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Variaciones de Karina Valcárcel

Por Miguel ildefonso




 

 

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“Toda la duplicidad del arte contemporáneo consiste… en reivindicar la nulidad, la insignificancia, el sinsentido. Se es nulo, y se busca la nulidad; se es insignificante, y se busca el sinsentido” decía Jean Baudrillard. Y es que esta reivindicación de los objetos cotidianos, de los animales y plantas arrancados o puestos fuera de sus lugares conocidos, corresponde a la postura de Variaciones, libro de poesía de Karina Valcárcel. ¿Pero por qué se busca esta nulidad o insignificancia, esta mínima expresión del mundo? La poesía reconstruye un diálogo perdido, extraviado, remoto, que busca el origen de las cosas, el origen de la palabra con que se funda el diálogo, el diálogo original del hombre con el mundo. En ese transcurso la poeta halla el intersticio, la ranura, tal como vemos en el poema Las Flores, en donde crecen unas flores entre el concreto, en las ranuras de la vereda, flores que ella tiene que nombrar, ponerles nombres. En ese intersticio está la poesía, y el mundo recobra allí su sentido, su totalidad, su significado: la flor nombrada por la poeta no muere, como leemos con ironía en el texto; lo que muere es la nulidad, el silencio, el vacío que la contenía, que la aprisionaba. Variaciones de Karina Valcárcel es ese quebrantamiento, rompimiento de lo concreto, de lo real como nos lo han enseñado las leyes humanas, las convenciones, las prisiones de la razón. La poeta lo resume así, con estas dos líneas: “La paloma de la paz es una jaula blanca/ que encierra a todos los hombres del mundo”. 

La vida moderna está llena de rituales vacíos, estáticos, repetidos a diario, rituales que han perdido su razón de ser, su necesidad, su espíritu. La poesía cuestiona la vida como nos la enseñaron; hace ironía de cómo nos enseñan a amar, a caminar, a peinarse, a mover el cuerpo cuando se ama o a mirar los peces en la pecera. La poeta en Variaciones, y cito una imagen del poema El orden de las cosas, levanta las faldas de la realidad para espiarle las entrañas. Cuando mira, cuestiona, imagina, trastoca esa realidad. Y allí encuentra una serie de animales y fauna en cautiverio: la vaca, los peces, el elefante, los patos. Y es que escribir poesía es indefectiblemente tener la conciencia de nuestra Otredad, de sabernos seres de dos o de tres o de infinidades de seres. El poeta o la poeta no se conforma con solo mirar. Esta duplicidad del arte, Kamo No Chomei, poeta ermitaño japonés del siglo XIII, la explicaba así: “contempla la vida de pájaros y peces. El pez jamás se fatiga en el agua, pero no puedes conocer la verdadera mentalidad de un pez, porque no eres un pez. Los pájaros nunca se cansan de los bosques; pero no puedes conocer su real espíritu porque no eres un pájaro. Exactamente lo mismo ocurre con la vida religiosa o con la vida poética: si no la vives, nada puedes conocer acerca de ella.” En otros términos, la española María Zambrano lo explicaba de esta manera, cito: “el logos, -palabra y razón- se escinde por la poesía, que es la palabra, sí, pero irracional. Es, en realidad, la palabra puesta al servicio de la embriaguez. Y en la embriaguez el hombre es ya otra cosa que hombre; alguien viene a habitar su cuerpo; alguien posee su mente y mueve su lengua; alguien le tiraniza. En la embriaguez el hombre duerme, ha cesado perezosamente en su desvelo y ya no se afana en su esperanza racional. No sólo se conforma con las sombras de la pared cavernaria, sino que sobrepasando su condena, crea sombras nuevas y llega hasta hablar de ellas y con ellas. Traiciona a la razón usando su vehículo: la palabra, para dejar que por ella hablen las sombras, para hacer de ella la forma del delirio. El poeta no quiere salvarse; vive en la condenación y todavía más, la extiende, la ensancha, la ahonda. La poesía es realmente, el infierno.”

