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Marcelo Lillo
Un escritor en la niebla

Por Roberto Farías
Revista Paula, 5 de julio de 2008

En un hecho inédito, Marcelo Lillo (50), un autor desconocido -y de provincia- publica su primer libro drectamente en España: El Fumador y Otros relatos. En 1999 ganó el concurso de cuentos Paula con Hielo, y acto seguido se encerró herméticamente a escribir, en la localidad de Niebla. Hasta ahora, nadie quiso publicarlo en Chile. Hoy se habla de él como la revelación del año. Mientras libra una batalla casi imposible: vivir a como dé lugar de la escritura.

¡Siga a ese auto!
Mi tono no fue lo suficientemente cinematográfico:
¡Siga ese auto, le digo!
El taxista arranca cansinamente tras un colectivo amarillo que parte desde el muelle Schuster, en Valdivia, rumbo a Niebla, con cuatro pasajeros. Entre ellos, el escritor Marcelo Lillo.

Luego de que Caballo de Troya, la editorial española de nuevos escritores de Random House Mondadori, lanzara su primer libro en mayo, El fumador y otros relatos, en España, y este mes en Chile, y la Revista de Libros de E¡ Mercurio lo anunciara con el cliché del "secreto mejor guardado de la literatura chilena", todos buscan a Lillo y nadie puede dar con él. Y eso que Valdivia es una ciudad pequeña.

Lo busca el Seremi de Educación Bruno Serrano para homenajearlo, aunque aún no ha conseguido un ejemplar del libro; su ex profesora de Literatura, María Isabel Larrea, para felicitarlo; en las librerías Valdivia y Chiloé tienen una lista de espera de compradores, pero los dueños ni siquiera conocen la cara de Lillo. Nadie en Valdivia sabe dónde vive Lillo y muy pocos cómo ubicarlo. Como un Salinger sureño, rehuye a la gente y evita a los extraños como a la peste.

El taxi en que sigo a Lillo deja atrás el olor a pescado de la feria fluvial y pronto se siente el aire salino en las curvas de la ruta, que se acerca cada vez más al mar. Sigo el colectivo de Lillo a discreción.

Necesito entender dónde, además de su cabeza, se originan sus cuentos pulcros, desgarrados, fríos, inhumanos y, al mismo tiempo, tan cargados de emoción. ¿Tendrá cuadros en las paredes de su casa? ¿Cómo es la alfombra que pisa? Es una curiosidad casi obsesiva que me ha contagiado en Paula desde hace tiempo la editora Carolina Díaz. Ella me contó: "Nunca pude sacarme de la cabeza el cuento Hielo, después de haber sido jurado del Concurso de Cuentos Paula, en 1999, junto a Ignacio Echevarría, Antonio Martínez y Marcela Serrano. Todavía recuerdo frases enteras, escenas completas. Por alguna razón, yo pensaba que los escritores llevaban su escritura con ellos, pero cuando vi a Lillo, tan normal, tan olvidable de pinta, se hizo agua mi pretensión. Era un tipo mucho más raro que encantador, mucho más insondable que extravertido, mucho más anecdótico que su cuento, que no he olvidado. Años después, en 2006, cuando me tocó ser una de los cuatro prelectores del Concurso, leí uno que se llamaba La felicidad, y supe altiro que era de Lillo. Enmudecí. Esperé a ver el resultado del jurado y quedé estupefacta cuando vi que no había sido seleccionado entre los 10 finalistas. Cuando abrí el sobre con los datos personales, muchas semanas después de fallado el concurso, yo sabía que el cuento era de Lillo, porque era algo así como la continuación de Hielo, el porvenir de la pareja que cuidaba a la madre moribunda, sólo quería saber su dirección o teléfono. Lo llamé. Contestó una mujer que, cuando insistí en hablar con Marcelo identificándome como de Paula, me saludó y me dijo que era la mujer de Lillo. Luego de eso, él me escribió una larga carta, yo se la reenvié al crítico Ignacio Echevarría en España y él hizo lo único que había que hacer: enviar los cuentos que Lillo le mandó a una editorial".

Yo leí la carta que le envió a Carolina Díaz. Era triste, lacónica. Contaba las vicisitudes de su vida de los últimos seis años. Luego de ganar el concurso de Paulo, Lillo había vendido todo para, de ahí en adelante, dedicarse únicamente a escribir. Se había mudado a Niebla, para abaratar costos. Calculaba que el dinero ahorrado les alcanzaría, a él y su mujer, para cuatro años. Si en ese tiempo, decía, no alcanzaba a vivir de la escritura, se pegaría un tiro.


Sin ceder

Marcelo Lillo se baja del colectivo en una de las cuestas de Playa Grande, en Niebla. Camina con cierto esfuerzo, como si sus piernas no fueran lo suficientemente flexibles para su metro 85 y sus 90 kilos y parece como si se dejara caer trágicamente, con todo su peso, sobre el cemento.

