..."Y aún cuando con los ojos vendados me pasearan por el mundo entero tratando de perderme por sus caminos, con los ojos vendados me bastaría respirar hondo, tan sólo una vez, para saber que me encuentro en Viña del Mar".[1]
Así habla, respira María Luisa Bombal, nacida en esa ciudad de la costa chilena, ciudad acuosa con el irresistible Océano Pacífico como telón de fondo, ciudad de "cálidas neblinas más la fragancia de los pinos". Y es en esta Viña, junto al mar y muy próxima a Valparaíso, puerto multicolor del Pacífico donde Darío, Neruda y otros se encontraron ensimismados en la contemplación de barcas de madera, donde la pequeña María Luisa confiesa jugar con los caracoles de la playa arenosa y oír el "silencio en un día tibio de invierno".
De este inolvidable testimonio de la infancia, situado en un espacio húmedo y nebuloso, de esa casi trenzada neblina que desciende muy a menudo por los cerros de la costa, María Luisa se nutre y escribe tal vez una de las obras más inexplicables, inigualables de la literatura latinoamericana. Pero no es tiempo de hacer hincapié sobre cosas dichas, o sobre ese perfecto equilibrio entre la poesía y la prosa, los sonidos y el silencio, ni tampoco sobre los temas labrados, re-escritos una y otra vez en un mismo texto: la soledad, el abandono, el silencio.
Ahora es tiempo de decir que María Luisa Bomba! es mucho más que dos novelas y un par de cuentos —porque éste ha sido el lema de aquellos críticos que la atacaron por su exigua producción, creyendo erróneamente que un escritor se pesa por el número de novelas producidas. María Luisa fue parca en su escritura; cada palabra utilizada
estaba inscrita en el texto con su cuerpo, con sus dedos. Buscaba un lenguaje magnético, preciso, iluminado, matizado por fulgurantes colores: cabelleras rojizas, fuego, espesos bosques verdes, las lluvias como hilos grises descendiendo en los viejos campos del Sur de Chile y también en ella...
Vuelvo a re-leer y a decir en voz alta que esta mujer fue, es, más que dos novelas y un par de cuentos. Sí, porque María Luisa de misteriosa mirada, de negrísimos cabellos, dio a la prosa latinoamericana de la época no sólo una alternativa al criollismo imperante sino una alternativa a la escritura. Bombal poetiza la experiencia del acontecimiento escrito, hace vibrar los sonidos, las pausas. La textura de la página y el deseo de lo contado-leído se traduce a "una vivencia real, infinitamente bella porque es compartida. Entonces me quito las ropas, todas, hasta que mi carne se tiñe del mismo resplandor que flota entre los árboles. Y así desnuda y dorada, me sumerjo en el estanque".[2] Al escribir, María Luisa supo comprometerse, supo salvarse de esa terrible y agobiante indiferencia que sufren a menudo las mujeres que escriben. Ya en 1933 escribe sobre el deseo, sobre el encuentro con un cuerpo, metáfora del otro y que es ella:
Lo abrazo fuertemente y con todos mis sentidos escucho. Escucho nacer, volar y recaer su soplo; escucho el estallido que el corazón repite incansable en el centro del pecho y hace repercutir en las entrañas y extiende en ondas por todo el cuerpo, transformando cada célula en un eco sonoro.[3]
Pocas escritoras de la época han escrito o escriben sobre el erotismo con tanta destreza, claridad y lirismo como Bombal. Hélène Cixous sin saberlo define a la antes perdida pero ahora conocida escritora del cono sur al decir que la mujer tiene que escribir sobre sí misma, sobre su cuerpo, e incrustarse dentro de su propio texto y su historia.[4] Bombal, si se inscribe en su propio texto, se asume en el textum o colección de tejidos unificados por una sola voz: ella. Ella la muerte en su cripta, ella María Griselda, ella Regina y mujer anónima de La última niebla, dos dobles tras la misma pasión. Mujeres todas obsesionadas por contar sus historias. Y Bombal las describe por medio de fragmentos recortados, por medio de un ritmo sincopado que no intenta ni quiere obedecer a las leyes de una narración rectilínea, convencional.
María Luisa Bombal, en un tiempo de represión, en un tiempo donde la mujer era el objeto de la escritura pero no la palabra inventada por ella, se atreve a invertir conceptos ligados a lo femenino desde tiempos inmemoriales. En La historia de María Griselda la belleza femenina es sinónimo de una maléfica desgracia. También escribe sobre ella misma, relata su verdad que es la nuestra, una vida obligada al recato, la obediencia, la monotonía: "Lo sigo para llevar a cabo una infinidad de pequeños menesteres; para cumplir con una infinidad de frivolidades amenas; para llorar por costumbre y sonreír por deber. Lo sigo para vivir correctamente, para morir correctamente, algún día".[5]
En esta queja y en esta aparente resignación, yace uno de los logros más interesantes de Bombal. Me refiero aquí a esa lucidez que cuestiona el existir amorfo de una mujer de clase media, encerrada en una hacienda o en una cripta. En esta denuncia, se esboza la liberación que no es pura inercia, que no es la historia de una alienada sino la historia de una mujer valiente. María Luisa no sólo refleja la actitud de la mujer burguesa sino que presenta alternativas, propone soluciones.
