Han pasado algunos días, pero la imagen es imborrable. Ante el grupo de mandatarios latinoamericanos de derecha invitados a su cumbre en Miami, incluido el entonces presidente electo de Chile, José Antonio Kast, Donald Trump lanza una de sus habituales frases provocadoras que quizás a él le parecen graciosas: "No voy a aprender su maldito idioma. No tengo tiempo. No tengo problema con los idiomas, pero no voy a dedicar tanto tiempo a aprender el suyo". Nada sorprendente, tratándose de quien dice bombardear países por diversión y cree que "ya sea que la libere o la tome", puede "hacer cualquier cosa que quiera" con Cuba. Lo perturbador, en cambio, son las risas con las que reaccionan sus invitados: Javier Milei, de Argentina —que más tarde se disculpa por dar su discurso en español, su propia lengua—, y Nayib Bukele, de El Salvador, entre otros. Risas y no disgusto, o al menos incomodidad, ante la evidente descortesía del anfitrión.
Pero más allá de sus complacientes invitados a la cumbre Escudo de las Américas, cabe preguntarse cómo recibieron este desafortunado mensaje los más de 43 millones de estadounidenses hablantes nativos del español que superan el 12 por ciento de la población total de ese país, cercana a los 349 millones de habitantes. Y los 15 millones y medio que lo dominan como segunda lengua. Debido al permanente crecimiento de nuestro idioma al interior de sus fronteras, Estados Unidos se ha situado en los últimos años como el segundo país con más hablantes de castellano en el mundo, unos 58,9 millones, solo detrás de México y desplazando a Colombia, que ahora ocupa el tercer lugar. No es extraño, entonces, que muchas instituciones estadounidenses hayan incorporado el bilingüismo inglés-español como norma en sus sitios web oficiales, incluido el del gobierno de la nación.
Pero es el propio jefe de ese gobierno quien desconoce públicamente esa realidad y se niega a aprender el idioma con el que una parte importante de sus conciudadanos se expresa y se relaciona en la intimidad de sus hogares o en la vida cotidiana fuera de ellos. Lo que parece ignorar Trump es algo obvio: un idioma es mucho más que una herramienta para comunicarse en citas internacionales, es la puerta de entrada a una cultura, a su particular visión de mundo, a los códigos compartidos por sus hablantes, a sus expresiones artísticas, a su literatura. Rehusarse a aprender su idioma es también rechazar la posibilidad de conocer y comprender a ese porcentaje de la población que él gobierna. Un intérprete o un traductor pueden realizar de manera impecable su trabajo para que dos personas se entiendan a pesar de no compartir una lengua, pero siempre hay matices, sabores, sutilezas que se pierden. Y qué decir cuando se trata de toda una colectividad.
Mucho más en el caso de América Latina, donde el español es el idioma oficial de 18 de los veinte países que la conforman, pero cada uno ofrece sus propias riquezas y singularidades. De ellas también se ha nutrido Estados Unidos a lo largo de su historia, por más que su actual gobernante abomine de la inmigración. Anclado en el eslogan de volver a hacer grande a América, Trump desconoce el aporte que por generaciones han realizado los latinoamericanos a su país, en distintos ámbitos: académico, científico, cultural, artístico, sin olvidar el enorme contingente de mano de obra ocupado en una diversidad de empleos. Y de paso ignora que la verdadera América se extiende mucho más al sur de sus fronteras.
Según el informe anual de "El español en el mundo", en 2025 nuestro idioma superó los 520 millones de hablantes nativos, pasando a ser la tercera mayor comunidad lingüística, detrás de la que reúne a los hablantes nativos de chino mandarín y de hindi, debido al intenso crecimiento demográfico de la India. El inglés, en tanto, ocupa el cuarto lugar como lengua nativa, aunque sigue liderando como la más hablada en el mundo. De ahí vendrá la soberbia de Donald Trump para decirles en la cara a sus invitados latinoamericanos que no aprenderá su "maldito idioma", pero lo realmente lamentable es que, siendo mandatario, demuestra una falta de interés y empatía hacia un considerable sector de la población de su propio país y un desprecio por sus lugares de origen. Y de paso, desecha la enorme riqueza de sus culturas. Gabriela Mistral y Pablo Neruda de Chile, Miguel Ángel Asturias (Guatemala), Gabriel García Márquez (Colombia), Octavio Paz (México) y Mario Vargas Liosa (Perú), por nombrar solo sus premios Nobel de Literatura, han enriquecido la cultura universal desde Latinoamérica. Pero también lo han hechos sus músicos, académicos e investigadores. Y aunque no era parte de la cumbre, el desprecio también es hacia España, cuna del idioma.
En fin, si el jefe del país más poderoso del mundo no quiere aprender español, no hay nada que hacer. Él se lo pierde.