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Pablo D. Sheng, escritor:
«Me genera dudas que Chile no haya sido tan terrible con los inmigrantes»

Po
r Nicolás Meneses
Publicado en http://colera.cl/

 


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Pablo D. Sheng nació en 1995. Recoletano, fanático de Colo-Colo y del cine oriental. Tiene fobia a las palomas y cree que escribiendo de ellas puede superarlo. Familiarizado con el barrio de Patronato, que recorre cotidianamente como el protagonista de su novela. Forma parte del colectivo de poesía Neotaku Monkey D. Luffy, que ya ha organizado dos lecturas públicas en el bar Bella China. Su primera novela, Charapo, empieza cuando un padre de familia se despide de su esposa e hija para probar suerte en Santiago. 

Ahora vives en Recoleta, cerca de Patronato, ¿dónde más has vivido aparte de esta comuna?
Acá, siempre acá. Siempre en Recoleta y de hecho antes vivía en una casa a cuadras de acá. Más abajo vivía Gonzalo Millán, en Avenida Perú #931.

Se tiende a pensar que los hijos únicos son regalones y mañosos, pero también se menciona la soledad con la que crecen, ¿qué significa ser hijo único?
Yo creo que más que regalón y mañoso, que de regalón y mañoso tengo bien poco, creo que he crecido en mucha soledad, desde chico. Mis primeros recuerdos de infancia son jugando con una tortuga y viendo un gomero y después cuando nos cambiamos acá, cuando dejé de vivir con mi abuela y mi tío, yo tenía que hacer todo solo, cocinarme solo, estudiar solo. Creo que ese es uno de los momentos en que decido escribir, desarrollar una especie de mundo interior, va muy cercano a eso.

¿Cómo fue que empezaste a hacerlo?, ¿cuáles fueron tus primeros acercamientos con la literatura?
Mis primeros acercamientos con la literatura fueron a partir de la lectura. Creo que en el ejercicio de intentar aproximarme a la lectura empecé a escribir. Recuerdo que en el colegio solamente llevaba libros, iba a la Biblioteca de Santiago y en vez de ponerle atención a la clase de  matemáticas me ponía  a leer poesía. En ese sentido, me ayudó mucho la Biblioteca de Santiago con su gran colección de libros.

¿Qué peso tienen en tu formación los talleres literarios?, ¿qué importancia le das al espacio de trabajo colectivo?
Para el trabajo de la escritura es clave el trabajo del taller. Vengo asistiendo a talleres literarios, ponte tú, desde hace cuatro años. Creo que no hay año, por lo pronto, en el que no haya asistido a un taller. Mi primer experiencia fue con Andrea Ocampo, de fanzine y pop. Era muy chico. Vi que podía desarrollar una escritura muy libre con lo que se me venía a la cabeza. Luego vino el taller con Héctor Hernández, de poesía. Luego vinieron los grafógrafos, con Ovando y Matías Correa, y el gran taller que hace Lucas Costa con Cristián Foerster en Providencia, «Al Pulso de la Letra», donde estás seis meses trabajando un proyecto de obra, asistiendo cada semana por tres horas a un taller donde trabajas con diez personas más y al final se muestra todo el proceso. Eso es clave. Lo más interesante del taller, sea donde sea, es mostrar los procesos escriturales que se están viviendo. Sin el taller, creo que no hubiera podido escribir una novela como Charapo

Eres el autor más joven de Editorial Cuneta, ¿qué se siente publicar tu primera novela a los veintiún años?
Es cuático pensarlo así en cuanto a edad porque evidentemente a uno le genera cierto miedo, sobre todo siendo joven y teniendo Cuneta un catálogo con autores, si bien jóvenes, que sí han tenido una trayectoria importante en cuanto a escritura. Pero ese es uno de los beneficios de la colección Almácigo: publicar autores jóvenes, un primer libro y que sean novelas. Yo creo que dentro de esa colección caigo bien. Sin embargo, si uno ve por ejemplo el catálogo de Cuneta o de otras editoriales se ve muy poco eso, yo creo que es una gran apuesta que hace la editorial. En ese sentido me siento bien. 