En Variaciones leemos también la breve historia de una pareja, de sus contactos o escarceos, de sus búsquedas en un lenguaje íntimo y a la vez colectivo, como dice en Insomnio: “ponerle nombres a nuestros instintos/ madrugar para hacernos del amor”. Su erotismo también es una forma de rebelión, de dinamitar los esquemas, como apreciamos en el poema Serie V. Es cierto que el amor disuelve un orden y crea otro; porque el amor, como el arte o como la poesía, no haría historia si es que no rompe un orden. La historia, como el amor, se define por su libertad creadora, no por su repetición. La libertad, por tanto, es la partera del amor. Y en esta poética la libertad es plena, lo lúdico define sus pensamientos, la ebriedad de la que hablaba María Zambrano se vuelve ilegal dentro de una sociedad que consolida su poder gracias a sus estamentos pétreos. La poesía - sigamos jugando con sus libres definiciones -, por eso mismo, linda con la marginalidad, con los pasajes oscuros de la historia oficial, y por eso es peligrosa, sospechosa, estigmatizada. Escribir un poema es un acto de rebeldía en sí, es conquistar el futuro en ese acto, porque la palabra anuncia a un futuro lector o, mejor dicho, lo crea; crea a ese otro que se verá luego impulsado a tomar conciencia de su insularidad, a dudar de lo que siempre ha creído, a querer ser libre. La poesía es una declaración de guerra a la corrupción del espíritu y del cuerpo. Para ello la voz poética, en Variaciones, fluctúa entre lo irónico, lo lúdico y la reflexión existencial. Estos rasgos coinciden con los de esta época posmoderna, cuando la poesía explora nuevos recursos para confrontar las estéticas caducas, allí en donde los lenguajes vanguardistas del siglo pasado se han hecho lugar común, lenguaje publicitario o cotidiano o pop. Vivimos en una época de autoreflexión, agotamiento y exploración a partir de la quiebra del lenguaje mismo, y de la reposición del poeta en el mundo real y virtual. Las dudas reemplazan a los himnos, las grietas a los templos y palacios. Esta empeñosa búsqueda del origen y de la utopía es la que define, a mi entender, la poética que nos presenta el libro Variaciones. Cierto, hay algo de Eielson, algo de Blanca Varela, algo de todo, y a la vez, y esto es lo mejor por supuesto, mucho de Karina Valcárcel, quien va construyendo una voz propia y segura en la poesía peruana última. 

 

 

 

 

Amar el miedo. Lectura de los libros Otros te[a]mores
y Variaciones de Karina Valcárcel


Por Juan Carlos de la Fuente Umetsu


 

I

¿Es posible regresar a la inocencia y desde allí construir un futuro inapelable? ¿Y si esto es cierto, cuántas veces se puede regresar y, como diría la poeta Alejandra Pizarnik, «…sobre todo mirar con inocencia. Como si no pasara nada…»?

Las respuestas van y vienen, y tal vez se convierten en nuevas preguntas que el lector encuentra en un camino en el que los demás caminos se pierden para dar lugar a otros. De esto y más está compuesta la tercera obra de Karina Valcárcel (Lima, 1985). En estos textos, la poeta propone la reconstrucción de una vida, la reinvención de una realidad y el encuentro de un nuevo amor en la poesía y con la poesía.

La obra está compuesta por dos poemarios que se contraponen, y al mismo tiempo se complementan. El primero de ellos, titulado Otros te[a]mores podría ser la continuación natural de su anterior libro (Una mancha en el colchón, publicado el año pasado), y el segundo poemario, Variaciones, sería en cambio una forma radical de negar todo lo vivido, pero al mismo tiempo el modo de ratificar una consistencia vivencial que, situada al margen de cualquier hecho histórico, personal o cotidiano, da lugar a un auténtico renacimiento. 

