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“Concepciones”, de Nicolás Poblete Pardo: Tragedias personales con luces de neón
(Editorial Furtiva, 2017)


Por Francisco Marín-Naritelli

Publicado en Cine y Literatura 10 de abril de 2020



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“Imaginé el semen como cera derretida cayendo sobre mi piel. Indignación, pero también un tipo de
contacto, conexión: yo humillada y él enojado; él poderoso y yo ofendida; yo enfriándome y él burbujeando por dentro”.
Nicolás Poblete Pardo

Ciudad de Santiago, 2013. Concepción tiene cuarenta y un años y es una prostituta. En realidad lo fue, y antes escort, y rememora su historia en una sucesión de imágenes, ensoñaciones, reflexiones y anécdotas, que entroncan con Eduarda, su amiga y compañera. A través de la lectura del diario de ella por parte de la protagonista, nos vamos enterando del paso de ambas por el St. Mary´s School, un colegio “caro y prestigioso”, su hermandad a toda prueba, los secretos y complicidades, hasta la muerte de la propia Eduarda en dolorosas y espeluznantes circunstancias.

“Mi suerte es haber sobrevivido”, reconoce Concepción, no por un afán de insistir en lo extraordinario de su testimonio ni menos con un sentido moralizante, lo hace para recordarnos con amargura lo feble que es la propia existencia, la suya y la de todos. Pero también, al mismo tiempo, una posibilidad de transformación. De ahí la simpleza y a la vez complejidad de su nombre: volver a concebirse a sí misma.

“Intento ordenar mis pensamientos, pues aunque esté segura de lo que soy, de lo que no volveré a ser, de cómo he avanzado hasta este punto en mi vida, siempre hay una incertidumbre temible que te hace dudar, reflexionar” (pág. 16).

“Creo que narrar de modo retrospectivo una historia es ya un acto de redención” (pág. 33).

“En mi cuerpo hay una mezcla de desolación y añoranza: hay un niño que me quiere, hay un hijo que no pude tener” (pág. 231).

“Frente al espejo murmuro mi nombre. Y me concibo. Concepción. Repito mi nombre que no puede confundirse con ningún otro. Aun así, hay un aura, es una estela que permanece” (pág. 257).

“Conce” posee diversos matices y emociones que le otorgan verosimilitud. En medio de la vulnerabilidad, la precariedad del trabajo sexual aun de los aparentes réditos económicos, la doble discriminación (mujer y prostituta), la hipocresía, la bestialidad masculina y un crimen (el de Eduarda) con ribetes políticos; es capaz de sentir empatía por otros, emocionarse, sentir tristeza y llorar. La protagonista es una mujer fuerte al tiempo que frágil. Resiliente pero con una memoria que es como un lastre, una herida, una herencia. ¿De eso se trata, no? No estamos frente a una voz diegética que habla desde sus privilegios de clase, sino frente a un personaje inserto en las tribulaciones, las aspiraciones y hasta la marginalidad. Un personaje que, en el fondo, es un engranaje más de un sistema, neoliberal hasta la médula, que proporciona cuerpos para el goce y el consumo de quien los pague; y que le permite a ella y a Eduarda, un acceso fácil al dinero y a los lujos.

“Aferrada a los bordes de cuero de la camilla de examinación. Abrir las piernas para que la ginecóloga inserte esa caricatura de pene y abra mi vagina terriblemente, como un garfio que puede quedar incrustado en la delicada boca de un pez” (pág. 25).

“Al principio fui modelo, luego trabajé en un club exclusivo para ejecutivos top, extranjeros y VIP (…) Con esos vestidos de escotes exagerados me encontré en establecimientos cada vez más sórdidos. De seda a poliéster; de cachemira a acrílico (…) Y no tengo opción, esto es lo que me da vida. Solo a través de los hombres puedo considerarme viva, aunque sean mis enemigos y me hayan arruinado” (pág. 79).

