Proyecto Patrimonio - 2023 | index |
Nicomedes Guzmán | Autores |


 

 





Nicomedes Guzmán

Por Ricardo Latcham
P
ublicado en La Nación, 5 de julio de 1964


.. .. .. .. ..

El mismo día que cumplía cincuenta años, murió en Santiago el novelista y escritor Nicomedes Guzmán. Muchos han hablado de su persona, de su simpatía humana, de su carácter chileno y popular. Su obra se destaca en una generación (la de 1940), que removió los temas y asuntos de la literatura narrativa nacional. Un hecho capital fue su nacimiento en un hogar proletario de esta ciudad. En el siglo XIX, los hombres de letras, en su mayoría, pertenecían a la clase alta y constituían una especie de patriciado intelectual. Después apareció la clase media, en la generación de 1900, y las posteriores. El conventillo, como centro de una producción novelesca, lo enfocaron Joaquín Edwards Bello, Alberto Romero y González Vera. Pero ninguno lo describió con la energía, el dramatismo y el conocimiento de Nicomedes Guzmán. En Los Hombres Obscuros (1939) brota una visión amarga de la existencia urbana. La áspera violencia de ciertas escenas, la crudeza de algunos diálogos, el determinismo fatalista que abruma a los moradores del conventillo dan el acento del libro. El conventillo ahoga y presenta seres derrotados, protagonistas sórdidos, que no pueden constituir el material valioso de una sociedad futura. Algunos de los hombres que desfilan por la galena de tipos recogidos por Guzmán, se evaden a cierto lirismo proletario. Presienten el advenimiento del gran instante de la liberación que obtendrán de un cambio de régimen. Pero, en general, no tratan de asimilar una moral más sólida y se someten o son vencidos por el ambiente circundante. La novela se abre con naturalidad, sin esfuerzo. “Mi subarrendadora se llamaba Hortensia. Su marido es un carnicero tan gordo como ella, y de bigotes afilados que le dan cierto aspecto de italiano. Ambos forman una buena pareja. Su prole es numerosa: cinco retoños ya crecidos, vivaces y palomillas, además una guagua venida a la zaga, después de varios años estériles. Ahí, en sus tres cuartos de pieza, viven estas sencillas gentes. El otro cuarto lo ocupo yo, libre de la curiosidad de mis vecinos, mediante un ligero tabique de sacos empapelados con hojas de diarios" (página 19). El personaje fundamental es un lustrabotas que se enamora de una muchacha que trabaja, y acaba por convertirla en su amante. Doña Auristela, la mayordoma, administra las pasiones y los rencores del conventillo. Es una gorda morbosa, rica en ademanes, presta a las palabras rebuscadas y meticulosas. Cristina Blanco y Carlos González, maquinista de tranvía, son dos de los camaradas del lustrabotas. En una pieza se realizan reuniones de carácter sindical.

Otro tipo de animada y plebeya estampa es el maestro Evaristo. Víctor Alonso, el suplementero, se halla dominado por cierta inquietud social. Lo mismo pasa con Arturo Robles la más intensa de las siluetas del conventillo evocado por Nicomedes Guzmán. Siguen otras figuras: la Gringa Pobre, picaresca expresión de la cesantía menesterosa; el zapatero Maestro Mercedes; la obrera Inés; Yolanda, y algunas más.

Estas vidas se encuentran encadenadas a una tremenda realidad. No todas trabajan y no todas se esfuerzan por perfeccionarse. Algo las ahoga y las aplana. Según el autor es el medio, el ambiente, la tradición. Pero el conventillo, por encima de su sordidez, posee el fermento de una existencia nueva, de un porvenir menos incierto. A veces, el escritor lo poetiza. Por ejemplo, cuando dice lo siguiente: "El conventillo estático en su actitud de viejo en cuclillas y de cara acongojada, en la imposibilidad de elevarse, se entretiene, por las mañanas, cuando el aire sereno lo ayuda en alcanzar el cielo con los azulosos brazos de humo que alargan los cañones renegridos de sus cocinas. Así, mediante el humo, bien puede decirse que el conventillo se yergue hasta el cielo, que trepa hasta el maravilloso país de las estrellas" (página 23).

En el conventillo borbotean las ideas redentoras, la preocupación rebelde. Pero la realidad opresora aplasta a los moradores: las epidemias lo despueblan, las enfermedades y la muerte precoz se ciernen sobre los hombres obscuros. El Maestro Mercedes, zapatero sexagenario, se muere en una de sus pintorescas borracheras. Un camión bencinero hace pedazos contra una esquina a Víctor Alonso, el suplementero revolucionario. Yolanda, la viuda de Alonso, se degüella con una navaja. La Gringa Pobre concluye en la cárcel, por ladrona de ropa. Inés se muere devorada por la tuberculosis. También se lleva la muerte a la madre de Robles. Una atmósfera de fracaso envuelve a todos los seres que aquí se analizan y desmenuzan a la luz de sus reacciones elementales. Pero no todo es pesimismo en Guzmán: confía en la causa del pueblo y en nombre de ella abandona, a veces, la objetividad del relato para entregarse a divagaciones sociológicas. No es el mejor elemento de su arte, lo mismo que el excesivo lirismo, a veces derramado con insistencia en novelas y cuentos posteriores.

