“Una silenciosa épica, mujeres escritoras de la vanguardia hispanoamericana”[1] Por María Inés Zaldivar ANALES DE LITERATURA CHILENA, Año 26, diciembre 2025, número 44
Como es sabido y he señalado en otros textos, desde los comienzos y la primera mitad del siglo XX, en nuestro continente americano se desplegó un importante grupo de creadoras ya reconocidas dentro del canon como lo son Delmira Agustini y Juana de Ibarburú, en Uruguay; Alfonsina Storni, Victoria Ocampo y Norah Lange en Argentina; como también Dulce María Loynaz en Cuba, o Cecilia Meireles en Brasil incluyendo, por supuesto, a quien funcionó muchas veces como el eje vinculante de esta red, Gabriela Mistral. Pero, aparte de las anteriores, hoy quisiera señalar a otras, más o menos visibles, que conforman un sustrato poético ineludible y que ha permanecido desdibujado en la historia de la literatura a través de los años. Algunos nombres de esta pléyade semi oculta, por citar algunos ejemplos, son los de las chilenas Winétt de Rokha (Santiago 1892-1951); Olga Acevedo (Santiago, 1895-1970); María Monvel (Iquique 1899-1936); Chela Reyes (Santiago 1904-1988); o bien el de Magda Portal (Barranco 1900-1989) en el Perú; el de María Luisa Carnelli (La Plata 1898-1987) en la Argentina; los de Edgarda Cadenazzi (Montevideo 1908-1991) y Blanca Luz Brum (Pan de Azúcar 1906- Santiago de Chile 1985) en Uruguay; o el de Mariblanca Sabas Alomá (Santiago de Cuba, 1901-1983), en Cuba. La lista es muy larga, pero en este momento solo me referiré a las chilenas Winétt de Rokha y Olga Acevedo, y a la argentina María Luisa Carnelli, coetáneas, todas nacidas entre los años 1894 y 1898.
* * *
Derivada de la afirmación anterior y atendiendo al título de este texto –“Una silenciosa épica, mujeres escritoras de la vanguardia hispanoamericana”– quisiera desarrollar algunas ideas acerca de la escritura de estas mujeres a partir de una pregunta: ¿Por qué no hablar de épica, de una La epopeya en las Américas cuando nos referimos al camino que han recorrido muchas escritoras de nuestro continente en la primera mitad del siglo pasado para posicionarse en el campo cultural de sus países? Porque, si definimos llanamente la palabra épica “como un tipo de relatos en los que se narran acciones de héroes, en algunos casos semidioses”[2], y epopeya como aquel poema extenso que canta en estilo elevado las hazañas de un héroe o un hecho grandioso, lo que por cierto supone para un humano un esfuerzo enorme, fuera de lo común, muchas escritoras y en este caso específico poetas, tuvieron que funcionar como heroínas al recorrer en sus vidas un duro camino, y realizar verdaderas hazañas para ser fieles a su vocación escritural al intentar posicionarse dentro del marco que definía, ha definido y que aún define hasta nuestros días el canon literario y poético.
Pero antes de mostrar esta galería de mujeres y su épica escritural, quisiera puntualizar que en el presente texto no me referiré a la construcción de lo femenino en términos mítico-sicológicos al estilo de lo planteado, por ejemplo, por Jean Shinoda Bolen[3] en Las Diosas de Cada Mujer: Una Nueva Psicología Femenina, (pdf) libro en el que la autora identifica a aquellas mujeres que buscan su independencia y realización como si tuvieran “diosas activas” en su interior que necesitan desentrañar. Tampoco pretendo seguir la línea de Maureen Murdock[4] en su texto Ser mujer un viaje heroico(pdf) en el cual, evocando el modelo de búsqueda heroica propuesto por Joseph Campbell, describe el proceso femenino para lograr la constitución de un yo mentalmente sano que no se vaya identificando progresivamente con los valores masculinos de nuestra cultura (el mismo Campbell, dejó un libro que se publicó póstumamente en 2013 titulado Diosas. misterio de lo divino femenino).
Como decía, mi opción no va por adentrarme en el territorio analítico de la psique femenina, ni tampoco justificar por qué estas autoras pueden considerarse vanguardistas –hecho que asumo como tal–, sino dar cuenta de la hazaña que significó y ha significado para muchas escribir y, desafiando y superando las dificultades y la autocensura, intentaron posicionarse a través de su producción literaria en un campo literario que les era adverso, estructuralmente adverso. Pues, tal como afirma Laura María Martínez, esto consistía en “enfrentarse a un entramado cultural de difícil acceso, donde las posiciones de poder eran ocupadas por figuras masculinas con ideas preconcebidas de lo que podía o no hacer una mujer, de lo que debía o no escribir una escritora” (Tesis, p. 227).
Tal como desde tiempos remotos el trabajo diario realizado por las mujeres dentro del hogar no ha sido considerado como tal ni valorado en la importancia social que este tiene y tampoco visibilizado en el esfuerzo que significa realizarlo –y por cierto ni remotamente remunerado–, el producto literario- poético y toda la energía desplegada en su creación, en total coherencia con el sistema que lo cobija, no fue reconocido por el entorno sino que se naturalizó como una entretención mujeril o un desahogo de sentimientos reprimidos. Coherente con lo anterior, su producción intelectual y artística quedó circunscrita a la esfera del hogar, la familia o los círculos más privados como una actividad poco relevante, decorativa. No es extraño considerar entonces que esta naturalización que se inicia en el mundo privado se traspase a la esfera pública y tenga como consecuencia la invisibilidad de su producción escritural. Por cierto, esta no es la única explicación del borramiento de la producción literaria de las mujeres en el campo literario, pero me parece importante mencionarla como una de las vigas maestras que estuvieron (y están) en la base de su exclusión en la esfera pública y por lo tanto excluidas del canon que fija el valor de lo literario.
Pues bien, a este proceso que supone un esfuerzo desusado, más allá de lo común, extraordinario, y que busca romper la barrera que divide la escritura privada considerada meramente confesional y que pretende llegar al mundo de lo público, quisiera denominarlo acuñando el término épica doméstica. Épica doméstica experimentada por muchas mujeres que intentaron lograr la inclusión y reconocimiento dentro del campo literario, logro que solo se materializó con éxito en muy pocas excepciones que sirvieron para confirmar la regla, como es el caso de Gabriela Mistral[5]. Además, percibo que esta experiencia de vivir una épica doméstica invisible que generalmente es también silenciosa, tiene un carácter amargo pues, mientras la creadora despliega un gran esfuerzo emocional e intelectual para llevar a cabo su propósito, la imposibilidad de lograr su objetivo deviene en frustración, represión y cansancio. Un ejemplo de escritura de la esfera más privada puede leerse en estos versos de María Monvel. En ellos la poeta nos presenta una particular canción de cuna titulada “Berceuse”[6], como podemos apreciar en estas estrofas:
¡Duerme mientras puedas! Arrorró, mi vida!
