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Poéticas del abandono (apuntes episódicos sobre la obra de Óscar Barrientos)

Por Marcelo Mellado

 


 

 

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El trabajo de Oscar Barrientos, narrador patagónico o de la Región de Magallanes, cuyo centro es la ciudad de Punta Arenas, ciudad continental más austral del mundo, tiene la impronta o sello territorial. Esto no sólo significa que hay una referencialidad paisajística que la caracteriza, sino que se trata de un gesto teórico y diferenciador que alude a estrategias de delimitación discursiva que son las que finalmente diseñan y construyen materialidad simbólico territorial. La parodia poetizante es en Chile un paradigma de invención retórica que suele fundar suelos pantanosos o imposturas canónico administrativas. La obra narrativa de Óscar Barrientos se instala en ese suelo carnavalesco y paródico. Nada serio puede surgir del fin del mundo (finis terrae literalmente hablando).

En Chile, de un tiempo a esta parte, viene desarrollándose hace un rato una propuesta que intenta quebrar o problematizar los ejes editoriales por los que ha transitado la literatura chilena, siempre tributaria insigne de la producción libresca como fenómeno editorial (no textual), lo que incluye discurso periodístico publicitario y algo de academia, como recurso legitimador. De esa voluntad surge la llamada “nueva narrativa chilena” que fue el invento pos dictadura que inaugura una editorial transnacional preanunciando la democracia cautelada, con tópicos bien canónico institucionales  y universales, como un modo de reinserción programada de un paradigma de sellos editoriales bellamente termolaminados y bien de libros bien distribuidos. Vendría después el efecto Bolaño y la irrupción de las editoriales independientes que recompuso y desordenó definitivamente el panorama de la producción local.

La Propuesta
La saga que nos propone Óscar Barrientos con sus obras “Cuentos de Puerto Peregrino”, la novela “El Viento es un País que se Fue” y “Quimera de Nariz Larga” (me refiero sólo a esta producción narrativa, no tomo en cuenta su poesía), cuyo eje conductor es el personaje Aníbal Saratoga, un sujeto marginal que sobrevive de poeta en los bares del fin del mundo. Habría que mencionar que en Chile el viejo axioma de que “Chile es un país de poetas” entró en crisis porque  hay una tendencia cultural que considera que se trata de una estrategia de sobrevivencia de grupos de interés que usan la impostura poética para desarrollar procesos de inserción e instalación cultural a partir de la inscripción en un modelo político. En la práctica se trataría de una reinvención de sistemas de cortesanía clásicos, reciclados por el lado del uso del discurso poético y cultural como decorado del discurso político. Más aún, la producción cultural  entra a formar parte de un sistema de favores y prebendas que la  secundarizan y que la inscriben como un  componente necesario de la exhibición de los poderosos, incluido el poeta maldito anti sistémico, que fácilmente se inserta en el canon cortesano. Pero no es el caso de Aníbal Saratoga, cuya australidad lo somete a un régimen estético que no tiene estatuto de realidad en zonas tan alejadas de los centros de decisión política.

Puede circular borracho por las calles húmedas de la zona austral buscando alguna quimera, pero a sabiendas (y con mucha arrogancia) que su delirio o discurso puede potencialmente convertirse en registro válido por una institucionalidad que le permite el ingreso programado a cierta zona de desvarío. El poeta Aníbal Saratoga deviene en una especie de bufón entretenido, necesario para cierta audiencia que lo necesita para la generación de un imaginario austral que justifique la existencia del Estrecho de Magallanes frente al Canal de Panamá, como conexión histórico y culturalmente válida, a pesar de la reducción simbólico y material a que lo somete la modernidad.

No pretendo hablar de la obra de este escritor patagónico o magallánico en términos de legitimación o para darle visibilidad a su obra en términos de consagración pública o de chauvinismo sureño austral. Hay, probablemente, grupos de interés ligados al municipio o a la razón municipal que alentarían este tipo de escrituras, una regional que aliente el desarrollo cultural y turístico de la zona. Emprendimiento cultural que podría estar a cargo de un profesor jubilado que pertenece al partido del alcalde, que ahora puede dedicarse a lo que siempre quiso después de soportar 30 o 40 años en el magisterio. Vaya mi desprecio para todos ellos, no sólo porque ahora recibe un doble sueldo, sino porque él, y muchos como él, diseñan los modelos clientelistas de producción cultural.

Paradigma de Los Pueblos Abandonados
No se trata, obviamente, de promover una autoría, sino de rescatar una práctica territorial de escritura que se erige como resistencial en relación a la lógica de poder administrativo metropolitano. Pretendo, además, dar cuenta de un colectivo que tiene el proyecto y la voluntad político cultural de destruir o descomponer el Chile retórico institucional o al menos problematizar los modos centralizados de territorialidad.

Lo que intentaré hacer es ubicar el lugar que ocupa en el campo cultural este proyecto de escritura, que el sentido común llama obras literarias producidas en provincia. No sólo se trataría de un rediseño territorial como un nuevo soporte textual, sino que implica una autonomía e independencia de las prácticas culturales. Este rediseño es en parte un ajuste de cuentas con la “novela familiar chilena”, en términos levemente freudianos, en el sentido de que la ficción chilena es una filial de la invención y construcción de la historia, teniendo como base las necesidades domésticas de administración política (extensión del patrimonio familiar). En este caso se construye y deconstruye  un armazón o esquema instrumental de producción a partir de un discurso que reformule o, al menos, rearticule los fundamentos textuales de un territorio discursivamente determinado.

