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Acerca de Nada de Malú Urriola

Por Marina Arrate

 

Quisiera decir de este libro que es, a su modo, un libro místico o que nada indagando de tal modo el sentido, que se encuentra sorpresivamente en la senda del místico. Un místico postmoderno, ciertamente.

La escritura documenta el proceso por el cual la Yo-yo, supuesta hablante del texto, que va dialogando con un tú-tú (p.15), con un cierto aire didáctico  amoroso, determina el fin de varias, queridas, perseguidas ilusiones:

“los que sueñan que escriben y que escribiendo llegaran a alguna parte” (p.40), “en el fondo de ese mismo mar están los cuerpos de los que soñaron con cosas azules” (p. 40),

 “Los de entonces somos los mismos/ mas viejos y cobardes, pero los mismos. La historia es involutiva, un acueducto atosigado de ratas...Ah, qué cruel es el olvido”(49)

Esta última cita nos remite al fin de la ilusión del progreso de la Historia. Nos recuerda el concepto de Historia de Walter Benjamin: la Historia que no va a ninguna parte, a propósito del cuadro de Paul Klee que él llamó El Ángel de la Historia.

Quisiera citar el texto de Benjamin, no sólo porque es hermoso sino sobre todo porque honra el texto de Malú. Cito de Benjamin: “Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él está representado un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que mira atónitamente, Sus ojos están desmesuradamente abiertos, abierta su boca, las alas tendidas. El ángel de la historia ha de tener ese aspecto. Tiene el rostro vuelto hacia el pasado. En lo que a nosotros nos aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una sola catástrofe, que incesantemente apila ruina sobre ruina y se las arroja a sus pies. Bien quisiera demorarse, despertar a los muertos y volver a juntar lo destrozado. Pero una tempestad sopla desde el Paraíso, que se ha enredado en sus alas y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Esta tempestad lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al que vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Esta tempestad se llama el Progreso”. [1]

Me explayo en la cita de Benjamin, que se la agradezco a Marta Contreras, con quien comentamos el libro de Malú Urriola y con quien desarrollé algunas de las ideas que apunto en esta presentación. La cita de Benjamin me hizo sentido desde varios ángulos. Sin duda, una de las líneas del texto es esa mirada atónita de la yo yo, contemplando las ruinas de pasadas ilusiones, pensando en el sentido de ese pasado y en el magno rol que las palabras tenían en ese proyecto.

Ahora,

“Ah, las nubes se marchan/ la música de la fiebre de las palabras también se marcha, bajo la tierra los poetas del mundo,/ sobre la tierra unos cuantos mercenarios”(38),

“Escribir es un ejercicio innecesario” (p. 27)/las hojas secas del otoño/ cuando un arremolinado viento las eleva, escriben mejor que nosotros”(p.27). “La poesía es una luz que deja tantos ciegos” (p.27)

La vieja pregunta de por qué se escribe y para qué, ronda el texto de manera obsesiva. La dedicatoria del libro ya nos lo anuncia de manera categórica. Está Isadora, la hija, que es una razón poderosa,  por qué no,  ¿why not?,  pero además están  “todos lo que saben que escribir es como no haber escrito nunca”.  Un oficio imposible.

De todas las cosas impresionantes de este libro, una de las que más me llama la atención es la fuerza insistente, terca y porfiada con que la “hablante”, (ya no sé si este concepto sirve, lo utilizo a falta de otro mejor, a lo mejor las hablantes, las voces, una voz, una intuición de ser, de seres, que son susceptibles de reunirse bajo el primer sujeto del singular, se ajusten mejor). Cito:

“He simulado ser alguien que no conozco y/ el hablante lírico se echó a dormir sus penas”(p. 16).

Y un poco más adelante: 

“A veces presiento que soy un algo al sur, un algo que no conoce el futuro, ni aprecia el pasado” (p. 16).

