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Diálogo con Pedro Lastra
Las lecciones de la poesía y la amistad

Por Marcelo Pellegrini

En enero de 1993 adquirí, en una librería de Valparaíso, la que hasta ese momento era la última entrega de Noticias del extranjero (Editorial Universitaria, 1992), título que ha venido reuniendo, en sucesivas ediciones que suprimen, modifican y desplazan poemas, gran parte de los textos que constituyen la casi totalidad de la obra de Pedro Lastra. La lectura de ese libro –primer encuentro con una palabra que me acompañaría desde entonces- me reveló no sólo a un poeta verdadero, sino, por sobre todo, ejemplar: más amigo del silencio que del exhabrupto, más cercano al rigor que a la vociferación, Lastra es un poeta de la inteligencia cordial. Lo mismo que él dijera sobre la obra de un pintor que admira, en Lastra encontramos la “Anunciación del día / del color y la forma”, en una “revelación gozosa / del sueño de la luz, / del sueño de la sombra.” (“Anunciaciones en el taller de Miguel Loebenstein”). Su restricción verbal, goce de la luz y de la sombra, no debe confundirse con la escasez; muy por el contrario: Lastra ha publicado en los últimos años numerosos libros que, como sus Noticias, entregan poemas de vieja data con otros muy recientes. El poeta jamás ha abandonado esa práctica editorial, y sus libros, publicados en México, Venezuela, Ecuador, Colombia, España, Grecia y Estados Unidos, y que merecen una mayor circulación en Chile, así lo atestiguan. Parquedad no es sinónimo de esterilidad, sino que apego al bien decir, algo de lo que carece mucha de la poesía chilena de hoy. Es por ello que la lectura de Lastra sería provechosa para los poetas en ciernes, y para unos cuantos que, creyéndose consagrados, no logran dar con la expresión justa.

Muy pronto, después de haber leído en aquel verano de 1993 esas Noticias siempre novedosas y provechosas, quise conocer a Lastra y dialogar con él. Lo conseguí meses después, luego de un contacto epistolar, cuando los azares de sus viajes lo llevaron a Valparaíso y Viña del mar, donde reside una de sus hijas. Pude comprobar en persona cuán animada y llena de amor a la literatura era su conversación. Se inció ahí un diálogo que, a lo largo de más de una década, nunca se ha interrumpido. Ni sus viajes ni los míos han contribuido a la lejanía que esos avatares imponen, y la lectura de sus libros, poemas e impresiones de viaje ha sido para mí una lección continua. He tenido la oportunidad de conocer algunos de los lugares que sus poemas frecuentan, y he podido hacerme amigo de algunos de sus amigos, lo que ha enriquecido grandemente mis días y mis labores literarias. Es a Pedro que le debo una consideración que ha estado presente, desde Montaigne, en lo mejor del pensamiento occidental: que la literatura es una de las más altas formas de la amistad. No es raro, así, que desde siempre haya querido dejar testimonio escrito de ese diálogo amistoso que he mantenido con el poeta, y esta entrevista cumple, al menos en parte, ese cometido. Pedro y yo realizamos este diálogo durante el primer semestre académico de 2006, mientras él se desempeñaba como Escritor en Residencia en la Fundación Taft, de la Universidad de Cincinnati, en Ohio, Estados Unidos, institución que lo invitara gracias a los oficios del poeta colombiano Armando Romero y de Nicasio Urbina, profesores en esa casa de estudios. Entre conversaciones telefónicas y mensajes enviados por correo tradicional (¡y qué magnífico sabor de cosa vieja y querida tiene enviar cartas en estos tiempos de comunicación instantánea!) hicimos estas preguntas y respuestas que resumen años de conversaciones varias sostenidas en diversos lugares y épocas. No sé si he estado a la altura de las circunstancias con mis preguntas, pero sí puedo asegurar que las respuestas de Pedro son verdaderas reflexiones sobre su obra y sobre el arte poético en nuestra lengua, todo ello bajo la tutela de la proverbial cordialidad de su autor, de su certero decir, y de su noble amistad.

M.P.

