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Frente a un hombre armado, de Mauricio Wacquez

Por Carla Cordua
Revista Mapocho, n° 57, (Primer semestre 2005), p. 331-334

 

 

 


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El libro Frente a un hombre armado, de Mauricio Wacquez, se compone de dos partes muy heterogéneas: la primera tiene 196 páginas y está subdividida en cinco secciones, la segunda, ocho páginas, que hacen las veces de un comentario externo y parcialmente desautorizante de la crónica que lo precede. La primera parte es mayormente narrativa, la última, reflexiva, crítica, justificativa. El libro no ofrece en ninguna de estas partes una narración novelesca confiable, coherente y continua, en el sentido convencional del género novelesco; propiamente, diría, no es una novela y la reflexión interna sobre el carácter de lo que se cuenta en él evita cuidadosamente referirse al conjunto de la primera parte con el nombre de este género. Se lo llama una historia (167), una historia engañosa, tal vez soñada o puramente imaginada (71-2, 83-4), una crónica (113, 160), una ficción o tramoya (151), el diseño de unos personajes (157), un memorial (173, 200), una narración o narrativa (181, 201, 203), un relato (200, 201), un dictado (201), pero no se le llama una novela. La obra posee un personaje central, Juan de Warni, que declara a menudo que su propósito es recuperar el pasado. Pero el sentido de esta meta en el libro de Wacquez viene a ser casi el inverso del proustiano o, tal vez, una versión irónica de la busca del tiempo perdido. Pues la rememoración redunda esta vez en un producto ambiguo que podría entenderse de varias maneras: como prueba de la impotencia intrínseca de la memoria, o, al menos, de la incapacidad práctica y mental de Juan para recordar. Por ello, la narración tiene, más que un héroe bien definido y una acción a él debida, un asunto central que se extiende en ramas temáticas dependientes, las que, en conjunto, son lo que le confiere a la obra la consistencia que logra. Estos temas subordinados a la historia de Juan y su familia son, principalmente, los de la identidad personal, del poder, de la sociedad de clases, de la historia, de la memoria, de la homosexualidad, de la guerra y del dinero.

La autointerpretación de la crónica explica su asunto como sigue: “Ya dije que estos retazos… han querido ser el sedimento depositado en el alma de una clase y no las razones de un solo hombre. Ese hombre, yo, no se identifica con ciertos trazos que sólo pueden pertenecer a los movimientos de una clase en marcha, más aún, a la hora primera de una fiesta en la que esa clase se repartió el mundo y comprendió, por fin, el significado de su fuerza. Ella es, por tanto, el protagonista y el centro de este paisaje, el hermoso sol que planea sobre su larga historia y cuya minucia queda relegada a algunos episodios más o menos mencionables. Lo interesante es la manera de ser y no el escamoteado detrás de esa manera, llamado, hoy, Juan de Warni. Hoy contamos su historia, pero hubo un momento en que el miedo obligó a esa clase a expulsar la energía que había acumulado para vengarse de sus propios errores: el laborioso esfuerzo que significó construir un hombre que fuera modelo del mundo terminó en el sollozo y en el estupor del deportado. La deportación no habría sido tan horrenda si no hubiera liquidado de un tajo los contornos gentiles de un hombre con más de trescientos años de buena crianza” (167-68).