Me gusta Valdivia, pero odio lo valdiviano. Todos los clichés esos de ciudad cultural. ¿De qué cultura me hablan? ¡Por favor! Odio su aire frío. Sus fiestas. Su aire tertuliano es detestable. Su gente. Sus escritores, sobre todo. A estos escritores yo los llamo escritores pijama, porque sólo sirven para la casa. Publican un cuento cada seis meses y se sienten en el cenáculo, pero son mediocres. Hace mucho me hice una promesa: prefiero morir inédito que autopublicarme. No quería ser como ellos, que cuando mueren encuentran cajas con sus libros autoeditados mordidos por las ratas. Y no cedí hasta lograrlo.

- ¿No te das por satisfecho ahora que tu primer libro ha sido publicado en España?
- No. Esto es sólo la espuma de la champaña. Sigo durmiendo con la pistola debajo del colchón. Una colt 45, cargada. Sencillamente lo he planeado así. Tengo piel de tiburón. No voy a ceder. Cuando gané el concurso de Paula fue como si me hubiera contagiado la peste. Mucha gente me quitó el saludo. Sentí la envidia de escribir bien y, por lo mismo, la necesidad de hacerlo a cabalidad. Sabía que podía. Pero debía ser todo o nada.

- Y seguiste escribiendo.
- Quemé la mayoría de las cosas y empecé de nuevo. Lo primero que me dije fue que tenía que hacer historias que se entendieran. Simples. Pincelazos precisos de acción que fueran construyendo personajes creíbles. Una realidad sin adjetivos. Con todas sus bacterias, sus pequeñas inmoralidades. Cuando eso ocurre, tengo un cuento que funciona. No conocía a Carver, pero intuitivamente sabía que quería escribir así. Hielo fue el primer cuento de esa nueva etapa. Lo mandé a un concurso en Valdivia, pero no fue seleccionado. Después supe que el jurado le pasó los cuentos a sus alumnos del liceo para que los seleccionaran. Jajaja.

- Es decir, el concurso de Paula fue como un acicate.
- Ahí decidí dejar todo. Empezando por Valdivia y los problemas materiales. Vendí el auto y la casa y tomé la decisión de irme con mi mujer a Niebla. El año 2002 dejé el trabajo en el colegio Montessori, donde ganaba como un millón de pesos. Nos mudamos primero a Mehuín, pero era muy lejos y frío. Luego supimos que había una casa en Niebla que nadie arrendaba, porque supuestamente estaba embrujada. La fuimos a ver y, como el arriendo era baratísimo, nos quedamos.

- ¿No les importó?
- Es cierto, está embrujada. Se sienten pasos. Música. Voces. En medio de la noche llega olor a comida desde la cocina. Incluso hay un perro fantasma que se me echa en las piernas mientras escribo. Pero no me molesta. A Margara tampoco.

La mujer

Su mujer es clave en la escritura de Lillo. Muchos de sus cuentos dicen: "Mi mujer y yo. Yo y mi mujer. Con mi mujer...". Ése es el uni­verso bipersonal de Lillo. Ahí está el delgado hilo que une la realidad y la ficción. Se llama Margarita Insunza.

La conoció cuando él tenía 30 años y ella 15. Marcelo Lillo era pro­fesor del colegio Montessori y, al mismo tiempo, formaba parte del grupo de teatro El Pinar, al alero de la municipalidad de Valdivia. Ahí conoció a Margarita, que quería aprender Teatro y lo veía pasar por el Mercado Municipal donde ella vendía flores junto a su hermana mayor. Se enamoraron.

Lillo se la llevó a vivir a su propia casa y hasta ahí fue el padre de Margarita a buscarla, con Carabineros, y luego demandó a Lillo por secuestro. Pero la niña finalmente se quedó con él. Terminó el liceo mientras Lillo hacía clases en el Montessori. Lillo la llama "Margara". Llevan juntos 20 años. "Ella es fundamental en lo que escribo. Tiene un tremendo ojo. Le muestro los cuentos y me da consejos funda­mentales. Por ejemplo, en Hielo me dijo: 'Sácale las dos líneas finales y te queda un cuento maravilloso'. Le hice caso".

- Puede que se haya convertido en una editora a su medida.
- Sí y no. Tiene su propio gusto literario. Sus propias cosas. Le gusta lo esotérico, y yo la dejo. Pero es una lectora muy asertiva.

- ¿Comparte contigo algo de tu carácter difícil y huraño?
- Jajá. Le voy a contar una historia: resulta que hay unas vecinas solteronas en el barrio que tienen un problema: son demasiado altas. Y feas. En el último temporal cayó una gruesa rama en la entrada de mi casa. No la quise sacar. Y no pasó mucho tiempo hasta que una de las hermanas se acercó. Margara la vio venir por la ventana. Y ahí salí yo. Me dijo que sacara la rama, porque afeaba la cuadra, bla, bla, bla. La dejé hablar. Cuando terminó, la mujerona, muy afectada, me preguntó: "¿Y no me va a decir nada?". Yo tenía el hacha en las manos, pero simplemente preferí una frase que se me vino a la cabeza: "Yo no hablo con gente fea". La vieja quedó de una pieza. Corrí adonde Margara y le dije: "Qué buen título para un libro". Y estuvo de acuerdo. Nos reímos. Creo que así se llamará mi próxima colección de nueve cuentos.