¡Qué dicha mirarte, dormida, dormida!
Mas tarde, después, arruga primera
darás desazón a la mía hechicera.
La primera cana te dará tortura
y te oprimirá como soga dura
y el sueño, arrorró, no vendrá jamás...
Duerme, que después ya no dormirás. (311)[7]
...........
Duerme, que también yo quiero dormir.
¡Mis brazos son frágiles para resistir!
y te dejaré caer, pobrecita,
en aquel rincón con la muñequita,
entre tus juguetes, gatos y corderos,
¡gloria la de tus amores primeros!
Y desde un rincón el toro vendrá
y en castigo, fuerte, fuerte, mugirá!
Comerá muñeca, comerá niñita,
llorará solita, ¡pobre mamaíta!...
Se durmió. La acuesto. Su cuerpo en la cuna,
fulge leve, como si fuera de luna. (312)
Así también, y de manera más radical, en su poema “Deseo” la hablante llega al límite de sus fuerzas, a un punto de quiebre en esta lucha entre logro y frustración, como puede leerse en su último verso: “Deseo, / te mato yo o me muero! (309).
Atendiendo específicamente a las autoras que ahora presentaré, diría que esta falta de valoración y silenciamiento, tal como vimos en el verso anterior, produce un desgarro interno en las poetas. Desgarro muy radical que tiene que ver con que la escritura para ellas no es un pasatiempo irrelevante sino una manera de posicionarse frente al mundo. Con una rica vida interior, perseverancia y disciplina intelectual, ellas han creído en sí mismas y en la particular capacidad de introspección que les permitió su escritura y por ello, aunque esta falta de reconocimiento privado y público colisiona con su ser tanto individual como social, han hecho brotar desde estas grietas una creación –incluso de esos temas denominados como “íntimos”, “familiares”– que da cuenta de esta épica doméstica produciendo una poesía que ha roto las barreras del tiempo y el espacio. Para muestra, un botón, el poema “Escenario de melopea en antiguo” de Winétt de Rokha:
Cóncavo, con estalactitas y estalagmitas,
todo blanco, como el dedo de la mañana,
y un tapiz rojo, ensangrentado y repitiéndose,
donde mi zapatilla es una sola pepa de sandia.
Todo ojo se copia en los espejitos de mis uñas,
y mis brazos caen, se levantan y caen otoñándose.
La palabra se hace mariposa de noche,
pestañea, gira, se detiene, abre su corazón de perla inopinada
y se prende a un eco que rueda,
lentamente, desdoblándose, persiguiendo su órbita,
como una cabellera de astro que se disuelve.
II. DIVERSOS CASOS DE ÉPICAS DOMÉSTICAS AL MOMENTO DE ESCRIBIR
1. Winétt de Rokha (Santiago de Chile, 7 de julio 1892 - 7 de agosto 1951)
Siguiendo un orden cronológico tenemos a Luisa Victoria Anabalón Sanderson, quien también firmó como Juana Inés de la Cruz, Marcel Duval Montenegro, Federico Lagarraña, y finalmente conocida como Winett de Rokha. Esta poeta que logró que su palabra se hiciera mariposa de noche, nació en el hogar acomodado de una familia católica y tradicionalista, un año después de Vicente Huidobro y diez antes que Pablo Neruda, y hasta hace poco tiempo solo era conocida como la esposa de Pablo de Rokha. Renunciando a su posición social de origen, tuvo una vida de muchas apreturas económicas junto a su marido y su numerosa descendencia.
Hay testimonio explícito de su situación económica a través de cartas que ella escribe especialmente a miembros de su familia, como puede verse en esta dirigida a su mamá, que no está fechada, pero que por su contenido es cercana al nacimiento de “Pepito”, su hijo José de Rokha, mencionado en la carta. La cito, in extenso:
Mi querida mamacita,
Tanto yo como Pablo nos hemos propuesto decirle a Ud. siempre la verdad en todo, sea cual fuere. No puedo ir a verla porque tengo la ropa empeñada. La empeñé hace 15 o 20 días para cuidar a los niños. Está en $40. Yo he logrado economizar $14, me faltan $26. Yo no quiero pedírselos, ni hacerla sufrir poniéndola en situaciones aflictivas, solo le digo lo anterior para que Ud. se explique que, teniendo muchas ganas de verla no pueda hacerlo.
A Pablo y a mí nos parece horroroso pedirle más dinero y no solo pedírselo sino tener que aceptárselo porque consideramos que ha hecho mucho por nosotros.
Ahora con el asunto del profesorado de Pablo que va muy bien encaminado y que será una realidad, él tendrá que ocuparse exclusivamente de agitar su nombramiento durante algunos días, de perseguir a unos y a otros, de manera que estaremos momentáneamente más pobres que nunca, por lo tanto no habrá medio de que yo economice nada hasta unos días más. Pero no se aflija ya nos veremos. Y aunque también siento no poder ver a la Inés antes de que se vaya habrá que aceptar estos sacrificios con la esperanza de que cambien para siempre estas cosas.
Los niños están bastante mejor pero como nunca faltan contratiempos, Pepito ha amanecido un poco resfriado a pesar de todos los cuidados que se tienen con él.
Esto no obstaría para que si yo tuviera mi ropa pudiera ir a verla a las 3 de la tarde, porque yo los dejaría muy bien arregladitos y nada les pasaría.