- Pedro, comencemos por lo que tú mismo y Enrique Lihn, en tu libro de conversaciones con éste, llaman “prehistoria de un poeta”: en 1954 publicaste La sangre en alto, y en la última edición de Noticias del extranjero (1998) rescatas sólo un verso de ese libro (“el tiempo con sus ramas indecisas”). ¿Te arrepientes de haber perpetrado un libro de poemas de juventud?
- He contado más de una vez lo que significó para mí ese libro, editado por los años en los cuales empezaban a conocerse las publicaciones iniciales de Enrique Lihn, Alberto Rubio, Armando Uribe Arce y, poco después, Jorge Teillier. Descontada la alegría con que todo autor recibe su primer libro, la insuficiencia de mis ensayos poéticos se me hizo evidente de inmediato al leer, por ejemplo, Nada se escurre, de Lihn y La greda vasija, de Rubio. Pero esa lectura admirativa de mis compañeros de generación tuvo un resultado positivo: me ayudó a desarrollar una voluntad de exigencia. Uno quiere sumarse al coro que oye a su alrededor sin desentonar demasiado y, así, la desencantada experiencia de mis comienzos terminó siendo una amistosa y no buscada lección. De aquel librito he rescatado finalmente ese verso, en efecto, lo cual no es rescate desdeñable para un intento poco afortunado.

Alguna vez dije que no quería reencontrarme con él, pero no diría que me arrepiento de haberlo publicado porque fue, más para bien que para mal, un necesario punto de partida.  Siempre recordaré el día en que Carmelo Soria me entregó los primeros ejemplares de La sangre en alto (de ese título tan estentóreo como no significativo, por no decir insignificante, sí que me arrepiento): el cuidado con que Carmelo Soria lo imprimió en un pequeño taller gráfico que tenía en la calle San Pablo, fue una manifestación ejemplar de generosidad, un estímulo decisivo para mí. ¡Noble amigo Carmelo Soria! La noticia de su asesinato, perpetrado por agentes de la DINA, me conmovió profundamente,  y más de lo que podría decir: siento que es una de las pérdidas que me infligió  la dictadura pinochetista.

- ¿Cuándo sientes que tus libros comienzan a tener lo que podríamos calificar de “voz” reconocible para ti?
- En algunos poemas de Y éramos inmortales me pareció ver algo  rescatable para o hacia esa búsqueda de una posibilidad expresiva, una tonalidad no sentida del todo como ajena o, por lo menos, ya atribuible a quien habla en esos poemas.  Para llegar a esto, algunos poetas necesitan de ejercicios preparatorios, por así decirlo  (lo que no ocurrió con Jorge Teillier,  un caso singular e infrecuente desde ese punto de vista). No me atrevería hoy a afirmar el logro de ese desiderátum, y lo que digo es una impresión aproximativa. Resumiría esa impresión como atisbos de cierto “porvenir poético” en versos o en poemas de ese libro, como “Ya hablaremos de nuestra juventud”, “El desterrado busca”, “Copla”, “Por los poetas perdidos”, “Estudio” o “Las horas contadas”. Pero creo que esa posibilidad se concretó mejor en Noticias del extranjero, que considero mi primer libro o mi libro único, según como se han ido intensificando con los años una vivencia más crítica y vigilante del lenguaje en la escritura, y un sostenido rechazo a los “ruidos molestos” y a otras facilidades culpables.

- Siempre me ha llamado la atención el polisémico título Noticias del extranjero. Son  noticias que vienen de fuera, pero también noticias de ese sujeto poético que vive en el extranjero, que muchas veces -y en ocasiones no, por cierto- coincide con el ciudadano Pedro Lastra. O pueden ser noticias de los países extranjeros que el poeta, y él con sus poemas, recorren. Países reales e imaginarios, comarcas que pertenecen al reino de la imaginación y al de la realidad, ambos poseedores del mismo peso específico, podríamos decir, en tu escritura. ¿Cuáles serían, a tu juicio, las señas de identidad más importantes de esas extranjerías?
- Sí, es polisémico e insinúa esas dimensiones que tú describes. Las señas de identidad están a menudo “veladas”, como quería proyectar las suyas nuestro admirado Juan Luis Martínez. Pero yo no me he  propuesto dejar tales señas, aunque veo que ellas se “revelan”  en imágenes como las del pasajero, el desterrado, la figura extraviada en la tierra de nadie, el ciudadano de ninguna parte; esta última estuvo incluso en el borrador o esquema de un poema sugerido por el memorable libro El ciudadano del olvido de Vicente Huidobro (por cierto, mi intención de configurar esa idea poética me pareció luego demasiado determinada, y el borrador no pasó de ser eso).

