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Manuel Naranjo Igartiburu | Andrés Urzúa de la Sotta | Autores |


 

 






Entrevista a Manuel Naranjo Igartiburu, autor de ejercicios vacíos (Buenos Aires Poetry, 2020):
“La edición y la traducción son dos maneras privilegiadas de desaparecer
o de actuar desde la ausencia”

Por Andrés Urzúa de la Sotta
Publicado en revista digital El circo en llamas, 10 de abril de 2021


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No conozco a Manuel. Es el primer escritor que entrevisto y que nunca he tenido la posibilidad de conocer. Ni siquiera tengo una referencia de su rostro. Me he negado conscientemente a buscarlo en Internet. Me gusta la idea de entrevistar a una incógnita, a alguien invisible, a un yo disipado. Aunque de alguna manera lo conozco. Más allá de esta entrevista, hemos tenido varios intercambios verbales. Y lo he llegado a conocer en términos estrictamente lingüísticos, es decir, mediante palabras desplegadas en chats y correos electrónicos.

Creo que esa identidad velada y lingüística que me sugiere Manuel se relaciona con su libro y con su concepción de la poesía. Porque ejercicios vacíos se esfuerza por no marcar la presencia de un yo desorbitado. Lo que habla allí parece ser el mismo lenguaje. Un lenguaje que se repliega y muestra sus grietas y contradicciones. Pero que a la vez, en esos intersticios que deja la lengua en su discurrir paradojal, parece sugerir un más allá de la escritura, una suerte de misterio que nunca llega a manifestarse con nitidez. Un lenguaje, en definitiva, que se resiste a significar de manera unívoca y que comprende la realidad con el espesor y la sombra constante de la incertidumbre.

Conversamos con Manuel hace algunos meses para una entrevista en otro medio, que finalmente no pudo ser publicada allí. Su amabilidad y buena disposición fueron tan amplias como su devoción hacia la palabra precisa. Un carácter obsesivo que lo llevó a enviarme diversas correcciones, cada una de ellas más ajustada que la anterior. Y que además de poner a prueba mi paciencia, dio cuenta de su enorme rigor con el lenguaje. Quizá, ante la conciencia de la precariedad de la palabra que habita la escritura y el pensamiento de Manuel, la exactitud sea para él una forma de contrarrestar la pérdida de control que implica echar a andar el lenguaje. Tal como señala Mario Montalbetti: «Usar el lenguaje es como subirse a un globo aerostático. Tienes ciertos controles, puedes maniobrar algo, pero esencialmente el viento te lleva donde quiere. El viento es el lenguaje. El globo es lo que dices».


Me decías que pensabas en ejercicios vacíos como una suerte de “no-libro”. Y, de hecho, uno de sus textos, el de la página 59, ahonda en este asunto: “Un libro /sin imágenes /y palabras /cuyas hojas /sean incontables /y desgarradas //Un libro /en fin /que deje /de ser un libro //tal vez se aproxime /a la vida”. Me parece sugerente esta noción. ¿Podrías profundizar en esa idea de un “no-libro” y en cómo ella podría aproximarse a la vida? ¿Acaso un libro se aleja de ella?
—Sí, recuerdo haber empleado ese término en la conversación que tuvimos a raíz de la reseña del libro que escribiste para esta misma revista. Lo de “no-libro” tiene relación con el uso continuo de estrategias discursivas negativas que empleo tanto en lo macro, en la estructura misma del libro (dos partes antagónicas que se observan y anulan entre sí, en una dialéctica en suspenso, sin posibilidad de síntesis), como en lo micro, en el uso de figuras que constantemente relativizan, desmienten o niegan lo recién dicho (paradojas, sobre todo), despojando al lenguaje de su poder nominativo. Es, por lo tanto, un libro que deliberadamente rehúye la entrega o transmisión de un mensaje, que al contrario, intenta desfondar a las palabras, para que éstas, como vasijas o cuencos rotos, acojan lo que trasciende toda designación, es decir, a la vida misma, que es independiente del pensamiento. El prefijo “no” apunta entonces al incumplimiento de esa tradicional expectativa, a la remoción de cualquier atisbo de certeza y seguridad, y a la consiguiente inmersión en lo incierto donde paradójicamente lo que está más allá del lenguaje se hace presente, si bien como lejanía. Puede sonar extraño e ingenuo a la vez, pero mi intención, mi deseo imposible quizás, es que este librito se pulverice o desvanezca en el momento mismo de su lectura, pero sin ruido y casi sin dolor, como un sutil parpadeo. Esta “negatividad” no tiene que ver, en consecuencia, únicamente con un pesimismo o una frustración respecto a las limitaciones del lenguaje (la negación que intenté plasmar aquí no es un simple reverso de la afirmación). Es precisamente a partir de esta constatación y crítica, de este desmoronamiento, de este “no” que pretendo entreabrir o avizorar algo más sin nombrarlo.