La pareja tuvo nueve hijos, dos de los cuales murieron muy pequeños, Carmencita fallecida a los siete meses (mencionada en el poema largo “Choncaita” en Cantoral: “Su llanto de árbol en tiniebla,/ es encogido y amargo;/ Y su cuerpecito no pesa más que una golondrina [...] Yerbas con olor a tierra húmeda/ y a toronjil,/ aroman su aliento de fantasma”, y Tomás su hijo que murió a los dos años, y que Winétt en “Canción de Tomás, el ausente” termina diciendo: “Voy a deshojar los innumerables pájaros/ para tu navío de sombra”.[9]
Su obra poética, del mayor interés, está compuesta por seis libros: Horas de sol (1914); Lo que me dijo el silencio (1915); Formas de sueño (1927); Cantoral (1936); Oniromancia (1943), El valle pierde su atmósfera (1946); y la antología Suma y destino (1951). Esta mujer, que dominaba varios idiomas y era una excelente pianista, entre otras actividades y labores domésticas, se carteaba con importantes artistas e intelectuales de la época, tal es el caso de la polémica que sostuvo con el escritor polaco Witold Gombrowicz el año 1946, pues diferían acerca de los temas que pueden ser tratados en la literatura. Sus teorías estéticas que atacaban el arte puro y defendían el compromiso social del arte, se publicaron en un periódico argentino de la ciudad de Córdoba (existe la documentación acerca del intercambio epistolar). Se sabe también que Junto a Pablo de Rokha hizo posible la revista Multitud donde colaboraron importantes escritores de la época tales como Rosamel Del Valle, Ricardo Latcham, Juan Godoy, Enrique Gómez-Correa y Teófilo Cid.
A pesar de la riqueza y solidez de su producción poética, e incluso de la participación pública que tuvo junto a su marido durante la primera mitad del siglo pasado en viajes dentro de Chile y en toda América dando conferencias, recitales, y debates públicos, a diferencia de este, su obra poética estuvo dormida más de cincuenta años (desde el año 1953 –antología publicada en su homenaje por el mismo Pablo de Rokha luego de su fallecimiento en 1952 producto de un cáncer– hasta 2008). La poeta sin duda experimentó una épica doméstica en la crianza de los hijos, en la cual muchas veces la hazaña era poder
alimentar a la familia, además de pintar cuadros bajo seudónimos masculinos para que
su marido los vendiera en sus viajes a lo largo de Chile. En estas condiciones produjo
poemas que se resisten a desaparecer y que día a día son más leídos y valorados ya que,
gracias a la publicación de la edición crítica de su obra poética Winétt De Rokha, El valle
pierde su atmósfera el 2008 en Santiago de Chile[10], y en forma casi simultánea ese mismo
año en Madrid una antología Fotografía en oscuro (que tiene una segunda edición este
2021), ha empezado a conocerse, estudiarse y difundirse recién a comienzos de este siglo.
2. Olga Acevedo (Santiago de Chile 1895 - 3 de octubre 1970)
Nacida unos años después también en Santiago, poco antes de morir y ya postrada,
esta poeta se nos presenta de la siguiente manera:
Dejo mis señas por si acaso.
Yo soy Olga Ernestina Acevedo Serrano. Nací en Santiago de Chile
en el mes de las rosas, los nardos y los claveles blancos.
Mi signo zodiacal es Escorpión, mi genio tutelar Anael, planeta
directo Mercurio, protectores el noble padre astral Urano y los
dulces planetas románticos Venus y la Luna. Hermoso destino. Por
precipitación kármica grandes batallas, ríos de lágrimas sin
término; en evolución rápida, el irresistible vuelo kármico, el pobre
corazón en dádiva constante, a sangre y fuego. (546)[11]
Aunque poco se sabe de su vida personal y familiar, afortunadamente sí tuve algún
testimonio directo que nos permite visualizar la épica doméstica que le tocó enfrentar a
través de su vida desde muy joven. Hija mayor de ocho hermanos, sus padres –Manuel
Francisco Acevedo Medina y Edelmira Serrano Ramírez– fallecieron cuando ella era
aún muy joven: primero el padre y al poco tiempo la madre. Esto desencadenó una fuerte
crisis familiar y, a raíz de este conflicto que la superaba, viaja para ganarse la vida a Punta
Arenas en el extremo austral del país, a cargo del menor de sus hermanos, Francisco Acevedo Serrano[12]. Una vez allá, donde permaneció durante diez años, frecuentó la Sociedad
Literaria que había formado Gabriela Mistral quien por esos años era directora del Liceo de Niñas de la ciudad, y estableció una estrecha y fructífera relación de amistad con ella
que perdurará en el tiempo. Según Carolina Báez Véliz estos dos hechos “marcarán su
vida personal de manera significativa, tanto por la ruptura de sus lazos con el resto de sus
hermanos, como por el impacto que tendrá ese traslado en su carrera literaria.” (11-12)[13].
Se sabe también que durante su estadía se casó con Ciro Castillo Urízar, único esposo
y pareja identificada, con quien reconoce en una entrevista publicada el año 1968 en el
diario El Siglo haberse sentido desgraciada[14]. Poco y nada sabemos de él, ya que la poeta
no lo mencionaba ni en su círculo más cercano ni en las pocas entrevistas disponibles; no
obstante, consta que no tuvieron hijos y que su matrimonio fue breve.
En relación a la vida pública de Olga Acevedo, sabemos de sus actividades en la
ciudad austral gracias a la información que nos entrega el Museo Regional de Magallanes
acerca de la autora. Fue en Mireya, primera revista literaria de la zona donde publicó inicialmente su poesía, y fue allí donde escribió el primero y más extenso de sus libros, Los cantos de la montaña, publicado en 1927. Además, se desempeñó como funcionaria de la
antigua Caja de Empleados Particulares de la ciudad y también formó parte del grupo de
profesores que constituyeron el Centro Pedagógico de Magallanes, centro que impulsó la
aplicación de la Ley de Educación Primaria Obligatoria al menos tres años antes que en
el resto del país. Por otra parte, y fruto de las lecturas recomendadas por Gabriela Mis-
tral que facilitaron su acercamiento y conocimiento de la filosofía oriental, prosiguió sus
estudios con el yogi Ramacharaka y se vinculó con la Gran Jerarquía Blanca de la India.