Con todo, aunque se trate del desarrollo de una clase, es preciso tener en cuenta los rasgos del personaje principal. Su conciencia exhibe en esta obra el llamado desorden de la mente o el abismo, lleno de cumbres y prejuicios, de la autoconciencia, como fue representada por James Joyce en el Ulises. Juan busca reunir en el recuerdo el pasado de al menos tres generaciones de su familia, es decir, pretende albergar en su vida subjetiva actual lo que él denomina el “lejano anonimato de la sangre” (97). La familia de Warni, residente en la Turena francesa, se enriquece y adquiere prominencia social en las guerras de conquista tanto en Europa como en las imperiales fuera del continente. Su fortuna se consolida mediante la concesión de tierras en Argel a cambio de los servicios militares que sus miembros prestan a los de Bonaparte. Llena el espíritu napoleónico de crecer, conquistando, la serie de los varones de la familia, iniciada por un noble flamenco, se va casando con las hijas de la antigua aristocracia empobrecida de la provincia francesa, de manera que el dinero que poseen se distancia paulatinamente de su origen en la sangre y en la violencia. Esta elevación afecta también a las costumbres, las preferencias y las maneras de pensar de los de Warni. Ellos conservan, sin embargo, el gusto y la práctica de la caza, que sustituye a la conquista de tierras en tres continentes y convierte el uso de la fuerza en la batalla en deporte aristocrático. El elegante parque de la casa familiar, donde nace y se cría Juan de Warni, está construido alrededor de una estatua de Diana, la diosa romana de la cacería. El sentido de la caza, maravillosamente descrito en la narración, se complementa con la afición de los Warni al juego de salón llamado la musaraña, en el que se trata de despojarse de la propia identidad y hacerse pasar por otro, para diversión de las personas presentes, que se conocen entre sí. En general, la caza, las artes de la simulación y la necesidad de disfrazarse y de representar papeles que enmascaran la realidad acompañan al proceso del creciente refinamiento de la familia que pasa de la burguesía a la nueva aristocracia francesa.

La manera en que está narrado el memorial también exhibe visos simbólicos. Debido a la manera de narrar, el lector no averiguará nunca al cabo quién habla o quién dicta la crónica. Varias circunstancias se complementan para impedirlo. Las cosas se dicen ocasionalmente en primera persona y en estos casos la voz es la de Juan de Warni, cuyo “borboteo verbal” (199) es cuestionado al final del libro. Otras veces, el narrador es un “nosotros”, que podría corresponder a recuerdos de familia recobrados por Juan. Pero además y sin justificación alguna, a menudo dentro de una única oración, las voces personales desaparecen y son reemplazadas por un narrador impersonal. También en este caso la información que llega al lector es muy incompleta, incoherente y a menudo, cuestionadota, dubitativa e incluso negadora de datos entregados antes. Pero el modo de expresión imposibilita además que se sepa con certeza lo que ha pasado; o decidir si algo ha ocurrido realmente o, más bien, no es otra cosa que una interpretación de las circunstancias o un deseo insatisfecho del protagonista. Muchos aspectos de lo narrado justifican que al final del libro se los caracterice como “la ligera y asfixiante irrealidad que puebla [el] relato” (201).

Además de las incertidumbres relativas a la identidad de las personas y a la realidad de los sucesos narrados, el desconcierto del lector emana de las estructuras atribuidas por la rememoración de Juan al espacio y el tiempo envueltos en la historia. Los espacios y los tiempos aparecen, en efecto, aquí como medios nebulosos y desorganizados. Francia, Alemania, Argel, Chile –descrito este último reconociblemente pero sin nombre- convertidos en escenarios de guerras, terremotos, incendios, parques, asesinatos, casas, amores y muertes, como en un caleidoscopio que no cesa nunca de revolverse sobre sí mismo. Por fin, las experiencias recordadas son fragmentarias y los elementos fácticos que podrían ubicarlas y precisarlas son ofrecidos avaramente y, en ocasiones, sólo aparecen en páginas muy alejadas del lugar en que, por su contenido, habrían venido al caso. El comentario final dice sobre el estilo de la narración: “Los vacíos de la memoria [del narrador]… las enormes lagunas y la incongruencia espacial de lo que relata, unidos al caos de objetos digno de una quincallería fantástica, hacen sospechar que no sólo se deben a una ocurrencia literaria del narrador… sino a un estado fenomenal de demencia” (200).

