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Abandono, escritura y territorio
A propósito de la novela "Carabela Portuguesa" de Óscar Barrientos  Bradasic

Por Marcelo Mellado




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La previa
Suele decirse que todo texto contiene o supone una teoría del texto (también podríamos decir obra literaria). Esta afirmación se podría aplicar a la novela Carabela Portuguesa de Óscar Barrientos. En este caso el compañero Barrientos es tributario de una visión, perspectiva o propuesta, o modo de producción textual, cuestión que ya hemos conversado en alguna oportunidad en distintos recorridos, asentada en la producción territorial. Llamamos producción territorial a un modo de trabajo escritural que derechamente recupera la noción de provincia en una dimensión crítica, siguiendo el análisis del poeta y crítico Mario Verdugo, y no como “granero simbólico de la república” que era el rol que desde la zona central decisional nos han ordenado.

Haciendo una leve apreciación histórica del engranaje crítico del desprecio del modo santiaguino de hacer país (o República) y producción cultural, podemos aventurar que Lastarria en su Don Guillermo, haciendo algo de diacronía, aventura o aporta un gesto que se ancla en el desplazamiento territorial o viaje como eje emancipatorio en que es fundamental el diseño espacial en la constitución de obra. Recordemos que se trata del Valparaíso del siglo XIX, en donde se desarrollan los acontecimientos, en un contexto de supremacía conservadora e influencia extranjera. Hay un personaje que viaja constantemente entre Santiago y Valparaíso como una estrategia de redención contra la intervención extranjera. El modo de producción que opera está en el límite del post romanticismo y el realismo. E igual que en Donoso el orden social está determinado por un amarre o un tejido trágico, el del imbunche, brujería mapuche utilizada como recurso simbólico para dar cuenta de los procedimientos de poder y control del célebre peso de la noche portaliano. El sustrato político es muy potente y se transforma en alegoría. Obviamente estamos llevando agua para nuestro molino.

El realismo y el criollismo chileno, en general, hablan del territorio en términos de un paisaje regido por el poder administrativo central, es la oligarquía que asienta su poder simbólico y material en la tenencia de la tierra y parte de su conflicto de identidad tendrá que ver con la dura adaptación y asumisión de la modernidad industrial y comercial. Ahora, el volumen poético territorial comenzamos a sentirlo fuerte con las novelas de Manuel Rojas, de Carlos Droguet y Francisco Coloane (sólo nombro los que me son más cercanos), y en la verticalidad poética es clave la presencia de Pablo De Rokha; nos referimos, fundamentalmente, a Epopeya de Las Comidas y Bebidas de Chile. Cierta academia los ubica según una clasificación histórico generacional,  en ese contexto algunos de los mencionados pertenecerían a la generación del 42. Esta taxonomía está centrada en el autor y no en los modelos de producción de obra.

Pensamos que estas prácticas de escritura están en el tono o son el preámbulo de lo que hemos denominado gestos de instalación del signo territorial, como un paradigma otro de la producción textual del país no santiaguino o no regido por el canon letrado dominante. Hay dos hitos perversos en la voluntad que perpetra el santiaguinismo literario chilensis, el corte pije de la generación del 50, con su desprecio a los escritores que no pertenecían a su zona de clase y que ellos consideraban criollistas. Donoso participa de esa descalificación, pero fascinantemente es capaz de dar cuenta de la descomposición de su propia clase a partir del levantamiento de tópicos territoriales, como en Casa de Campo y Lugar Sin Límites, y recuperar el levantamiento que hace el criollismo del funcionamiento del orden rural como sustrato o soporte del orden urbano. El otro hito es el fenómeno editorial de la nueva narrativa creado por el aparato cultural concertacionista que necesitaba inventar una movida literaria que hiciera el correlato con la recuperación democratoide. Movida santiaguina que todos sabemos a quién benefició.