En suma, es la vivencia de la fugacidad la sustentadora de mis ocurrencias, nada nuevas, como ves: están en todas partes y son vivencias de todos, y acaso por eso los pocos lectores que uno llega a tener podrían sentirlas como familiares. En esa línea no soy más que un discípulo tardío de Nezahualcóyotl y de otros poetas prehispánicos, que hace más de quinientos años escribieron cosas inolvidables como éstas, que cito de las hermosas versiones de Angel María Garibay:

              Sólo venimos a dormir, sólo venimos
                                              a soñar:
              no es verdad, no es verdad que
                    venimos a vivir en la tierra.
             
               En yerba de primavera venimos a
                                            convertirnos:
                llegan a reverdecer, llegan a abrir
                      sus corolas nuestros corazones,
     ..    es una flor nuestro cuerpo: da
                           algunas flores y se seca.

- Tu poesía dialoga muy bien con un género que has cultivado desde siempre: el ensayo. Movido por cuestiones profesionales, pero principalmente por razones de necesidad expresiva, has cultivado un género proteico que en Hispanoamérica tiene grandes nombres, y que son parte de tus admiraciones permanentes (pienso, entre otros, en Mariano Picón Salas, Ricardo Latcham, Alfonso Reyes, Ezequiel Martínez Estrada, Octavio Paz). ¿De qué manera el ensayo es para ti el otro necesario —el otro que siempre va conmigo, como decía Antonio Machado— de tu obra poética? ¿De dónde nace la necesidad de cultivar un género prosístico para dar cuenta de la poesía propia y ajena, de las amistades literarias, de los viajes y lecturas?
- La palabra “ensayo” y la denominación de ensayista me parecen algo intimidante y excesivo en mi caso. Tenemos una idea de ese género, al cual “son muchos los llamados y pocos los elegidos”. Yo creo que los ensayistas de verdad son escasos en Hispanoamérica, aunque los ha habido muy sobresalientes. En Chile, el siglo XIX y los comienzos del XX fueron más generosos que nuestro tiempo en esta materia. Bilbao, Lastarria, Vicuña Mackenna, Alberto Edwards, Carlos Vicuña, Ricardo Latcham, Domingo Melfi, Jaime Eyzaguirre fueron ensayistas en una plena significación del término, así como más cerca de nosotros lo fueron Luis Oyarzún y Jorge Millas.

Mis trabajos son más bien notas de lectura, que prefiero llamar “invitaciones”. Incluso cuando me he sentido inclinado a generalizar algunas observaciones para poner de relieve, por ejemplo, ciertos rasgos de la poesía de la segunda mitad del siglo XX, el aspecto reflexivo es menor y está supeditado a la consideración específica de un determinado corpus literario. Es cierto: no son tampoco monografías y mucho menos crítica; pero les falta mucho para acceder a las exigencias del ensayo, aun si lo entendemos como “una teoría provisoria de los valores”, según la definición sugerida alguna vez por don Ricardo Latcham y puesto el acento aquí en el sentido de “lo provisorio”.

La proximidad que, como Miguel Gomes, tú adviertes entre mis poemas y mis notas se debe a que ambas “formaciones discursivas”, como suele decirse en el lenguaje crítico, han sido motivadas por estímulos semejantes: lecturas, impresiones de un visitante de museos y, sobre todo, mi afecto por personas y mis recuerdos de lugares reales o imaginados.

- Todas las menciones a tu obra y a tu trabajo te ubican en la “generación del 50”, junto a Enrique Lihn y Jorge Teillier. Yo acepto esa adscripción, que posee un carácter pedagógico necesario del que a veces hay que tomar distancia, pero me interesa llevarla a un ámbito más hispanoamericano: ¿A qué poetas de esa época en el continente te sientes más cercano? Veo cercanías con Eugenio Montejo, José Emilio Pacheco, Juan Gelman, Carlos Germán Belli y Roque Dalton; todos ellos autores de obras muy diferentes entre sí, pero marcadas por un deseo que también encuentro muy presente en tu obra: superar el sacudón vanguardista, cuyas consecuencias directas se vivieron más o menos hasta los años cuarenta del siglo XX entre nosotros, y así explorar otros ámbitos formales y expresivos.
- Avanzas en la pregunta mucho de la respuesta que yo podría dar, y sólo se me ocurre comentarla, agregando algunas precisiones.
“El sacudón vanguardista” fue tan necesario como excesivo en su primera hora; pero cuando se aquietó ese vendaval de las que Borges llamó “novedades ruidosas”, quedaron “los bienes conquistados”, que no fueron escasos y cuyo valor han definido bien Guillermo Sucre, José Miguel Oviedo y otros estudiosos de la poesía hispanoamericana (aunque no en todos se encuentre la invitadora lucidez de los mencionados). La llamada generación del 50 no es sólo chilena, desde luego. Con mirada un poco más amplia habría que reconocer también esa década hispanoamericana como el tiempo común de promociones peruanas, venezolanas, colombianas, argentinas, uruguayas, etc. Los acercan los límites temporales, pero con mayor significación, a mi modo de ver, coincidencias en las dimensiones de un empeño por la naturalización de un lenguaje poético y una conciencia crítica que hace de esos poetas, muy a menudo, notables cuestionadores de su oficio y de la tradición que les es propia. En fin, ha sido un tiempo de muy buen ejercicio de teoría y de prácticas rigurosas. No hay que olvidar, sin embargo, que esto es igualmente válido para prosistas hispanoamericanos y chilenos de gran importancia: Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Guillermo Cabrera Infante, Julio Ramón Ribeyro, Mario Vargas Llosa, Salvador Garmendia, José Donoso y Jorge Edwards, sin ir más lejos.

