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Encaramándose al camarote de Nico Meneses
Camarote de Nicolás Meneses. Ediciones Balmaceda Arte Joven, 2015

Por  Lucas Costa

 



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Corría el año 1865 y salía de imprenta el periódico que volcó la manera en que entendemos los ritmos de la imagen dibujada. Su impronta quedó en el imaginario alemán y empapó al resto del mundo con su humor corrosivo. Me refiero al comic “Max y Moritz” de Wilhelm Busch, uno de los primeros ejemplares de lo que ahora llamamos literatura infantil. Lo menciono porque su forma se cruza y dialoga de manera tangencial con Camarote. En el clásico germano, dos hermanos hacen de las suyas, cagada tras cagada, lejos de la inocencia de los juegos de ouija hechizos o el robo de paltas que forman las aventuras del libro de Nicolás. Max y Moritz evidencia la intención didáctica, quiere enseñarnos a que nos portemos bien o, del mismo modo, a reírnos de lo grotesco de esas travesuras malandras. Desde esa vereda “Camarote” nos dice, con una abuela como señero: la moraleja es parte del horizonte. Y creo que esa es labor de cada uno de los lectores, si acaso aceptan.

Traje a colación ese antiguo libro también porque me parece que en ambos se desarrolla una forma parecida. Los poemas de Camarote asemejan estampas, “breves viñetas” al decir de Pinos: se trata de sucesos mínimos, encuadrados, inocuos muchas veces, que no logran articular un desgarro o una herida, a pesar de una visible precariedad del contexto que enuncian. El afán de relevar lo nimio funciona como poética; como un modo de enfrentar su realidad, lejos de la pirotecnia y la estridencia, esa que sobreabunda por estos días. Así, ajeno a la espectacularidad –diremos la de Santiago, por ejemplo– en Camarote se busca asomar al lector, ayudarlo a encaramarse para mirar, con llaneza y claridad. Hacerle una pisadera, un piecito: “En la llanura de los sueños fingidos, la imaginación se dispara sin luces”. En estos poemas no hay queja ni crítica, sino descripción acuciosa y, a la vez, inconclusa, porque se sabe resto, pedazo, toma o recorte. Por eso estos textos dan con una forma certera del recuerdo, como un recuadro diseccionado, como un retazo de muchos. Esta escritura aleatoria, a la manera del zapping, en “la pauta del control remoto” está conformada por cortes abruptos, en fragmentos que ensamblar un espacio. Esto responde a cierta necesidad de diseccionar lo que se muestra, para no mostrarlo todo, sino sólo “las entradas sin salidas”. Entonces, en lo inconcluso reside su potencia: de bestiario, de anecdotario recortado, de simples estampas de la memoria donde “los días se dan una vuelta de carnero”.

Si bien todos sabemos que la infancia es un espacio espinoso sobre el cual erigir un primer libro, Camarote logra salir a flote porque, según leo, hay una intencionalidad de regenerar, de reconstituir un mundo: el del pasado visto con afecto. Si lo comparamos con aquellos textos que se hacen cargo explícitamente de la infancia en dictadura, aquí aparecen sus vestigios visibles, de la época post, pero no son confrontados literalmente. Y eso se da porque el libro le propone al lector que sea él quien amarre esos supuestos cabos sueltos. Así, en el entresijo del visto bueno, Camarote puede ser leído como una novela, donde no pasa mucho y cuyo relato está a favor de cierta noción de inocencia. No obstante es ahí donde se manifiestan los rasgos propios de los niños que fuimos criados frente a pantallas, en la ficción de una lucha libre por ejemplo, que nos propinó unas buenas marcas de territorio hechas a zurdazos con el prójimo (por estupideces como la propiedad de la pieza o el control remoto).

Por otro lado, este primer libro del Nico da cuenta de una mirada contraria a la asimilación de la teleserie como la propia vida. Los textos realzan una mirada de baja intensidad. Su poca o nula estridencia muestran la delicadeza con que se tratan los materiales, y por tanto, con el lector. Así, quien busque una infancia develada hecha girones o un quejido sobre la pobreza (y articulado en algún registro marginal) se escandalizará de no encontrar nada para teorizar. Pienso que estos textos están curtidos en un tono emparentado al tedio, un temple o atmósfera de una vida en ralentí. Al leer la primera versión de este libro no pude dejar de recordar esa sensación temporal de la infancia, donde caben el aburrimiento y la desazón, pero sin pataleta, como una manera de habitar sin cuestionarnos del todo, siempre con algo de impotencia y alegría, por partes iguales.

Me parece interesante que el libro cierre con “Linderos”, una coda declarativa, que enuncia el vacío de donde se construye el paisaje del libro. Quizá después de leerlo, se nos quede el entrevero de esas zonas que no son ni urbanas ni rurales hoy por hoy, que conforman su modo de ver particular, ese lugar intermedio. Imposible entonces no pensar en “Apagón”, ese poema del Chico Figueroa donde se enfatiza la mirada prístina de unos niños, que en un Santiago sin luces, ven emerger por primera vez del cielo límpido el titilar de las estrellas. “Hagamos una apuesta: a que no explicas la noche sin luz eléctrica”. Y pienso en la presencia de las luces en las que Camarote nos hace detenernos, en cómo estos espacios semi-rurales son fagocitados por el asfalto de la ciudad y la oscuridad que permitía ver la luminiscencia natural se vuelve estrella muerta. Y desde acá decimos, junto a Arcade Fire: Que por favor alguien corte la luz. El hablante hace caso omiso por demostrar esa contraposición cuando afirma: “Me escondo más al fondo, donde no llega la luz”.

Por último, quisiera detenerme en el momento de enunciación de Camarote, que casi siempre es en presente: un recuerdo vivito y coleando, como si nos mantuviéramos en ese instante detenido, como si esos aprendizajes iniciales estuvieran reverberando en el presente. Imagino entonces la infancia como una espera constante en que Gokú nos salve, sea por hambre de distracción o de entretención, según convenga la mirada. Así, Camarote arma un panorama que empatiza y devela un mundo incierto pero palpable. Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados. Aquellos que tenemos el honor de conocer al Nico sabemos que su trabajo va más allá de la escritura -cuya voz no pretende echar raíces ni asentar cabeza en un podio-. Se trata de alguien preocupado por la literatura en todos sus flancos. Por eso creo que este libro nos permite releer aquello que nos rodea -lo inhóspito- y nos entrega un amor fraternal, una colchoneta en un espacio intermedio entre dos cama, donde por fin poder descansar.



 



 

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