La consagración de Guzmán, sin embargo, no la tuvo en su primera novela, sino en La Sangre y la Esperanza (1943). Su historia es breve, pero escasamente conocida. La obra fue presentada al Concurso del Cuarto Centenario de Santiago, patrocinada por la Municipalidad de la capital. El Jurado lo formaron Eduardo Barrios, Rubén Azocar y Ricardo Latcham. Aunque no obtuvo recompensa, resultó recomendada e hice interesar al editor Joaquín Almendros, quién la publicó, en 1943, con el sello de Orbe. Me tocó prologar la edición argentina, y mí proemio se reproduce en la sexta, recientemente lanzada por Zig-Zag.

Desde entonces trabé amistad con Nicomedes Guzmán, y lo frecuenté por muchos años. Era acogido con afecto por todos los escritores chilenos y no se le conocieron enemigos. Debió ser por su temperamento sin envidias y escasamente adicto a las críticas y chismorreos de las tertulias.

Mariano Latorre lo llamaba micromegas, por su baja estatura y su exigua silueta. Tanto él, como los criollistas de su generación, lo asimilaron a su escuela, pero Guzmán era diferente. Traía la preocupación social, sin sectarismo, la nota proletaria, el realismo combativo, y un conocimiento vivo y directo del pueblo chileno. Es uno de los buenos novelistas santiaguinos que se anticipó a las descarnadas visiones de un mundo marginal y olvidado por los poderosos. En la generación de 1940 se le encuentra enclavado en un tratamiento desconocido antes de los problemas de la miseria y del hambre. En su línea están o han estado Juan Godoy, de mayor perfección en la prosa, Gonzalo Drago, Oscar Castro, Mario Bahamonde, Nicasio Tangol, Juan Donoso, Homero Bascuñán, Baltazar Castro, Manuel Guerrero, y otros. En la dura vida de Nicomedes Guzmán tuvo que afrontar la pobreza con su anguloso rostro. No conoció el bienestar material y desempeñó oficios y profesiones de diverso linaje. Tenía en preparación, y me la anunció muchas veces, una novela sobre la burocracia chilena, con el título de Los Trece Meses del Año. De haberla terminado, habría sido su testamento intelectual. Era un compañero afable y observador, que siempre estaba metido en su pequeño universo, que se agrandaba al tomar contacto con los tipos recogidos en sus andanzas. En 1948 viajó por el norte y volvió al mundo de su infancia, ya que nació en Antofagasta, en 1914. De esa experiencia extrajo los materiales de su novela titulada La luz viene del mar (1951). No logró superar la bien trabada estructura realista de La Sangre y la Esperanza. Ni tampoco alcanzó a delinear un argumento vertebrado y lógico. Se hunde en divagaciones líricas y en escapes a un submundo sexual de prostíbulos y amores de lance. Las luchas obreras del Norte y sus episodios dramáticos y trágicos apenas se entreven a través de impresiones que se diluyen en la trama. Sin embargo, el libro posee valiosos capítulos y es un testimonio más de su curiosidad de escritor popular. Los cuentos de Guzmán son irregulares y sobresalen algunos de categoría. En la colección rotulada Donde Nace el Alba (1944) no domina todavía la técnica del relato breve, que necesita una depuración previa y una sobriedad expresiva muy ajustada.

Pero no falta belleza en cuentos como La ternura, que plantea un caso de cordialidad proletaria, o en Destellos en la bruma, que mantiene una cruda emoción y una desgarrada nota. En La Carne Iluminada (1945) vuelve a emprender el relato corto. En la narración titulada Una Perra y Algunos Vagabundos, que se desenvuelve en Santiago, y tiene por escenario la ruda y desamparada atmósfera donde se malogran muchas vidas infantiles, surge un estilo más sobrio y severo que en otros cuentos. El novelista consigue ahora liberarse de diversos elementos impuros y alcanza, de nuevo, la nítida zona de la emoción. En La Carne Iluminada, con idéntico material y con los mismos escenarios elegidos en Donde Nace el Alba, se halla un resultado artístico mejor.

El realismo de sus cuadros, el violento colorido de sus contrastes de luz y sombra, el enlace mejor de las situaciones, revelan que Nicomedes Guzmán supo evolucionar y corregirse.

Mas adelante publicó Una Moneda al Río y Otros Cuentos (1954) y El Pan Bajo la Bota. Además, hizo antologías de nuevos cuentistas chilenos, de cuentos de Baldomero Lillo y de Marta Brunet. Es útil y meritorio su volumen Autorretrato de Chile, con testimonios e interpretaciones de diversos escritores.

La muerte de Nicomedes Guzmán, en plena madurez, ha conmovido a sus compañeros y ha demostrado que el talento se impone por encima de grandes obstáculos materiales e incomprensiones del medio. Es un ejemplo de autodidactismo inteligente, de valeroso ímpetu en un ambiente adverso, y de vocación no frustrada. En una sociedad más organizada, donde el arte literario estuviera amparado, su personalidad habría tenido mayor desarrollo. Pero su memoria siempre va a quedar vinculada a su país y a su historia en una imagen realista y sincera de su tierra. En su generación abrió un camino que otros siguieron con fuerza y convicción. Nadie, por otra parte, pudo ahondar más que él en la entraña viva de una sociedad donde todavía hay mucho que corregir y enmendar. Era un pedazo de su pueblo y un testimonio inapreciable de su vida secreta y sufriente.

 

 

 

  . . .



 

 

Proyecto Patrimonio Año 2023
A Página Principal
| A Archivo Nicomedes Guzmán | A Archivo de Autores |

www.letras.mysite.com: Página chilena al servicio de la cultura
dirigida por Luis Martinez Solorza.
e-mail: letras.s5.com@gmail.com
Nicomedes Guzmán
Por Ricardo Latcham
Publicado en La Nación, 5 de julio de 1964