Después de su estadía en Punta Arenas residirá en Santiago y es allí donde, jun-
to a la escritura y la publicación de su obra poética, desempeña una serie de labores y
actividades de connotación pública y política. Entre estas funciones, consta que fue una
de las fundadoras en Chile de la Alianza de Intelectuales, movimiento fundado el 7 de
noviembre de 1937 bajo el liderazgo de Pablo Neruda, que se hizo visible a través de la labor de los intelectuales para explicitar la solidaridad de la sociedad chilena con la España Republicana durante la Guerra Civil Española[15], y fue también una de las escritoras
que luchó por el triunfo del Frente Popular que llevó a la presidencia de Chile a Pedro
Aguirre Cerda en 1938. Fue una mujer consciente, inserta en su tiempo y consecuente,
como podemos apreciar en sus propias palabras, “En los tiempos de la Segunda Guerra
Mundial [...], tuvimos que tomar el puesto que nos correspondía [...]. Trabajé en la
Alianza de Intelectuales, en Santiago, con Neruda, que la fundó, Alberto Romero, Diego
Muñoz, Hernán Cañas, Ángel Cruchaga y muchos otros. Nosotros defendíamos la cultura
amenazada por la trampa nazi” (citado en Mellado, Raúl. “Olga Acevedo una vida para
luchar”. El Siglo. 14 de abril, 1968, p. 16)[16].
Esta poeta, mujer luchadora y más bien solitaria, sin lazos familiares extendidos,
vivió una épica doméstica desde muy joven al partir con su hermano menor lejos del lugar
y el entorno conocido. Fue una persona singular, generosa y lúcida en la que se conjugaron
tanto su militancia política en el partido comunista como un profundo sentido religioso,
y poseedora de una vasta producción poética que consta de diez poemarios, escritura
constante de gran fuerza e intensidad que se escribió en un lapso de cuarentaiún años y
por la cual recibió dos veces el Premio Municipal de Poesía de Santiago (1949 y 1969).
Su recorrido escritural se inicia con la publicación de Los cantos de la montaña,
extensa obra en prosa y verso que, como se decía más arriba, fue escrita básicamente en
Punta Arenas y publicada en Santiago el año 1927. En este libro inicial, ya se pueden
encontrar poemas que dan cuenta del dolor y la dificultad de ser mujer y ser fiel a su vocación, como puede leerse, por ejemplo, en esta estrofa de un poema de la sección
“Del gran presentimiento”: “Todo el día mi lengua/ habló verso de miel / y a pesar de este
don, el hastío no mengua/ destilándome siempre sus goteras de hiel” (81)[17]. De la misma
manera en la sección “El dolor de la fecundación” se devela esta conciencia: “Ojos de
siglos... Noche larga/ que ya no pueden sostener,/ este ataúd de sal amarga/ que llaman
carne de mujer.” (90). Más adelante vendrán otros libros: Siete palabras de una canción
ausente 1929 –poemario que firma como Zaida Suráh–, El árbol solo, 1933, La rosa en
el hemisferio, 1937, La Violeta y su vértigo, 1942; Donde crece el zafiro, que obtiene el
Premio Municipal de Literatura en 1949 [poemario del que Ricardo Latcham, se supone
que en un gesto laudatorio, escribió: “En general, Olga Acevedo ha representado, entre
nosotros, una actitud depurada, constante, saludable en lo que entraña de ejemplar para
otras mujeres, encadenadas por el sexo, la pasión irracional y los tópicos amorosos; aunque
estos solo representen una ficción o un artilugio imaginativo” (La Nación 07-04, 1948)].
Le siguen Las cábalas del sueño (1951); Isis (1954); Los himnos (19); y finalmente La
víspera irresistible (1968).
Y cierro estas palabras con una pequeña muestra para dimensionar algo de su
creación leemos esta estrofa del poema “Verbenas de la tarde” del libro La violeta y su
vértigo publicado en 1942:
Ay de estas verbenas traspasadas
y este veloz camino de músicas heridas,
los barcos que se han ido, y las gaviotas muertas
en el último muelle de la tarde.
Yo sé que estoy al borde de una estrella
como una lágrima,
o una pequeña gota de rocío en la rosa
más sola del camino. (360)
Porque esta poeta chilena que sabía que estaba “al borde de una estrella / como
una lágrima”, que vivió una épica doméstica desde muy joven y que termina sus días
escribiendo, e incluso dictando sus versos a las mujeres que la cuidaban cuando ya no
podía controlar su cuerpo debido a la larga y compleja enfermedad que la aquejaba como
lo es el mal de Parkinson, dejó una gran obra hasta hace unos pocos años prácticamente
desconocida que merece ser difundida y apreciada en su justo mérito.
3. María Luisa Carnelli (La Plata, 1898 - Buenos Aires, 1987)
Otro caso muy particular de épica doméstica es el de María Luisa Carnelli[18].
Nacida en 1898 en La Plata en una familia tradicional de clase media de origen
italiano, con nueve hermanos y de quienes heredó su amor por el tango como relatará en
una entrevista: “Como la mayoría de los argentinos, yo tenía el tango en la sangre. Desde muy niña sentí su sugestión. Mis hermanos mayores, tangueros de ley, amontonaban
discos y más discos que hacían girar en aquellos ya históricos fonógrafos de corneta: ‘El
irresistible’, ‘La catrera’, ‘Independencia’, ‘El cachafaz’, ‘Armenonville’, ‘Entrada prohibida’... Algunos no tenían letra; otros, sí. Las aprendí casi en secreto, pues mis padres
no aceptaban —justificadamente— cierto tipo de letrillas desvergonzadas, la de ‘Entrada prohibida’, por ejemplo, aquella de ‘El Choclo’, la primera, la original, que comenzaba
así: Cómo se manya que esa mina que es del yiro...”[19].
Como puede leerse en sus propias palabras, experimentó dentro de su hogar el
descubrimiento de una de las pasiones que la acompañará toda su vida, como también las
restricciones sociales femeninas que, si bien inicialmente acató, luego buscó liberarse. Fue
así que al poco tiempo de recibirse de maestra contrae matrimonio y tiene un hijo, pero
al poco tiempo se separa. Luego de esto emprenderá una vida totalmente diferente: parte
sola con el hijo pequeño a la ciudad de Buenos Aires –realizando un peregrinaje similar al
de otras escritoras argentinas como Alfonsina Storni– y se adentra en la bohemia literaria
y periodística de la ciudad. Allí inició su carrera periodística en revistas como El Hogar,
Caras y Caretas, Fray Mocho y Atlántida y en diarios como Crítica y Noticias Gráficas. Pero tuvo que trabajar muy duro para ganarse la vida pues, tal como refiere Florencia
Abbate, esta situación fue propia de mujeres de clase media que “no provenían de ninguna
“cuna”, que tenían una idiosincrasia distinta a la de las élites y que, además de intentar
desplegar su vocación artística –con la desventaja de ser precisamente mujeres–, tuvieron
la responsabilidad de generar ingresos ya que debieron y/o desearon ser independientes
económicamente.” Según ella, debido al impacto de la Primera Guerra Mundial, Carnelli
fue una de esas mujeres valientes y osadas que se atrevieron a vivir estos tiempos de novedades y transformaciones como lo fue la década de los veinte, situación que provocó a su
vez en Argentina una trascendental discusión acerca de la posibilidad de que las mujeres
trabajaran fuera del hogar y se incorporasen a la dinámica productiva económica[20].
