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CLICHÉS DE ANTOLOGÍA
(A propósito de quererse tanto, y mucho más, en la poesía mexicana [y de más allá])

Por Marcelo Pellegrini
Valparaíso - Madison

 


Cuando en Chile decimos que algo es "de antología", señalamos muchas cosas: que la broma es tan buena, que merece estar en una selección de chistes; que lo que fulano o sutano dijo es tan ridículo, que tiene que ir en una lista canónica de lo absurdo; que tal o cual gesto (un pase de fútbol o un paso de tango, por ejemplo) fue ejecutado con tanta gracia, que debiera ser incluido en un florilegio de ejemplares movimientos corporales. Supongo que en México y otros lugares la expresión, o alguna con el mismo sentido, se utiliza también para designar lo que se destaca por sobre las demás cosas y personas que habitan el a veces caótico mundo sublunar; la recuerdo aquí porque me parece que aquel dicho le viene "como anillo al dedo" (para seguir con los lugares comunes) a Nosotros que nos queremos tanto. El cliché de su título es, cómo no, de antología: no sólo porque le da nombre a un libro que desde el comienzo se presenta a sí mismo irónicamente, sino porque acude, para justificar la razón misma de su existencia, al bolero, uno de los géneros (antológicos, por cierto) de lo lacrimógeno trágico más preclaros del continente, verdadera creación poética popular nuestra. Tal es así que Guillermo Cabrera Infante llegó a decir alguna vez una boutade precisamente de antología: que el poeta chileno a admirar no era ni Huidobro ni Neruda, sino Lucho Gatica, nuestro bolerista "ejemplar único", por decirlo así, que desde hace tiempo pertenece también a México. Porque de eso se trata: al hacerle una reverencia al gran Pedro Junco, egregio autor de "Nosotros", esta antología saluda al cliché amoroso latinoamericano (nuestra versión del amor tipo siglo XII, digamos) desde el juego y la alegría genuina de reunir a una serie de autores y autoras entre las tapas de un libro. ¡Puro amor del bueno! Y ya que estamos en eso, me permito saludar, aunque sea de paso y como que no quiere la cosa, a Agustín Lara y a Lucho Gatica, a Armando Manzanero y a Pedro Junco, entre los muchos otros que se me quedan en el tintero de la memoria cordial, esa que, sabemos, viene etimológica, literal y metafóricamente del corazón.

Sigamos, entonces, con los clichés y concentrémonos en el género antología. Uno de los lugares comunes al respecto es la polémica que acarrean, sobre todo de parte de los no incluidos en la lista, por los más diversos motivos y razones. Para los frecuentadores extranjeros, como yo, de la tradición mexicana, esa polémica la inicia en el siglo XX la inevitablemente famosa Antología de la poesía mexicana moderna, publicada en 1928 bajo una autoría espejeante (muy a tono con la poética de los "Contemporáneos", grupo que estaba detrás de su confección): el nombre de Jorge Cuesta aparecía en la portadilla, pero el prólogo fue anónimo. ¿Quién era, pues, el "autor" del libro? Todos sabían que el poeta de Canto a un dios mineral era la pluma detrás del anonimato de esas páginas, y la broma, por lo tanto, no se dejó esperar: la crítica del momento dijo que el libro "vale lo que cuesta", gran punch verbal que, como casi todos los de su género, nació a partir de un lugar común. Le siguió Laurel. Antología de la poesía moderna en lengua española (1941), de carácter internacional y transatlántico, firmada por un equipo de las dos orillas: Xavier Villaurrutia, Emilio Prados, Juan Gil Albert y Octavio Paz, cuya polémica (reducida al ámbito mexicano) fue más bien generacional. La posta la toma Poesía en movimiento (1966), con Octavio Paz como principal autor y con la participación de Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Hornero Aridjis. Las luchas, aquí, fueron internas y variadas; me interesa destacar una: Octavio Paz se negaba a incluir a su maestro Alfonso Reyes en la muestra debido a que, para él, no era un autor representativo de la modernidad poética, a lo que José Emilio Pacheco se opuso. La negociación final dejó a ese poeta en la muestra, pero no sin reparos por parte de Paz, quien anota en el prólogo: "Alfonso Reyes (...) no pertenece realmente a la tradición moderna pero una porción limitada de su obra sí revela ese espíritu de aventura y exploración que nos interesa destacar". (1) Recordemos lo que siempre hay que recordar cuando leemos ese tipo de juicios por parte de Paz: que su idea de lo moderno pasaba por la "tradición de la ruptura", idea, para él, de temple profundamente crítico, y que cualquier poeta que no cumpliera con un programa similar no pertenecía al cambio y al movimiento (viaje y quietud de la flecha, del arco y de la lira), único signo legítimo de la modernidad en Occidente.

