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Cruzar líneas: Línea imaginaria: Antología de la poesía ecuatoriana.
Selección y prólogo de Edwin Madrid

Por Nicolás Meneses
Publicado en http://lacallepassy061.blogspot.cl/ 18 de Julio de 2016

 



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Como consigna la contraportada,  Línea imaginaria  es una muestra poética que recoge a treinta poetas ecuatorianos de la segunda mitad del siglo XX y las primeras décadas de este siglo. Nombres reunidos bajo el arbitrio del poeta, ensayista y docente Edwin Madrid, el libro publicado en Chile por LOM pretende retomar el trabajo de Benjamín Carrión propuesto en Índice de poesía ecuatoriana contemporánea, libro recopilatorio de similar naturaleza que fue publicado en Santiago por Ediciones Ercilla el año 1937.

Manuel Rojas decía que en las antologías de poesía aparecían poetas que nunca más volvían a aparecer. No es de extrañar que las antologías que reúnen a autores que empiezan a publicar no sean garantes de las futuras publicaciones de los antologados. En el caso de esta publicación y, pienso, de las antologías de poesía extranjera, la mayoría de los autores seguirán siendo unos desconocidos por el poco tiraje y difusión de estos libros, que en la mayoría de los casos se disgregan por su país, a veces solo en la capital y algunas provincias. Por ello el valor del gesto de LOM y de otras editoriales chilenas al traer muestras de autores extranjeros pues viene a ensanchar nuestra geografía de lecturas y nos abre un pequeño canal de comunicación con la producción de todo el continente.

La muestra de Línea imaginaria es variada, variopinta, democrática, por decir lo menos. El antologador es muy consciente de las polémicas que siempre suscita este tipo de publicación y admite abiertamente que la selección es tan arbitraria como su gusto. No obstante, la selección no fue a vuelo de pájaro, el prólogo así lo demuestra con una generosa lectura anticipada de la mayoría de los poetas del libro. Por ello en este texto no profundizaré en aquello, solo me detendré en algunos poetas que me llamaron la atención y que creo trazan líneas de comunicación necesarias para los lectores que no conozcan nada de poesía ecuatoriana.

El libro se abre con un autor de noventa años, Efraín Jara (Loja, 1932), de vasta y contundente obra. Su poema “Sollozo por Pedro Jara” (Estructuras para una elegía) enumera los versos, para contarnos, a la manera de la comunicación cifrada en un contexto de guerra, el nacimiento del hijo y la responsabilidad a cargar con su venida:

1 el radiograma decía 
2 'tu hijo nació. cómo hemos de llamarlo' 
3 yo andaba entonces por las islas 
4 dispersa procesión de basalto 
5 coágulos del estupor 
6 secos ganglios de la eternidad (25).

Responsabilidad que se torna en tristeza por la perdida y el rumbo que queda de su distancia, de un Pedro hijo que muta de animal a piedra, de ave a alga, de viento a vida.

Fernando Artieda (Guayaquil, 1945 – 2010), con cinco libros a su haber, destaca con el poema “Pueblo, fantasma y clave de jota jota” por desarrollar una poesía narrativa, cercana a la crónica, a la usanza de García Márquez:

Los taxistas y las peroles 
seres por los cuales uno puede enterarse 
de casi todas las cosas de este mundo 
seguían escuchando radio cristal 
que había transmitido como un partido de fútbol 
la muerte de Jota Jota 
con sus micrófonos instalados 
directamente desde la clínica Domínguez (69).

Un pueblo conmocionado y festivo, que es relatado en verso libre con la cadencia de la tradición oral, de las historias de pueblo y sus pérdidas. Casi en la misma franja se puede ubicar a Francisco Torres Dávila (Quito, 1958), con el poema “'Hasta que su vejiga se lo lleva al salón de mosaicos azules' novela”, en que en unos cuantos párrafos se estructura una novela en que todo se desordena.

Entre la poesía escrita por mujeres destaca Carmen Vásconez (Guayaquil, 1958), que aborda el erotismo con poemas cortos y versos escuetos, como en “Satana”:

Posésame 
venus infernal 
monte lúbrico 
hecho estoy 
endemoniado 
quémame 
échame sangre 
tus músculos 
suplicio salival (109).

El cuerpo y el deseo, la ficción del encuentro y la exaltación de lo carnal. Y por último, destacar al poeta Ariruma Kowii (Otavalo, 1961), autor que escribe en kichwa y castellano y que integra, de manera muy justa, la muestra de poesía ecuatoriana. La cosmovisión kichwa está muy bien explicada en sus poemas, que gozan casi del tono didáctico de las leyendas y mitos:

Vivíamos tranquilos con nuestros dioses 
los teníamos cerca y podíamos hablar con ellos 
no eran nada extraños, eran igual que nosotros 
hablaban nuestro mismo idioma 
lo entonaban igual 
hacían los mismos gestos 
tenían las mismas reacciones 
sabían siempre, qué contestar (121).

Línea imaginaria nos sugiere que el límite geográfico no es una excusa para no dialogar con la poesía de otras latitudes. Arma una cartografía señera de lo que es parte de la poesía ecuatoriana del siglo XX y perfila lo que se ha hecho y viene este siglo XXI. Es un buen punto de partida para dejar de morderse la cola en Chile, país que, a veces, parece no querer salir de su aislamiento.



 

 

 

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