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Ventanas, la morada enferma

Por Nicolás Campos Farfán



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Este texto consiste en apuntes para una presentación que no se realizó, para la novela La Distancia, editada el año pasado por la editorial Contracorriente.

1. La Distancia es una serie de pasajes que no sé si alcanzan a configurar una novela. Se ajusta, creo, mejor al género del viaje sentimental, iniciado por Lawrence Sterne y cuyos últimos ejemplos, de los que conozco, son Sebald y Chejfec, aunque intenté introducirle otros elementos. Pese a mi resistencia, el libro tiene mucho de sentimental, en particular si se piensa que Ventanas hoy es zona de catástrofe. En algunas mañanas, la gente que vive en sus cerros puede salir a la calle y encontrar sobre la tierra unas capas verdosas, que no son otra cosa que azufre. Asimismo, el mar en su orilla está oscurecido, lleno de residuos de carbón, y toda la caleta de pescadores y la playa desaparecerán pronto para darle espacio a una nueva ampliación del puerto. Es un lugar donde la vida vale poco. Contar que uno viene de Ventanas suena hoy a decir que uno viene de Chernobyl.
           
2. Con el título no quise aludir a lo distante, a la lejanía, sino a lo intermedio, una especie de síntesis. Algo como ese chiste de Parra sobre un tren que recorre todo Chile y no tarda nada en recorrer el país, justamente porque el tren es tan largo como Chile, o como la mesa de un antiguo spot comercial del Té Club, que también se extendía por todo el país.
                       
3. Hay un verso de Roberto Juarroz que pudo ser epígrafe de este libro: “Un perro le ladra a un recuerdo”. En la intimidad, quizá sin mucha razón, lo relaciono con la experiencia que intenté narrar en La Distancia. Da una idea de mundo que me lleva a pensar en otra frase, ésta del irlandés John Banville, que nos plantea lo raro y a la vez fascinante que hay en la humanidad para que acepte un término como “normal”. Nadie es normal, nos dice Banville, y para ejemplificarlo recurre a la imagen de un extraterrestre atorado en el planeta tierra, en ese pasmo. Este extraterrestre, nos dice, “tiene resuelto todo acerca de la humanidad; en primera instancia cree que el mundo pertenece a los automóviles, pero luego descubre que los parásitos a bordo de los autos son los que llevan las riendas. Tiene todo resuelto, insisto, y entonces alguien estornuda, o bosteza, o lanza un aullido silencioso, y el marciano se dice: No, debo regresar al principio y reexaminar todo el asunto. ¿Por qué aúllan a esta hora de la mañana, por qué sueltan esos ruidos”. Ciertamente, en todas estas cosas tan corrientes se puede indagar un amplio misterio. Aunque es muy difícil percibirlo, y tal vez hay que tener algo de extraterrestre para hacerlo, o hay que sentirse un poco extraterrestre.

4. “Yo recuerdo este lugar, mas este lugar me ha olvidado”, escribió Gesualdo Bufalino en sus Calendas griegas.