Esta impostura editorial fue redondeada por otra impostura cultural que hizo de continuidad a pesar del quiebre supuesto o paradoja retórica, se trata del marginalismo blando ochentero-noventero con su perspectiva de género y la inflación de la diversidad a partir de un conceptualismo burdo que intenta recuperar el maquillismo retórico y travestido, y el exotismo del tugurio maraquero portuario, que en realidad viene de nuestras zonas orilleras con sus códigos propios que nos han querido arrebatar los santiaguinos, y la movida literalitosa de los 2000 que metropolitaniza definitivamente la literatura chilena convirtiéndola en un sucedáneo de la socialité y la academia, es decir, una subversión domesticada y mucha voluntad de canon posmoderno, es decir, conservador. Y una de sus expresiones publicitarias más descollantes es la irrupción gracias a la democratización de las tecnologías, es el surgimiento de las editoriales independientes que determinaron una modalidad de productividad político cultural a la que tributamos muchos.

La tópica terrígena
Nos hacemos cargo del proyecto recuperativo que hace, tanto a nivel de producción poética y ensayística del intelectual, Mario Verdugo, quien nos ha provisto del arsenal retórico y teórico de nuestra propuesta cultural política. En ese contexto, la producción textual territorial, toma distancia de esa estrategia instalativa del orden cultural nacional metropolitana, en distintos espacios de producción textual, se va gestando una práctica territorial que comienza por reconocer sus propios gestos generatrices en la restitución crítica de la noción de provincia como operación discursiva que desmonta engranajes y diseños construidos por el centro metropolitano con agencia en la provincia en donde instalarán a sus maletineros o representantes como poderes fácticos locales. Y son los que diseñaron lo que el jurista porteño Antonio Pedrals llama Circuitos Extrainstitucionales del Poder (CEP).   

El trabajo textual de mi cómplice territorialista Óscar Barrientos se basa en la puesta en crisis del discurso épico, el que puesto en trivialidad poetizante queda convertido en pastiche carnavalesco. En Carabela Portuguesa la saga del poeta brujo Aníbal Saratoga continúa con su retórica descomposicional de un mundo que refleja deforme un orden que viene de otro lado, de la universalidad de lo local que siempre intenta mirar hacia un norte que queda demasiado lejos. Por otro lado, la ficción épica centrada en la parodia de la poesía en su registro más patético, es decir, en el sujeto que se hace cargo del género para justificar una sobrevivencia limítrofe.

Provincia crítica
La novela Carabela Portuguesa de Óscar Barrientos nos sirve también como pretexto para revisar los presupuestos regresivos del canon crítico santiaguino; también nos es útil para promover una noción de trabajo territorial que nuestro colectivo ha llamado Encuentro de Pueblos Abandonados, que es una estrategia político cultural que promueve prácticas escriturales de signo emancipatorio y autonomista. Incluso tenemos un encuentro a finales de noviembre en Valparaíso. Esta estrategia la hemos desarrollado con el autor de Carabela Portuguesa, y ese espíritu está presente en la novela, sobre todo el desprecio o la distancia que le tenemos a los “escritores de verdad”, al martinrivismo literario y al canon metropolitano, representado por el vaticanismo canónico de ciertos operadores académico críticos que tratan de rentar tanto del mundo académico, en un registro funcionario, y de una impostura marginal, antiinstitucional patética, en la medida en que no se sostiene políticamente, siendo sólo un tributo al oportunismo y a lo políticamente correcto. Este intento de rentar de la diferencia es usado por mucha tendencia martinrivista que intenta ocupar zonas centrales con discursillos epatadores para rentar de un progresismo ingenuo, burdo y de mala conciencia.

Como escritores territoriales le hemos resistido y sobrevivido a los intentos de los que hacen listas negras al estilo de la conspiratividad política y que, además, aspiran a la carrera funcionaria, sobre todo ahora en que el cerderío concertacionista tiene intenciones de reinstalación. Muchos de ellos los veremos como agentes del metropolitanismo perverso, imponiendo los criterios de una regencia cortesana, lo que que redunda en poderes fácticos y mucho lameculismo culturoso.