Respondiéndote la última parte de la pregunta, considero que cualquier texto que no tenga un afuera (algo que no pueda representar ni comprender, algo que sea el advenimiento de su propia destrucción) no sólo es limitado y asfixiante, sino que no da cuenta de un aspecto central de la realidad, su finitud.

También conversamos en algún momento sobre el hecho de que ejercicios vacíos te podría haber conducido al silencio. Pero no a un silencio metafórico, sino real. O más específicamente a un acto concreto relacionado con el silencio: el hecho de dejar de escribir (o al menos de publicar). ¿Crees que tu libro te llevó al silencio y/o a la necesidad de enmudecer o de dejar de escribir? ¿Cómo ves la proyección de tu trabajo escritural después de ejercicios vacíos? ¿Piensas seguir escribiendo o te vas a entregar al silencio?
—Pienso que es más bien al revés. Hasta la publicación de ejercicios vacíos estaba cómodo en el anonimato y el silencio de mi vida familiar y estos últimos años tras mi labor como uno de los editores de Komorebi Ediciones y traductor ocasional (la edición y la traducción son dos maneras privilegiadas de desaparecer, o mejor, de actuar desde la ausencia). Siendo súper franco nunca tuve la inquietud, la necesidad de publicar un libro bajo mi nombre, lo que explica que lo haga tan “tarde”, recién a los 42 años. No sé bien por qué, la verdad, cuando toda mi existencia siempre ha girado en torno a la literatura (estudios, trabajos, etc.). Seguramente porque no tenía nada que decir. Seguramente porque estaba demasiado absorto en otras experiencias y actividades, y no cabía detenerse y escribir. Esto último sin embargo empezó a cambiar entre el 2015 y el 2017, tiempo en que escribí la primera parte homónima del libro, con la sensación de que esos textos se redactaron por sí solos, y sin jamás con la idea de conformar y publicar un libro a partir de ellos. Fue el poeta Rodrigo Arriagada- Zubieta, uno de los editores de Buenos Aires Poetry, quien conociéndolos, me invitó a hacerlos parte de un título. Fue así como durante el 2020 escribí la segunda parte titulada “cuerpos en la penumbra”, mucho más existencialista, centrada no en la precariedad del lenguaje sino en la del cuerpo.

Te cuento todo esto para expresar que la materialización concreta de ejercicios vacíos como libro fue gracias más a la intuición e invitación de Rodrigo, y luego a todo el equipo de BAP, que a algo buscado o premeditado. Sinceramente no sé qué pasará luego de esto. Me imagino sí, para más adelante, otro libro de poemas, pero en una línea radicalmente distinta (más cercana al viento que a un campo de batalla como a veces parece estar éste). Le he dado vueltas también a un volumen de relatos oníricos que tengo más o menos armados, pero no sé. Lo que es claro es que, por lo menos para mí, este libro me sacó del enmudecimiento. Espero también que quienes lo puedan o quieran leer no se queden únicamente con esa sensación, o por lo menos no sólo en su acepción negativa de parálisis e impotencia, sino a la vez como recepción de lo abierto y asombro.

