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ANIMALES EXÓTICOS
"La Hediondez" de Marcelo Mellado. Alquimia Ediciones, 2011

Por Nona Fernández S.


La biblioteca pública se pudre. Las termitas, los ratones y la humedad hacen de ella un gran festín. Todo el invaluable patrimonio libresco y documental de la zona está siendo mortalmente amenazado por la putrefacción máxima. A esto se suma el extraño hedor que emite el vecino Centro de Recuperación de Animales Exóticos, organización dependiente de la Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos, y la fetidez intrínseca de las faenadoras de harina de pescado del puerto, que hacen del inmueble bibliotecario el lugar menos apto para la lectura y la investigación. Frente a este terrible flagelo, fruto de una situación política adversa a la cultura zonal, un grupo de hombres y mujeres sensibles y con conciencia crítica, todos poetas organizados, trazan una estrategia de lucha contra el sector oficialista y criminal identificado con el nombre de La Caleta, órgano supremo que toma decisiones supremas, para establecer un proyecto bibliotecario autónomo e independiente, libre y soberano. Lo que este grupo de poetas no imagina es la cruenta guerra en la que están involucrándose, ni cuáles serán las escandalosas y perversas consecuencias que tendrán que pagar por llevar a cabo su heroica misión.

Con esta sinopsis se traza La Hediondez, una intriga digna de película de acción del Tercer Reich, con funcionarios municipales malvados que trabajan de espías, con poetas impostores, con héroes que esquivan el poder oscuro del mal, con operativos de inteligencia, persecuciones, reuniones clandestinas en casas sindicales, en talleres literarios, o en bodegas de ropa americana. Una historia de resistencia cultural, de guerrilla contra las políticas criminales de intervención, una historia de conspiraciones perversas y paranoias absolutas, donde el amor no está exento, como en toda buena intriga peliculera, y el erotismo y hasta la pornografía, tienen su par de escenas cruciales y sabrosas bajo el techo de una carpa instalada en medio de la indómita playa de Santo Domingo.

Los héroes de este film, juguemos a que es una película de esas como de Tardes de Cine, protagonistas precarios, charchas, por qué no decirlo, se mueven con una pasión entrañable, con una energía olvidada, nostálgica, como de otros tiempos, que resucita en cada una de sus acciones un discurso bélico y furibundo, que se rebela en contra de la condena inexorable al deterioro y al abandono al que se ven expuestos. Personajes farsescos, chungueros, carnavalescos, protagonistas de una parodia clara de la vida cultural de provincia. Personajes que se mueven cuáticamente en escenarios feos, sucios, cochinos y pobres, protagonizando secuencias de un humor delirante. Vale la pena señalar la notable puesta en escena trazada clandestinamente en una bodega de ropa americana de la galería Rosales, del centro del puerto de San Antonio. Ahí se citan con extremo cuidado el poeta Prudencio Aguilar, líder e ideólogo de la resistencia cultural, y los jóvenes enamorados Chucho Velásquez, músico y surfista, aliado incondicional de los poetas porteños no impostores, y Elizabeth Portentosa, poeta y dueña del culo más portentoso del gremio. Los tres se reúnen entre percheros, colgadores y canastos llenos de ropa usada y conversan con disimulo, siguiendo las instrucciones estrictas de Prudencio, que los obliga a probarse ropa mientas hablan para parecer compradores comunes y corrientes y no activistas político culturales, como lo son. “Prudencio Aguilar se saca el abrigo de cuero que lo hace parecer un agente de la Gestapo y lo cambia por un clásico montgomery. Se mira al espejo y se siente mejor, le da nostalgia esa prenda británica, recuerda nítidamente cuando era veinteañero y militaba en el partido socialista (en el verdadero partido socialista), cuando era profesor de la sede de la Universidad Técnica del Estado. Una foto de Sartre acude a su memoria, ataviado con montgomery de color negro con el que se vestirían tantos universitarios de su época. Mira a Elizabeth con cariño paternal y le comenta que hay chaquetas de gamuza, combinadas con mezclilla que de seguro le quedarían muy bien. La invita a probarse algunas prendas de esas. Elizabeth no duda en hacerlo. A Chucho Velásquez, en cambio, con cierta severidad que no deja de ser afectiva, le ordena que se pruebe algunas chaquetas de tweed. Elizabeth se distrae con unos vestidos de gala a dos mil pesos, que son los mismos que compraría la mamá del poeta Diego Maqueira, Julita Astaburuaga, que según su propio relato se viste en la ropa usada. Finalmente los tres saldrían caracterizados de la galería como una medida de seguridad: Prudencio con una gabardina verde musgo, Chucho Velásquez con un ambo listado gris y Elizabeth Portentosa con un abrigo de cuero, color granate, con cuello de coipo.” La inteligencia cultural de la zona ataviándose a escondidas con ropa usada, trasvistiéndose con prendas de otro tiempo. Con pilchas viejas, en desuso, abandonadas en una bodega de mierda, de una galería de mierda, de un puerto de mierda, de un paisito de mierda. Porque fuera de toda chunga, esta peli, que parece una comedia zanduguera, es más corrosiva y malintencionada de lo que aparentemente quiere admitir. Una intriga risible que da cuenta de la realidad charcha de la cultura en un país al peo, que se cree jaguar, cuando no es más que un lobito marino con la pata mala o un zorro chilla con olor a orín, como los animales indómitos del Centro de Recuperación de Animales Exóticos.

