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Minorías mayoritarias

Por Marcelo Mellado
Publicado en La Segunda, 1 de agosto de 2014


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Siento un profundo desprecio por las minorías bulliciosas y por las mayorías silenciosas. Ambas son criminales y fascistas, porque no sólo imponen salvajemente su verdad, sino porque nos odian con la arrogancia de la superioridad. Siempre fue duro para mí soportar en esos barrios pobres de provincia a los canutos predicando la palabra de Dios, con megáfono, los días domingos en la mañana. Sin duda una minoría potente y soberbia que diversificaba el imaginario popular. Algo parecido me pasa hoy con los veganos culpógenos y con cierto ciclismo santiaguino que anda por las veredas o las calles, agrediéndonos simbólicamente con su apuesta saludable y su propuesta urbana de tránsito. Tan invasivos y prepotentes, a veces, como los propios automovilistas.

Toda mi vida fui ciclista, de niño solía movilizarme en una bici tipo inglesa, también llamada de paseo, y cuando fui más adolescente, en tiempos de dictadura, me movilizaba en una pistera. Recuerdo que ser ciclista era propio de obreros y no poca gente me gritaba con desprecio: "Cómprate un auto, Perico", por una publicidad que instigaba a endeudarse a la población con la compra de un automóvil. La mamá del ministro Eyzaguirre participaba de esa publicidad.

Clasificar estas minorías insoportables puede ser una buena práctica de distinción y discriminación -en sentido analítico- de las retóricas que inundan la cosa pública. Muchos de estos minoritarismos delirantes (el neologismo es raro) hacen alianzas y se potencian, buscando los signos del mayoritarismo (otro neologismo), lo que los leninistas llamaban acumulación de fuerzas. Aunque muchas minorías prefieren mantenerse como tales, esos son los mafiosos o las sectas, cuyo negocio es la microverdad que los sustenta. Pero la lata para los ciudadanos comunes y mediocres, como uno, es soportar a las minorías sexuales y étnicas, a los que luchan contra la industria alimentaria por el daño que nos hacen, a los ecologistas delirantes, a los pendejos anarcos hijitos de papá (como les gritan los jotosos), a los animalistas enfermos, etc. Mejor ni hablar de sociedad democrática y diversificada, que a estas alturas parece un escenario de alucinados.

En lo personal, padezco de intolerancia a la voluntad de verdad (que debe ser más complicada que la intolerancia a la lactosa), sobre todo a ese momento en que mucha de esta circulación de ideas delirantes que mueven a grupos de intereses se vuelven odiosas y terminan llamando a gritos a la voluntad (necesidad) de orden. Porque la primera media hora con cualquier minoritario es soportable, yo he mantenido conversaciones con vegetarianos radicales, para sacarles recetas, pero he terminado prefiriendo la de las hermanitas Rengifo.

Le temo a ese momento crítico que no está a la vuelta de la esquina, todavía, pero que, dados los aromas de conflicto de la vieja Europa y Oriente Medio, puede hacernos cambiar el panorama. Porque hay que recordar que los grandes constructores de mayorías son esas minorías eficientes y con poder de fuego llamadas dictaduras.

Muy distintas son las minorías sofisticadas, como los anarcos adolescentarios, que necesitan permanecer como patéticas entidades mesiánicas incomprendidas. O las bellas rebeldes que son dirigentas universitarias, haciendo carrera política, en los avatares de la búsqueda de consenso y de verdad; es decir, participando de la semiología de lo mayoritario.

Ninguna minoría se salva, como diría un amigo mío: ni los masones, ni los maricones, ni los opus, ni el mapuchismo radical, etc. (en los etcéteras suele estar la clave). Hay que soportar una Babel ideológica cuyo bullicio es necesario para sentirnos vivos.


 

 

 

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Minorías mayoritarias
Por Marcelo Mellado
Publicado en La Segunda, 1 de agosto de 2014