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Nicanor Parra: "Ahora todos escribimos en prosa"
Antiprosas, Nicanor Parra. Ediciones UDP, Santiago 2015

Roberto Careaga C.
Revista de Libros de El Mercurio. Domingo 20 de Diciembre de 2015




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"Comprendo que estoy explotando el género pornográfico pero la realidad es pornográfica algunas veces", le escribe Nicanor Parra a Tomás Lago en 1948, desde Oxford, Inglaterra. Al subirse a un taxi, también entró una prostituta que terminó desnuda en la pieza de su hotel por la tarifa de una libra. "Nunca me he encatrado con una mujer más vieja y más horrible", empieza contando Parra para avanzar en detalles y detenerse justo antes del momento clave. Tiene otras cosas de qué hablar: sus "nuevas convicciones estéticas". Y lanza: "La poesía egocéntrica de nuestros antepasados en que ellos tratan de demostrar al lector cuán estimable o repudiable es el ser humano, cuán inteligentes y sensibles son ellos, cuán dignos de consideración son los objetos de este mundo, debe ceder el paso a una poesía mas objetiva de simple descripción de la naturaleza del hombre".

Parra escribe la carta en un día tan hermoso que, después de tres carillas, sale a dar un paseo. Pero le bastan para dar cuenta de la revolución literaria que se traía entre manos. Con un libro de poemas publicado del que renegaba - Cancionero sin nombre -, en 1948 el escritor estaba en la Universidad de Oxford becado por el British Council para estudiar Cosmología. Matemático y físico con estudios en la Universidad de Chile y en la Universidad de Brown, en Estados Unidos, en Inglaterra en realidad se dedicó a leer. Y a escribir. A madurar lo que llamaba una "ciencia literaria nueva". A Lago lo conmina a sumarse a su bando: "Hasta cuándo seguimos echándonos tierra a los ojos. El bohemio pálido y emocionado debe quemar su sombrero de una vez por todas; el individuo no tiene importancia en la poesía moderna sino como un objeto de análisis psicológico".

Después de 70 años, sabemos en qué andaba Parra en Inglaterra: dando forma a la antipoesía. La carta a Lago es parte de los primeros antecedentes para seguir la pista al surgimiento de su credo. Aunque siempre reacio a dar explicaciones, especialmente por escrito y en prosa, con los años fue entregando más datos sobre el origen y los fundamentos de los antipoemas. Al contrario de sus versos, que rebasan los dos volúmenes de Obras completas & algo más, su narrativa es tan escueta que prácticamente toda la que produjo cabe en las 190 páginas de Antiprosas, un nuevo título de Parra que lanza Ediciones UDP para cerrar el 2015 cuando su autor llega estoico a los 101 años.

Con textos que cubren desde 1935 a 1982, Antiprosas incluye un cuento -"Gato en el camino"-, prólogos, cartas, discursos y, por primera vez, su memoria de 1940 para optar al grado de profesor de Matemáticas y Física, titulada René Descartes. Datos biográficos, estudio de su obra, juicios críticos. Como es esperable, ni la tesis es un texto de carácter científico ni el resto de las narraciones son narraciones tradicionales. Siempre hay una trampa. En el prólogo, Carlos Peña advierte: "Al leer la antipoesía y al leer esta prosa, especialmente la más temprana, se advierte, subyacente, soterrada, madureciendo, una misma torsión del lenguaje que justifica plenamente afirmar que la antipoesía estuvo precedida por una antiprosa". Y añade: "Si la antipoesía es escritura sin intención poética, la antiprosa es escritura que simula una intención descriptiva que sabe es imposible de ejecutar".

La liberación de Descartes

"Así como cuando uno va al correo y en la calle se encuentra con un amigo y se va con él a dar una vuelta por la plaza, resulta que me he quedado yo a medio camino en esta empresa", empezaba Parra su memoria sobre Descartes. Tenía 25 años, enseñaba física en el Internado Barros Arana y empezaba a deslumbrarse con Walt Whitman. Su tesis era para graduarse en la Universidad de Chile precisamente como docente en Física y Matemáticas, pero confesaba de entrada que no se las había podido con su idea original de entregar un ensayo estrictamente matemático. Se embarcó en algo mucho más ambicioso: "Lo que quiero es presentar al hombre íntegro, con toda esa fuerza de argumento que le permitiera fundar las bases del racionalismo".

Parra presenta su memoria en 1940, cuando aún opera paralelamente como un aspirante a científico y a poeta. Se gana la vida enseñando matemáticas en colegios y universidades, pero escribe poemas que aparecen en revistas y antologías, sus amigos son escritores, como Luis Oyarzún, Tomás Lago y Jorge Millas. Este último consideraba que el único cuento de Parra -publicado en 1935 en la Revista Nueva del Barros Arana y que abre Antiprosa - era "una tomadura de pelo que no valía la pena": "Gato en el camino" es, de hecho, un relato tan sencillo que deja perplejo y que, dispuesto formalmente en versos, podría pasar por un antipoema temprano. Pero aún falta para que emprenda su viaje de ruptura: fuertemente influido por García Lorca, en 1938 lanza Cancionero sin nombre, que gana el Premio Municipal de Literatura.

Puesta ahora en el cuerpo general de la obra de Parra, su memoria sobre Descartes es toda una rareza. La pieza clave de un rompecabezas que nunca armó. Como señala Peña en el prólogo, "está escrita por alguien que parece más interesado en la divagación filosófica que en la demostración matemática y que, sin ninguna duda, tiene en muy poca estima la escritura académica". Son casi 100 páginas que bien parecen un perfil biográfico del matemático francés, con las debidas referencias a su elaboración del método filosófico moderno. Leída a la luz de 60 años de antipoesía, resalta que Parra haya escogido como tema de su memoria a un hombre que, como él pocos años después, abre un nuevo camino.

