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ESPECTRO FAMILIAR de Nicolás Poblete
Cuentos, Editorial Ceibo, 207 páginas.2014

Por Juan Mihovilovich



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“Ningún hombre conoce a los hombres. Lo máximo
que puede hacer es suponer que los otros son como él.”
(pág. 100)

Ya la imagen de portada nos da una idea aproximada del contenido de este libro: una suerte de fantasmagoría interior que luego, una vez abiertas las primeras páginas, nos va introduciendo en un paisaje difuminado por las pasiones humanas, abiertas, escondidas, reveladas a medias, sugeridas.

Los cuentos de Nicolás Poblete tienen ese vaivén ligero del estremecimiento, de estar a menudo al borde de un abismo emocional al que tememos caer y al que inevitablemente, somos arrastrados tras cada frase que constituyen, como una exhalación contenida, sus historias, sus narraciones crispadas, sus delirios dominados o expandidos, el siquismo deteriorado o enfermizo de sus personajes.

Ya desde el primer texto “Que seas feliz”, se presagia el mundo disgregado y disperso de un recurso familiar en proceso de extinción.  Estamos frente a una historia que discurre entre la agonía preanunciada del padre que decide terminar con su vida y la de sus hijas producto del abandono de la esposa, inmerso en un intríngulis religioso que pretende dar sustento a su discurso narrativo, a su forma dislocada de ver y entender el mundo y, por ende, de intentar apañar una suerte de desolación forzada y estrambótica que, finalmente, reconstituye un universo predestinado al fracaso.  Y luego, pasando por relatos tan estremecedoras como “Señuelo”, donde a través del descubrimiento de los correos electrónicos el padre de un joven hijo suicida va reconstruyendo una trama compleja que explique el sinsentido de una decisión que le resulta incomprensible en su dolor.  Un tema que Nicolás Poblete refuerza entre ambas narraciones como un vínculo secreto de la desesperanza humana y de un despoblamiento de las sensaciones directas e inmediatas.

Pero además, el entramado de “Quirquincho”, muestra el decurso de dos estudiantes que son secuestradas y sufren las peores vejaciones personales, no de un modo evidente, sino a través de un lenguaje que ha tapiado las pocas luces de la razón, que circunda el espacio que va del disfraz cotidiano de las niñas inmersas en su mundo de fantasía hasta ser objetos de una realidad cruda, paralela, que corroe los cimientos de una sociedad deforme y a donde  la protagonista principal desciende con el descalabro de su proyecto humano. 

Y luego “Samuel G,” un niño débil y sensible, cuyo único destino pareciera ser llevar a cuestas una carpeta que enuncia su trabajo, pero ese mismo  destino le tiene reservada una sorpresa: jóvenes desadaptados lo presionan en una calle cualquiera, lo arrojan contra los adoquines y Samuel se aprieta a su carpeta mientras la sangre discurre suave por su cuerpo;  detrás la madre, inserta en la reacción de lo impenetrable, dibuja frente a un par de detectives que se miran entre sí y entienden, o procuran entender, el nacimiento, desarrollo y muerte de un niño sumido en la ambigüedad del no ser y  ser querido.

Después, “Control remoto,” uno de los relatos más impresionantes del volumen, no sólo porque la historia atrapa de principio a fin, sino por lo que subyace entre líneas  y que da cuenta de un hijo extraño desde su nacimiento, con cualidades y atributos que asustan y advierten de algo oculto, secreto, de un misterio que pudo partir con la aparición de una luz poderosa sobre un cielo despejado antes aún del embarazo o concomitante con él.  Esa sensación de estar en el límite de las sospechas, de dejar transcurrir los hechos con una cadencia de tranquila desesperación, hacen de este cuento uno de los más notables en su forma y contenido.

Para finalmente, pasar por “Primates Suicidas”, “Testarudo”, Triangulo de Vida”, todos de primer nivel –no hay puntos bajos en el volumen-  y desembocar en otro de los hitos relevantes del libro: “Buho”, la vieja historia de la alumna y el profesor admirado que termina en casamiento y como si se tratara de una advertencia irrebatible, con ello el declive la relación.  Mientras la protagonista avanza a enfrentar una causa penal por haberse involucrado con un alumno menor de edad, -una especie de vuelta de tuerca- todo el trayecto al tribunal conforma el peso y paso de la historia, la suya, la de su esposo elevado a la categoría de ícono literario y sexual en su alumnado, no obstante ese sello distintivo y grotesco de su halitosis, y esa válvula de escape juvenil que la convertirá en una paria social. El búho es todo un emblema de un desenlace que nos deja pensativos.

En suma, un libro conmovedor, innovador en nuestro universo literario, pleno de simbolismos, con una narrativa pulcra y bien lograda; un texto desmitificador de un núcleo social: la familia que cae –como algunos de sus héroes- por el despeñadero del mundo moderno, con manoteos y heridas internas que dialogan con las ausencias,  las del amor, la exacerbación de ciertas pasiones, el dolor infinito de las perdidas y esos vericuetos sicológicos con que Nicolás Poblete nos atemoriza, aunque la vida misma resulta ya un tormento anticipado de sus personajes.



 



 

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