En suma, la lectura de la crónica no es fácil, en particular para el aficionado a leer novelas, ya que su contenido desestima el previsible interés de tal lector por la historia que, sin embargo, ese contenido deja vislumbrar. Sólo mediante la gracia de una prosa reflexiva llena de hallazgos inteligentes e iluminadores, que compensan el desorden y la insuficiencia de la información, se sostiene la lectura. Muchas convenciones del género de la novela son a la vez ignoradas y deliberadamente  anuladas en el libro de Wacquez. La dudosa identidad del personaje central no es sólo un recurso para caracterizarlo a él sino también un mensaje sobre las consecuencias de ser descendiente de una familia cuya historia consiste, precisamente, de negadores de lo que son que se empeñan en separarse de su origen, el olvidarse de las fechorías, de los asesinatos y, en general, de la procedencia de sus posesiones. El último descendiente de tal familia especializada en el disimulo ya representa muy mal a sus antepasados conquistadores. Sin darse plena cuenta, Juan se dedica a la peregrina empresa de rememorar precisamente lo que ellos siempre trataron de olvidar; busca comprender a los militares cazadores y jugadores de musaraña sin percibir cómo estas aficiones expresan todavía los crímenes y el enmascaramiento de la sangre derramada. Por eso, la recuperación del pasado lo lleva a la vergüenza y a la repulsa de sí mismo. Este impasse de la memoria, que consigue averiguar más de lo que quería, domina tanto la crónica como la vida del cronista. Juan busca abarcar en sus memorias los siglos en que existieron las tres generaciones de su familia paterna que lo anteceden. Aunque él todavía sirve a un príncipe guerrero como soldado, sale de caza y juega a disimular su personalidad con diversos fines, ya no es ni soldado ni conquistador de tierras ni tampoco ávido de dinero, sino un cronista homosexual que hace el amor con sus sirvientes.

Pero la recuperación del tiempo de los Warni también pone en evidencia las transformaciones de verdad que ellos han sufrido, su relativo ennoblecimiento y refinamiento. Se han educado a lo largo del proceso. Sin embargo, alcanza a consignar la crónica, cuando Europa se les haga invisible a sus descendientes por miedo a las continuas guerras y al peligro de la política que cuestiona el derecho de propiedad de la tierra y el poder que confiere, el clan de los Warni caerá, a pesar de la superioridad de su cultura, en la miserable condición del inmigrante en territorios donde su procedencia y hazañas pasadas no le valdrán de mucho. De León, el padre de Juan, se dice: “La figura burlona, compasiva, una manera refinada de la simulación de León, es lo único que queda en el recinto reflexivo de este memorial. Juan ha visto descender el fuego sobre los objetos amados o evocados y en el menguante brillo del pasado, los pocos años de felicidad total con [su amante] se han convertido en algo más que una broma. Pero el amor no logra contrapesar la presencia absoluta del mal” (173).

Conviene aclarar el sentido del nombre del complejo y original libro de Mauricio Wacquez. Es bueno y veraz que en el título se anuncie que se trata de un hombre. Pues esta es, en efecto, una obra narrativa sin mujeres; el esquemático personaje que representa a la madre de Juan no alcanza a configurar una excepción. La frase `hombre armado´ tiene, como el libro todo, varios significados posibles, entre los cuales no hay cómo decidirse por el más acertado. Pero contiene, en cambio, un pasaje interesante que aclara uno de los sentidos más obvios del título a la luz del escrito en su conjunto. La mención del título en el texto ocurre como parte de la rememoración de una escena sexual entre Juan y Alejandro, un sirviente de la familia que lo acompaña en las cacerías. Parte de la terrible excitación sexual del adolescente Juan, viene de la violencia de estos encuentros amorosos, de la mezcla del deseo y el miedo que los caracteriza. Una de las vertientes del miedo proviene de las sospechas de Juan de que el sirviente odia al amo y puede servirse de la ocasión de su sometimiento para matarlo y, además, de que sólo consiente en la relación porque espera transformarse en otro gracias al servicio extraordinario que presta al amo. Éste le dice: “Has creído que buscando lo que buscas vas a transformarte en otro ser, de alguna manera crees que serás como yo si me despojas de algo mío, lo que quieres es despojarme de los que tengo, quieres destruir el mundo de mi padre destruyéndome a  mí. No, dijo Alejandro. Calla, déjame terminar, no puedes decir nada, ignoras hasta las razones más claras ya que no hablo de que sepas que quieres destruirme sino que, inconscientemente, no puedes dejar de quererlo; pues estás ahí, desposeído, frente a un hombre armado con todo lo que tú y los tuyos necesitan; tú eres el instrumento de un grupo de hombres oscuros que no se atreven, como tú, a pensar lo que quieren realmente. Tú me espías por las noches mientras yo me ahogo con pensamientos que tú no tienes” (165).




 

 

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