La producción de obra de Óscar Barrientos representa la búsqueda de estos insumos que fundamenten estas ganas o deseos de reescritura para ajustar cuentas con el monólogo metropolitano que reclama para sí lo que se podría denominar literatura chilena. No se trata de una mera pendejada iconoclasta o de un provincianismo con pretensiones de centralismo regional. Es un intento de recuperar los viejos giros épicos del canto territorial.

La Araucana de Ercilla hace el relato de una territorialidad textual tramada en el eje fronterizo, tirando para el sur, al sur del río Maule hasta las regiones australes. Hay que recordar que los protagonistas son los combatientes de la guerra de Arauco, no el héroe moderno. Después Pedro de Oña, el primer poeta chileno, que hace el primer relato o canto por encargo, siendo el primer escritor cortesano de la república. Hoy esa es la regla, todo escritor para ser tal debe pertenecer a una corte, la que tiene extensiones políticas y académicas.

Es absurdo hablar de la obra de un escritor a secas, sólo es posible hacer el trazado de un proyecto o de los caminos recorridos por lugares de instalación discursiva.

Barrientos construye su ficción territorial como una parodia o impostura que construyen los discursos blandos y que se enquistan en las zonas aisladas para mejor funcionar. Los delirios histéricos de los que buscan extraterrestres o los manipuladores de los discursos emancipatorios o los giros de la razón municipal. Y no podían faltar los poetas dipsómanos los que con una gran voluntad épica siempre están refundando los territorios de nuestra textualidad. Hace rato que los poetas australes fueron expulsados del Olimpo, ahora son operadores retóricos al servicio de una impostura cuyo objetivo es la sobrevivencia. Todas estas épicas de pacotilla elaboradas por iluminados del discurso harán surgir Repúblicas Balleneras, nuevas Atlántidas y múltiples reencarnaciones en un contexto pauperizado y límite.

La escritura insular de Barrientos se propone recomponer recurrriendo a ciertos arcanos de la triste modernidad los relatos, ya sea jacklondianos o de un Coloane, cuya navegación austral se ceñía a los registros canónicos de una literatura que se debía a esa matriz aventurera o restauradora de épicos viajes esotéricos, vikingos o celtas. Pastiches esotéricos que el narrador de Barrientos carnavaliza en el relato y lo vuelve disfónico (para no decir plural o multívoco o polifónico), bipolar y algo esquizo, en donde enfermizas voces crean emplazamientos para depositar discursos trasnochados.   

La ficción se erige, entonces, como una estrategia de recomposición de lugar, de restablecimiento y redelimitación de los lugares, emplazados a partir de discursos que legitiman (e inventan) zonas se interés grupal o de clase, áreas textuales verificadas por la escritura. La ficción reinventa un territorio, lo hace otro, lo recompone, esa ficción como la de Aníbal Saratoga, poeta antiépico, que participa o es testigo de la necesidad de nuevos mitos que la razón patológica genera o debe producir para la persistencia de ciertas imágenes (o imaginarios).

El Colectivo
Con Barrientos hemos estado trabajando ciertas nociones comunes que emparentan nuestra ficción. Hemos ido estableciendo unas especies de cordones textuales territoriales para una ficcional reescritura de nuestros paisajes. En una reunión que tuvimos en el bar La Bomba de Valdivia en que estaban los poetas José Ángel Cuevas y Bruno Serrano, Óscar y yo (esto en el año 2009), decidimos, con el humor crítico necesario crear el colectivo Pueblos Abandonados que se proponía la reescritura de Chile como una nueva épica. Nuestra plática se edificaba a partir de la impronta territorial o de cómo hacer el otro relato, como ya adelantamos. En el fondo nos imponíamos la tarea de corregir la historia, pero no para contar una verdad supuesta, aún no revelada, no, sino por respeto al punto de vista ficcional territorial, se trataría de hacer relevantes las prácticas descentralizadas de escritura.
 
El escritor territorial es el que enfrenta esta distorsión entre el mundo editorial o su impostura y la producción de escrituras que surge del trazado territorial, como rescate del signo-huella que construye identidades autónomas. El centralismo administrativo, tributario de la voluntad neoliberal, caracterizado por la consagración monumental del libro en registro editorial, ha controlado-dominado el circuito de circulación del texto. Las escrituras territoriales quiebran con ese fetichismo y abogan por una obra o trabajo que dé cuenta del modo de producción local, entendida ésta como aquel sistema productivo autónomo e interconectado, y que opta por los proyectos colectivos y por la ficcionalización del proyecto revolucionario clásico, entre otros, lo que terminaría transformándose en un registro ético estético de una gran espesura épica y mítica.

Las escrituras territoriales surgen de esta voluntad ficcional. Los Pueblos Abandonados es un dispositivo táctico de nuestras operaciones discursivas que pretenden el diseño de un nuevo territorio. Se trata de prácticas muy alejadas de los centros del narcisismo autoral. Son prácticas tan lejanas que su visibilidad no es muy nítida.



 

 

 

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