Sobre Otros te[a]mores he de decir que constituye una especie de cierre de ciclo, de ajuste cuentas simbólico, a través del cual se abre una forma distinta de alcanzar el amor, de abordarlo y desbordarlo. Así, la poeta acaba con «El mito de descubrir la ciudad en tus ojos», y confiesa con la mirada en alto y sin ningún atajo: «Escribo como quien sepulta de palabras el silencio».

Al comienzo del libro, la poeta ha regresado al hogar, se ha reencontrado con su origen. En el poema “Retrato de boda”, escribe: «Mi padre aparece a la izquierda / lleva una flor en la solapa / que sospecho sustrajo de la vincha de mi madre / mi padre sustrajo durante mucho tiempo flores / de la vida de mi madre y sin embargo, / pueden sentarse al desayuno y cortar con el mismo cuchillo el pan / hablar de desamor y comentar los noticiarios…». Esta es la reconciliación que les permite reencontrarse siempre, «volver a juntarnos —dice Karina— / dentro de un mismo cuadro / aunque nadie capture los instantes».

La sección “Te[a]mor” es particularmente especial. Allí es la mujer que escribe profecías, la que habita este poemario, la que confiesa su amor y su miedo, y cómo el hecho de amar el miedo es la única manera de enfrentarlo: «Mezclada climática y espera / Para seguir andando anda volando sobre la acera, cae / Y de cada caída nace una rama, en un extremo la cama, la risa, el dolor, el amor / Amor  / es una palabra tan parecida al temor, tan parecida» (Híbrida).

Otros te[a]mores fue escrito para decir adiós al tiempo y trascenderlo, pues la autora confiesa en los últimos versos del poema “Poesía y olvido”, de “Adiós temor”, la sección más sobresaliente del libro, lo siguiente: «Escribo con plena conciencia / de que no se escriben versos para olvidar, / lo que se escribe no se olvida». No se olvida, es cierto, porque lo vivido se incorpora a nuestra vida para formar parte de nuestro lenguaje.

Pero Otros te[a]mores no sólo es fin de algo, sino que contiene las semillas de la nueva escritura. El poema Somos todos los cuadros de Gustav Klimt es revelador, pues allí las personas que se abrazan parecieran condenadas a quererse; parecieran —dice la poeta— pues querer no es un forma de condena y el abrazo es más bien una forma de encontrar la libertad, es algo así como el distanciamiento del que habla el poeta Paul Celán, cuando señala: «Nos despedimos abrazados». Y es que esa constituye la auténtica forma de despedirse, pero de despedirse bien, cuando se ha cruzado el límite a partir del cual, parafraseando a Kafka, es imposible volver. Y ahí es donde llega Karina Valcárcel.

II

Dividido en cuatro secciones, Variaciones es, por su lado, la reconciliación, la armonía, la paz que sucede al arreglo de cuentas, el final del uno y el principio del uno-otro, aquel que al hablar le habla a todos, ya no más a alguien que habita la ausencia como en sus anteriores libros, sino a todos los que estamos y los que no estamos leyendo su poesía.

Al  haber recompuesto el paisaje familiar, los padres, el hijo, los miedos, la poeta ingresa en Variaciones a un territorio de colores distintos, a colores que se inscriben en el blanco como pensamientos liberados, como constataciones breves y rotundas: «En el nido de la jaula no ha nacido ningún pájaro» (Variaciones 1, Desilusión), sentencia, así como dice que «La paloma de la paz es una jaula blanca / que encierra a todos los hombres del mundo» (Variaciones 5, Deberes y derechos). Y con esa firmeza, asume igualmente la ironía, cuando señala: «Si piso una nube / y no me precipito al suelo / o cuanto menos  no me caga / una paloma en la cabeza / sabré que existe el paraíso» (Poemas postales 3).