No es difícil seguir ese proceso si se releen las revistas más influyentes de la época en Hispanoamérica:  Mito, de Colombia; Revista Mexicana de Literatura; Sardio y El Techo de la Ballena, de Venezuela; Número, de Uruguay, Contorno, de Argentina; Letras Peruanas, entre otras. También son éstos los años de Orígenes, en Cuba, cuyas páginas tendieron un verdadero puente cultural al acoger el pasado y el presente literarios, y no sólo de su país y de su lengua, algo que no fue ajeno a la venerable revista Atenea, que venía intentándolo desde 1924. Atenea fue un espacio hospitalario para los escritores chilenos de esta generación.

Dados estos antecedentes, creo que haríamos bien en dibujar y considerar ese mapa, del cual se sabe poco en Chile, me parece, por el carácter cada vez más insular de nuestra literatura, que gira alrededor de sí misma de un modo más acusado que el de cualquier otro país que yo conozca. Tendría harto más que reflexionar acerca de esto, pero debo regresar a tu pregunta.

Por causas que he tratado de razonar en otra parte (por ejemplo en la entrevista o diálogo con el poeta español Francisco Cruz Pérez, publicada en Mapocho, Número 57), yo me reconozco como un poeta más bien marginal en Chile, aunque no del todo en otros lugares. En los márgenes del proceso chileno he sido situado, y yo me sitúo ahí sin ningún conflicto con esa realidad. Desaparecidos, por desgracia, mis compañeros y amigos más próximos, como Enrique Lihn, Alberto Rubio, Luis Vulliamy y Jorge Teillier, cuya relación  fue muy significativa para mí, como poeta y como lector, ahora me siento más cerca de los poetas hispanoamericanos que has nombrado, aunque tendría que agregar a esa lista cordial a varios más, con los cuales mantengo un trato enriquecedor precisamente en esos aspectos señalados en tu pregunta: comunidad de propósitos, y no sólo de relación, que se manifiesta en encuentros frecuentes: estos últimos años en Sevilla, alrededor de la “Casa de los Poetas” que se está organizando allí sin prisa pero sin pausa; en la “Casa de Poesía Silva”, de Bogotá; en las reuniones de la “Casa Pérez Bonalde” de Caracas.

- Háblanos un poco de tu amistad con Enrique Lihn. Esta pregunta no sólo es pertinente por la gran cercanía entre ustedes —entre Lihn y tú hay una historia de colaboración literaria que yo no dudo en calificar de inédita en nuestro medio— sino porque, además, uno de los motivos más recurrentes de tu poesía es, precisamente, la amistad (valga mencionar que no es casual que Montaigne, el padre del ensayo, haya dedicado páginas memorables al tema de la amistad). Ambos son autores de obras radicalmente disímiles, pero los unió la pasión por la poesía, y muchos intereses que tenían en común. ¿Cuál es tu evaluación de esos encuentros?
- En la introducción al libro Conversaciones con Enrique Lihn, titulada “Historia del método”, reflexionamos al unísono sobre esta cercanía. Amistamos por razones poéticas, dijimos allí, aunque nuestros caracteres eran muy distintos; pero el comienzo literario de esa amistad fundó una permanencia afectiva e intelectual que nos permitió un diálogo casi ininterrumpido desde 1952: las lecturas de seis poetas chilenos, que hablamos/escribimos en 1986, son un buen ejemplo de esto. En el libro El circo en llamas (que recoge póstumamente los textos críticos de Enrique) mi intervención en esas lecturas se remite a una nota al pie de página en la cual aparezco como un colaborador algo lateral. No fue así, por cierto: en todo lo que escribimos juntos, así como en lo que conversábamos sobre esto o aquello, o en los libros que comentábamos a menudo, el intercambio era de ida y vuelta, por así decirlo, pues Enrique estaba siempre dispuesto a escuchar y a convertir toda charla de veras amistosa en un auténtico diálogo.

