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Manuel Rojas
Cien años de un "abejorro" mayor

Por Ximena Poo/Alejandra Rivera
Publicado en La Época, 8 de enero de 1996




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Autodidacta y bohemio, cuentista y novelista de letra ampliada, Manuel Rojas cumpliría hoy cien años. Para celebrar este centenario del que abrazó como hierro quemante su vida, Lom Ediciones acaba de lanzar dos obras que reflejan la existencia introspectiva y enraizada a la tierra del autor de Hijo de ladrón, uno de los hitos novelescos más consagrados de este siglo a nivel latinoamericano. Se trata de Antología autobiográfica y del texto poético Deshecha rosa, esta última dirigida a la madre de sus tres hijos.

María Eugenia Rojas, hija del escritor, realizó una selección con los mejores artículos de diez años de trabajo de su padre, aparecidos en los diarios La Nación y Las Últimas Noticias y que decidió entregar a Lom, editorial que la incorporó a su colección Entre Mares como un completo texto autobiográfico.

“¿Cuándo murió Manuel Rojas?”. Con sólo la enunciación de esta interrogante, el periodista y escritor José Miguel Varas elabora el prólogo de Antología autobiográfica, dando cuenta de una anécdota compartida entre Manuel Rojas, cuando era profesor de castellano del Instituto Nacional, por los años 50, y un grupo de estudiantes. Uno de ellos, el que le preguntaría, sonrojado y tartamudo, "¿cuándo murió Manuel Rojas?", se convirtió años más tarde en el médico que lo acompañó en su muerte.

—Impaciente, siempre activo, “construido con elementos de timidez y de urgencia”, como se retratará en el poema Deshecha rosa, una de sus frases habituales era: “¿Qué estamos esperando ahora?”. Fue también la última que pronunció, el 11 de marzo de 1973 (día de su muerte)—, escribe José Miguel Varas.

María Eugenia Rojas —su esposo es detenido desaparecido y su hija es Estela Ortiz, viuda de José Manuel Parada— confiesa que su padre era un hombre muy inquieto, “le gustaba examinar la cordillera, conocer países; su gran aspiración era conocer”. Fue un fanático de las letras que se autodefinía como un “obrero de la literatura”.

—Sentía una gran ternura por el ser humano, era un gran luchador social, fue anarquista en su juventud, siempre odió la injusticia, le preocupaba la situación de los pobres. Escribía en un escritorio que se había mandado a hacer, y a manuscrito, luego le pedía a alguna amiga que le pasara los manuscritos a máquina—, continúa su hija.

Devorador de oficios

Son las palabras de Manuel Rojas las que se extienden por las dos obras que regresan para recordar un centenario que en épocas anteriores podría haber sido castrado por la censura. José Miguel Varas considera que es oportuno decir “algo sobre su última novela” titulada La oscura vida radiante, cuya primera edición apareció en 1971 en Buenos Aires al ser publicada por Editorial Sudamericana.

—Es la última de la tetralogía cuyo personaje central es el filósofo atorrante Aniceto Hevia, después de Hijo de ladrón (1951), Mejor que el vino (1958) y Sombras contra el muro (1964). El libro, editado en Argentina, tuvo poca circulación y escasa crítica en Chile. Cuando el escritor murió, se preparaba una edición chilena. Pero la censura de libros del régimen militar, que duró más de diez años, prohibió su publicación ...—, cuenta Varas acerca de este episodio editorial en la consecuente vida de quien transitara por los más variados oficios de calles tapizadas de experiencias literarias.

Hans Ehrmann enumera los pasos seguidos por el escrito desde los doce años: aprendiz de sastre, mensajero, aprendiz de talabartero, carpintero, pintor, ayudante de electricista, acarreador de uva, cuidador de un falucho, actor, consueta, linotipista, periodista, empleado de la Biblioteca Nacional, vendedor de cartillas en el Hipódromo Chile, tipógrafo, corrector de pruebas, director de los Anales de la Universidad de Chile y profesor de la Escuela de Periodismo de esa casa de estudios.

—Rojas era un obrero anarquista, se hizo amigo de Gómez Rojas. Amaba leer, incluso escribió un libro titulado El árbol siempre verde. En la casa siempre había libros; yo crecí leyendo los cuentos infantiles de Emilio Salgari. El primer libro que nos leyó fue El libro de las tierras vírgenes y a él le emocionaba mucho leer estas aventuras, le gustaba que participaran de la emoción—, recuerda su hija María Eugenia y agrega: “Su gran amigo fue González Vera. Tenía muchos amigos, entre ellos Salvador Allende, la Tencha Allende, los españoles que visitaban Chile como Jesús del Prado. Celebraban reuniones con sus amigos literarios donde hablaban de literatura. Se reunían los sábados en la casa de Rojas ubicada en ese entonces en Providencia, en el sector de Los Leones y el resto del tiempo en el café de la Universidad de Chile o en el Café Astoria”.