Así las cosas, radicada en Buenos Aires, Luisa Carnelli se emparejó con el periodista Enrique González Tuñón y compartieron el mundo de la literatura, el tango y
el periodismo de la época hasta la muerte de este en 1943. Entre 1935 y 1939 Carnelli
fue corresponsal en España para distintos medios, y allí publicaba crónicas animando a
argentinos y españoles residentes en Argentina a defender a la República. De regreso a
su patria vivió bajo los gobiernos de Juan Domingo Perón y como militante comunista
estuvo en contra, pero cuando se produjo la caída de este con el golpe de Estado de 1955
y bajo la dictadura autodenominada “Revolución Libertadora”, tuvo que exiliarse en
México. Allí se relacionó con artistas e intelectuales de la izquierda mexicana y, según
consta en documentos, en su casa se llevaban a cabo reuniones de carácter político a las
que asistían figuras tales como David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera; también se sabe
que trabó una gran amistad con Tina Modotti. Finalmente regresó a la Argentina y murió poco antes de cumplir los 90 años en la ciudad de Buenos Aires. Como se cita en distintas
fuentes, ya anciana, declaró: “Escribí numerosos cuentos y poemas. Viajé a veinticuatro
países. Estuve en la Guerra Civil Española como periodista. Creo que soy más que nada
eso: periodista y escritora. Si me preguntaran por qué escribí letras de tango, diría que
un poco porque sobreviven más, por su popularidad. Y porque con una sola letra, la de
‘Cuando llora la milonga’, gané más que publicando ocho libros”[21].
Aparte de los tangos de su autoría y de otras letras para composiciones musicales[22],
Carnelli publicó cuatro libros de poesía durante la década del 20: Versos de mujer (1922),
Rama frágil (1925), Poemas para la ventana del pobre (1928) y Mariposas venidas del
horizonte (1929). Libros de poemas que van reescribiendo esos versos de mujer, identificados en la época con sensiblerías románticas y en una clave más bien dulzona y por lo
mismo alejadas de la realidad cotidiana; su poesía en cambio, en un giro muy personal y
diferente tiene que ver con la calle, con el barrio popular, tal como leemos en su poema
“Mariposas venidas del horizonte”: cito: “Tengo atada a mi pecho la realidad y ya no
quieren ser dulces mis palabras”, dice el poema que da título a su último libro del 29. O
bien, como leemos en el poema “Domingo con sol de primavera”, su hablante nos confiesa,
“Nunca pude desentrañar/ el misterio de sugestión/ que el suburbio prende en mi ánimo”.
Concuerdo plenamente con Florencia Abbate cuando dice que: “En la poesía de Carnelli,
el barrio podría considerarse un ideologema de lo urbano, ya que alberga la contradicción
entre lo nuevo y lo viejo: la tecnología de medios de transporte como los trenes, la creciente
vida social y cultural de las masas de inmigrantes y, a la vez, la pervivencia del pasado
y de aquello que supo desesperar a las élites políticas: la imposibilidad tan repudiada de
fijar una frontera estable entre la ciudad y la pampa”. Abbate pone justamente el poema
“Domingo con sol de primavera” como un ejemplo de su atracción por los suburbios,
poetizada en la imagen de una caminata en la que el paisaje urbano se convierte en campo:
Tengo unas ganas de salir al campo
si no fuera por esta pereza
sacaría para lucirlo
algún vestidito blanco ya pasado de moda
y con cintas de color celeste o rosa
aunque a mi paso se rieran
las muchachitas de todos los barrios
de Almagro o de Balvanera
de Barracas o de Belgrano.
(...)
Domingo con sol de primavera.
Me han atraído siempre los barrios,
tienen una apariencia sucia, vieja,
pero están imantados con algo
que no podemos precisar
y que se resuelve de una manera poética
en la emoción que sentimos al atravesarlos.
(...)
Me iría, andando despacio,
bien lejos, por las afueras,
llegaría hasta el despoblado
donde la ciudad da media vuelta
ante un anuncio de campo.
Me iría toda una vida
caminando, caminando.
Por último, quisiera cerrar diciendo que la vida y la obra de Luisa Carnelli muestran
una triste paradoja en la épica doméstica de esta mujer que, con una vida pública notoria
y un potencial creativo enorme: poeta, letrista de tangos[23], periodista, cronista, novelista [¡Quiero trabajo!][24], ensayista, colaboradora con el Socorro Rojo Internacional durante
la Guerra Civil Española, y militante del partido comunista argentino, pero que, tal como
afirma Laura María Martínez, aunque formó parte activa del sector de izquierda de la
intelectualidad en su país, nunca logró salir del margen ya que “encontró dificultades para
conseguir editorial y publicó libros de escasa repercusión en la prensa [y] con el pasar del
tiempo y el paso de la crítica, el margen se convirtió paulatinamente en olvido.”(227). De
hecho, el único de sus libros que ha sido reeditado recientemente es su novela ¡Quiero
trabajo!, (Eduvim, 2018) mientras que sus poemarios siguen durmiendo hace más de cien
años en algún recóndito archivo.
III. DESDE LA RECEPCIÓN: LA ÉPICA DEL DESENTIERRO
Históricamente han existido diversas estrategias para desplazar a las escritoras de
espacios protagónicos en el campo literario, solo menciono resumidamente lo planteado
por Ana Traverso referido a la omisión de la escritura de mujeres. Concuerdo con ella
al afirmar que los dispositivos más recurrentes que utilizaba la crítica (y que, en algunos
casos, desafortunadamente aún se perpetúa) para excluir a las escritoras del campo literario fueron fundamentalmente la ‘masculinización’, la ‘infantilización’, la ‘reducción
autobiográfica’, la ‘uniformización’, la ‘deshistorización’ y el ‘deceso’ tanto de la escritura como de la escritora (68-69)[25]. Consideremos entonces que la obra de las tres poetas men-
cionadas anteriormente se resiste ser encasillada en los dispositivos antes mencionados.