Hay un tema que me parece central en tu libro y es la incertidumbre. Frente a una serie de poéticas que se plantan con certeza y con mensajes unívocos, creo que tu libro apunta hacia la precariedad del lenguaje y a la incertidumbre que habita en él. ¿Cómo ves la relación entre el lenguaje, la realidad y la incertidumbre que propone ejercicios vacíos?
—Sí, la incertidumbre no sólo es el horizonte donde se desplazan estos textos, sino también el efecto que busco generar en su lectura a través del uso de paradojas y contradicciones, especialmente. Esto no tiene que ver con una desorientación gratuita, o con una sorpresa o “shock” de tipo vanguardista; tiene relación con poder experimentar un desconocimiento o no-saber liberador. La base desde donde parte todo esto, no podía ser de otra manera, también es contradictoria. Por un lado, está lo que bien adviertes y dices en la pregunta, una sospecha, desconfianza e incluso rabia contra el lenguaje por sus limitaciones y obstáculos para representar tanto a la realidad como a nuestra interioridad tal como las experimentamos, imaginamos o deseamos aún sin palabras, como pura intensidad. El lenguaje desde esta perspectiva adquiere un cariz burlón (las palabras, pese a su promesa comunicativa y supuesta transparencia, nunca traducen tal cual lo que querías decir, ofreciéndote casi siempre un pálido reflejo / lo que logras decir ya no es lo que querías decir); violento (el lenguaje como acto nominativo del ser humano instituye una violencia que entristece a la naturaleza al segmentarla e instrumentalizarla / no sólo eso, aquello que es nombrado se conceptualiza, y por lo mismo, se delimita, reduce, amortigua, mutila); y lúgubre, por no decir declaradamente sepulcral (el lenguaje al inscribirse en el lugar de la intensidad pre o a- verbal no es más que el recuerdo y la articulación de su muerte, la huella o ceniza de su manifestación).

Pero por otro lado está simultáneamente también lo opuesto, el misterio del lenguaje en sí, sobre todo cuando éste parece escribirse a sí mismo a través de nosotros como si fuera un tejido sin sujetos, el deslumbramiento que generan sus inusitadas conexiones y que a veces posibilitan una experiencia más abierta del mundo, una nueva visión de lo real, en fin. Este libro entonces es fruto del encuentro inestable de ambas perspectivas, de la precariedad y el juego, de la ausencia y el acontecimiento, por así decir. Toma principalmente la crítica referente a la violencia y a través de estas operaciones negativas intenta levantar o desautomatizar los cercos que tanto el pensamiento como el discurso le ponen a lo nombrado. Busca que eso, en el espacio abierto de la incertidumbre, se libere y haga presente en su oscuridad o indeterminación.

También hay una idea de poeta que habita tácitamente tu libro. Me refiero a un poeta que funciona en oposición a la figura mesiánica y elevada. A ese poeta que, como dice Valerio Magrelli, tiene la capacidad de entrar en contacto con la realidad de manera exorbitante. En tu libro, por el contrario, el poeta duda, se abisma, enmudece. ¿Cuál crees que es la noción de poeta que sugiere tu libro?
—Tengo la impresión que por lo menos en Chile se ha desterrado hace tiempo la noción de una poética "fuerte" y totalizadora, de una figura mesiánica o “tutelar” (Zurita es seguramente el último representante de esa cosmovisión), surgiendo saludablemente en su reemplazo la proliferación fragmentaria y diversa de discursos que no tratan de imponer una visión sobre la poesía y el mundo, sino simplemente expresar su propia voz y mirada desde el testimonio, la fragilidad, la intemperie, lo íntimo vs. lo altisonante, y los últimos años desde lo colectivo en vez de lo individual, especialmente desde el Mayo Feminista del 2018 y la Revuelta Social del 2019. ejercicios vacíos no es la excepción, si bien quizás la minimización del sujeto del discurso es aún más acentuada de lo habitual. En la primera parte homónima prácticamente no hay rastros de un “yo”, acontece una completa despersonalización. Como te conté más atrás, el sujeto en ella es más bien el lenguaje que se observa y lucha en sí mismo y contra sí mismo. En la segunda el vaciamiento sigue operando, pero esta vez generalmente bajo la forma de un “nosotros”, voz de la comunidad, puesto que en ella se abordan temas universales que nos afectan a todos, como la fugacidad del tiempo y la fragilidad de los cuerpos.

