a los boxeadores Jack Johnson y
Stanley Ketchel. Ser escritor significa «ser un santo, un mártir, un dios», pero sus amoríos con una viuda veinticinco años
mayor que él, lo obligan a huir hacia California para trabajar
en los campos, frecuentar los burdeles de la frontera con
México, y hacerse cowboy. Esta decisión se frustra por la llegada de Emma Goldmann, quien lo instruye en Dostoievski y
Nietzsche. Decide regresar con su padre, casarse con su maestra de piano y desempeñar varios empleos, soñando siempre
con ser escritor pero sin escribir ni una letra.
Miller conoce a June: la encuentra en un salón de baile.
Se enamora de ella. Ahora es la esposa de Miller quien los encuentra en la cama: viene el divorcio y un nuevo matrimonio.
Miller abandona su empleo en la compañía de telégrafos a mitad de un día de trabajo y decide dedicarse por entero a la escritura: «Fue gracias a mi esposa, mi nueva esposa, June, como
obtuve el coraje de tomar esas decisiones y mantenerlas. Ella
me ayudó, me impulsó, creía en mí. Entonces empezó el periodo en que realmente sufrí, me morí de hambre, pero logré
escribir mi primer libro». Durante un tiempo Miller y June
tuvieron que regresar a casa de sus respectivos padres porque
estaban en la quiebra y la señora Miller se avergonzaba de
su hijo: cuando alguien llegaba de visita lo obligaba a guardar su máquina de escribir y lo escondía en el clóset, apestoso
a naftalina.
June está decidida a transformar a Miller en escritor y utiliza su belleza para lograrlo: encuentra varios hombres que le
compran lo que ella vende, generalmente los manuscritos de
su marido. Uno ya viejo y «que la quiere mucho» le dice, antes
de darle dinero para el pasaje a París (adonde cree que va sola),
«Extraordinario, parece escrito por un hombre». Miller y June pasan allí un año, con el dinero del benefactor, luego él
regresa solo, con el dinero que le manda June. Francia ofrece
el clima necesario para la escritura; el impulso, la ayuda material y moral, la sexualidad, los obtiene gracias a las dos mujeres más importantes de su vida: June, personaje principal de
sus mejores libros, y Anaïs Nin, a quien encuentra también
en París, cuando aún era, como Miller, desconocida, y vendía
libros pornográficos —ahora bestsellers— para sostenerse.
(1938-1930).
La relación de Miller con June es bastante breve, pero
definitiva. June posee una belleza maldita, semejante a la de
Rimbaud. Anaïs Nin se enamora de ella al verla: «Cuando June
se acercó a mí, desde la oscuridad del jardín hasta la luz de la puerta, vi por primera vez a la más hermosa mujer de la tierra. Una asombrosa cara blanca, ojos ardientes y oscuros, un rostro tan vivo que sentí que podía consumirse ante mis ojos... La vi apenas anoche y, sin embargo, conocía desde hace tiempo la fosforescente calidad de su piel, su perfil de cazadora, la perfección de sus dientes. Es rara, fantástica, nerviosa, como alguien que tiene una fiebre muy alta. Su belleza me inundó».
June es maravillosa y destructiva, cruel y apasionada, dura,
también irreal, pero su irrealidad movilizó la excesiva realidad
de Henry: a través de ella, logró instaurar una geografía candente y amorosa, a partir de ella se trazaron los Trópicos y se
hilvanaron las interminables y, a veces, tediosas páginas de
Sexus, Plexus y Nexus. June vivió poco tiempo con Miller, mas
su movediza y evanescente figura quedó atrapada en las líneas
impresas de los libros, o quizá sea mejor decir que Miller quedó atrapado en sus contradicciones. La escritura de Miller dibuja una y otra vez el cuerpo de June, su escritura acecha su
belleza, su lenguaje la extravía, y un acto amoroso persistente
se instala en la densidad y abigarramiento de la palabra
obscena.