Propongo una lectura de su obra en el contexto de una épica doméstica que más bien
tiene que ver con una importante capacidad de introspección, con una práctica literaria
que las mantuvo activas y persistentes en su labor porque creyeron en su trabajo y en sí
mismas como escritoras. Pensar que solo les interesó y les bastó con el reconocimiento
“doméstico” de su círculo íntimo, solo alimenta esta barrera que ha impedido a través
de los años tener el reconocimiento público merecido, reconocimiento que está implícito
en toda la producción de una obra creativa, incluso aunque no siempre esté totalmente
consciente en la mente y en los deseos de su creadora o creador. Y si consideramos con
datos duros el silenciamiento de la obra de estas y otras escritoras, este se puede corrobo-
rar al constatar que todos sus libros de poemas publicados en la primera mitad del siglo
pasado, nunca fueron reeditados sino hasta hace muy pocos años; incluso más, hay algu-
nos, como los de Carnelli que, a cien años de su publicación, todavía permanecen como
objetos inalcanzables, archivos recónditos guardados en bibliotecas. Además, aunque la
producción poética de estas autoras se divulgó en los círculos cercanos a las escritoras,
la recepción crítica que tuvieron en su tiempo fue escasa, anecdótica, y en muchos casos
sesgada. En resumen, el reconocimiento público y su inclusión dentro del canon literario
ha sido prácticamente nulo.
Por otra parte, tal como Traverso señala la dificultad de ser mujer y escribir profesionalmente por esos años, Lorena Garrido habla de una de las estrategias que surge para
crear lo que ella denomina una especie de “hermandad artística” entre mujeres, materializada a través de cartas de diversa índole que van y vienen entre Gabriela Mistral –quien
se constituye en una especie de eje articulador– y diversas escritoras entre los años 1935
y 1954. Garrido afirma que: “Si bien la relación de Mistral con las poetas que le escriben
es distinta en cada caso, hay de todas formas rasgos comunes que permiten analizar las
cartas en bloque” (21). Según la investigadora, mucha de esta correspondencia se refiere
a cartas y peticiones anteriores hechas por Mistral a su círculo de amigas, o bien esta
se origina debido a su interés por conocer “ciertos libros o artículos”[26]. Hago notar que
en el corpus establecido por Garrido esta distingue el intercambio que Mistral tiene con
Olga Acevedo como un “caso aparte”, pues con ella tuvo una relación más cercana y más extendida en el tiempo “a juzgar por la cantidad de material encontrado al respecto” (21).
Un ejemplo concreto que identifica lo dicho, es la solicitud de información que hace Mistral a Acevedo sobre botánica, ya que la necesitaba “para hacer su Poema de Chile”. (21)
Considero finalmente que una tarea concreta y posible de hacer hoy día y que
de hecho se está realizando en diferentes lugares, es el trabajo de buscar las primeras
y únicas ediciones de estas escritoras, eliminar el polvo acumulado de años y años, y
desenterrarlas[27]. Porque al hablar de sacar de la tierra, no estoy hablando del desentierro
o exhumación de un cadáver añejo, descompuesto, al que hay que investigar por alguna
razón legal, médica o forense, sino que se trata más bien de volver a sacar a la luz su
palabra fresca, lozana, siempre joven, porque sabemos que en el universo de la creación,
del arte, las dimensiones de tiempo y espacio son otras que las que nos rigen en el mundo
de la materialidad con su consiguiente finitud. Por el contrario, la publicación y la difusión
de su obra es reivindicar esta épica doméstica de la que hablábamos; es hacer justicia, es
sacar el velo, este tupido velo occidental a veces invisible que han llevado por siglos tantas
mujeres creadoras. Pero no solo se trata de hacer justicia, se trata también de considerar
que este sustrato poético compuesto por diversas voces silenciadas, de hacerse visibles
y actuantes, nos permitirían redibujar un completo y más rico mapa de la nueva poesía
americana que, viniendo desde el modernismo y a partir de las vanguardias, se instala
como una estética no solo de varones.
______________________________________
Notas
[1] Este texto fue presentado inicialmente en las Primeras Jornadas Marplatenses Sobre La Épica, realizada el 14 y 15 de marzo de 2024en laFacultad de Humanidadesde la Universidad Nacional de Mar del Plata. [2] Ver en Diccionario de términos literarios, Demetrio Estebánez Calderón, p.335 [3]
Jean Shinoda Bolen (USA, 1936) doctora en Medicina, analista junguiana y profesora de Psiquiatría en la Universidad de California. Autora, entre otros, de El Tao de la psicología, Los dioses de cada mujer, Los dioses de cada hombre y El sentido de la enfermedad. [4] Maureen Murdock (Nueva York, 1945), psicóloga, consultora educacional y psicotera-peuta; está especializada en el área del Desarrollo Humano, y es escritora y fotógrafa. Sus obras más famosas son Tú sabes, tú puedes, El viaje heroico de la mujer, y La hija del héroe. [5] Cito directamente de la antología, Selva lírica (1917) “La poesía de Gabriela Mistral es nerviosa y firme. No hay en ella vagidos temerosos, sensiblerías mujeriles ni actitudes hieráticas. Surge de sus robustos poros la sabia torrentosa de ideas macizas y profundas, reveladoras de las fuertes pasiones que encierra [...]. Los sonetos de la muerte (Flor Natural en los Juegos Florales de Santiago), son un grito obsesor de pasión y de dolor, de venganza y de piedad, arrancado como la venda de una herida sangrante a su alma joven de artista, que vació en viriles versos acerados sus más puros sentimientos de nobleza.” p.156. [6] Composición musical al estilo de las canciones de cuna. [7] Las citas de los poemas de María Monvel provienen del volumen Poesía y Prosa María Monvel (2022). [8] Ver en http://www.winett.uchile.cl/cartas_ineditos/index.php?load=11 [9] Luego están los otros siete que, a lo largo de los años, resultaron todos de alguna manera vinculados con el arte y la poesía. Tenemos, entonces, ahora en boca de Pablo, el padre, a Carlos: quien “Traía(s) sobre la frente escrita, con significado trágico, la estrella roja y sola de los predestinados geniales.” Lukó: “en la cual estalla, como un siglo, la granada azul de la pintura”. Juana Inés: “que encontró la cadena de jacintos divinos, que une panales y guitarras en una y sola luz de melodía”. José: “el cual araña las entrañas de Dios con la caricatura”. Pablo: “que habrá de forjar estupendos edificios libertarios para que habiten los futuros hombres rojos”. Laura: “aterrándome a la orilla de un nido de perdiz edificado en la poesía y, por último, Flor: “expresión del sol y el mar en un capullo, en el que resuenen los pasos helados de los antepasados”. [10] Editada por Javier Bello y publicada por Editorial Cuarto Propio. [11] Se trata de “La víspera irresistible”, extenso poema que da nombre a su último libro, y
que está escrito como una especie de testamento; se publicó en 1968.