Manuel Rojas, incansable aventurero de emociones, viajó a Europa, la Unión Soviética, Checoslovaquia, Francia, Cuba y Estados Unidos. Sintió un gran amor por Cuba y su gente, así como por la revolución cubana, siendo jurado en varias ocasiones para el premio Casa de las Américas. “Todavía siguen llegando cartas a los hijos de la gente que lo recuerda en Cuba”, cuenta María Eugenia, quien recuerda para el anecdotario que en 1955 una editorial estadounidense publicó Hijo de Ladrón no pagándole los derechos de autor a Manuel Rojas, por lo que él le seguiría un juicio que finalmente ganó. “Además —sostiene— la editorial se había robado el diseño de la portada de una edición chilena que había realizado su amigo Mauricio Amster”

El real mundo de Manuel Rojas se compone de vasijas llenas de memoria, recogidas desde su nacimiento, el 8 de enero de 1896, en el popular barrio bonaerense de Boedo. Hijo único de padres chilenos en busca de mejor fortuna en Argentina, vivió en ese país hasta los cuatro años. Igual número, hasta cuarto de preparatoria asistió al colegio. Después, se nutrió de vida sin academicismo. Devoraba libros y escribía manuscritos. A sus novelas antecedieron cuentos de pluma ágil y desenfadadas de desgarrado realismo y guiños de humor: Hombres del sur (1926), El delincuente (1929), Travesía (1934), El bonete maulino (1943), El vaso de leche (1959), Lanchas en la bahía (1968).


“No muerde”

Los primeros años de familia —recuerda María Eugenia Rojas— veraneaban siempre en Cahuil, una playa de la Sexta Región. A raíz de estas visitas, Manuel Rojas compuso la canción Las salinas de Cahuil,(*) letra a la cual Angel Parra le agregó música. Iba a la playa con familia y amigos y “con todo el que quisiera ir”.

—Leía mucho, contaba cuentos inventados en el minuto a sus hijos. Era maravilloso andar con él porque nos contagiaba de su amor a la naturaleza—, recuerda su hija retrocediendo en el tiempo para evocar los días en que murió su madre, dejando tres hijos pequeños —“los abejorros”— junto a un padre que percibía muy bajos ingresos, rayando en la miseria.

Amante de los insectos, sobre todo de mariposas y abejorros, también encausó su amor a la cordillera, las flores y las constelaciones estelares que lo llevarían a integrar un grupo de astrónomos aficionados.

“Acérquesele, no muerde”, definición que Manuel Rojas se adjudicó en una entrevista con Lenka Franulic, y que hoy queda impresa en el prólogo de Antología Autobiográfica, obliga a comprender al hombre y su entorno pasajero y permanente. Los cien años de Manuel Rojas, como vagones de un tren de mil pedazos y cientos de golpes, han revivido sus extasiados viajes sobre el riel.

Vagar por puertos de letras

Manuel Rojas desató el primer y último aliento entre el fulgor de letras de cadencia anarquista, sujeta a sus ojos andantes. Regresa con esas mismas letras, enfocadas a sí mismo y a la poesía dedicada a la mujer que amó desde la inicial mirada. Se le recuerda por sus textos y por la vida. Así pretende quedar registrado a las 19 horas en la mesa redonda que en la Sala América de la Biblioteca Nacional reunirá voces en torno a Manuel Rojas: Compilador de la realidad.

En Antología autobiográfica habla sobre sus obras y las enlaza con pasajes insospechados, oscuros y luminosos. En las páginas también surgen textos escogidos. Así, por ejemplo, comienza diciendo sobre El vaso de leche: “Mucha gente cree que ésta es una experiencia mía, lo que no es cierto. Es la de un hombre apellidado Nieves, conocido por el remoquete de El Negro Nieves”. Sobre su vida, una señal: “Durante varios meses vagué de un conventillo a otro, leyendo, trabajando a veces y hablando sin cesar de anarquismo, de literatura, de ladrones, de mujeres, de aventuras, de viajes”. Y, al final, en Deshecha flor la prosa se convierte en verso a la sombra de la narrativa: “Las largas noches eran/ nuestras, y nosotros/ éramos de la noche,/ trabajadores fervientes,/ entre murmullos/ y silencios de reposo y espera,/ como mineros que buscaran o/ como joyeros que pulieran



(*) Escuchar en YouTube https://www.youtube.com/watch?v=7xwzKzuXN7o

 


 



 

 

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Cien años de un "abejorro" mayor.
Por Ximena Poo/Alejandra Rivera.
Publicado en La Época, 8 de enero de 1996