5. A mí Ventanas quizá no me ha olvidado, me temo, o no del todo. Hace poco más de un año me encontré por casualidad a un ex compañero de curso, Mauricio Pino, uno de los personajes de la novela, a quien le cambié su nombre por algún motivo. En la calle Las Acacias me vio y se me acercó, temeroso de que no lo reconociera. Se alegró que recordara su nombre (no me costó: fue uno de los niños que una vez, como cuenta la novela, me dio una golpiza). Trabajaba en una de las industrias del sector, cerca de la Panamericana Sur. Falleció hace unos meses. Lo supe vía Facebook, a través de un conocido en común. Ocurrió en la madrugada de un sábado, en Ventanas. Dos personas entraron a robar a la Cooperativa Rural Capoven de Ventanas. Al entrar, activaron una alarma que sonó muy fuerte. Algunos de los que se encontraban cerca, conversando en la plaza, acudieron corriendo al lugar. Entre ellos estaba Mauricio. Vieron a los ladrones, unos adolescentes a quienes no conocían y les parecieron flaites, así que de inmediato juzgaron que eran de Santiago; motivo de sobra para lincharlos. Fueron a atacarlos, alcanzando a darles un par de patadas, sin contar con que uno de ellos entre su ropa tenía una pistola. Y el muchacho no disparó al aire para hacerse camino; era más atrevido que eso, más agresivo. A Mauricio le tocó recibir una bala en el estómago y dos en la cabeza. Por una bravata, similar a la que alguna vez tuvo conmigo, dejó a una viuda y dos hijos. No puedo decir que su muerte no sea estúpida. Al enterarme de lo sucedido, tuve el acto reflejo de buscarlo, justamente, en Facebook. Con los días, su muro se  fue convirtiendo en una especie de animita, llena con mensajes de amor y de incredulidad ante su muerte. Había también mensajes que lo presentaban como un valiente, con juramentos de venganza hacia esos malditos santiaguinos que tan cobardemente lo asesinaron. También había otros mensajes de gente que deseaba saber cómo ocurrió todo. Leyendo las  respuestas que recibieron, fui enterándome de los detalles. Más que pena, sentí rabia mezclada con resignación.
           
6. Yo recuerdo este lugar, más de lo que quisiera. Y me estoy acostumbrando a esa mezcla de rabia y resignación ante las noticias grotescas que desde allá llegan. La primera se vio en todas las noticias, aunque costó que esos medios revelaran su verdadera gravedad: hubo un gran derrame de 23.000 metros cúbicos de petróleo en Ventanas y las localidades aledañas, responsabilidad de la industria ENAP; un desastre ecológico que, por supuesto, va a quedar impune. La segunda no saldrá en ningún medio y me enteré de ella a modo de rumor: el cerro de los veraneantes de Ventanas se ha convertido en la residencia de grupos de narcotraficantes, que se han dado el lujo de bloquear el paso de autos por las calles incluso a carabineros (construyeron un muro al medio de la calle por la que se accede a ese sector), quienes, como siempre, no han hecho nada, no están habilitados. Y han habido hasta balaceras. Como sea, no es tan sorprendente: encontraron su nicho en una zona de sacrificio, donde nadie importa. De hecho, quizá obtienen mayores beneficios de los narcotraficantes que del resto de las autoridades.  

7. Cuesta referirse a un texto terminado hace seis años. A grandes rasgos, recuerdo que La Distancia tiene como origen una imagen que vi en Five Dedicated to Ozu, una película de Abbas Kiarostami. Se trata de un tronco en la orilla del mar, gastado, atraído y rechazado por las olas. Era una toma larga, de varios minutos. Después de verla quise insertar algo así en un relato largo. Con el tiempo, esa imagen derivó en otra análoga. La reemplacé por mi recuerdo de las cosas que devuelve el mar tras las lluvias muy fuertes, más específicamente del recuerdo de cuando en la playa de Ventanas, uno de los escenarios de La Distancia, apareció botado un árbol completo, con ramas incluidas. Esa vez la gente se dirigió a la playa en busca de monedas perdidas, que, aseguraban, el mar devolvía. Pero lo que más se podía encontrar era basura: zapatos, restos destrozados de muebles, muchos envases y botellas plásticas. Aparte, por algún motivo, la playa estaba atestada de chinitas con una coraza de un rojo muy fuerte, un rojo sandía. Ese fue el origen. Ninguna de esas imágenes quedó en la novela. De Kiarostami sólo quedó el diálogo que dejé como epígrafe. Uno no sabe bien cómo parte una historia, tal como en este caso en que tuve que inventarle un origen, por más que aluda a hechos reales. Y mucho menos se sabe cuando esta historia termina, si acaso tiene algún final. Veremos qué se le depara a este texto, si podrá acaso encontrar su domicilio correspondiente.

 



 



 

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