En una entrevista de Oscar Sarmiento sobre mi amistad con Enrique (apareció en Taller de Letras, Número 24, 1996, con el título “El poeta sin pergaminos”, y se reprodujo en la última edición de Conversaciones con Enrique Lihn), hablé de esa relación con muchos de los detalles que conservo en mi memoria. Ahora sé bien que sus opiniones sobre pintura y sobre poesía, para referirme únicamente a esas dos cuestiones, han sido para mí la verdadera crítica, al mismo tiempo fundamentada y creadora. Al leer a veces las ligerezas y banalidades en que abundan las revistas y periódicos actuales, siento que Enrique, como diría César Vallejo, “me hace una falta sin fondo”. Así pues, y para no repetirme, diré sólo que el tiempo ha acrecentado mi convicción  de que esa amistad fue uno de los mayores privilegios de mi vida.

- Desde fines de los sesenta comenzaste a viajar regularmente a los Estados Unidos como profesor visitante, y desde 1972 has estado viviendo en forma permanente allá. El motivo de la extranjería, sin duda, posee su raíz en esa experiencia, animada también por la relación que un poeta tiene con el lenguaje: la extrañeza de la palabra poética, la “otra voz” que a veces se escucha, según la fórmula de Octavio Paz. Creo que un poema que resume esas décadas de traslado y ese acercamiento al lenguaje es “Datos personales”, que, en algunos de sus fragmentos, dice: “Mi patria es un país extranjero, en el Sur, / en el que vive una parte de mí / y sobrevive una imagen” (...) “Yo vivo también en un país extranjero / en el cual me dedico / a inocentes e inútiles tareas”. La doble extranjería, podríamos decir, es tu marca poética. En ese mismo poema hay, además, “voces indescifrables”, que pueden ser las de los poemas, o las múltiples voces de la poesía y del mundo. Creo, en suma, que el motivo de la extranjería constituye para ti una poética, es decir, un modo de concebir el oficio. ¿Sigue siendo así ahora para ti? Lo pregunto porque en el último tiempo tus idas a Chile son más frecuentes, tanto por motivos profesionales como afectivos, y eso quizá ha tenido un efecto en tus poemas. ¿Podrías decir si esto es cierto o no es más que una mera hipótesis?
- La extranjería como motivo o como poética me parece una idea muy acertada, y creo que algo de esto hay también en la respuesta a tu tercera pregunta. En un aspecto, extranjería vale tanto como distanciamiento, una condición muy necesaria para mí en el momento de escribir o de reflexionar sobre escrituras ajenas o propias: en primer término, evitar los espejismos perturbadores y desorientadores.

Las circunstancias de mi vida profesional me llevaron a ser realmente lo que en otra época  —la infancia por ejemplo—  fue fantasía ensoñadora o divagación imaginaria suscitada por los libros. En la década del setenta, cuando la realidad impuso su sello y su costo, traté de vivir esa condición del mejor modo posible, incluso en la intensificación de una cuasi paradoja: la de ser un extranjero afincado en un territorio mayor como lo es Hispanoamérica. Las experiencias del trato  con amigos queridos y admirados, y con manifestaciones culturales diversas, han enriquecido de muchas maneras mi trabajo.

En el último tiempo, nuevos afectos y nuevas circunstancias me han acercado otra vez al “lugar del origen”, del cual me habían alejado mucho esos diecisiete años de “tecné y pragma de la villanía”, como hubiera llamado Ezequiel Martínez Estrada a los desaforados días y noches de la dictadura, aunque mis afectos familiares solían retornarme allí y aliviaban no poco esas desolaciones. Pero el término, o casi, de las pesadillas escritas en el poema “Datos personales” ha coincidido con el feliz reencuentro con Irene, lo que  ha incidido por cierto en mi visión de la realidad y en mi ejercicio poético. Entre las cosas que le debo a mi mujer debo marcar el “dato” emocional que describiría como una suerte de reconciliación con el espacio propio, en el bien entendido de que nadie se disgusta con un país sino con un tiempo y con ciertas gentes de ese país. Voy más que antes y permanezco más largamente en Chile, e incluso he asumido algunas tareas docentes. Y me he sentido animado otra vez por el diálogo con los estudiantes.

 

 

 

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