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Malú Urriola: El privilegio de no encajar

Por Ricardo Rojas Behm
Publicado en El Mostrador, 29 de julio 2023


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“Que belleza guardan aquellos que no encajan fácilmente entre tanta gente. Tal y como está el mundo, es un privilegio no encajar”. Sin duda, esta cita de Alejandra Pizarnik nos representa a muchos que a todas luces, nos hemos sentido fuera de lugar o personas non gratas, por el simple hecho de pensar, sentir y actuar diferentes, y sin más, desencajamos. Un singular estigma que detenta cada escritor o poeta que se reconoce impreso en un papel, y que trata de sobrellevar su desacomodo. Pero, la vida no se cansa de ponerte cortapisas, y por lo mismo, regresas a ese no lugar donde habitas, y vuelves a ser el trovador en solitario, al cual nadie pone oreja.

Razón de sobra, para que la gente te vea con distancia. Y por lo mismo, nos desacreditan, nos ven como gente rara. Pero, les corroe la duda, por qué como dice Umberto Eco, “descubrimos presencias inesperadas”. Porque no existe catálogo, ni fórmula que encaje con la poeta y escritora Malú Urriola (1967-2023), de quién no redundaré en un oportunista homenaje, ni menos diré, la conocí, sino más bien, recorreré aleatoriamente su poesía, poniendo énfasis en su postura frontal e irreverente, la que comparto en gran medida.

La Malú, fue una de las poetas más sobresalientes de su generación, a la cual también pertenezco junto a Nadia Prado, Isabel Larraín, Mirna Uribe, Bárbara Délano, Rosabetty Muñoz, Sergio Parra, Jesús Sepúlveda, Guillermo Valenzuela, Eugenio Dávalos, Francisco Vejar, sólo por mencionar algunos que, en la adolescencia, hacíamos gala de nuestra primigenia poesía, más raleada que rotunda, pero que aun así nos redituó ciertos flancos de libertad.

Si mal no recuerdo, la primera vez que vi a la Malú, venía de jumper, vestida de escolar a integrarse a un taller. Atuendo, que ciertamente, no encajaba con lo filoso de su lengua. “…hey, malú una raja, qué te importa/si ni siquiera encuentras algo que te importe/por eso callas y luego ríes/porque nadie te llena el hoyo, /ni el vino/ni los machitos/ni mirar sus traseros sin forma/no te queda más que caminar borracha/y llegar borracha a tu home/piedrita mendiga…”. Aquí no cabe la complacencia, ni el lirismo barato, sino la telúrica o mejor dicho volcánica poética determinada por la fricción de (“Piedras rodantes”, 1994).

Está más que claro, que no existe una línea de demarcación entre lo coloquial o la voz de la tribu en su obra. Algo que por definición fue esa impronta que la distinguió desde sus inicios, alejada del vedetismo alegórico. A partir de ahí, asistimos a un acto de desacato, que junto con retratarla tal cual era, le aseguró el respeto de sus congéneres, y en eso me sirvo de Walter Benjamín, cuando afirma que “el carácter escritural del lenguaje alegórico pone de manifiesto su fragmentariedad, contingencia e inautenticidad constitutivas”.

Algo que en la Malú nunca ocurrió, pues toda su obra debe entenderse como una genuina, furibunda e insolente declaración de principios, que hace de la ironía su fuente de descargos.

“La poesía no es una mujercita esperando sus palmaditas en / el trasero, ni cánticos de alcohólicos vociferantes / con imágenes mendigas que no superarían a Wilms Montt, / ni versos pederastas que cantan a las minifaldas de las / muchachas, ni gritos desgarrados por un mundo que los / olvidó en un bar. / Ni por más obscenos, vanguardistas, / ni por más desnudos, performancistas, /ciertamente/ cuanto más misóginos, más siervos/ y cuanto más doctos, más dóciles” (“Cadáver exquisito”, editorial Cuarto Propio, 2017).

En esa lógica se situó siempre, sin epifanías, ni remembranzas, sino con la sorna de la desdentada que no teme a la decrepitud, porque lo ha vivido todo, y en eso apostó toda su baraja, sin reservarse nada. Porque para ella nunca estaba todo dicho, y fue capaz de minar la honra de un puñado de autoproclamados próceres, falsos brillantes o circones de la poesía.

En pocas palabras, más allá de las razonables suspicacias, su desatada lengua sabía dónde estaba la llaga.

“Este brazo es el que aprieta mi vientre, el que hunde su mano en mi garganta para que las palabras salgan, porque mi brazo sabe que las pa-labras son como trozos de carne que me atoran, si no tuviera este brazo tampoco podría hablar, porque este brazo es mi lengua, con este brazo puedo decir lo que la lengua se calla, podrían cortarme la lengua pero no el brazo, por eso no siento ningún miedo cuando tengo la lengua dentro de tu boca, pero aunque la arrancaras me quedaría este brazo. Con este brazo me sostengo, con este brazo lucho cada día”. (“Hija de perra”, editorial Cuarto Propio, 1998)”.

Por eso le pregunto: “Hey malú, que haces saltando la pandereta de la muerte. Haciendo del desacomodo tu lugar, brindando a solas ese avinagrado vino. Déjate de pendejadas, y vuelve. Que importa que los poetas se maten, que se tengan pica hasta la muerte”.

Descansa, se acabó la pantomima, y si no encajaste que importa. Siendo sinceros, muchos de nosotros no encajamos, y que bueno que así sea.


 

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Por Ricardo Rojas Behm
Publicado en El Mostrador, 29 de julio 2023