“Ya teníamos nuestro propio espacio, un departamento que arrendábamos con Eduarda en Providencia, la comuna de nuestro querido colegio, y la ida era independizarnos del call girl center que nos sacaba el cuarenta por ciento de nuestras ganancias. Un paso arriesgado, pura adrenalina. Y la ironía fue que en mi casa —en la casa de mi mamá, quien aún mantenía a mi hermano después de que mi padre se esfumara, con los magros ingresos de la tienda de cortinas—; sí, en la casa de mi mamá, la que empezó a parar la olla fui yo” (pág. 168).

“Mis ojos brillan gracias a la pantalla del computador que recibe y recibe correos; brillan con la codicia y el placer de saber que el dinero será mi salvación” (pág. 193).

Pero no solo hablamos de Concepción, hablamos también de Eduarda a través de ella, de su lectura en desorden cronológico, como si la narración personal fuera también un ejercicio colectivo, la apertura de un mundo secreto, el acceso (aunque lateral) a la voz de muchas y muchos desafortunados que ya no podrán hablar por sí mismos.

“Sin poder verte con claridad, intentando emularte Eduarda, pues era mi responsabilidad respaldarla. También era un tipo de lección. Y algo en mí, un comando interno, una voz, me dijo que tenía que continuar esos pasos, porque uno experimenta muchas cosas en esta vida, y a veces el aprendizaje es destructivo” (pág. 62-63).

“¿Quiero realmente hablar de esto? ¿Para qué contar esta historia que no es única, sino excepcional? Quiero hablar de Eduarda y de otras también; cuerpos, sí, vidas. Pasarelas por el infierno mismo, decorado de llamas, luces rojas, tridentes filosos, y hologramas y espejismos proyectando idilios, paseos por restoranes, hoteles, cócteles… Triste ver el escenario indestructible, la ornamentación de utilería sobreviviendo a todo, sobreviviéndolas a todas. Voces extinguidas allí, sin posibilidad de narración” (pág. 75-76).

“¿Por qué te seguí? ¿Por qué depender de los hombres? Igual tenías razón, cualquiera sea el trabajo, uno siempre depende de un hombre, de varios. Aunque tu jefa sea una mujer, dijiste, siempre hay un hombre al que se le debe rendir cuentas” (pág. 107).

Concepciones (Editorial Furtiva, 2017) es una novela extensa. Sí, claro que lo es. Sus más de doscientas cincuenta páginas, a primera vista, podrían desincentivar cualquier lectura. Pero Nicolás Poblete se las ingenia. Con oficio y prolijidad, el autor nacido en 1971 y que cuenta con un PhD en literatura hispanoamericana de la Washington University de St. Louis, no da tiempo para que el lector pueda desencantarse. Al contrario, lo engancha. Lo motiva a seguir leyendo para descubrir quién es Concepción y cuáles son sus circunstancias. Qué le pasó, y cuál es la importancia de esa plaza, al comienzo de la historia. Qué relación hay entre Inés de Suárez y su propia vida.

Tampoco le da tiempo al lector para tomarse pausas. Primero, porque ocupa capítulos cortos que van hilando una historia fragmentaria a descifrar. Segundo, por el tipo de escritura utilizada. “Trepidante”, ese sería el adjetivo adecuado que prescinde de frases largas y elocuentes por acciones directas y puntos seguidos. Tercero, el tiempo de la narración y el tipo de narrador. Puesto que Poblete nos sitúa en un presente que alterna con el pasado narrado siempre en primera persona.

Poblete, al igual que sus otros libros, destaca por el manejo de diversos registros de habla, sensibilidades, trayectorias y biografías. Plástico y prolífico, no se amilana ante la tarea de escribir ficción y no repetirse en el intento, hurgando en nuevas historias, desafiando la comodidad por un realismo áspero y descarnado.



 

 

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“Concepciones”, de Nicolás Poblete Pardo: Tragedias personales con luces de neón
(Editorial Furtiva, 2017)
Por Francisco Marín-Naritelli
Publicado en Cine y Literatura 10 de abril de 2020