Libertad para la invención, juegos entre la niebla hechos realidades, elaboraciones poéticas de los sueños, aceptación de la muerte como un estado de expansión y no de inmovilidad porque, ¿quién nos ha hablado de la muerte con tanta fineza, con tanta astucia y con tantos deseos de permanecer en este estado? "Lo juro. No tentó a la amortajada el menor deseo de incorporarse. Sola podría al fin, descansar, morir".[6]
Y ahora, María Luisa descansa de todos aquellos que decían no tener tiempo para leerla, o que escribía cosas de mujeres, cosas diría yo que no supieron leerse porque ¿a quién le interesaba ese triste destino de una mujer bella? Porque, ¿a quién le interesaban los diálogos con un árbol?
A esta pregunta habría que responder, a nosotras, y al leer los textos de Bombal nos relacionamos con nuestras historias, sobre todo esa historia tan común llamada indiferencia o rechazo. Porque al no leerla, no nos leen, porque al no conocerla nos borran de la historia. Pero ahora la descubrimos, no como los románticas colegialas que se mimetizaban con ese paisaje similar al de novela gótica, con esos largos vestidos y perdidos sombreros de paja. Ahora nos preguntamos qué habrá querido comunicar la escritora con: «todo un día de calor por delante. Tener que peinarse, que hablar, ordenar y sonreír. Tener que cumplir el túnel de un largo verano con ese puntapié en medio del corazón".[7]
Ahora la leemos y nos desnudamos al acercarnos a su prosa tan auténtica; la miramos asombrada porque esta mujer supo, a pesar de los
olvidos y del silencio que la rodeó durante su vida y también en la muerte, atreverse a ser una escritora política. ¿Bombal política? No se rían ni se asusten, porque a mi parecer, escribir sobre historias de mujeres, sobre el placer del deseo, sobre la rebeldía ante valores impuestos es ser política, es acercarse a remover los velos del patriarcalismo.
María Luisa supo verse, vernos con el cabello demasiado apretado, con los espejos siempre imitando a otros: "Mi marido me ha obligado después a recoger mis extravagantes cabellos; porque en todo debo esforzarme en imitar a su primera mujer".[8] Pero también nos vio desnudas contemplándonos en un estanque, solidarias y poderosas: "No me sabía tan blanca y tan hermosa".[9]
María Luisa sí dejó más de dos novelas y un par de cuentos, pero aún pasarán muchas lunas, muchas guerras para que todos sepan esta verdad. Ahora muerta, los culpables la leen, dicen que siempre la admiraron, pero jamás éstos escribieron una reseña de sus libros en el periódico de los influyentes y prefirieron leer a los 'grandes autores' en sus clases. Pero sí en privado, la recomendaban a inocentes y esbeltas estudiantes. Tampoco la honraron con el máximo galardón del país, el Premio Nacional de Literatura; también su colega Gabriela Mistral tuvo por cierto que obtener el Nóbel antes de ganar el codiciado Premio Nacional manejado por los académicos masculinos.
Estoy segura que a María Luisa poco le importa la actitud de los solapados; ella siente que las raíces de la tierra nacen de su cuerpo y se incorpora a ésta con ganas, con amor, porque en este sitial no será una exiliada de los círculos literarios, no será una figura anómala por su exigüidad. Su escritura no será extraña sino que será un lazo, una hebra mágica que no parará de bordar una historia que es la tuya y la mía.
Qué suerte haber encontrado a esta escritora, invisible por tantos años; pero ahora no es tiempo de lamentos, hay que celebrarla, volverla a leer, dialogar con ella, asumirse ante sus páginas, porque en sus escritos estamos, somos...
Wellesley College
______________________________________ Notas
[1] María Luisa Bombal, "La maja y el ruiseñor". En Recuerdos de infancia, vol. 1 (Santiago, Chile: Ediciones Universidad Católica, 1975), p. 15. Todas las alusiones a esta ciudad entre comillas pertenecen a este texto citado.
[2]La última niebla, 8 ed. (Santiago, Chile: Editorial Orbe, 1975), p. 43. Todas las citas de esta novela pertenecen a la misma edición.
www.letras.mysite.com: Página chilena al servicio de la cultura
dirigida por Luis Martinez Solorza. e-mail: letras.s5.com@gmail.com ENTRE EL AGUA Y LA NIEBLA: MARIA LUISA BOMBAL
Por Marjorie Agosín
En "María Luisa Bombal. Apreciaciones críticas". Tempe, Arizona. 1987