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Diarios terminados en guión: «Adverbios terminados en mente» de Andrés Anwandter
Gaceta Ediciones. 2015. 151 páginas.

Por Nicolás Meneses
Publicado en
http://colera.cl/

 



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William Faulkner dice en una famosa entrevista que, en relación al movimiento, el artista tiene como finalidad detenerlo por medios artificiales y mantenerlo fijo, de modo que cuando un extraño lo contemple cien años después vuelva a moverse en virtud de lo que es la vida.  Adverbios terminados en mente (2013-2015), séptimo libro de Andrés Anwandter, logra dicha hazaña en el formato del diario de vida, uno que esconde más de lo que muestra y que se mueve con mucha soltura.

El libro se puede leer perfectamente como la continuación de  Amarillo crepúsculo (2000-2012)  (La Calabaza del Diablo, 2012), señalada en la consignación de los años de escritura referidos en el título, dada la poca variación de recursos y estructura que hay entre uno y otro.  Adverbios terminados en mente  sigue el mismo derrotero que el anterior trabajo del autor, realzando lo que más caracteriza a la escritura de Anwandter: la sintaxis agujereada y los espacios en blanco. La escritura de Anwandter pone mucho énfasis en el proceso de pensar la escritura y el apercibimiento de los hechos, dos cosas que ocurren al mismo tiempo. Menos estridencia en temas de contingencia que en  Amarillo crepúsculo, pero que mantiene una actitud señera en lo que se refiere a lo social,  como la lucha estudiantil de los últimos años: «tachar la palabra    sala/ y escribir arriba    lucha// es un ejemplo de humor/ escolar      que el profesor// no parece querer entender/ con el ceño fruncido» (pág. 25). Hay continuidad de escenas en los fragmentos que arma Anwandter entre su vida privada y el acontecer público.

El volumen de las pantallas que los poemas van encendiendo no varía. Los versos compatibilizan y afinan las imágenes para no caer en el detalle ni en la estridencia, evitando el riesgo de hacer cabecear al lector. Ese temple permite terminar el libro y volver sobre algunos versos, armar nuevas piezas. Al ser una escritura que se construye mucho en el fragmento y el montaje, el lector es capaz de escabullirse y aportar un montón de elementos que dan más riqueza a los poemas: «y le permiten    sin duda/ una mirada distinta// sobre la ciudad/ mientras se aleja» (pág. 35). Una ciudad que no es solo varias ciudades, sino su oposición, la provincia y la carretera, las rutas que permiten desplazarse a otros paisajes y enmarcar con gracia ese tránsito invisible de lugares que incluso incorporan al sueño: «estas palabras/ también// fueron escritas/ dormido// sobre un caballo que dejo// llevarme hasta/ un claro// del bosque/ en un sueño// que tuve/ de niño» (pág. 11).

La escritura que emula el diario de vida y/o viaje ha proliferado en la poesía chilena. Con su particularidad e hibridez, lo de Anwandter, que no solo se circunscribe a este libro, destaca por su propuesta que se juega mucho más en la sintaxis de la experiencia. Cada momento se acompaña de una cadencia específica que aspira a captar los momentos de luz que el ojo y la mente son capaces de enredar en la cabeza. El movimiento de la vida personal que se funde con la del mundo y las especulaciones científicas que este ha creado de sí mismo: «evolución al revés/ la revolución// nos llevará/ finalmente de vuelta// al océano   donde/ quizás// recobremos/ las agallas» (pág. 134). Tal vez, en el fondo, el diario no es más que un guión tardío de la propia vida.



 

 

 

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Gaceta Ediciones. 2015. 151 páginas.
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