Esta intuición de ser, distinta a aquella que sabe algo de sí, distinta a aquella que aglutina en torno de un supuesto eje yoico las experiencias que la articulan en el tiempo, -sobre todo pasado, futuro quizás – , más adelante dirá el “ego” (la ilusión de un yo apoyado  en las más ríspidas convenciones, y que algo sugiere en relación al egocentrismo, la vanidad y la soberbia, esos pecados capitales); antes había dicho “yo yo” (ironía del engrandecimiento desmesurado del yo lírico, tan caro a la tradición poética).

Más adelante dirá:

“Cuando las palabras se marchan/ un yo probable y resbaladizo como las escamas de un pez/ brilla a mis pies./ He aquí la que se ha marchado de sí,/ la que vuela en caída libre”(p.87).

Una pequeña digresión en torno a esta operación de escisión y desconocimiento del “yo”, que me recuerda la poesía de Pizarnik. “Cómo explicar con palabras de este mundo/ que partió de mi un barco llevándome”, dirá Pizarnik. La diferencia con ella estriba en el profundo sentimiento de soledad y devastación que invade los textos de Pizarnik. A Pizarnik, el yo, el mi, le es sustraído, llevado. Por el lado de Urriola, en cambio, “la que se ha marchado de si”, sugiere una acción más voluntariosa, el desprendimiento de algo que ha dejado de ajustarse a la vivencia de sí. Sugiere mas bien una mutación, o quizás un modo más ajustado de habérselas con uno misma.  Por ejemplo:

“mis pensamientos han estado completamente equivocados/ Este corazón iba a un lugar,/ yo a otro”.

Bueno, volviendo atrás, digo lo impresionante que me parece la porfía, la terquedad, la insistencia en no dejarse entrampar en ninguna ilusión, ni siquiera como decíamos recién, la de la identidad. Esta cuestión nos remite al proyecto poético de Malú Urriola, que ya desde su primer libro, se ríe “de nuestros necios congéneres” (45) los “cats”, de la poesía, el amor, la política, la trascendencia, la fama, la voluntad de redención por vía alguna. Y así este cuarto libro, como una cuarta estación en el viaje, en el viaje hacia la Nada, de la mano de un nihilismo voluntarioso (nada de depresiones ni de melancolías, piénsese en el brazo del tercer libro “Hija de Perra”), pero también un nihilismo irónico, paródico, juguetón y amargo. A modo de ejemplo quisiera mencionar un juego de la página 45. En ella aparece un globo de mono animado en cuyo interior leemos “Poesía versus Ficción”, es decir una conversión de la antigua sentencia Realidad versus Ficción. Ella condensa la ironía, sin duda trágica, o amarga, de la vocación, el propósito de ligar el arte a la vida, que condujo la poesía del siglo pasado. Se ha convertido el término Realidad por Poesía. En este libro, esa vocación sigue incólume. Sin embargo, se ha ironizado. La conciencia de la poeta instala en el libro las mediaciones, del lado de la realidad, que vuelven ese propósito virtualmente irrealizable. El recurso de colocarlo dentro de un globo de mono animado, propio del género del “comic”, instala el chiste del cliché y la parodia de los entretenidos recursos postmodernos. Y sin embargo, como un mono porfiado, he aquí  nuevamente, del lado de la Realidad, a pesar de todo. Una loca aporía.

Esta loca aporía, que no abandona la señal de la realidad y que, por ella misma, o quizás por ella misma, (cómo saber, como señala más adelante), va señalando el lugar de la Nada. Se trata de una ascesis. Una ascesis de Nadie que busca el camino a través de las palabras.

“Cuando es tanto el silencio siento pudor de escribir,/ escribir es una pérdida falaz y me avergüenzo./ Arriba la inmensidad irreductible./ Abajo, ésta que no es nadie” (p.41).

Convertida en Nadie desconecta el pasado, se encuentra en el grado cero. Comienzan a aparecer rachas de naturaleza: la tierra.