[12] Quisiera destacar justamente aquí, que la información que tenemos acerca de la vida
personal de Olga Acevedo viene directamente del interés y las amables conversaciones mantenidas
con Francisco Acevedo Toro, su sobrino directo, hijo de este hermano menor con quien viajó la
poeta a Punta Arenas llevándolo a su cargo. Francisco Acevedo Toro falleció inesperadamente en
junio de 2019, justo después de publicado el libro con la poesía completa de su tía. Por su parte
–y quiero mencionarlo con gratitud– él fue un destacado médico neurólogo infantil, además de
dirigente político, escritor, y padre de familia. [13] Ver en “Olga Acevedo, poesía vital”, en Poesía Completa Olga Acevedo (2019). [14] La entrevista, realizada por Raúl Mellado lleva por título “Olga Acevedo una vida para
luchar” y apareció en el diario El siglo, en 1968. [15] Pablo Neruda publicó también una revista La Aurora de Chile, entre los años 1938 y 1940,
y se redactó un manifiesto el cual fue firmado por cerca de 150 intelectuales chilenos y extranjeros
residentes en Chile, de diversas disciplinas artísticas y académicas, en un acto público en el Salón
de Honor de la Universidad de Chile (Moraga y Peñaloza, p. 73). [16] Tomado de https://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-334082.html [17] Las citas de los poemas de la autora provienen de Poesía Completa Olga Acevedo (2019) [18] Aunque incluida en el Diccionario biográfico de las izquierdas latinoamericanas de
Horacio Tarcus (2021), poco y nada sabía acerca de esta autora antes de participar en la tesis
doctoral de Laura María Martínez defendida a fines de 2023 en la U Complutense en Madrid, a
quien agradezco su valioso trabajo. Por lo tanto, la información que comparto utiliza como fuente
principal este reciente descubrimiento como también investigaciones posteriores que me llevaron
a lo publicado por Florencia Abbate, especialmente en la producción poética de la autora. [19] Leer en: https://revistaharoldo.com.ar/nota.php?id=882
[20] Según escribe Florencia Abbate, estos debates fueron los que precedieron y originaron
los importantes cambios logrados en 1926 al sancionarse la Ley 11.357, conocida como “Ley de
ampliación de la capacidad civil de la mujer”, que otorgó derechos civiles a las solteras, divorciadas
y viudas, reconociendo su igualdad jurídica con los hombres. [21] F A, diccionario, Laura ...
[22] Ver en el anexo el listado de sus letras para composiciones musicales, que copio del
Diccionario biográfico de las izquierdas latinoamericanas (2021). [23] Como afirma Laura María Martínez, en 1927, haciendo el trabajo que en principio le
había sido encomendado a Carlos de la Púa, escribió su primera letra de tango: “El Malevo”. De
muestra, un par de estrofas:
Sos un malevo sin lengue,
sin pinta ni compadrada,
sin melena recortada,
sin milonga y sin canyengue.
Al elemento bacán
Batiste reo chamuyo...
¡Lindo parlamento tuyo
pa’volcarlo en un gotán!
Entre guapos de acción, copaste la cabán.
Te sobra corazón: sos orre pur-sang.
Perdoná el berretín, hermano.
¡Qué querés!
me has dado el ventolín de batir que valés...
Lo tengo que decir: muñeca pa’tallar
y labia pa’engrupir nunca te va a faltar,
porque sos el mejor reo de la ciudad,
canchero, arrastrador... ¡Te sobra autoridad!
Inicio tanguero de una “profusa carrera como letrista con piezas tan conocidas como “Se va la
vida”, “Cuando llora la milonga”, “Primera agua” o “Pa ́l cambalache”, que llegaron a interpretar
artistas célebres como Azucena Maizani y Carlos Gardel.” (229). De allí en adelante, María Luisa
Carnelli escribió muchos y conocidos tangos con los pseudónimos masculinos de Luis Mario y Mario
Castro (el primero su nombre invertido y masculinizado y el segundo el nombre de su hijo); Esta
escritura respondió fundamentalmente a la necesidad de sobrevivencia. Es importante mencionar
que incluso fue ninguneada en este aspecto ya que se omitió su autoría, como puede leerse en la
acuciosa investigación de LMM. (pp. 229-230)
[24] Carnelli publicó en 1933 una única novela, ¡Quiero trabajo!, segundo título de la colección Cometa de editorial Tor. Esta presenta a Susana, la protagonista, una joven que se casa a los
17 años por no desobedecer a su padre, que pronto se divorcia y se prostituye porque no consigue
trabajo. La novela lleva un prólogo del trotskista boliviano Tristán Marof, por entonces exiliado
en la Argentina. [25] Ana Traverso “Ser mujer y escribir en Chile: canon, crítica y concepciones de género”.
Anales de literatura chilena N.o 20, diciembre 2013.
[26] Ver en Lorena Garrido. Literatura y lingüística N.o 29, 2014.
Otro texto interesante y especialmente relacionado con este es “La literatura menor de Gabriela
Mistral y Victoria Ocampo: la prosa epistolar y las alianzas” de Alicia Salomone y Darcie Doll.
Este artículo forma parte del volumen La ansiedad autorial. Formación de la autoría femenina en
América Latina: los textos autobiográficos, cuya editora es Márgara Russotto y publicado en 2006. [27] Liz Ediciones tiene una colección que se llama Desenterradas. Cito las palabras con las que se define esta colección: “La Colección Desenterradas busca levantar el polvo acumulado bajo las letras de escritoras chilenas olvidadas en el tiempo, y que vieron su pluma fértil en una época donde la mujer estaba relegada a cuestiones simples como tejer y bordar o bailar discretamente. Pero la tinta perduró, el tiempo solamente congeló las letras, el moho contuvo la mancha y Ediciones Liz rescata las voces de estas mujeres que defendieron su derecho a escribir y a trascender”. [28] Tomado de Horacio Tarcus. “Carnelli, María Luisa”, en Diccionario biográfico de las
izquierdas latinoamericanas (2021).
