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Manuel Rojas:
Hijo de la vida brava

Por Antonio J. Salgado
Publicado en “Punto Final”, Nº 864, 11 de noviembre 2016



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Nació en Buenos Aires de padres chilenos el 8 de enero de 1896, murió en Santiago el 11 de marzo de 1973. Autodidacta, vivió en Argentina y tuvo que trabajar desde su adolescencia. Hasta alrededor de los 30 años trabajó en múltiples oficios —alrededor de quince: peón en los trabajos de construcción del ferrocarril transandino, pintor de casas, mecánico, carpintero, vigilante en un pontón en la bahía de Valparaíso y después como trabajador marítimo, acarreador de uva, empleado de garaje, apuntador o consueta en compañías de teatro que recorrían el país—. Anarquista, comenzó escribiendo en las revistas del movimiento. Así se fue acercando a los oficios gráficos hasta asentarse como linotipista.

Desde muy temprano se aficionó a la lectura. Quiso ser poeta y siguió de cerca las lecciones que le proporcionaba el joven poeta José Domingo Gómez Rojas, muerto debido a torturas en el manicomio de Santiago. Su poema Gusano  fue distinguido por el Grupo de los Diez y años más tarde, escribió  Deshecha Rosa  en memoria de su primera esposa. Pero Manuel Rojas se distinguió primero como cuentista, recibiendo diversos premios. Entre sus relatos destacan “Pancho Rojas”, “Laguna”, “El vaso de leche”, “Lanchas en la bahía”, “La aventura de Mr. Jaiba”.

Alrededor de los cuarenta años espació su trabajo literario. En 1951, publicó Hijo de ladrón, un libro que produjo revuelo. En 1957 fue distinguido con el Premio Nacional de Literatura y dio comienzo a una tetralogía que prosiguió en 1958 con Mejor que el vinoSombras contra el muro de 1964, hasta culminar con La oscura vida radiante en 1971. Su novela  Punta de Rieles  publicada en 1967, no forma parte de la tetralogía.

En la obra de Manuel Rojas (que fue también su vida) se han destacado tres elementos: el cambio y el viaje, un ansia por moverse en una búsqueda permanente, que es también expresión de rebeldía social y política; en segundo lugar, una persecución del “ser nacional”, que no llega a conclusiones más allá de la infinita variedad de los seres humanos así como de los paisajes que recorría caminando, como se expresa en su ensayo  Chile, país vivido  y por último, la constancia, sencillez y disciplina que impregnaron su vida.


Profundizando en el Sur

Su libro Hijo de ladrón fue un verdadero golpe cultural. Un escritor formado por sí mismo, de la clase trabajadora producía una obra notable. Mientras Nicomedes Guzmán en el Encuentro de Escritores de 1958, en Concepción, destacaba la maestría de Manuel Rojas, y decía que éste había sido capaz de contarnos lo que somos, “en nuestros altibajos más sutiles, provoca el asombro a cada instante”, el crítico Mario Espinosa hacía una interpretación profunda abarcando la obra que tenía Rojas hasta ese momento, incluyendo  Hijo de ladrón. Señalaba que el autor había iniciado su obra dentro de “cierto criollismo”, con cuentos que iban mucho más allá. Su aporte definitivo como escritor —decía— “es un conocimiento profundo de los principios universales en que se basa la sicología nacional”.

Señalaba luego que en la novela  Hijo de ladrón  mostró la unidad del propósito de Rojas. Los cuentos que se referían a casos ciudadanos, a los campos, las montañas, el mar de Chile, se unieron como un mosaico para hacer una sola novela sobre la naturaleza, el carácter, la sicología del pueblo de Chile ante ciertos aspectos de la cultura occidental, particularmente en todo cuanto tiene vinculación con el sentido del tiempo y la propiedad burguesa. Es Hijo de ladrón una historia de supervivencia, pero no de una raza sino de una concepción de la vida. Y agregaba el crítico: “Toda la concepción antipropietaria, paradisiaca, del chileno que no logra adaptarse bien a las exigencias del mecanismo capitalista contemporáneo, aparece aquí descrita con mano maestra”. 

Diamela Eltit, en un artículo publicado en 2006, destaca el valor de la novela desde un punto de vista de técnica literaria y el hecho de que se ha convertido en un libro canónico por calidad e importancia social. “La novela, en tanto sede de una pluralidad de voces, da cuenta de un imperativo deseo de libertad, encarnado en seres nómades que se niegan a filiarse de manera estable a la industria y, en cambio, prefieren vagar por los espacios geográficos, realizando tareas ocasionales que les permiten una mínima subsistencia pero, a la vez, les posibilitan el desplazamiento que se convierte en un mecanismo libertario. De algún modo, y a su manera, la novela parece incorporar ciertos presupuestos del pensamiento anarquista, fundado por Mijail Bakunin, que mantuvo una doble crítica: tanto al capitalismo como al Estado. Aniceto Hevia porta una historia y un doble estigma. Es hijo de ladrón y es huérfano de madre (…) Aniceto Hevia sortea su destino carcelario (el del padre) en la medida que ‘escucha’ verdaderamente a los otros, les da espacio y lugar y se dota así de experiencia para establecer lo que va a ser su propio destino social (…) Este discurso actúa como una tensión para dar cuenta de la subjetividad en la que se organiza el sujeto.