Imposible no mencionarlo, La Hediondez llega a mis manos cuando estoy en medio de  una gira teatral (además de escritora me las doy de actriz) por la Cuarta, Quinta, Sexta y Séptima región de nuestro agrandado país. Durante dos meses hemos partido todos los días jueves, en una cargada camioneta con escenografías, pelucas y vestuarios, a montar una obra de teatro a distintas localidades, pueblos, villas y ciudades de la provincia, en un afán tan carnavalesco, noble y pelotudo, como el de los heroicos poetas que protagonizan La Hediondez organizando su proyecto de biblioteca autónoma. Así, cada fin de semana nos ha tocado lidiar con funcionarios municipales, con encargados culturales que se disputan su pequeña cuota de poder, con alcaldes que llegan al final o al comienzo de la función, solo a sacarse la foto con la única actriz rostro que andamos trayendo que por supuesto no soy yo, con grupos de amigos del teatro regional, con profesores que organizan coros, con grupos folklóricos, con talleres de esto y lo otro, con centro de madres, con salas de teatro frías, inhóspitas, sucias, lúgubres, y en este contexto La Hediondez llega a coronar como la guinda de la torta un viaje sabroso, inquietante y también triste, en el que la precariedad aparece como una especie de onda expansiva que parte en la capital y se extiende y se solaza en la provincia. 

En esta fantasía huevona y neoliberal en la que nos hacen participar a todos, la voz del guionista de esta película, sigamos jugando a que es una película, parece querer recordarnos que la cosa no funciona tan bien como parece, que la precariedad es una constante, una especie de destinación necesaria para mantener el orden, y que bajo esa condena nos tienen atrapados, entrampados, encerrados, como los animalitos del Centro de Recuperación de Animales Exóticos. Mientras cien mil personas se abalanzan a la calle exigiendo una educación digna, recuerdo un liceo de Quilpué en el que hicimos una extraña función de la obra hace un par de semanas. Las salas de clases, como tantas otras de nuestro país, tenían los vidrios rotos, las puertas rotas, las paredes quemadas y rayadas y sucias, los baños no tenían puertas, no sé si tendrían agua, no quise investigar, y en el escenario en el que actuamos el frío se hacía notar con el vapor que salía de nuestras bocas cada vez que dijimos un parlamento y con las gotas de agua que caían desde las goteras del techo agujereado. Así es la realidad de la educación. Así es la realidad del teatro, de la literatura, de la poesía, de la cultura, aquí y en la quebrada del ají. Lo que el guionista de esta película, me gusta insistir con eso, nos escupe en la cara es un reclamo, un cuestionamiento al perfil oficial de país moderno y evolucionado que nos venden los que no se dedican a ser sucedáneos, los que su negocio no es lo innecesario, lo invisible. La Hediondez no es una exageración farsesca de nada, es una constatación, un ejercicio de observación pura y dura. Debo señalar que la única vez que visité al autor en su ciudad, estuve en un proyecto bibliotecario autónomo emplazado en una sede sindical en Barrancas y presencié una extraña conversación, digna de un parlamento de La Hediondez, en la que el autor y otro de los encargados de la biblioteca temían por la seguridad del lugar, amenazado de ser incendiado en plena noche por algún bando adversario, que al parecer había muchos. También recuerdo haber sido presentada a un surfista, y creo que poeta, que almorzaba con su familia en una mesa de un local de Llo lleo donde comimos un caldillo. A lo que voy es que la ficción y la realidad son la misma cosa en la pluma de este autor que se escribe a sí mismo, que se atrinchera en la costa provincial, padeciendo y riéndose de nuestra pequeñez, de nuestras ínfulas de grandeza, disparando a diestra y siniestra como en una buena película de guerra, escupiendo verdades dolorosas y risibles que nos incomodan, que nos desenmascaran, dejándonos en pelota, con toda nuestra triste humanidad a la luz, expuesta como en un escenario sucio, frío y lleno de goteras, como en una jaula del freakshow donde desfilan las especies exóticas.


Santiago de Chile, 06 de Julio de 2011


 

 

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