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Arte y oficio de la poesía
Lectura de “Las Pupilas del insomnio”, de Silvia Osorio
(Editorial Ventana Abierta, Mayo 2011)

Por Alberto Moreno
Marzo 2012

 

 


 

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Ya lo hace ver Soledad Fariña en su introducción a Las Pupilas del insomnio: esta es una escritura construida de “una materia extraña” para nuestro tiempo, como de forma antigua, y que asume ciertas verdades o principios que nos hablan desde lugares, que ciertamente, no son moneda de uso corriente. Es un hablante que emprende su abordaje por referentes y visiones de mundo que no suelen ser frecuentes hoy, en el actual panorama de la poesía y, que desde un comienzo, nos sorprende por su novedad y distanciamiento.

-La Primera Octava responde a una escritura que recrea lo antiguo, con tintes de una arcaica escatología, y que a su vez, marca un signo muy mineral, de montañas y fondos de la tierra. Su textura nos habla de un origen improbable, y de un viaje hacia ciertos lugares remotos de la existencia del hombre.

Si bien algo, un atisbo podemos intuir, a partir de algunas imágenes, aquí estamos ante un logos y una cosmovisión que desconocemos por completo.

-La Segunda Octava es creacionista, y nos comunica sobre que habrá en el mundo y de qué forma este será; es por lo tanto, un mandato y / o el designio de un gran hacedor. Aquí  podemos ver al poeta como demiurgo, al incognoscible maestro dibujando las formas elementales del árbol, el camello y también, de los primeros pensamientos humanos.

En medio de este caos perfecto nada ha quedado fuera de lugar, todo ha sido creado ya y luego arrojado a la faz de la tierra, o hacia las profundidades de un abismo. Ahí también están las rocas y el desierto / en su calma infinita, y en su soledad espantosa.

Si avanzamos en la lectura a través de estas pupilas insomnes, llegamos a El Estigma del poeta, que es un poema visionario, donde la escribiente, Silvia Osorio, contempla el mundo creado desde “la torre más alta” – y claro, también, desde el fondo- llegando por ambas fronteras a las honduras del espíritu humano, en el juego dialógico de hombre y bestia,  lo culto y lo profano, la pomposa erudición y la más sencilla de las humildades.

Ahí todo se enfrenta finalmente al paso del tiempo, al peso de la memoria, a la mezcla de ambas cosas que produce el olvido, y a la materia oscura e inentrañable que después de  todo eso, nos queda en la mirada.

Estos cantos poéticos nos hacen recordar al eremita en la montaña de Holderling… a Zaratustra, el viejo sabio y profeta de sonrisa perfecta que nos enseñara Nietzsche. Y a todos los místicos antiguos en su deambular por los desiertos del alma y los ríos del hombre eterno, previos a la ficción extraña de la modernidad. Esos seres que aún gozaban del privilegio enorme de estar lejos de las grandes ciudades, esas enormes construcciones que nos fueron encerrando poco a poco.

Veo en esta poesía guiños a lo universal y profético que hay en cada ser, después de conocer el silencio, después del despojo de las máscaras: se dibuja en sus páginas y se desliza entre sus versos, lo que queda del alma humana después de conocer la vanidad o la soberbia.

El diálogo que su autora entabla con la materia de la poesía y las palabras es, por momentos, sublime, y el lugar desde donde estas fluyen, el abismo de lo inesperado y el efecto que estas pueden acarrear en un determinado lector, ese inacabado e insondable juego de complicidades que recrea eternamente una obra poética.

Luego hacia el final de este libro ocurren dos cosas; se pregunta qué es el acto de la creación…qué es, a fin de cuentas, el poema…

Y luego simplemente nos clava frente a los ojos tres hermosas creaciones en verso libre.

Terminando esta lectura, nos vamos de lleno al terreno del oficio de la poeta y su mirada de este trabajo que, ciertamente, más sabe de soledades y rigor, que de camarillas o esas dudosas filiaciones de la vanguardia criolla. Estamos ante una obra que por todos sus recovecos y voces destila más a hambre de creación pura- que al infructuoso cotilleo de las falsas musas- o del lenguaje a la moda. No hay sentimentalismos ni conflicto generacional alguno. Esta es una entrega al estilo clásico, de aquello que perdura en el tiempo, como eso que llamamos poesía.

El hijo del cielo y el infierno

Me cruzaré contigo en una calle del mundo
Cerca de la ribera de un renombrado río
Absorto viendo caer el telón de la tarde
Donde el sol se enrolla como un tigre enardecido
Y te diré adiós con todos los adioses

Me cruzaré contigo y evitaré hablarte
Porque mi garganta está del todo rota
Y la flor de mi boca enmudecida sin los blancos
Y filudos estambres

Sin pronunciar tu nombre cruzaré la acera
Oprimiendo el pañuelo de las amargas tempestades

Y es que ya no soy digno de ninguna musa
Soy solamente un poeta miserable
Llagadas las carnes fétido el tufo
Cariados los colmillos que ayer fueron sables
Despellejado el lomo de tanto golpe artero
Las orejas sordas derramando hilos de sangre
Los zapatos desgastados por las limas del polvo
Y lacerados los pies con los cuchillos de las empedradas
calles

Voy trotando
Trotando con mí paso desgastado detrás de la gente
Consciente de que este sol verá por última vez
Mi piel cubierta con el vello de los estigmas

Sabiendo que no volveré
A contemplar el esmalte de un nuevo atardecer

Giro
Y vuelvo a escuchar al viento de ideas fijas
Que susurra los nombres de mis antepasados
Giro
Debajo del relámpago multiplicado de los pájaros
Giro
Mientras se abren las puertas del cielo vacío
Vuelvo a girar mientras se cierran las puertas
del infierno
Atestado por los de mi misma raza

de “Las pupilas del insomnio”
Silvia Osorio, 2011.

 



 

 

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