“Cómo se apaga el recuerdo en tu cabeza,/ donde aún planean un par de palabras./ Lo que la tierra siente, puedo sentirlo,/ de roca fuerte vienen, de grietas, de humedad y raíces./ Contra la corriente voy. Naufraga vengo llegando” (p. 42).

Sea quien fuere que es, es alguien que nada.

Las imágenes que aparecen en el texto, partiendo con la imagen del libro, un nadador moderno, en tonos azules, con gorro plástico y anteojos, con otro detrás, copia del primero, pero invertido, nos señala el segundo sentido, o el primero, ¿cómo saber?, que apunta Diamela Eltit en la contratapa: Nadar. O en la página 9, un hombre con una suerte de salvavidas antiguo, y las palabras abajo “sobrenadando”. En la página 17, una cabeza de buzo, y abajo con la lógica invertida “adentro el agua, afuera el aire”; en la página 21, el dibujo de un hombre nadando, un dibujo didáctico de la braceada del estilo mariposa, brazo izquierdo arriba, la cabeza bajo el agua, sin levantar la cabeza: un pez en el agua; en la página 23, el buzo bajo el agua con la leyenda abajo: “los días fueron brotando hasta convertirse en un ancho mar”; en la página 69 una foto de cabeza de pez, con la siguiente leyenda abajo. “That’s the poetry genius/ Un gran pez no muerde el anzuelo./ Ni se calcina mirando el mar”; en la página 71, el dibujo de un pez y abajo la orden “push/ y a la nada vamos”.

El hombre como un pez que nada. Que nada en la realidad que a la nada va. Los siguientes versos de la página 86 pueden enriquecer esta simbología:

“En el fondo del ojo de un pez, hay un pez sin fondo. Por el agujero del ojo del pez puedo llevarte al mar,/ You know, el lenguaje es una convención,/ y mi único Paradise lo pongo a tus pies”.

Por el ojo del pez se va hacia la nada. El uso ambivalente de la figura del pez con su fuerte reminiscencia cristiana, es igualmente alucinante. Por el agujero del ojo del pez caemos al infinito. Que se pone a los pies del otro. En gesto de amor.

Y más allá:

“Se abre una flor en el centro de la nada/ y camino por la ciudad de la nada/ leyendo sus luminosos  de nada....No me preguntes dónde estamos, yo qué se./ Saber, con certeza saber/ es un verbo tan extenso, que ni todas las vidas, ni todas”(92).

Adiós con la pretensión de saber algo, si es que eso es posible. La imagen que sigue se encuentra en la página 74, una mano sujetando un aerógrafo y en posición de escribir. Nadar como escribir. Luego, en la página 82, el dibujo de un corazón anatómico. Otra ilusión, contra la cual se yergue la escritura. Finalmente, en la página 84 el dibujo de un pié de frente, a cuyo través se pueden apreciar los huesos. Abajo, los siguientes versos: “Esta nada es múltiple, por ello también puedo ser un árbol,/ una piedra, un guijarro del camino./ Yo puedo ser el talón de tu pié y andar contigo sin que lo notaras”. La identidad de la hablante se ha diluido, difuminado, de tal modo que es susceptible de plegarse a las infinitas formas de la naturaleza: un árbol, una piedra, un guijarro, también una parte del cuerpo del otro, “el talón de tu pie”.

Un estudioso de la simbología afirma “que el pie es el símbolo del alma, acaso por ser el soporte del cuerpo, el que lo aguanta en su posición erecta”. [2] La que nada y resiste, la que nada y escribe, la “que se debate contra el consagrado poder de las aguas” en palabras de Eltit ahora y en la contraportada, es el alma.

