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La última niebla. La amortajada
María Luisa Bombal, Seix Barral,
Barcelona, 1984. 184 páginas.
Colección Biblioteca Breve

Por Rolando Camozzi
Publicado en Diario ABC de España, 13 de Octubre de 1984


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Se reúne en este volumen la totalidad de la obra narrativa en castellano de María Luisa Bombal (nacida en Viña del Mar, Chile, el 8 de junio de 1910 y establecida sucesivamente en París, Buenos Aires y Estados Unidos; en 1970 retorna a su país natal, en donde permanece hasta su muerte, acaecida el 6 de mayo de 1980) y que abarca dos novelas cortas y cinco relatos. Obra, si escasa, notable y relevante, lo que significa una vez más que en Literatura interesa mucho más que la fecundidad o el fenómeno de «lo prolífico», la urgencia de calidad. El «caso» de María Luisa tiene un gran parecido con el de su colega mexicano Juan Rulfo, ambos escritores de raza e inmortales con apenas muestras apretadas de una gran capacidad. Tampoco son casos exclusivos, ya que en la historia de la literatura castellana, existen otros ejemplos de magisterio en mínimas manifestaciones originales. Quizá el caso llamativo sea el de Gutierre de Cetina, perdurable e insustituible en su Celebérrimo «Madrigal» -«Ojos claros, serenos»- cita obligada de antologías y manuales, joya pequeñita y diamantina.

Una primera mirada global sobre el conjunto narrativo de esta autora, resalta la presencia, el protagonismo de lo femenino, de la mujer, de las mujeres, en concreto, como principales agonistas. Todas ellas están llenas de extraña fuerza y ternura contenidas, personalidad, capacidad pasional y amatoria. Pero todas ellas a su vez, casi siempre, impedidas, incomprendidas, inmersas en un paisaje -interior y exterior- de pasividad, de nieblas, de misterio, de frustración, dados un contexto y un entorno adversos, hostil, machista, brutal, por momentos, inhóspito. En ambas novelas (que dan titulo al volumen), por ejemplo, el matrimonio de las protagonistas es convencional, tedioso, ritual. La mujer de Daniel confiesa, con terrible desesperanza y cuasi fatalidad: «Lo sigo para llevar a cabo una infinidad de pequeños menesteres; para cumplir con una infinidad de frivolidades amenas; para llorar por costumbre y sonreír por deber. Lo sigo para vivir correctamente, para morir correctamente algún día. Alrededor de nosotros, la niebla presta a las cosas un carácter de inmovilidad definitiva» (final de «La última niebla»). Porque ella vive inventando un amante imaginario, un fantasma onírico necesario en su necesidad de fuga hacia adelante, urgencia de «estar sola para, soñar a mis anchas».

Todo ello las lleva a la vivencia de recuerdos, de horas precoces -el primer amor nunca realizado-, o del ensueño, como forma imaginaria o mágica de ámbitos más vivibles, humanos, intensos en promesas y realidades, si quebradas auténticas. Existe un marcado desencuentro dialéctico entre el hoy -realidad ficciosa. paciente, fatal- y el ayer, -abierto a experiencias fuertes y felices cuando el yo personal y adolescentes se abría sin fronteras-, aunque también, a la postre, culminaran en desilusión y en heridas, vivas al fin, bajo el rescoldo de tiempo, brasas quemantes a poco que se soplen las cenizas.

Tanto en «La última niebla» cuanto en «La amortajada», sus protagonistas son las esposas frustradas que se refugian, la primera, en la fantasía (ya que entre ella y su marido está presente y fresco el cadáver de esa muchacha prematuramente infortunada -la primera esposa- que sigue siendo el modelo y la norma de convivencia), y la segunda, en el pasado, especialmente en su primer gran amor, también su primera gran desilusión. Y tanto más resalta este desencuentro vital, cuanto el relato adviene como un desfile de personajes ante el cadáver amortajado de la que lúcidamente, paradójicamente, en un alarde de instante de conciencia y de visión, va reconociendo a quienes retornan y desfilan ante sus despojos; Ana María muerta al fin, ella que vivió muriendo. El final es como un responso en gris: «Lo juro. No tentó a la amortajada el menor deseo de incorporarse. Sola, podría, al fin, descansar, morir. Había sufrido la muerte de los vivos. Ahora anhelaba la inmersión total, la segunda muerte: la muerte de los muertos».

También en «El árbol», Brígida, una joven frágil casada con un hombre mayor, terminada por abandonar el hogar, ya destrozado por las largas incomunicaciones y los terribles silencios. En «La historia de María Griselda», la belleza exótica, pura y velada de la protagonista, acaba por ser la causa de las divisiones y reyertas de los matrimonios que comparten el caserón del gran feudo perdido en la selva. «Trenzas» es un alegato en favor de tal moda o atuendo femenino, con recurrencia a la literatura y la mitología. En «Las islas nuevas». Yolanda, extraña y esquiva, con su muñón de ala en el hombro, es como un símbolo incomprendido y presencia de otras latitudes, símbolo quizá de lo femenino extrañado en un mundo adverso de muchos cazadores. La excepción, lo constituye el cuento «Lo secreto», que es un cuento de niños, con pirata, mar y barco.

Pero todo este inquietante y neblinoso mundo de pasiones y contradicciones, culmina en un estilo límpido, preciso y en unas técnicas del relato manejadas a placer y con dominio. Y en donde el lenguaje sorprende por su casticismo, perfección y esplendor. Con ser la escritora una chilena, nada advierte al lector de tal origen, ya que no hay atisbos de modismos ni de formas populares o coloquiales. El idioma es notable en su manifestación formal y universal.


 

 

 

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La última niebla. La amortajada
María Luisa Bombal, Seix Barral, Barcelona, 1984. 184 páginas.
Colección Biblioteca Breve
Por Rolando Camozzi
Publicado en Diario ABC de España, 13 de Octubre de 1984