La pintura se muestra también, como precisa en el siguiente poema, correspondiente al mejor conjunto de variaciones de este poemario: «Desde la pared  / una sombra decapitada busca la cabeza bajo la alfombra. / Le ofrezco la mía / pero argumenta un cuerpo / débil y un corazón / útil. // Ante el inminente rechazo apago la luz» (Insomnio 1). Este poema cromático, misterioso, inmerso en una locura creativa evidente, es sin embargo nítido en su constitución y su mensaje, es acaso una forma de fabular y de pintar por medio del poema.

Y hay otros instantes memorables, como: «¿Y si el sueño destruye nuestro romance nocturno?»(Insomnio 4. Esto es solo una muestra de un libro que parece beber del haiku japonés, el aforismo occidental, el Noé delirante de Arturo Corcuera y los pequeños cantos de Alejandra Pizarnik. Pero la poeta bebe únicamente en pequeñas dosis, en breves sorbos que no apagan su auténtica luz.

No quisiera citar más poemas para que el lector entable su propio y personal diálogo con la poesía, pero debo citar Caminata, donde Karina dice: «Si camino con los pies sobre la tierra / probablemente alguien esté tocando el techo con las manos al otro lado del globo / para equilibrar este descuido / de querer / sentirme /  tan humana». Este es el peso y soporte de una poesía también reflexiva, que ya se veía venir en esta dirección desde su primer libro Poemas cotidianos (2008), y que se consolida esta vez como una propuesta.

Y ahora, quiero detenerme nuevamente en los indicios plásticos, en los giros cromáticos de la poesía de Valcárcel, presentes en Variaciones. Para esto, volviendo una vez más a Otros te[a]mores como referencia, me apoyo en Gustav Klimt (1862-1918), pues necesito su ayuda: El pintor simbolista señalaba lo siguiente: «Quien quiera saber algo sobre mí, como artista digno de interés, debe contemplar mis cuadros con atención e intentar reconocer en ellos lo que soy y lo que busco».

No hay otra forma de reconocer a Klimt, como no la hay de reconocer a Karina Valcárcel. Su mirada es su pintura, su poema, su trazo enérgico, tierno por ratos, irónico  después y algunas veces como el brillo de un afilado cuchillo cortando este cielo sin cielo de Lima. En su poema “Flores”, la agudeza de Karina es notable: ella encuentra una planta, describe el hallazgo, el modo en que entabla una relación y termina aseverando: «La he consolado diciendo que a veces la mierda es tan buena para los humanos / como para las plantas».

Sigo con Klimt: «todo el arte es erótico. Es el primer ornamento en haberse inventado, la cruz, era originalmente erótica. Era la primera obra de arte... Un movimiento horizontal: la mujer que se acuesta. Un movimiento vertical: el varón que la penetra». Más allá de la cruz está el despojamiento, la desnudez, la revelación de aquello que permanece oculto entre la maleza. No hay tampoco otra forma de conocer y reconocer a Karina: el erotismo de su poesía es radicalmente diferente al de los años ochenta: es natural, no se auto compadece, se burla de sí mismo y de sus pérdidas. Se enaltece tenazmente de sus más caros hallazgos. Se desnuda para desnudar al otro. Se despoja de todos sus ropajes para mostrar sus sentimientos, para decirse la verdad, su verdad, y aceptarse para aceptar al otro.

Encontrar a Karina Valcárcel es recorrer sus poemas con la certeza plena de que el comienzo y el final de algo son en verdad lo mismo, sólo depende del punto de partida elegido y de la capacidad que tenga cada quien de habitar el infierno y aún así tener el poder de regresar a la inocencia primigenia. La poeta no es la femme fatale, ni la niña mujer, ni la mujer perdida, es la mujer encontrada que no se ahoga en su dolor, es aquella que más bien lo encara para reconocerlo, para amarlo, para trascenderlo.



 

 

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"Variaciones" de Karina Valcárcel
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Amar el miedo. Lectura de los libros "Otros te[a]mores" y "Variaciones" de Karina Valcárcel.
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