Un destello se abre y se cierra:

“Trato de escribir mientras una hormiga intenta caminar sobre mi mano./ De cosas como éstas, están hechos los días” (p. 98)

La miniaturización de la experiencia nos recuerda el espíritu de la poesía japonesa del hai-ku. Octavio Paz señala leyendo a Basho: “(nos habla de) ese sentimiento de universal simpatía con todo lo que existe, esa fraternidad en la impermanencia con hombres, animales y plantas, que es lo mejor que nos ha dado el budismo. Para Basho la poesía es un camino hacia una suerte de beatitud instantánea y que no excluye la ironía ni significa cerrar los ojos ante el mundo y sus horrores”. [3]

Quisiera referirme finalmente al inicio y al cierre del libro, o al menos a una parte de ellas:

Al inicio, la advertencia, didáctica:

“No seas light, muchacho, detrás de todo lo que ves/ de lo que alcanzas a ver hay una vida entera,/ sólo que te nublan los ojos tantas nubes/ que vienen y se van, vienen y se van, vienen y se van,/ como las palabras” (p.12)

Un poco antes de los versos finales, la advertencia didáctica:

“No seas posmoderna, muchacha,/ delante de todo lo que ves,/ de lo que alcanzas a ver/ hay una vida fugaz,/ sólo que te nublan los ojos tantas nubes/ que nunca vienen ni se van,/ que nunca vienen ni se van, como las palabras”(100).

La paradoja que dice una cosa y después la niega nos recuerda que no hay manera de decir qué son las palabras, tampoco la vida, entera, fugaz. Afirma y niega a un mismo tiempo. Recordamos el libro de Juan Luis Martinez “La Nueva Novela”, cuando decía “Nada es Real”. “Todo es Real” [4] . En la paradoja se restablece el enigma, el no saber, la Nada. Como recurso de enseñanza místico, los cuentos sufíes, el budismo, así como en el cristianismo primitivo las parábolas, hacen uso del recurso de la paradoja para guiar al aprendiz o al discípulo al camino de la Nada, el camino que le señala la puerta de salida de las engañosas mallas y trampas de la ilusión. La ascesis permite reconocer la ilusión y verla como un espejismo, un reflejo, Nada.

El libro se cierra con el agua anegando los ojos:

“Un zumbido azota mis oídos/ hasta que se convierte en un silencio azul,/ tan azul, que ni el azul mismo podría parecérsele”(101).

No pude dejar de recordar la película Azul Profundo, en la que el buzo opta finalmente por irse con sus hermanos, los delfines. En un momento profundamente angustioso, en que nosotros asumimos convencionalmente que debía optar por la vida en tierra, el protagonista se sumerge en las aguas, y abandona el casco de buceador. Así como el buzo de la película, este libro asume, como opción política, estética y vital, la paradoja que reúne Realidad y Nada, y convertido en acontecimiento, en el sentido de Benjamin, opta por sumergirse en el azul de las aguas.


* * *

NOTAS

[1] En Walter Benjamín: La Dialéctica en Suspenso. Fragmentos sobre la Historia. Traducción, introducción y notas Pablo Oyarzún Robles. Ed. Arcis/Lom., 2002, Santiago, Chile, pp. 53 – 54.

[2] En Juan Eduardo Cirlot: Diccionario de Símbolos. Ed. Labor, España, 5ª Edición, 1982, pp. 361 – 362.

[3] En Octavio Paz: El Signo y el Garabato, Ed. Seix Barral, Barcelona, 1991, p. 135 – 136.

[4] Estas dos sentencias se encuentran en las solapas del libro de Juan Luis Martínez, La Nueva Novela,  Eds. Archivo, Stgo, Chile, 1977. A propósito de estas mismas dos sentencias, Eugenia Brito escribe: “Todo es real es entonces igual a Nada es real, lo que significa que, la propuesta de este texto pone  entre paréntesis por insuficiente la noción de “realidad” y por castradora, la noción de “razón”. En Campos Minados. Literatura Post Golpe en Chile, Ed. Cuarto Propio, 2ª. Ed., Nov, 1994, p. 29.

 

 

 

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