"Aparece René Descartes en el crepúsculo de una época filosófica, en el alba de una nueva etapa", escribe Parra como si estuviera anunciando su propia aparición. La del francés es, claro, diferente, ubicada en las postrimerías del Renacimiento. "Llega él en un instante de desconcierto, recupera cierta salud para la filosofía y ha de ser el creador de nuevos motivos de desavenencias", dice, y agrega más allá: "Descartes libró para siempre a la filosofía del yugo teológico, declarando la libertad de pensamiento, meta ineludible a donde lo llevó su racionalismo".

Parra, el demócrata

Parra también iba a llevar a cabo una liberación. Y pasó casi todos los años 40 preparando su asalto. En 1948, justo antes de viajar a Oxford, Hugo Zambelli lo incluyó en la antología 13 poetas chilenos , en la que aparecen tres poemas que luego serán parte de Poemas y antipoemas : "Los vicios del mundo moderno", "La trampa" y "La víbora". Estos dos últimos eran los textos que desde Inglaterra conminaba a "leer sin prejuicio" a Tomás Lago y a convertirse a "esta cruzada nacional". Esta, según él mismo lo había dejado por escrito en una declaración preliminar de la colección de Zambelli, consistía en huir del lenguaje poético tradicional: "Huyo instintivamente del juego de palabras. Mi mayor esfuerzo está permanentemente dirigido a reducirlas a un mínimo. Busco una poesía a base de 'hechos' y no de combinaciones o figuras literarias. En este sentido me siento más cerca del hombre de ciencia que es el novelista que del poeta en su acepción restringida".

Instalado en Inglaterra entre fines del 48 y principios del 51, allá Parra básicamente se dedica a pulir libros. "Un mamotreto", contó en una charla que dio en el Liceo de Niñas Gabriela Mistral de Temuco, en 1982. La iluminación que le faltaba vino de la vitrina de una librería, donde le llamó la atención el libro Apoemas, de Henri Michaux. "Me dije: '¿Por que no le pondría directamente 'antipoemas' en vez de 'apoemas'?'. Me pareció la palabra antipoema más fuerte, más expresiva , que la palabra apoema. Y, a continuación, di un segundo paso: me pareció que la palabra antipoema, sola, contaba nada más que la mitad de la historia, porque ¿dónde quedaban los poemas? Y entonces me pareció que el libro que yo estaba trabajando en ese tiempo debía titularse Poemas y antipoemas. En el libro debían aparecer dos objetos diferentes pero complementarios: los poemas tradicionales y, en seguida, este otro producto, estrambótico, mas o menos destartalado, que se llama el antipoema", cuenta.

Lo que contó en Temuco Parra era historia. A esas alturas, Poemas y antipoemas ya había hecho estragos en la poesía chilena. Efectivamente, los dioses habían bajado del Olimpo. Él mismo se ocupó de llevar a cabo la operación, no sólo en sus libros, sino que también en un lugar muy parecido al cielo: cuando la Universidad de Chile recibió de vuelta en el país a Pablo Neruda después de varios años de viajes por el mundo, se le pidió a Parra que pronunciara el discurso con el que se nombró al vate como miembro académico de la Facultad de Filosofía y Educación. "Señoras y señores, yo no soy un nerudista improvisado. El tema Neruda me atrae vigorosamente desde que tengo uso de razón, no hay día que no piense una vez en él, por lo menos", empezó el antipoeta cargado las tintas a la ironía. Todos lo sabían: cuando él denunciaba que la poesía era "el paraíso del tonto solemne" hablaba de Neruda.

El arrojo de Parra en ese discurso no fue reírse de Neruda -tampoco se rió tanto-, sino que usarlo para presentarle a la academia la antipoesía: "La antipoesía es una lucha libre con los elementos, el antipoeta se concede a sí mismo el derecho a decirlo todo, sin cuidarse para nada de las posibles consecuencias prácticas que puedan acarrearle sus formulaciones teóricas. Resultado: el antipoeta es declarado persona no grata", aseguró. Y agregó: "Hablando de peras el antipoeta puede salir perfectamente con manzanas, sin que por eso el mundo se vaya a venir abajo. Y si se viene abajo, tanto mejor, esa es precisamente la finalidad última del antipoeta, hacer saltar a papirotazos los cimientos apolillados de las instituciones caducas y anquilosadas".

Algo se vino abajo con la antipoesía. Según él, que como demuestra Antiprosas es el mejor teórico de su obra, hizo que la poesía cayera a "ras de tierra". "Tendrá que existir una manera de llevar la vida tal cual es a la poesía", decía en Temuco, recordando su lectura de Residencia en la Tierra. Decía ahí que al leer Epopeyas de las comidas y bebidas de Chile, de Pablo de Rokha, a él no sólo le interesaba el asado de la comida, sino lo que "ocurre también antes y después". Y luego, para ilustrar su teoría, leyó un poema: "Yo democraticé la poesía / Yo la salvé de una muerte segura / Yo digo yo / Firmado doctor Yo / Primera condición: / Expresarse en la lengua de la tribu / Yo digo yo, / Firmado doctor Yo / Nada de chistecitos personales / El idilio no daba para más / Hubo que suprimir de raíz la metáfora / Ahora todos escribimos en prosa".



 



 

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Nicanor Parra: "Ahora todos escribimos en prosa"
Antiprosas, Nicanor Parra. Ediciones UDP, Santiago 2015
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