Una serie de discursos poéticos hablan incesantemente de la herida. Una herida simbólica y síquica que recuerda la forma en que Freud organizó la noción de inconsciente. Es esa herida la que permanece rezagada pero activa. Está allí parapetada en cada uno de los sujetos como huella dolorosa de su precoz enfrentamiento al mundo. Sólo que en la novela de Manuel Rojas, esta herida alcanza una dimensión eminentemente social”.


Su modo de escribir

En cuanto a la manera -fondo y forma- de escribir, Manuel Rojas opinaba en el prólogo de sus obras recopiladas hasta  Punta de Rieles, en los años de l960:
“¿Por qué no escribir como pienso, como reflexiono, como divago y como recuerdo en vez de hacerlo como no recuerdo, divago, reflexiono o pienso? Al pensar no se me ocurren metáforas, ni tampoco cuando recuerdo o divago, debo entonces suprimir las metáforas. No son mías, son artificiales, exteriores. Si recuerdo un determinado momento de mi vida o de la vida de alguien, sé que hay allí un paisaje pero un paisaje tendrá interés o podrá tenerlo sólo si tiene algo que ver con el estado emotivo-síquico del personaje, si hay relación sensible entre ellos. Debo entonces, suprimir toda descripción de un paisaje que no tenga nada que ver con el clima en que está metido el personaje. Al mismo tiempo, si respeto y conservo el modo en que esas cosas salen y si no acepto sino lo que sale, rechazando lo que quiere meterse desde afuera hacia adentro, debo esforzarme en dar al todo la forma que tiene mi pensamiento, mi divagar, mi recuerdo, sin procurar adornarlo con elementos extraños, es decir sin agregar metáforas, descripciones gratuitas del paisaje o lo que sea. En buenas cuentas, debía batirme y preferí batirme con las propias armas y recursos. Si lo que escribía me llenaba el gusto, no tenía porqué preocuparme de lo demás (… ) Mi escritura sigue el mismo proceso que sigue el estilo, el mismo movimiento de la mente que divaga, piensa o recuerda sin sujeción a normas fijas establecidas del exterior y previamente, y sin respeto al orden cronológico, o sea, nunca me propuse conscientemente tener un estilo ni construir una técnica. No puedo asegurar que esa haya sido siempre la norma de los trabajadores literarios, pero creo que, por lo general, así ha sucedido. Ningún escritor conocido, que yo sepa, y me gustaría saberlo, ha explicado cómo construía su estilo ni cómo edificaba su técnica. Solo después de terminado un libro, puede el autor saber cómo lo ha hecho, aunque algunos no lo saben nunca (…) Pensé alguna vez en que tal vez era conveniente organizar la acción, su tiempo y su espacio, de modo que no hubiera un orden regular, pero concluí por rechazar tal idea diciendo: ¿Qué importa que lo que ocurra tenga o no un orden de cualquiera especie? Si el orden es perfecto y escribo mal, el orden no me valdrá de maldita la cosa”.


Realismo y voluntad

Cuando tenía 32 años y era considerado como un poeta y cuentista de valor, fue entrevistado por un periodista que actuaba dentro de los planes de una editorial tomando el pulso de los autores chilenos que se vislumbraban como futuros promesas significativas. Eran preguntas sobre la marcha. Uno de sus atractivos era la respuesta rápida. Entre otras, preguntó a Manuel Rojas: ¿Qué importancia atribuye a su obra literaria?

“Hasta ahora, ninguna. No puedo atribuir importancia a una obra que recién empieza. He escrito hasta el día de hoy treinta poemas y diecisiete cuentos. ¿Cómo dar importancia a una labor tan pequeña? Lo que he hecho no tiene mayor interés, aunque he procurado que lo tenga. Y sobre lo que no he hecho no puedo opinar, puesto que aún no lo he hecho. Después hablaremos”.

Antes, le había preguntado su concepto de novela y habló más de lo esperado: “La concibo como una exteriorización —real o ideal— de las emociones, sentimientos, imágenes y reflexiones que produce el espectáculo de la vida en el espíritu del escritor, y que varía según el temperamento artístico y el sentimiento humano de cada uno”.

Se definió como ecléctico. Enumeró autores, Dostoievski, en primer lugar, acompañado por Kipling, Balzac, Proust, Dickens, Andreiev y otros. Destacó que llevaba largo tiempo sin leer autores franceses. “Los ingleses, los rusos, los yanquis, los españoles, los suecos, los noruegos han eliminado a Francia de mis lecturas”. (Revista  Letras, N° 5, septiembre de 1928, del artículo “Los quince minutos de la revista Letras” por Daniela Schütte González, en  Mapocho segundo semestre de 2006).


 

 

 



 

 

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