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"Los Ojos de Bambú" de Mercedes Valdivieso

Zig-Zag, 1964, 250 páginas

Por Manuel Rojas
Publicado en ERCILLA, N°1535, 21 de octubre 1964


.. .. .. .. ..

¿VE USTED ESA PUERTA?
—¿Cuál?
—La del medio.
—Sí. ¿Qué pasa con ella?
—Esa puerta representa nuestra dignidad.
Era una puerta vulgar y silvestre, igual a las miles que hay en Chile e igual a los millones que hay en el mundo, y el visitante se preguntó si su intérprete estaría en sus cabales.

—No veo por qué...
—Usted no lo ve porque no lo sabe, así como no lo saben millones de occidentales; pero esa puerta, le repito, representa la obtención de nuestra dignidad.
—Y yo le repito, con perdón suyo, que si usted no me lo explica no sabré por qué esa puerta representa tal cosa.
—Porque antes de la revolución debíamos entrar por ella de rodillas y ahora lo hacemos erguidos.

El diálogo ocurría en China, en la ciudad de Pekín, y el narrador concluyó:

—Para juzgar a China actual hay que partir de ese punto.

La verdad, resulta asombroso que el feudalismo haya existido, hasta ese grado y tan pocos años atrás, en un país, en cualquier país, pero en el mundo se han realizado hasta hace poco tiempo, y quizá si se realizan todavía, hechos tan asombrosos como el que narraba aquella tarde el chileno que visitó China.

Esta anécdota, sorprendente de por sí, cobró en mí una desusada realidad al leer "Los ojos de bambú", la última novela de Mercedes Valdivieso, no porque el libro confirme aquella anécdota, sino porque en sus páginas se halla un nuevo y apasionante aspecto de aquel país y también de aquella ciudad, ya que el libro ocurre en uno y en otra. Ese aspecto es el que se refiere a la relación Individuo-Estado y a la oposición que millones de hombres presentan en contra de la idea o del hecho del sometimiento absoluto del primero al segundo, oposición que, por supuesto, no es más que moral e intelectual, endeble delante del monstruo que posee hoy casi todas las fuerzas. Pascal decía que el ser humano es sólo una caña pensante y que sólo por ser lo segundo es más grande que el Universo, pero el Estado quiere que sólo sea una caña; los otros, los jefes y sus secuaces, pensarán por él. Y esto, que empieza a ser patente en algunos grandes países, cobra en China, leyendo "Los ojos de bambú", una tremenda y dolorosa realidad.

En el libro, por lo demás, el problema está planteado con delicadeza. Nada de declaraciones ni declamaciones; sólo sensaciones y reacciones intelectuales. No hay en sus páginas ningún asesinato, el tema sexual está soslayado, no hay agentes secretos ni espías, por lo menos a la vista. Y, la verdad, no hacen falta: basta con el violento antagonismo Individuo-Estado. La protagonista parece decir: "Hemos conquistado, antes que ustedes, el derecho de entrar erguidas por cualquier puerta, por imponente que sea, y no queremos perder ese derecho, y si ustedes también lo conquistaron, ¿por qué quieren ahora anularlo? No se trata de rebajar a todos, a los altos y a los bajos, sino de enaltecer a los bajos y llevarlos a la altura de los más altos. No todos llegarán, pero, por lo menos, habrán subido todo lo que puedan subir".

Pero no es ésa toda la presión que debe sufrir la protagonista. Vive en el mundo chino y ese mundo chino la rechaza; puede ser una camarada —aunque no lo es—, pero es una camarada extranjera; por serlo, sospechosa.

"—Tenía que contárselo a alguien y tú pareces la única persona de fiar en el hotel.

"Se dispuso a escuchar. Tres o cuatro veces la había recibido en su departamento, pero nunca a esa hora y siempre con algún pretexto: el pulverizador contra los mosquitos, un poco de café, un sobre aéreo. Era evidente que estaba algo bebida y muy alterada. Mientras la observaba pensó decirle con suavidad y firmeza que se marchara, ya conversarían más adelante; luego recordó las horas en espera de la madrugada y su falta de ánimo para escribir esa noche a Javier. "Es una pobre chica sola", se dijo, mirando a Fanny chupar nerviosamente el cigarrillo.

"—Cuenta, te escucho.

"—Me han detenido los policías de la entrada (porque has de saber que el hotel está custodiado por policías) y me exigieron el pase como si no me conocieran. De pura rabia les dije que no lo tenía y me dejaran en paz; pero cuando quise pasar, uno de ellos me detuvo gesticulando y se puso frente a mí con los brazos abiertos. ¿Te das cuenta? Me cegué de furia y le di un empujón; gritó, llegaron otros, los insulté en español y en inglés, hasta que sonó de pronto el teléfono y me dejaron entrar.

"La indignación la levantaba del asiento; comenzó a pasearse retorciéndose las manos.

"—Ahora se atreven a todo; no te imaginas cómo han cambiado las cosas desde que llegué. Antes todas eran sonrisas y amabilidades, hoy te echan los perros... Pero yo me vengo de ellos diciéndoles frases que les enfurecen. Claro es que después me devuelven la mano, porque acá todo está contabilizado: las personas que recibes, a quien saludas, el nombre de tus libros.

"—...

"—Uno aquí no existe, es otro más de los "amigos extranjeros."

El problema de la protagonista es más agudo aún: toca la raíz de su sensibilidad de artista (es pintora); no le importaría que todo se lo contabilizaran ni que no pudiera entrar al hotel sin tener su pase; lo que le importa es que quieran obligarla a pintar no como ella lo siente, sino como debe hacerlo para servir una causa que, dada la forma en que se plantea, le repugna: el nacionalismo chino, el culto al nacionalismo que los jefes están insuflando a un pueblo que recién puede entrar erguido por una puerta y que llega ya hasta los niños (un día un grupo de niños chinos amenaza con los puños a la protagonista y la llama "¡Soviética mala!"); la erradicación absoluta del derecho a crítica, erradicación que produce el alejamiento y relegación de Tin Lin, eminente personalidad intelectual ("—Sabes perfectamente que Tin Lin fue sancionado con justicia, por su actitud negativa frente a muchos aspectos convenientes y necesarios para la marcha de la Revolución, por su actitud negativa frente a las tesis revolucionarias sobre el arte y la literatura, por su actitud, además, individualista y vanidosa"); la pretensión de que el hombre desaparezca en la masa, que todo no sea más que masa. ¿Qué más?

Clara se rebela:

"—Creo en el hombre de mañana —dijo con voz tranquila—, hombre abierto al futuro, enriquecido, libre, pero dueño también de todos los derechos adquiridos en el pasado."

Leyendo "Los ojos de bambú" uno no puede sentir, como escritor chileno, sino orgullo: el orgullo de que un escritor chileno, en este caso una mujer, pueda plantear en una novela temas semejantes, exponerlos y examinarlos, tomar partido, ser valiente y nueva, nueva en absoluto. Y todo esto con tino, de un modo que puede no ser el mejor, pero que es muy bueno. Asombra ver cómo en los últimos años las escritoras chilenas, especialmente las prosistas, han avanzado, avanzado en técnica, en asuntos, en inteligencia y en capacidad creadora.


 

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Zig-Zag, 1964, 250 páginas
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