La novela funciona, en este contexto, como recurso de desmontaje crítico que da cuenta de una épica segunda, la primera es la que podríamos denominar épica de grado uno, representada por un texto encontrado –recurso narrativo clásico-, motivación del delirio poético que es el soporte de la épica grado dos, degradación de la primera. El ministerio del mar, que surge de este texto encontrado, del compañero presidente Allende es un objeto de investigación que redunda en manipulación y criminalidad política y empresarial, que es el gran signo de esta nueva modernidad, que hace de registro paradójico con el proyecto Chile de Ministerio del Mar del compañero presidente Allende, cuyo correlato textual es una siniestra y miserable ley de pesca que está hecha a la medida de la gran industria pesquera. Este es un rasgo clave de la escritura territorial, la ampliación de soportes y superficies de la textualidad, más allá de la santificación que hace el metropolitanismo del texto editorial y académicamente determinado.

La producción del territorio
Puerto Peregrino es el axis mundi de la ficción de Óscar Barrientos, ahí se producen los acontecimientos que constituyen la trama de burdas acciones de personajes movidos por un discurso ilusorio. Los personajes son maquetas de un modelo narrativo sobre transitado. La búsqueda del poeta es el rastreo de la imposibilidad. El héroe es un poeta que escamotea un libelo o documento que contiene unos cánticos marinos en donde se escondería el secreto del ministerio del mar como memoria de un tiempo mejor.

La poética territorial pone en circulación espacios deformados que el canon narrativo chileno santiaguino no es capaz de distinguir por discriminación geopolítica y sobre todo por estar obsesionado por la legitimidad académico editorial del negocio crítico político. Sin duda el proyecto cultural concertacionista está en la base de este sistema crítico que santificó un margen dudoso o con demasiadas ganas de centrarse.

En Carabela Portuguesa, a nivel composicional, se practica el pastiche que registra la utopía degradada como un registro posible de un orden (im)posible. Otra de las claves de lectura es la voluntad de hueveo, por no decirle humor, que surge a partir de las acciones de un personaje aheróico que deambula por una ciudad imaginaria, pero no tanto. En ese mundo deambula un sistema culturoso que mima el metropolitano, con galerías, lecturas, lanzamientos y con empresarios salmoneros, que podrían ser Gasco o la CCU y que financian a artistas. Y, por cierto, los mitos insulares que tienen a un poeta nihilista como animador. Carabela Portuguesa está en la línea de ese modo de producción escritural que hemos querido presentar, sin desconocer el idiolecto particular de un narrador patagón que usa el paisaje como soporte de una épica descascarada y de un utopismo de historieta.

Este registro desmontador de mitos y discursos hechos a la medida, tiene un efecto humorístico, en el sentido de un relato construido sobre estructuras hiperbólicas, retruécanos y metáforas; sistema figurativo que no siempre cuenta con una lectura creativa por los sistemas crítico metropolitanos, que tiende, patológicamente, a la literalidad o a la lectura plana.

Lo importante es que estamos recopilando prácticas territoriales y desmarcándonos del paradigma martinrivista, como le gusta decir al mismo Barrientos, y del modelaje literalitoso santiaguino, ávido de sello editorial, de doctorados y magísteres, y de academia sarnosa. Y mucho machismo mujeril, también llamado perspectiva de género, santificación de la diversidad, que en general es mitificación de las histerias compulsivas de cierta subjetividad clínica, pasada de contrabando al eje literalitoso.  Nosotros, los territoriales, jamás nos olvidamos que la marginalidad es cuica y los mantra angustiosos de poetudos limítrofes (poetudo es una combinación entre poeta y pelotudo) corresponde a una histeria bataclánica cuyo destino textual es parte de la impostura crítica metropolitana o santiaguina, derechamente. No se trata, en esta quejumbre odiosa, de una crítica blandengue al centralismo administrativo general; es algo más estructural, que tiene que ver con una hegemonía geopolítica con ciertos rasgos de facismo que también es parte de nuestra producción de obra, en la que obviamente se inscribe la novela Carabela Portuguesa.

Debo reconocer que hemos (plural insatisfactorio) dado cuenta de generalidades por un tema estratégico; mucha de esta generación santiaguina está obsesionada con la autoría y el nombre, y cualquier mención autoral detona patologías que están ahí, como capital indómito.

En el caso de las prácticas territoriales tratamos de solucionar nuestras descompensaciones con Fonasa o en el policlínico del sector.



 

 


 

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