INMIGRACIÓN, ABUSO Y VIOLENCIA

En Perú se le dice «charapo» a los hombres de la selva. También se le dice «charapa» a una tortuga de agua dulce. La novela de Sheng no transcurre en Perú, aunque se haga alusión a Tarata, el Puerto de Callao y una lejana Lima. Patronato aparece como centro neurálgico donde, como versa el epígrafe del Grupo Celeste, el protagonista vuela por Santiago como un ave en busca de nido.

¿Cómo nace la novela?, ¿qué te motivó a escribir sobre un inmigrante peruano atrapado en Chile?
Surge de un ejercicio súper simple: preguntarse si era posible escribir sobre la inmigración y en ese aspecto me plantee escribir una novela corta, la más simple de todas, decir ya, necesito un personaje, necesito un conflicto, necesito un espacio, y al definir eso y al calzarlo nace Charapo. Se ha desarrollado muy poco el tema de la literatura inmigrante, solamente conozco los estudios de Rodrigo Cánovas, académico de la PUC, en torno a las novelas de árabes, novelas muy interesantes por lo demás: Memorias de un inmigrante de Benedicto Chuaqui,  Los turcos de Roberto Sara, que son, claro, novelas que transcurren en un espacio de principios de siglo en Chile y que abordan esta temática también, del arraigo: cómo yo me siento al ser inmigrante. En ese aspecto, creo que en la literatura actual y en las novelas que evocan la infancia en la dictadura es importante que abran este espacio, que se discuta, al menos literariamente. O si es que acaso existe, no sé. Germán Carrasco decía en una entrevista hace poco que por qué no estamos oyendo rock de colombianos, rock de peruanos, por qué no hay un grupo de escritores peruanos que estén viviendo en Chile. Yo creo que esa es una de las tareas de las cuales como escribiente uno tiene que asumir o intentar encontrar, sobre todo en un espacio tan cercano en el que convivo. Tiene que ver también mucho con eso, con el espacio en el que habito. Salgo de mi casa y al lado hay un inmueble donde arriendan piezas pa’ peruanos, haitianos. Al frente vive un chino que es muy rico y supongo debe tener alguna empresa, y no se comunica  con nadie. Bajo un poco más allá y me encuentro con casas que se han ido amoldando para crear más piezas. Bajo otro poquito más y me meto por Patronato, por las fábricas de bordados, los árabes, donde hay peruanos trabajando. También hay muchos restoranes. Mi papá antiguamente le arrendaba una casa a unos peruanos, muy de la onda de no-casa. En ella vivía una familia peruana y quizás qué sucedía allí, me preguntaba yo. No es algo que me sea ajeno, convivo con eso a diario.

La novela abre con un epígrafe de la cumbia peruana «Como un ave» del Grupo Celeste, ¿qué tiene la cumbia para aportar a este mundo de inmigrantes?
En especial la cumbia chicha, que surge en los setentas, y que efectivamente tiene un trato muy cercano con los obreros, con los provincianos, con la selva. No es de extrañar que a este mundo también yo me acerque. Me gusta mucho un cantante famoso, el Chacalón, que fue vocalista del Grupo Celeste, que tiene una canción que se llama «Soy provinciano» y que evoca este tema, que claro, tiene que ver con el tránsito de alguien de la selva que llega a Lima a pedir trabajo y pierde a su familia. Está dentro de temáticas muy simples: el amor, la familia, las costumbres propias de la gente. En ese tránsito, quizás una de las cosas que pudo haber perdido Camacho, el protagonista de la novela, es eso: la cumbia. Y si uno se fija, estilísticamente la novela no tiene nada de cumbia. Quizás haga alguna referencia a la bachata o el reggaetón, pero la cumbia se pierde, hay un extrañamiento en ese proceso.

