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Discurso en la capilla alfonsina
[o pequeña historia]

Por Marcelo Pellegrini

* Este texto corresponde a la presentación de la antología Nosotros que nos queremos tanto, realizada en la Capilla Alfonsina, México DF, el día 14 de noviembre de 2008

Comienzo por un principio imposible: la fecundidad. ¿Qué hay debajo de la lengua? ¿Un triturar de huestes vocálicas, un cierzo de aguas consonantes, un despojo de viento áureo, quizá el mustio huso de la lengua? Puede ser. Yo pienso en “Vistas de un paisaje” y pongo atención a sus números: 10:09 AM = 10. 10:17 AM = 9. 10:25 AM = 8. 10, 9, 8…y así…10 + 9 + 8 = 27. 2 + 7 = 9, es decir, el número de la fecundidad. Debajo de la lengua hay un presidio de números. Esto no dice nada. No podría. Las huríes son vírgenes de la bondad del opio cuya mano –chino de utilería, largos dedos que son tan sólo uñas- se vuelve madre nuestra dolorosa. Con la mano de ciego leí su voz y me asaltó de pronto la sospecha. Puse la oreja tibia en su quebranto, un eco surgió débil, y atrapado. Y sus ojos son difíciles al ojo. Extiendo el dinero al del cuchillo. Me llevo su cabeza para reconstruir la oreja, el hocico, la sonrisa, pero la impaciencia paga el precio de la carne.

Mi legión va dejando su rastro en el océano; sí, en esas aguas que sabe cantar con los ojos abiertos. Atravieso el umbral de la vigilia hasta quedar nuevamente dormido. Se me antoja tener un sueño de soltar caballos al amanecer porque ése que de noche nos turba trayendo a la casa un vaso de agua serenada, de la muerte quiere hacer una canción de cuna. De donde yo vengo la nieve prolifera y la escritura es un muro, a veces blanco, a veces frío, siempre brillante gracias a la estrella amarilla que amarillea lejos. La música es puro dolor pero al fin y al cabo eso no parece tener importancia, porque la voz es la raíz del cielo. En cambio aquí de noche o día sol marte maricano, aquí sol o sombra sólo una fuente de algo henchido (o “chido” en el DF, ¿se dirá así? ¿todavía? ¿más tarde? ¿en el Este de Marte, como decía Jack Spicer?) ¿Spicer? No, Jack Mendoza, vendedor de biblias, libro de los libros, “el” libro. Soltero, 57 años, nunca aprendió a tocar el violín. Jack Mendoza vende biblias en un país donde ya todos tienen una. Nadie responde, y él se queda mirando fijamente un punto, un punto dejando de ser punto: el aire, la trayectoria de una mosca. Allá afuera, alguien sofocándose para no perder hilo, adentrándose y hundiéndose como carne dura en dios, pedazo de leche cortada, marchando el ritmo de su marcha, espera el abrazo inmune de su madre, el único lugar húmedo donde ha sido engañado para redimir el transcurso que le ha llevado tan dolido a las montañas, que forman una corona alrededor de nosotros. La música es un río tembloroso de estrellas, y una botella de vodka hace más transparente la luna. Pasaron horas, secuencias de la luz, hubo un instante de bienestar cuando las sombras descendieron sobre todas las formas, velando su belleza.

No hay que matar al padre, sino al hijo, oí que decía Job, viejo y lleno de días. ¿Habrá pensado eso mismo Dios allá arriba cuando su hijo le hizo la pregunta? Por su parte la familia, los vecinos, la novia, la mucama lo miraban de reojo igual que quien tolera el zumbido de una mosca en el almuerzo. Te sorprendes siguiéndola, obediente lebrel tras la huella de tu sangre, y le dices:

cuando abril amanece siendo enero
sólo sombras se tienden en tu cama
cuando empieza a escucharse más sincero
el canto atroz del pájaro en su rama
cuando afuera ya pasan los camiones
y se ha ido tu última invitada
cuando Amor se largó de vacaciones
algo muere y no es de madrugada
y todo lo que queda son canciones
ni un vaso de licor ni un polvo nada

Así las cosas, Job, tal como Jack Mendoza, vende biblias en un país donde todos ya tienen una. Pero no se rinde, como el poeta, como la poeta. Sobrevive la encía. Y los dientes dentro de un sobre. La lengua se arrastra molusca y el eco en los cráneos como cientos de pájaros okupas rebeldes de los árboles. Sobre la vivencia estamos. ¿Y para dónde vamos? Preguntémosle al Cojolite. O al Zopilote Rey. O al Pez Ciego. En breve: la solvencia de saber vivir: El sueño. En su vitrina pende el pez. Lejano, es una lección de anatomía, un discurso de vida ajena, un pequeño milagro en el ondular del reino. Quizá una remembranza del azul turquesa, quizá también imagen del prodigio en la caída. Queda su vuelo, herencia de ese mundo giratorio. La estela del mundo en mi ventana. Las paredes del pabellón psiquiátrico eran de color blanco reciente. Me quitaron el vendaje alrededor del maxilar, entonces tenía trece o catorce años. Yo hablaba menos, porque casi todo sucedía en mi cabeza: el movimiento más nimio, la enfermera, un dulce de ciruelos, una pecera sobre el buró, el crecimiento desmedido de las uñas de mis pies. Ahora con el alcohol es diferente. Las voces vienen y van. Y son menos específicas. No tienen ‘una’ presencia humana. No lo digo porque yo mismo tenga ‘una’ presencia humana. Pero ha sido, un poco, como apagar las luces de una casa y dejar a la noche sus ficciones.

Veo que esta historia va más por el lado de la locura. ¿Será eso la poesía? Un póco fácil la pregunta, cosa que decimos cuando tenemos una mala respuesta, o una respuesta difícil. Tenemos una gran ventaja, caballeros: la impresión es muy buena, diría nítida. Ahí está todo, en las revistas. No preciso recordarles que la nuestra es una situación desesperada. La frase no es muy buena y podría ser falsa: una exageración. No pareciera haber la menor amenaza. Sin embargo son ya cientos de años, seguramente miles. No hay más salida que impedirles entrar porque la felicidad es una pistola caliente mientras en el mundo caían varias bombas; no por eso dejaban caer más y más bombas entre las bombas que caían sobre el mundo.

No sabemos, no podemos saber, dónde termina esta historia. La poesía es una redención privada. ¿No será que todo consiste en que, en definitiva, nos queremos tanto? Termino, entonces, con un final imposible, porque, después de todo, ¿de qué están hechas las palabras?

México, D.F.
Noviembre de 2008

 

 

 

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