Disponible en https://diccionario.cedinci.org
Abbate, Florencia. “Una pionera en la estela de los años 20”. Revista Hispamérica, Nro. 141, Rockville, Maryland, US, 2019. https://florenciaabbate.com/autora-maria-luisa-carnelli/
Acevedo, Olga. Poesía completa Olga Acevedo. Edición de María Inés Zaldívar Ovalle. Ediciones UC- Celich, 2019.
Báez Véliz, Carolina, “Olga Acevedo, poesía vital”. En Poesía Completa Olga Acevedo, edición María Inés Zaldívar Ovalle. Ediciones UC- Celich, 2019.
Garrido Lorena, “Género epistolar y hermandad artística en la poesía de mujeres de la primera mitad del siglo XX”. Literatura y Lingüística, 29, 2014, pp. 15-32.
Martínez Martínez, Laura María. Excluidas e intrusas: las escritoras en la vanguardia hispanoamericana. Tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, Facultad de Filología,
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______. “María Luisa Carnelli, los poemas de guerra y la utopía de la vanguardia”. Diablotexto
Digital 14 (diciembre 2023), 178-204. DOI: 10.7203/diablotexto.14.27016
Mellado, Raúl. (14 de abril de 1968). “Olga Acevedo una vida para luchar”. El Siglo, p. 16.
Molina Núñez, Julio, Araya, Juan Agustín. Selva lírica Estudios sobre los poetas chilenos. Soc.
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Monvel, María. Poesía y Prosa María Monvel. Edición de María Inés Zaldívar Ovalle. Ediciones UC- Celich, 2022.
Moraga Valle, Fabio y Peñaloza Palma, Carla. “España en el corazón de los chilenos: La
alianza de intelectuales y la revista Aurora de Chile, 1937-1939”. En: Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura. Anu. colomb. hist. soc. cult.[online]. 2011, vol.38,
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Puig Guisado, Jaime. “Winétt de Rokha y su contexto a través de las cartas y otros documentos
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de Estudios de las Mujeres de la Universidad de Sevilla), 2018, pp. 644-651. https://hdl.
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Rokha, Winétt de. Cartas inéditas y otros. http://www.winett.uchile.cl/cartas_ineditos/index.
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Salomone, Alicia y Darcie Doll “La literatura menor de Gabriela Mistral y Victoria Ocampo:
la prosa epistolar y las alianzas”. La ansiedad autorial. Formación de la autoría femeni-
na en América Latina: los textos autobiográficos. Márgara Russotto (editora). Editorial
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Tarcus, Horacio. “Carnelli, María Luisa”. Diccionario biográfico de las izquierdas latinoamericanas. 2021. Disponible en https://diccionario.cedinci.org
Traverso, Ana. “Ser mujer y escribir en Chile: canon, crítica y concepciones de género”. Anales
de Literatura Chilena, no 20, diciembre 2013.
Letras para composiciones musicales escritas por María Luisa Carnelli
1. “El Malevo” (tango), 1927, con música de Julio De Caro.
2. “Cuando llora la milonga” (tango), 1927, con música de Juan de Dios Filiberto.
3. “Primera agua” (tango), 1928, con música de Francisco De Caro.
4. “Dos lunares” (tango), c. 1928, con música de Francisco De Caro.
5. “Moulin Rouge” (tango), 1929, con música de Francisco De Caro.
6. “Se va la vida” (tango), 1929, con música de Edgardo Donato y Roberto Zerrillo.
7. “Linyera” (tango), 1930, con música de Juan de Dios Filiberto.
8. “¡Cómo me gusta!” (tango), con música de Ascanio Donato.
9. “Pa’l cambalache” (tango), con música de Rafael Rossi.
10. “Apaga la luz” (tango), con música de Rafael Rossi.
11. “Silencio y luna” (tango), con música de Rafael Rossi.
12. “La milonga del olvido” (tango), con música de Rafael Rossi.
13. “Quiero papita” (tango), con música de Ernesto Ponzio.
14. “18 quilates” (tango), con música de Ernesto Ponzio.
15. “Avellaneda” (tango), con música de Ernesto Ponzio.
16. “El Taura” o “Viejo Taura” (tango), con música de Ernesto Ponzio.
17. “La vida es una cebolla” (tango), con música de José Servidio.
18. “Siempreviva” (tango), con música de Ricardo Luis Brignolo.
19. “Luna roja” (tango), con música de Luis Teisseire.
20. “Tango de la guardia” (tango), con música de Ernesto de la Cruz. 21. “Jacinto retinto” (tango), con música de Sebastián Piana.
22. “Qué lindo es estar metido” (tango), con música de Pascual Contursi.
23. “Decí cuándo” (milonga), con música de Roberto Selles.
24. “La mula” (milonga), con música de Roberto Selles.
25. “La del cerrojo” (milonga), con música de Roberto Selles.
26. “La del olvido” (milonga), con música de Roberto Selles.
27. “Brillante como un lucero” (milonga), con música de Roberto Selles.
28. “Ayuná conmigo” (milonga), con música de Roberto Selles.
29. “Oscura canción” (canción), con música de Roberto Selles.
30. “Desde qué estrella mirás” (habanera), con música de Roberto Selles.
31. “La naranja nació verde” (habanera), con música de Rafael Rossi.
32. “El plato volador” (corrido), con música de Rafael Rossi.
33. “Tardes pampeanas” (estilo), con música de Ernesto Ponzio.
34. “Al caer la tarde” (estilo), con música de Ernesto Ponzio.
35. “Que sí, que no...” (zamba), con música de Patrocinio Díaz.
36. “Que diga la moza” (zamba), 1939, con música de Argentino Valle.
37. “Azul cielo” (gato), con música de Juan de Dios Filiberto.
38. “Mano santa” (ranchera), 1942, con música de Germán Teissseire.
39. “Primer agua” (tango), 1951, con música de Francisco De Caro.
40. “Silencio y luna”, 1972, con música de Rafael Rossi.
www.letras.mysite.com: Página chilena al servicio de la cultura
dirigida por Luis Martinez Solorza. e-mail: letras.s5.com@gmail.com
“Una silenciosa épica, mujeres escritoras de la vanguardia hispanoamericana”
Por María Inés Zaldivar
ANALES DE LITERATURA CHILENA, Año 26, diciembre 2025, número 44