Considerando esto, me es difícil responder qué noción de poeta sugiere este libro. En lo personal ese mismo rótulo de “poeta” me complica no sólo porque muchos de sus textos no son lo que normalmente se entiende por “poemas” (son más bien notas en la línea de los “papelitos” o zettel de Wittgenstein y Héctor Libertella), sino también porque esa palabra conlleva, desde su etimología y la práctica histórica de sus exponentes, un componente activo: el poeta es quien “crea o hace algo”, y ejercicios vacíos tiene más relación con la pasividad, con dejar ser a las cosas para que éstas se muestren como son. Me sentiría más cómodo con la palabra “receptor” si ésta no tuviera un componente mesiánico a la inversa. No sé.

Se ha hablado acerca de la tradición de ruptura como una constante en la poesía chilena. Es decir, poéticas que se instalan y poéticas que se contraponen a esas poéticas instaladas. Algo así como un movimiento pendular que se va reiterando en la tradición. Frente a esa noción, ¿crees que tu obra propone un ejercicio de continuidad con parte de la tradición poética chilena? Estoy pensando en Juan Luis Martínez, por cierto. Pero también en otros autores que tienen una relación más bien conflictiva o escéptica con el lenguaje o con la capacidad de este para representar la realidad. Pienso en Enrique Lihn, Gonzalo Millán, Rodrigo Lira, Elvira Hernández, Carlos Cociña y Verónica Zondek. Y también en autores más jóvenes, como Damaris Calderón, Armando Roa, Yanko González, Andrés Anwandter, Jorge Polanco, Rodrigo Arroyo, Víctor López, Julieta Marchant y Tito Manfred, entre otros.
—Claro que sí, este libro, como cualquier otro, no surge de la nada, establece un diálogo (a veces inconsciente) con obras anteriores, incluyendo las de varios de los autores que me nombras acá, además de otras/otros. Sólo por señalar libros recientes, tanto por la reflexión metapoética, la relación paradojal con el lenguaje, como por la contención expresiva, siento que ejercicios vacíos no está demasiado lejos de Todo está vivo y es inmundo de Soledad Fariña, Lo uno / Lo otro de Natalí Aranda, Lago Esquirla de Mariela Malhue, Las palabras callan de Jorge Polanco, Raíz abierta de Diego Alegría, Manchas de humedad de Rodolfo Reyes, Hubo mar una vez aquí de Carolina Pezoa, Exterminio de Juan Manuel Silva, Edad de Gloria Sepúlveda, o de la primera parte de Chilean Poetry (“from the labyrinth”) e Incomunicaciones de Rodrigo Arroyo, por ejemplo.

Más atrás, por cierto, recoge o hereda elementos de los trabajos de Juan Luis Martínez, Enrique Lihn, Gonzalo Millán (sobre todo el de Virus), además de los de Gustavo Barrera y Mario Verdugo. Y aún más atrás, me gustaría creer que de alguna forma establece una línea de continuidad con Defensa del ídolo de Omar Cáceres y El sentido sombrío de Gustavo Ossorio, dos obras radicales que, bajo el contexto de las vanguardias, exploraron los límites del lenguaje e intentaron rebasarlos.

 

 

 

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