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La casa umbría de Leda Quintana Rondón
(Contraeditorial Astronómica, 2021)

Por Miguel Ildefonso



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Quisiera empezar este breve texto sobre el hermoso libro de poesía de Leda Quintana Rondón, La casa umbría (Contraeditorial Astronómica, 2021), leyendo el conocido poema de Martín Adán, que sirve para introducirnos en la caza de la poesía que nos convoca hoy.

Poesía, mano vacía...
Poesía, mano empuñada
Por furor para con su nada
Ante atroz tesoro del Día...

Poesía, la casa umbría
La defuera de mi pisada...
Poesía, la aún no hallada
Casa que asaz busco en la mía...

Poesía se está defuera:
Poesía es una quimera...
¡A la vez a la voz y al dios!

Poesía no dice nada:
Poesía se está, callada,
Escuchando su propia voz.

El poema de arraigo existencialista de Adán nos presenta en su “no decir” lo referido a que la poesía es una quimera, la de un dios, a la que su voz de humano y poeta ha de buscar reiteradamente, o asazmente, y que nunca hallará. Vemos, así, en este poema, que hay un doble lugar de la poesía, el del “defuera” o la quimera, y el de la “casa umbría”, que es el lugar del ser, en aquel interior donde el poeta solo puede acceder escuchando su propia voz.

Hay una búsqueda “por furor” de esa casa en el poema de Adán, así como hay una migración incesante en La casa umbría de Leda, desde los Andes peruanos a la costa de la capital, y viceversa. Pues de lo que estamos hablando aquí, en este intento de asirla, es lo que se conoce en filosofía como el dasein. La crítica española Elza Dutra nos dice, al comentar el conocido libro del filósofo Martín Heidegger, Ser y tiempo: “el Dasein es presentado desde su cotidianidad como un ser-en-elmundo que siempre se está proyectando en las posibilidades de ser, las cuales constituyen su propio ser. Siendo-en-el-mundo, el Dasein no se muestra como un sujeto individualizado que representa objetos mentalmente, por el contrario, se pierde en la impersonalidad del mundo compartido con los otros y establece relaciones funcionales con el entorno.”

Estamos, por tanto, hallándonos o ubicándonos en La casa umbría, en ese dasein que es el ser de la voz poética femenina, pasajera de este mundo que pareciera estar permanentemente en crisis. Para la poeta el lenguaje es la casa del ser, así como para el filósofo el dasein es la casa del Yo; un ser aquí, un ser allí, deviniendo en el mundo, discurriendo en el mundo, de manera azas como diría Martín Adán.

La casa umbría, entonces, es un estado abierto, es la inhabitable casa del ser, pues habitarla es estar permanentemente fuera de ella. Y es así como se explica ese doble lugar del poema de Adán (habitándola y no habitándola / diciendo y no diciendo), y es por eso que Leda nos presenta la crónica de sus casas, de sus búsquedas, de su discurrir en el mundo, no como una voz insular, tan solo escuchándose a sí misma, sino, como se dijo antes, cuando se “pierde en la impersonalidad del mundo compartido con los otros y establece relaciones funcionales con el entorno”.

La poesía requiere de ese distanciamiento y, a la vez, del adentrarse sin falsos ropajes a la casa del lenguaje: lejanía necesaria, mirada lejana de la casa para que, ante los ojos que escudriñan el interior, sea todo lo real. Por eso, quizás, Leda ha tardado en escribirla, en publicarla; pero ha valido la pena esta espera, por supuesto que sí.

No es umbría esta casa porque para en sombra, sino porque es íntima, está adentro, así como el corazón, palpitando en esas relaciones funcionales que son las de la solidaridad, la sororidad, la búsqueda de justicia, de reencuentro, curación, sanación. Rosella di Paolo, Virginia Benavides, Nicolás López-Pérez, María Sabina, Domingo de Ramos, Elvira Hernández, Rosina Valcárcel, son 25 habitantes literarios en los umbrales de esta casa, con sus propias voces. Y más adentro, al interior, están las ceremonias, los viajes y las constelaciones, en donde hablan las tías, los ancestros, la abuelita Mamarao, la abuela Rosalía, los padres, los primos, el hijo y los amigos como Rudy y las Gelsominas. Huasta y Yauyos se resisten a quedarse en el oscuro olvido, a ser extirpados, sin memoria, sin sus identidades.

Leda Quintana Rondón nos ofrece el relato de una resistencia milenaria y actual, no con una poesía de agonía umbrosa, sino de luz, de hermandad vallejiana, que es el único modo en que nos sanaremos como humanos, como país y como mundo, y para que la casa cante y respire escuchando nuestras propias voces y las de los otros y las otras.


Portada del Sol, setiembre, 2021



Durante la presentación: Miguel Ildefonso, Carolina O. Fernández y Leda Quintana Rondón.
Barranco (Lima, Perú) 9 de septiembre 2021




Miguel Ildefonso, Leda Quintana Rondón, Carolina O. Fernández, Nicolás López-Pérez y Virginia Benavides,
las danzantes de tijeras y el violín y el arpa andina. 

 



 

 

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