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Instrucciones para soñar un cronopio

Por Mauricio Redolés
Publicado en La Nación, 18 de febrero de 1991

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La literatura, para más de alguien en mi generación, se divide en antes o después de Cortázar. Para mí en particular consiste en antes o después de La noche boca arriba (ese cuento donde el protagonista vive un sueño y sueña una realidad).

El martes 12 de febrero se cumplieron siete años de la muerte de ese gran cronopio universal. Así como la muerte de John Lennon o James Dean, como la muerte del Che Guevara o Rodrigo Lira, la muerte de Julio Cortázar fue también la muerte de algo más que un hombre. La muerte del pedazo de un sueño.

Desde que lo leí por primera vez quise conocerlo personalmente. Creo que a todos los lectores les pasa algo similar con los autores que se admiran. Conocer a ese invisible (como diría Walt Withman) que en las noches de invierno nos susurra historias o poemas al oído.

Cuando Julio Cortázar vino a Chile en tiempos de Allende, ni intenté conocerlo; pensaba que él estaba demasiado lejano de ese adolescente tímido que no hallaría qué decirle si se encontrase frente a él. Luego, en la cárcel de Valparaíso, las famas, esperanzas y cronopios nos hicieron trizas celdas y barrotes. Y eso acrecentaba mis deseos de conocer sus ojos. Me tocó el exilio en Londres. Hubo una conferencia de solidaridad con Chile en Argelia a la que fue Miguel, un amigo mío. Allí lo conoció y volvió hablando maravillas de Cortázar. Hay que decir que Miguel, que es un obrero, jamás había leído a Cortázar, pero siendo un cronopio a carta cabal ¡tenía que reconocerse en el fundador de la estirpe! Todo esto iba aumentado mis ganas de tocar sus manos. En 1980 fui a ver un amigo que vivía en París. Allí la mamá de éste me dijo que hacía tiempo alguien la había llevado a la casa de Julio y que ella podía volver cuando quisiera. "¡Zampoña!, le dije (la dama en cuestión no se llama así, pero yo prefiero dejar su nombre en el anonimato, en todo caso tiene sobrenombre de instrumento de viento andino) cuando vayas la próxima vez llévale esto a Julio —y le pasé un montón de poemas de mi primer libro—. Dile que se los manda un admirador que prefiere el anonimato". Zampoña me respondió: "No seai ganso, ponle tu nombre y dirección. Te apuesto que Julio te escribe de vuelta". Le dije que no, que debería ser una persona muy ocupada, no quería molestarlo, etcétera.

En febrero del '84 andaba de nuevo por París cuando me encontré con el hijo de Zampoña. Me dijo que no estaba seguro que su mamá hubiese visto de nuevo a Cortázar. Además, agregó "mi mamá es muy distraída con este tipo de encargos, lo más probable es que tus poemas aún estén en casa si es que no se perdieron la última vez que nos cambiamos". Me armé de valor y le dije: "Consígueme la dirección de Cortázar". Y pasé una noche feliz pensando que tocaba el timbre de su casa. La respuesta no pudo ser más desalentadora. "Está en un hospital. Está muy enfermo". Volví a Londres esperando que se recuperara. Una mañana el gringo que trabajaba en el escritorio de el lado me dijo: "¡Hey! ¡Look at this! Argentine writer dies". ¿Sí? ¿Quién?, pregunté despreocupadamente.

Agarré una fuerte depresión. Esa noche lloré una lágrimas. A mi pena había que sumarle una cierta cantidad de "problemillas ideológicos" que me tenían pésimo con una comisaría.

"Oye, Julio, dime algo", dije en voz alta. Tomé un libro, lo abrí al azar, allí Julio me decía "...y es que el cronopio o el poeta saben muchas veces que sus contradicciones no van contra la naturaleza sino que son, por decirlo así, prenaturales, y qué le van a hacer si en algún lugar central los ritmos antagónicos de los corazones del gran octupus están moviendo una misma sangre... Todo comisario está pronto a ver en el poeta al maricón o al cocainómano o al irresponsable de turno; y lo más espantoso es que alguna vez hubo un comisario llamado Platón".

Fue la primera y última vez que conversé personalmente con Julio Cortázar.

 

 

 

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Por Mauricio Redolés
Publicado en La Nación, 18 de febrero de 1991