En Chile hay mucho rechazo al inmigrante, sobre todo si es moreno, bajito, negro. Muchas veces este rechazo llega al racismo que es violento de por sí, ¿cómo trata la novela este tema?, ¿crees que es necesario hacerse cargo de problemas sociales en la escritura?
La figura del inmigrante es súper estereotipada por la televisión y ha sido complejo en el último tiempo el cómo se inventan, o cómo se imaginan, estos espacios que están en la orilla y que tampoco están tan en las orillas, pero sí que están en las orillas del Mapocho, están en la Chimba. La televisión se ha encargado de criminalizar a los inmigrantes, los mismo vecinos se encargan de criminalizarlos y encontrarlos hediondos, cochinos, un montón de cosas. Pero también en el ejercicio uno trata de desvincularse en la escritura de esos imaginarios que intentan tercerizar al otro. Como sociedad chilena somos muy pacatos en ese aspecto, tratamos de figurarnos muy europeos, creemos que somos los jaguares de Latinoamérica, una idea tan exitista del último tiempo, sabiendo que no es así, sabiendo que tenemos problemas educacionales, problemas sociales tan cuáticos como lo vive una sociedad como nosotros que somos tercermundista aún. No somos una sociedad en vías de desarrollo aunque intenten vendernos eso. Yo creo que la escritura se puede hacer cargo de esas cosas pensándolas fuera de los modos tradicionales. Pienso mucho en la película  El Pejesapo, de José Luis Sepúlveda, donde se trata una subjetividad que no corresponde a la sociedad normal chilena. Esa película trata sobre un expresidario que decide quitarse la vida y tiene que intentar volver a la sociedad y que simplemente no puede porque hay muchos problemas como la droga, como sus propias limitaciones en cuanto a pedir trabajo. Hay una escena muy importante y que es cuando va a pedir trabajo al Olimpus, que es una tienda que está en José Miguel de la Barra, de calzoncillos un poco extraños, como medio estrafalarios. Lo interesante es que Olimpus dice como propaganda «Vestimos la diferencia», pero ellos mismos se encargan de no vestir a la diferencia, de no vestir a este otro. Y en ese plano yo creo que bordea el realismo: lo hace en la medida en que es tan real que llega a ser violento. Yo creo que esa es una de las apuestas que hice al escribir la novela, pensarlo más bien en los planos violentos de lo que es la ciudadanía, en los planos de cómo vemos la ciudad y de cómo no es todo tan bello. Creo que hay un discurso bien detrás que se ha generado en el último tiempo, que ha sido bien redundante en lo estético, de ser muy bello todo, lo vemos en el Facebook, en nuestros celulares tan perfectos, en Instagram, donde todos se creen fotógrafos o cosas así y donde excluimos mucho lo que simplemente es feo, lo feo de la ciudad. Hay una imagen muy fuerte que me tocó ver acá cerca, a propósito de que se habla mucho de que los peruanos comen perros y cosas así. Me tocó ver en la basura restos de lechuga, limón, mucha comida y unas cabezas y cráneos de perro. Esa es la ciudad, esa es la plaga de la ciudad y no necesariamente ese desecho lo tuvo que comer un peruano, está ahí. Entonces nosotros tenemos que hacernos cargo de eso, escribirlo, no tanto mostrarlo, pero sí hacerlo parte de esta conciencia.

Camacho es peruano y abandona a su familia sin saber muy bien por qué. Su viaje a Chile es tan precario como su intento de instalarse, de «hacer su nido» en gastadas habitaciones subarrendadas, ¿crees que Chile es un buen lugar para los inmigrantes?
Eso me lo estaba preguntando el otro día, comparado con otros países. Creo que nosotros no tenemos la historia de una matanza hacia los inmigrantes como la tiene México, como se encargó de escribir Herbert en La casa del dolor ajeno. Pareciera que sí, que económicamente es un buen lugar y eso lo he visto viajando por Latinoamérica. Se dice mucho que Chile está muy bien y al parecer, en los cambios de dólares a peso, funciona eso. Para nosotros es un poco extraño pensar que Chile es tan bueno como para vivir, pero al parecer sí. Yo creo que son ámbitos sumamente económicos los que están ligados a esto. Pensaba también mirando las calles: nosotros no tenemos un barrio chino como lo tiene Buenos Aires, no tenemos un barrio árabe propiamente tal, sino un collage de esas cosas, tenemos restoranes miniaturizados, restoranes coreanos muy pequeños, muchos chinos, muchas comidas peruanas, cosas así. También el inmigrante trata de generar cierta idea de arraigo, pero que se vincula mucho a lo que es Chile. Y pareciera ser que no somos tan excluyentes, aunque sí lo somos discursivamente en muchas cosas. Todavía es algo que me genera mucho impacto y que no he resuelto. Pero sí se identifica en muchas cosas como en el trabajo: muchos trabajadores peruanos no tienen contrato, hay demasiados problemas con los papeles. El año pasado me acuerdo que la Carolina Tohá sacó a muchos peruanos de unas habitaciones, muchos haitianos también, aunque por regulaciones que tenían que ver con burocracia en el fondo. Pero me genera duda que Chile no haya sido tan terrible como lo pudo haber sido México a principios de siglo o Estados Unidos. 