- ¿En tu plan de dedicarte únicamente a escribir está no tener hijos?
- Sí. No tenemos hijos. No me gustan los niños. Me carga ver a la gente esclava de sus hijos. Sin tener libertad, yo quiero ser libre para escribir y he tomado este camino. Margara está de acuerdo. Ella incluso me ha ayudado. Cuando nos faltó plata, en vez de pedirme que volviera a trabajar, se puso a leer el tarot para sostenernos. Y me dijo: "Tú, a los cincuenta vas a ser reconocido". Le achuntó.


La familia

- ¿Tienes amigos?
- No me gusta la gente. No me gusta tener que codearme con la gente para conseguir las cosas. ¡Mientras menos gente, mejor! No tengo amigos. Nunca los he tenido. ¿Para qué? Con mi mujer y mi perra me basta y me sobra.

Salvo la hermana de Margarita, nadie visita su casa. No da muchas pistas de su infancia. "No vivo añorando el pasado, ni me quedé pegado en la infancia", dice.

Sus padres, Eduardo Lillo y Amelia Espinoza, lo adoptaron recién nacido. Él era periodista deportivo de El Correo de Valdivia, y ella, dueña de casa. "Siempre supe que fui adoptado. Es más, lo sentí antes de saberlo por boca de mi madre. Uno tiene la vida que le toca. Nunca quise saber de mi madre biológica ni tuve angustias por eso. ¿Es raro, no? Pero cuando tenía 45 años, ella me llamó. Hablamos y eso fue todo. Supongo que sigue viva. Lo narro en un cuento". (Ver adelanto exclusivo). Al padre lo recuerda como un hombre riguroso, estricto, educado a la antigua.

- ¿Te dejó alguna enseñanza?
- Nada, ni amor por la lectura. Leía el Reader's Digest y se empinaba sus tintos, como todo periodista que se precie. Era frío. No me dio cariño ni abrazos. Quizás por eso yo no sé abrazar a la gente. Cuando uno se despide intentando un abrazo, Lillo reacciona como si le clavaran una espina. No gesticula mucho. Al dar la mano, parece que extendiera un pescado frío.

Su padre murió cuando Lillo tenía 23 años, de cáncer al pulmón. El viejo lo metió a cursos de boxeo desde los 6 años hasta los 15. Quizá de ahí me viene la arrogancia. Me gustó el box. Preferiría que muchas cosas se dirimieran a golpes. De mi madre no tengo nada que decir. Padeció Alzheimer. Vivió con nosotros hasta 1994, cuando murió a los 79 años en su cama. De ahí viene Hielo.


La escritura

Lillo va a hacer las compras al supermercado en micro, en Valdivia. En el trayecto, dice, se le ocurren temas para varios cuentos y más de una novela. Llega a la casa. Se toma un sagrado pisco sour, piensa en un sillón a partir de las dos de la tarde y, entre seis y ocho, escribe al menos dos páginas de texto, que deja listas y pulidas.

Ahora que vive de la escritura habla de sus cuentos y novelas como esos verduleros que suman con un lápiz en la oreja. Lleva la cuenta por premio: es un ganador profesional de concursos.

Cuando llevaba un año más o menos sin ingresos y de pronto me gané el concurso Óscar Castro, en Rancagua: quinientas lucas por un cuento que hice en dos horas. Al año siguiente gané el premio de novela: un millón. Y desde entonces he ganado 25 premios en dinero: los más salvadores han sido los del Consejo del Libro. Me gané el Marta Brunet, de Literatura Juvenil, en 2006, con la novela Una vida casi inventada, que escribí en 23 días: 2 millones de pesos. Y en 2007, con Cachorros y otros cuentos me llevé el premio a la mejor obra inédita de cuentos: ¡ocho millones!

- Con esa plata podrías haberte autoeditado.
- Sí, como hacen todos. Pero no rompí mi promesa. Ganar concursos es circunstancial, para vivir. Cuando me preguntan a qué me dedico, gozo respondiendo: a escribir. Porque me gano la vida escribiendo. Cuando gano un concurso nos compramos una buena botella de vino y celebramos. A veces parto a Santiago y me compro un paquete de libros. Son pequeños gustos, pero el plan sigue estando ahí. La pistola está ahí, esperando. Ahora lo llaman de los suplementos culturales; para dar una charla, de una que otra universidad. Se ríe de su repentina fama, pese a su esfuerzo de no ser simpático ni querido ni admirado.

Me van a odiar aún más los escritores de Valdivia. Pero supongo que eso no importa. Margara me dijo hace poco: "¿Y qué tal si te pegaras un tiro ahora, que estás empezando a ser conocido y se espera tanto de ti?". Tiene razón, fíjate. Quedaría la tendalada. Me harían mito viviente. Jajaja. Capaz que lo haga.

Continúa: "Con llegar a los 6o me conformo. No quiero andar molestando. Nunca me ha interesado viajar ni conocer, creo que estoy satisfecho. El día que no pueda vivir de escribir... ya sabes". Y apunta con su índice la sien. El pulgar cae como un percutor.

 

 

 

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