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Autos que se queman

Mónica-Ramón Ríos, Libros del Cardo, 2022, 189 páginas

FRAGMENTO

Publicado en PLATAFORMA CRÍTICA, 25 de julio 2022


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El objeto

Dormí la hora entera que duró el viaje en tren desde mi casa en Crown Heights hasta este barrio en el norte de Manhattan que ya debe haber cambiado de nombre. Nada se ha dañado con ese cambio, ahora paseamos aquí todos nosotros, me dice el hombre en el asiento de enfrente con una sonrisa abierta. Se cierran las puertas, y veo el libro de José Emilio Recabarren que saqué de la biblioteca abandonado en el asiento del vagón. Con esa pérdida, me voy acercando al objeto.

La puerta pequeña entre edificios restaurados me causa ansiedad, más aún cuando entro a la librería donde las pocas personas que hay se dan vueltas para mirarme con un saludo oblicuo. Paseo entre los libros lentamente, mis ojos repasan cada título. Por un minuto me doy cuenta de que no me interesan esos objetos, ni yo a ellos. Sólo un par me llama la atención. Editoriales pequeñas, ediciones cuidadas, los nombres de los traductores poniendo en perspectiva los grandes nombres.

Tomo uno de los objetos y pienso que le interesará a Carlos, así que lo ausculto hasta el detalle. Mientras, en una esquina, un hombre con barba de científico retirado y la nariz demasiado roja le explica cómo se dobla el espacio a un joven que recién ha abierto los ojos. La boca del joven parece desear el primer bocado de un objeto cuyas aristas y puntas intenta reconocer. El viejo se le acerca mostrándole cómo se hace. El joven deja ver sus dientes y encuentra mis ojos para que yo le dé alguna respuesta.

Los libros se acumulan en los bordes de la escalera, los nombres de los autores enchapados como materia prima. Con la vista, elijo los que me gustaría llevarme, pero sé que no voy a comprar, contando, como estoy, las monedas en mis bolsillos. Casi al llegar al segundo piso de la librería, algo me hace trastabillar. Sobre las páginas abiertas de un DeLillo, ha quedado grabada mi huella. Hay un espacio inmenso con unas siete filas de asientos que entorpecen la pasada. Los organizadores esperan una gran cantidad de público. Pero a excepción de dos personas, las sillas están vacías. Miro el reloj, ya casi es hora de la presentación de la colección de cuentos de Gordon Lish.

Los libros se acumulan en las estanterías y noto que venden textos para los estudiantes de Columbia. Varios de ellos desaparecen por los pasillos, acumulando un volumen considerable de libros. Un joven bien vestido lee sentado en una escalera un libro sobre Fanon, pero lo cierra y sigue leyendo otro cuyo título intenta esconder. Desde el fondo del pasillo noto un sillón viejo puesto en la mitad del improvisado escenario, elegido para dar aura literaria al evento. El sillón es el objeto, escucho decir a uno de los viejos macabros que conversan nerviosos y con sus cabezas inclinadas al fondo del local.

Me siento en la tercera fila, detrás de unas mujeres que rápidamente se acercan al escenario frente a la petición del hombre que ocupa el sillón. Hacia atrás, las sillas están vacías. El hombre del pelo blanco, la piel vampírica y la voz carraspeada pide una vez más que nos movamos más cerca del objeto. Yo soy el objeto, dice. Las sillas frente a mí han quedado embotelladas con los movimientos de las mujeres, así que yo no me muevo. Al objeto le parece una ofensa y lo usa como aliciente para comentar qué es el arte y cómo deben los aprendices a escritores acercarse al objeto. Gordon Lish cuenta una serie de anécdotas para explicarse: cuando trabajaba en Esquire cubrió una convención que hizo Exxon para lavar su imagen donde hablaron varios premios Nobel. Como buen reportero, nombra a todos quienes recuerda; como buen tirano, exige al público repetirlos. Todos son hombres. Todos son gringos. Reparo en que, además de mí, el público que ha ocupado una porción ínfima de las sillas se compone de gente que trabaja en la librería o en la editorial. Lish continúa ejemplificando su teoría del objeto con algunos de sus discípulos, los que se acercaron al objeto y los que tomaron otras opciones de vida. A estos últimos los desprecia. Alaba a uno cuyo nombre aparece como productor en los créditos de series que nadie ha visto; a otro que ha sido nominado para un premio; a una mujer de cuyo nombre no se acuerda. Evoca también a quienes editó él. Hace algunos cálculos matemáticos y divide a la humanidad entre quienes se acercan al objeto y quienes se acercan al dinero. Por alguna razón, dice, él consiguió ambos.

Sopeso la posibilidad de irme. Entonces Lish nombra a DeLillo, junto con otra multitud de escritores, y a mí me parece una coincidencia curiosa. Amigos suyos, explica. Habla sin parar sobre su poder sobre los escritores muertos. Decido finalmente sacarle una foto al objeto. Pero se ofende por el cuadrado negro que pongo frente a mi cara y me impreca. Las personas del público están incómodas, pero él no suelta la palabra y termina pidiendo que le hagan preguntas. Pero nadie se atreve a hablar. Hay una mujer que mira la copa de vino que ha sujetado durante esa media hora. No sabe si debe o puede acercar el vaso a sus labios, congelado su cuerpo en un sí eterno. El objeto se ha apoderado de la audiencia. Todos de pronto nos impacientamos, queremos que termine la presentación. Todos sentimos un poco de desprecio y lástima por el objeto.

Él explica, entonces, que no sale de su casa. Que ha caminado las dos cuadras hasta ahí como una excepción. Que por lo general mira desde su ventana cómo cambia el mundo acá abajo sin entender. Tanto movimiento, tanta gente, tantos colores, dice con su voz rasposa. Y decide no hablar más después de toser una o dos veces. Nadie compra su libro.

Afuera de la librería estamos todos nosotros. Dentro, una ciudad que ya no existe. Afuera se puede respirar; dentro, la ansiedad y el miedo al hombre blanco tiránico que ve el mundo cambiar con temor y rabia, como si fuera el código de una ciencia indescifrable. Aquí afuera, el espacio se ha torcido en varios dobleces, es un espiral donde el respiro lo dan esos múltiples universos. La ciudad que se desvanece en cada cuadra: la de la falta, la pobreza, los excesos, la fuerza centrípeta del mundo de fantasía, el vacío donde caen las bombas y los peces.

Tomo el bus y no el subway para disfrutar del aire y la luz. Dos horas hasta mi casa en Crown Heights. En mis manos llevo una rara traducción de La noche de Tlatelolco al inglés, fotocopiada y sin empastar. A medida que avanza hacia el este, hacia abajo de la isla de Manhattan y la deja atrás, la ciudad saca sus puntas, revela sus aristas, los colores van cambiando, se llena de objetos que perforan las cámaras. Las salas se llenan de audiencias locales donde las hablas se ensucian, las identidades se vuelven fluidas y numerosas. Las calles se abarrotan y las gentes entienden por otras lógicas que esa Nueva York que vamos todos dejando atrás ya no es el objeto.


 

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Mónica-Ramón Ríos, Libros del Cardo, 2022, 189 páginas.
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