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NOVELA CIBERPUNK 9.0
“El Púgil” de Mike Wilson, Lecturas Ediciones, 125 págs.

Por Juan Podestá B.
Publicado en revista Indie.cl, N°34, julio de 2008




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Es cierto que desde un tiempo a esta parte se ha formado en Chile y otros sitios de Latinoamérica una suerte de escuadra de narrativa ciberpunk. De hecho, sólo en nuestro país podemos hablar de por lo menos tres novelistas que se han arriesgado en las turbulentas aguas de la narrativa de ciencia ficción: Jorge Baradit, Álvaro Bisama y Francisco Ortega. Pero ninguno se ha inmiscuido de manera tan radical y comprometida con una novelística futurista-decadente, como el escritor argentino-norteamericano (pero que reside en Chile) Mike Wilson y su texto “El Púgil”, de reciente aparición en el mercado nacional.

“El Púgil” narra la historia de un boxeador argentino, Art (homenaje nada solapado a Roberto Arlt y a la palabra arte), que en un combate cualquiera se pone de rodillas en el ring y se larga a llorar. Luego llega a su inmunda casa, y en una vuelta de tuerca inverosímil para cualquier lector acostumbrado a la calma explicativa de las novelas tradicionales, su refrigerador empieza a interpelarlo. Y no sólo eso, sino que le pide varios favores. Uno de ellos es buscar varias piezas repartidas por la ciudad (Buenos Aires) y que le darán una vida real al aparato que hasta ese momento sólo había servido para congelar la poca comida que este boxeador en decadencia ingería diariamente. Después de este “mandato” hecho por el congelador, la historia empieza un devenir delirante entre androides que quieren ser humanos, humanos que desean ser ciborgs, niñas que juegan rol en el estómago de una ballena y persistentes tormentas eléctricas, señales inequívocas de un pronto apocalipsis.

En el fondo esta novela es la historia de un ajuste de cuentas: la de un refrigerador que quiere vivir, y no trepidará en lograrlo, y un boxeador que no se detendrá a ante nadie para comprender qué es lo que está sucediendo. Al final, en “El Púgil” nada es lo que parece. Por tanto, no nos debería extrañar que en el relato aparezca un clon de Orson Welles, radios que tocan “La cumparsita”, dueños de lavanderías que manejan a la perfección sables de samurai, el actor Peter Lorre, Joy Division y hasta referencias al filósofo Wittgenstein.

“El púgil” no es una novela original en el sentido más estricto de la palabra; su argumento puede ser novedoso en el contexto de nuestro país, acostumbrado a pocos riesgos argumentales entre sus escritores, pero nunca será más que esto: una novela excéntrica (pues la ciencia ficción es excéntrica en estas latitudes y más aún en Chile) que recicla de manera interesante, arriesgada y poco convencional los más variados pastiches de la cultura pop, cinéfila, literaria o musical en torno a la narrativa ciberpunk.

Cuando me refiero a estos pastiches, hablo particularmente de la mezcla  abusiva (en el sentido menos nocivo) de ciertas películas, como “Blade runner", “Metrópolis” “Brazil” o “Kill Bill”, de ciertos escritores, Phil K. Dick o George Orwell, o algunos subgéneros de la ciencia ficción, como las novelas de anticipación, con una infinidad de datos pop, sólo manejados por quien haya pasado muchas horas revisando info sobre sectas milenaristas, las reglas de los juegos de rol, viendo films clase b o leyendo cómic; de hecho, este género es una de las influencias más visibles en el texto.

En este sentido, “El Púgil” es una novela que opera por saturación; saturación no sólo dada por los elementos propios de la ciencia ficción (género reciclador por naturaleza), sino por todo lo que nombré anteriormente: la inmensa cantidad de información que acarrea. Es una novela sobresignificada, hiperdateada. Es como si al cerrar el libro, uno creyese que todo lo que leyó lo hizo de manera simultánea, como si en vez de avanzar por el relato sólo hubiésemos dado vuelta por un mundo lleno de referencias, como en un hipertexto, pero incluso más caótico aún, pues en un libro todavía existe la ilusión de que uno avanza, de que le están contando una historia con principio, desarrollo y final. Esa contradicción entre estar leyendo un libro, con tapa, páginas impresas y colofón, pero con una historia que ciertamente es más  delirante que el ciberespacio (ni siquiera hay notas al pie), generan una brutal conmoción en el lector. Y las conmociones en literatura se agradecen.

Vaya de muestra un párrafo: “De pronto el viejo tintorero enloqueció… Era Akira era Kill Bill era Kwai Chang Caine era Kato era una fiera, un Bruce Banner emputecido con una espada samurai en la mano. Major Tom apenas logró esquivar un sablazo que buscaba decapitarlo… Major Tom alzó el revolver. Estoy por matar a He-Man”.

Cuando aparecen novelas “cultas”, con gran capacidad de evocar libros, personajes, citas literarias, todos aplauden, se los trata de textos inteligentes, sofisticados; cuando se dice que son novelas para escritores, no se sabe bien si es una crítica o un elogio. Sin embargo, cuando aparecen trabajos con una superabundancia de información pop, lenguaje enrevesado o por lo menos neologista (a veces en “El Púgil” hay pasajes que hacen pensar que fueron escritos en un idioma secreto manejado por una secta futurista), se les trata de narraciones para iniciados, para expertos en datos pop, como si fueran inabordables. Es decir, se permite el delirio cuando éste es culto, literario, pero no cuando echa mano del cine de Tarantino, de los films de zombies, del cómic, de las animaciones japonesas, etc. Y con esto no digo que este texto sea ilegible, sino que su apuesta por un lenguaje hipersaturado es evidente.

En última instancia, y acá sólo arriesgo una hipótesis, más allá de la calidad y el peso específico de su valor como obra, narrativas como ésta (sean o no de ciencia ficción) son las que únicas que podrán leer los niños que hoy juegan play station, ven animaciones japonesas, juegan rol o hablan todo el día de su i-pod.

Por último, a pesar de ser deudora de un género que nació en Europa y cuyos argumentos giraron durante mucho tiempo en torno a las problemáticas de las sociedades superdesarrollada, esta novela es capaz de dar un giro y “hablar” desde el subdesarrollo. Desde la referencia al autor de “El jorobadito” en el apellido del protagonista, hasta el propio escenario, un Buenos Aires caótico, esta novela es sudamericana. Así, el boxeador recuerda en varios momentos de la narración su paso por la guerra de las Malvinas, un conflicto bélico que enfrentó a Argentina con Inglaterra, país donde nacieron los autores que más claramente han influenciado al autor de “El Púgil” (sin contar al norteamericano Phil K. Dick): George Orwell y Aldous Huxley. Al parecer, así como el congelador que quería vivir y el boxeador que llora en medio de una pelea, el autor también ajustó algunas cuentas.



 

 

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“El Púgil” de Mike Wilson, Lecturas Ediciones, 125 págs.
Por Juan Podestá B.
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