EDITAR, PUBLICAR, LEER

La mayoría de los párrafos de la novela están escritos en un fraseo corto, separado por punto seguido. Se apoya mucho en imágenes y sensaciones que privilegian el detalle y también en el presente narrativo que nos mete en la angustiosa búsqueda del protagonista por asentarse en un Santiago violento y carroñero. Su escritura contó con el apoyo de la beca de creación del Fondo del Libro 2014. Fue tentada por otra editorial, pero Pablo se decidió por Cuneta. Francisco Ovando, el director de la colección Almácigo, se interesó por ella y participó en un proceso de edición largo y exigente.

¿Cómo fue el proceso de edición de la novela?, ¿cuál es para ti la importancia de la figura del editor?
Lo interesante es que la novela pasó primero por el taller grafógrafo el año 2014. Escribí la novela en todo junio de 2014 y de ahí tenía que trabajarse mucho y pasó por el taller. Al final de ese año, el Pancho me dice que quiere editarla para la colección Almácigo ‒con todo el coste que eso genera‒ y de ahí empezamos a trabajar el 2015. Yo empecé a reescribirla, a trabajar un par de versiones más, y luego se la mostré a varios amigos míos con lo que pensaba de la novela. Y bueno: después, al final del año pasado, nos juntamos con Ovando de nuevo a revisarla atentamente. Ahí yo escribo el final y después volvemos a revisarla, y después volvemos un montón de veces, hasta que llegó al resultado final, del cual quedamos más bien satisfechos. Yo creo que sin el trabajo de edición la novela no sería nada, más allá de haber obtenido la beca de creación, lo cual fue un impulso sin duda monetario, aunque el resultado es muy distinto a todos los réditos económicos que uno pueda tener. Está muy alejado de eso. Y en ese plano el trabajo del editor es crucial, es un trabajo sumamente solidario. Francisco no recibe ningún aporte económico por editar, él lo hace por un compromiso que tiene por la escritura, un compromiso que él tiene como editor.

¿Con qué lecturas acompañaste la escritura de tu novela?
Con muchas. En un plano estilístico me ayudó mucho la lectura de Di Benedetto, Mario Levrero, Hernán Ronsino. Otro libro que me acompañó mucho y aunque tenga muchas diferencias con él, fue  Los topos de Felix Bruzzone. También la novela Los años del desierto de Pedro Mairal, el trabajo de Yuri Herrera, el mexicano, la poesía de Carlos Cociña, algunos libros en especial de él como El margen de la propia vida y Aguas Servidas, y mucho cine igual, como el de Tsai Ming Liang,  El Pejesapo  que me sirvió mucho para comprenderlo, Japón de Carlos Reygadas, que es una película mexicana, y en parte el cine de Kitano, Hou Siao Sien, cine Taiwanés.

¿Qué hace Pablo D. Sheng aparte de estudiar y leer?
Veo cine, animé, ahora quiero empezar a nadar, veo fútbol, camino mucho y me junto con los chicos del Colectivo Neotaku Monkey D. Luffy para tratar de conquistar el mundo.

¿Le dedicas el libro a alguien en especial?
A mi abuela.


 

 

 

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