Lo que Paz no vio, sin embargo, o lo que no quiso ver, es que la idea de "juego" que gobierna Poesía en movimiento (desde las cartas de naipes hasta el I Ching) tuvo una hipotética corroboración cordial en un curioso ensayo alfonsino titulado "Teoría de la antología", escrito en 1930 y recogido en La experiencia literaria (1942); ahí, Reyes habla, amparado en la jocosa idea del juego, de la "ocurrencia" que tuvo de elaborar una "manera indirecta de escribir la historia de la literatura española [se refiere a la de lengua española, claro está], que consistiera, no en estudiar esta historia directamente, sino en dar noticia de dónde se la debe estudiar".(2) Su plan es ir a las historias literarias, género que "presupone una antología inminente", de las que hay muchos tipos. Las antologías que interesan a Reyes son aquellas que alcanzan "temperatura de creación, de creación crítica al menos" (ojo, Octavio Paz: en 1930 don Alfonso ya hablaba de la critica como creación... dejo la polémica para ustedes, que deben haberse visto ya más de una vez en algún lugar del éter). Una de las compilaciones que Reyes idea para su conjetural historia es la "soñada para denunciar cierta poesía diabética y a la que he puesto el nombre de 'Panal de América o Antología de la gota de miel'"(3) ; luego de eso, nos da una lista parcial de los autores incluidos, que van desde Arturo Pellerano hasta Rafael Deligne, pasando por Martí y Amado Nervo, para terminar con la siguiente sonrisa: "Como se ve, entran poetas de toda categoría y, buscando bien, podríamos añadir hasta Darío y Lugones. Porque, ¿quién no ha tenido momentos de dulce blandura?"(4)

Por último, tenemos El manantial latente. Muestra de poesía mexicana desde el ahora: 1986-2002 (2002), de Ernesto Lumbreras (poeta incluido en Nosotros que nos queremos tanto) y Hernán Bravo Várela. Lo que he podido leer sobre ese libro me dice que las polémicas que causó son las de siempre: que por qué no se incluyó a este, que por qué sí se incluyó a aquel o aquella, etc. Lo de siempre y, más aun, lo esperable en estos casos. Lo que me interesa decir aquí es que el afán teórico de Lumbreras y Bravo Várela, inspirado en el metódico esfuerzo de Gabriel Zaid y su Asamblea de poetas jóvenes de México (1980), es valiente y arriesgado, pero adolece a mi juicio de exceso: mucha clasificación, mucho "estrato" aquí y allá, mucha invención de la rueda, mucha camisa de fuerza. Tampoco es ajena a cierta crueldad: el libro incluye un "Segundo apéndice" bajo la forma de un listado de más de trescientos poetas no antologados ahí, que Lumbreras y Bravo Várela califican de "censo" y cuyo propósito es "levantar" un cuadro "estadístico" (otra vez Zaid) que ayude a describir la situación de la poesía joven en la república de las letras mexicanas. Crueldad que se les va en contra, creo yo: el apéndice donde aparecen esos nombres, cuya intención es dar cuenta de un panorama necesariamente cambiante, es lo más parecido que me ha tocado ver a una guía o directorio telefónico. Pero recordemos que soy extranjero en estas aguas; no conozco todas las antologías (me llegan noticias, por ejemplo, de La luz que va dando nombre, compilación publicada en 2007...) ni tampoco pretendo dar un listado completo de las mismas; sólo apunto algunos hitos, digamos, personales.

