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Luego de revisar más de trece reseñas acerca de “Una mujer sola siempre llama la atención en un pueblo”, escritas por referentes serios y prestigiados, sería fácil decir que es marginal lo que se puede agregar al análisis de este libro de Natalia Figueroa. Sin embargo, no sólo no todo está dicho. Sino que tal vez quede mucho por decir.


UNA MUJER SOLA SIEMPRE LLAMA LA ATENCION EN UN PUEBLO
Natalia Figueroa

Por Claudia Reyes García

 


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Diría, en primer lugar, que Natalia Figueroa esculpe un tiempo para el ritmo de la lectura de cada uno de sus versos. No es críptico este compás, pero puede pasar inadvertido. Dependerá ya no de ella, que ha fraguado lenta y finamente cada uno de sus poemas, sino del lector, lograr la comunión para transitar el inagotable tiempo del cultivo de una orquídea [1]. Valga lo anterior para señalar que el grado de sensibilidad poética —“el ojo limpio” [2]— con que se aborden estos versos, determinarán asimismo el nivel de comprensión y el gozo de su lectura.

Luego, hablaría de los cimientos de la voz poética que emerge en este libro, estructurado como un viaje binario, dual. Uno profundo que explora a la mujer que describe el título  y otro que atraviesa las ciudades del ayer y pueblos del hoy de Natalia. También marca la ruta para los del devenir que se vislumbran como un extenso azul encandilado por girasoles amarillos [3].

En tercer término, siento la mirada aguda de esta mujer que llama la atención en un pueblo. Parafraseando a S. Sontag, la autora vive hechizada por la salvaje autonomía de los detalles [4].   Los poemas de Natalia son fotográficos, no hay metáforas ni otros recursos de la retórica, sólo imágenes en las que radican la depuración arquitectónica de su hecho poético.  Sus versos se leen como esas escaleras cóncavas —y sin fin—  adosadas a columnas jónicas. Son limpios y recrean la subjetividad del tiempo. Si bien este libro se estructura como una travesía, no está basado en un diario de campo o en crónicas viajeras, sino que nace en los mapas de la memoria emotiva de Natalia.  Y llega a quien lo lee luego de la  depuración concienzuda que hace la autora de cualquier influencia. De todo sesgo que altere su voz. Una poda hortelana en que deja intacto a un cordero atrapado en sus propio cuernos[5].

Mención aparte para el tratamiento de la ternura, la ironía y el sutil sentido del humor con que esta mujer sola llama la atención de los pueblos.

Por último, aunque suene grandilocuente, distingo en Natalia Figueroa una voz poética auténtica. Nueva.  Y vaya que he buscado voces de esas que no cantan desde otras liras.

 

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[1]. Figueroa Natalia, Una Mujer Sola siempre llama la atención en un pueblo, 2014
[2]. Mistral Gabriela, Cómo hago mis versos, Conferencia en Montevideo, 1938.
[3]. Figueroa Natalia, Una Mujer Sola siempre llama la atención en un pueblo, 2014.
[4]. Sontag Susan, On Photography, 1977.
[5]. Figueroa Natalia, Una Mujer Sola siempre llama la atención en un pueblo, 2014.



 

 

 

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“Una mujer sola siempre llama la atención en un pueblo” de Natalia Figueroa.
Por Claudia Reyes García