¿Cómo se inserta, pues, Nosotros que nos queremos tanto en esta pequeña gran historia? Bajo el amparo, pienso, de un risueño y cordial gesto alfonsino: los poetas que conforman el consejo editorial de El billar de Lucrecia fueron invitados por Rocío Cerón, su directora, a participar en la antología; a su vez, ellos tenían la misión de invitar a otro u otra poeta a formar parte de la muestra. Después de eso, cada uno invitó a un poeta latinoamericano para que escribiera una breve presentación crítica de su obra. Finalmente, Rocío Cerón invitó a otro poeta de por ahí a escribir el prólogo. Así, la diferencia que de entrada marca Nosotros respecto a sus antecesores es que se trata de una antología confeccionada colectivamente y con un espíritu que no hay más remedio que calificar de latinoamericanista. Después de casi doscientos años de vida republicana en nuestros países, de separaciones absurdas y guerras más absurdas, de querellas infinitas y diplomacia rastrera, ¿por qué no hacer de una antología poética un gesto no sólo literario sino también político? Entendámonos: no se pretende aquí cambiar el mundo, ni siquiera cambiar el barrio; lo que se quiere es decir, sin aspavientos, que todos estamos aquí para convivir con unas pocas palabras, las necesarias. Y son esas palabras, precisamente, las que dan vida a este libro hecho con pasión y cariño mutuos (sigamos con los clichés).

Animado por una caracterización de la sensibilidad mexicana que le parecía errónea, Octavio Paz escribió en 1942 "Émula de la llama", un juvenil ensayo en el que descargaba sus armas críticas contra la idea de que la poesía de su país era, en concordancia con el carácter de sus compatriotas, de tono menor, amiga más bien del recato y la sordina. Los dos heptasílabos de Francisco de Rojas que dicen "Pura, encendida rosa, / émula de la llama" le sirvieron a Paz para decir que, en realidad, la poesía mexicana (pensaba él en algunos nombres: Manuel Othón, Salvador Díaz Mirón, Ramón López Velarde, Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia, José Gorostiza, entre otros) no era amiga de la sobriedad, sino del fuego y del ardor. Nada de recato y medios tonos, sino riesgo, salto al vacío que a veces se transforma en proyectil lanzado al cielo. Dice Paz: "la poesía [mexicana] cambia de color y de forma pero a todos, a los lectores y a los poetas, a los que la gozan y a los que la sufren, nos devora. Fénix de nuestras humanas cenizas, vuela hacia un cielo desconocido".(5) No puedo dejar de reconocer que, a lo largo de este libro, me he encontrado con esos chispazos y esos ardores, esos vuelos y esas cenizas.

Luego de leer Nosotros que nos queremos tanto (o mejor antes, para que se eviten malos ratos y malos entendidos), los lectores deben, a mi jucio, tener en cuenta que se trata de una antología que se ríe de las antologías. Adelantándose a la polémica que puede causar o al silencio con el que se lo puede dilapidar (aunque el vocinglerío y el ninguneo, tristes costumbres de la sociabilidad literaria en nuestro continente, nunca serán formas verdaderas de la crítica), el libro saluda al amor y al cariño que estos poetas se tienen y tienen por otros que habitan otras comarcas latinoamericanas. Su confección, entonces, parece haber sido hecha bajo el lema de "bueno, aquí estamos porque nos queremos, y no nos parece mal decirlo en público". El espíritu de ese lema, como dije al comenzar estas páginas, es el del bolero, asumido con ironía: nuestro amor, que es grande, es dichoso, pero también es trágico y melodramático, aunque no para tanto. En vez del "debemos separarnos, no me preguntes más" inmortalizado por Pedro Junco, estos poetas dicen "debemos juntarnos, y que los demás sigan preguntando". Y no se trata de arbitrariedad, sino, por el contrario, de la búsqueda de una convivencia bajo el alero —otra vez— de unas cuantas palabras necesarias. De nuevo traigo a colación a don Alfonso, maestro de la cordialidad literaria y de quien todavía tenemos bastante que aprender, y me pregunto a propósito de esta reunión irónicamente amorosa: ¿quién no ha tenido momentos de dulce ternura? El lector o la lectora sabrá encontrar la respuesta a esa interrogante a lo largo y ancho de este libro. Yo no puedo proporcionarla, pero eso no debiera extrañar a nadie. Ya se sabe que este prólogo, a pesar de haber sido escrito, a modo de retribución, con enorme cariño, es totalmente prescindible.

 

 

(1) Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Hornero Aridjis: Poesía en movimiento (México, 1915-1966). México, Siglo XXI editores, 1966, pp. 9-10.

(2) Alfonso Reyes: La experiencia literaria. Ensayos sobre experiencia, exégesis y teoría de la literatura. Barcelona: Editorial Bruguera, 1986, p. 149.

(3) Ibid, pp. 151-152.

(4) Ibid.

(5) Octavio Paz: Primeras letras (1931-1943). Selección, introducción y notas de Enrico Mario Santí. Barcelona: Seix Barral, 1988, p. 270.

 

 

 

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