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"La Carabela Portuguesa", de Oscar Barrientos Bradasic
Novela, 126 páginas. Editorial La Calabaza del Diablo. 2013

Por Juan Mihovilovich



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“Eso soy: un secretario del abismo, el coordinador 
De la angustia del universo, el soñador de velámenes
Extinguidos, el agente del delirium tremens.” (pág.19)

“-Ustedes son los traidores- respondí, no con   valentía,
sino más bien con nada que perder.”
   (pág.100)

Estamos en presencia de una novela que establece ya una secuencia dentro de la clara y señera obra de Oscar Barrientos Bradasic, quien se ha esmerado por estructurar un mundo de “mitos reales,” desde Puerto Peregrino, y sobre los que erige una denuncia, encubierta a veces, desembozada en ocasiones, sobre las  veleidades del mundo moderno en que nos encontramos insertos como náufragos.

Así las cosas, en esta “Carabela…” se establece desde sus inicios una suerte de aviso: una navegación narrativa que pareciera ir sugiriendo desvíos a propósito, para luego enfilar clara y directamente hacia un puerto  que, no por conocido, se nos plantea como un descubrimiento.

Hay que rescatar la idea del Ministerio del Mar en un país donde las costas constituyen más de cuatro mil kilómetros y donde de pronto el preciado bien que se reproduce en sus profundidades abisales, va siendo mermado con una codicia ilimitada.  La presencia del depredador humano lanza sus redes y se apodera de cuanto pez sea posible de comercializar.  De ahí que subsumido en el dominio de un mundo liberal a ultranza, Aníbal Saratoga,  un héroe que ya nos resulta familiar y querible, procura demostrarnos que la existencia, por mítica que parezca, no puede circunscribirse a un manejo intencionado de los reinos de la naturaleza, bajo el pretexto de una mejor sobrevivencia, cuando es obvio que los peces pasan de largo y surten mercados que el pescador deletrea en las pantallas de la televisión.

Por ello, y en ese transito que Aníbal Saratoga establece con sus semejantes y con su propia vida existe un señuelo que podría salvarlo de sus nostálgicos derroteros.  Intuye, presiente, que pudiera ser una tardía salvación;  pero esa mujer que lo admira como poeta y que a su pesar, lo espera, es el mensaje subliminal con que la novela pareciera sobreponerse al propio peso de sus acontecimientos, sórdidos, calculadores, ventajistas, ese universo “monetario,” donde las cosas se miden en la simple balanza de los beneficios económicos por sobre la porfiada humanidad del poeta y su sueño siempre nostálgico en el que la poesía se alza con la porfía de una inutilidad que nunca es tal.

 Así y todo, dentro de esos espacios extraviados en el que Saratoga se mueve y es, su inocencia cercana al candor, se yergue penetrante, no obstante su atmosfera derrotista.  Sabe y preanuncia que existe “otro mundo”, y que ese mundo es el que podría salvarlos a todos de no morir en el intento.

Luego, los manejos espurios a imagen y semejanza de una jauría humana, los poderes ya facticos que operan en las sombras, o que decididamente se reviste de empresarios como Patricio Gamonal, y que satisfacen sus carencias creando Fundaciones de apoyo a la cultura y el arte; o bien, los disfrazados de “camisas pardas,” emulando las viejas consignas de un fascismo siempre atento a las debilidades humanas;  los agentes encubiertos en una central de Inteligencia que nos rememora con seria verosimilitud el pasado reciente; en fin, los viejos sindicalistas que tienen algo que decir y que intentan subvertir lo establecido, hacen de esta narración una obra donde lo maravilloso emerge desde los márgenes de una provincia mítica, de forma lograda y necesaria para alcanzar algún remoto grado de redención.

Entonces, Reims y Capadocia surgen como personajes fantásticos; luchadores idealistas que erigieron la idea del Ministerio del Mar para salvaguardar a los pescadores artesanales, aunque obviamente, la postura es mucho más amplia que ello;  está vinculada a la idea de construir un mundo nuevo, cooperativo, fraternal, humano.  Y ambos actores, uno perseguido y otro supuestamente muerto, renace cual pequeño monstruo al modo de un extraño  hipocampo, personaje que  salta a la escena cual Frankenstein romántico que vislumbra en algún sitio del mundo o de su imaginación la belleza de las utopías por ser “otros.”   Y entre medio, un acróbata, el enano travesti, imbuidos en sus propios espacios perdidos y marginados conscientes de esa realidad,  sujetos a la bohemia de Puerto Peregrino, compañeros de tristezas de Saratoga y con quien comparten la bebida como vehículo de olvido o salvación temporal; insertos todos,  en una realidad en que  campea únicamente el dinero y donde los salmones se mimetizan en verdaderas pirañas carcomiendo las escasas ilusiones de ser diferentes o de, sencillamente, regresar a los orígenes.  Hasta que el empresario Gamonal, cuya profesión se alza calculadora y aséptica,  se muestra como adalid del sistema de dominación instaurado luego de la caída del Ministerio.  Y entremedio, los encuentros culturales, la arrogancia del narrador Robles, la impostura de poetas variados, los versos de Saratoga sobre el mar, la recopilación de shanties, esos cánticos marítimos de cualquier puerto o mares del mundo, y la bestialidad de “los camisas pardas”, mientras Reims resurge de la nada y se muestra ante Saratoga como el héroe que se niega a pasar al olvido.  Y por último, Florencia Rasbi, la damisela que espera a Saratoga, más allá de que “sufra” con el odio que el poeta expresa contra todo y todos.  Es su tabla de salvación, quizás…

El epígrafe de Allende sobre el Ministerio del Mar, hecho cuando no se suponía aún que el océano terminaría por ser ancho y ajeno, surge como una promesa a destiempo, pero a la que Aníbal Saratoga adhiere entre dudas y certezas, aunque de alguna manera, no obstante la tortura en que en determinado momento sufre, procura mantener bajo su miedo y ese rescate imprevisto de que es objeto para retomar un hilo de la historia, como si la esperanza pudiera renacer para no  quedarse exclusivamente atrapada en la carnada de la simple fábula.

Un libro que no sólo entretiene y donde el ya conocido manejo idiomático de su autor nos revela a un narrador consciente de su tiempo, del mito que ha levantado con un innegable sello personal y cuya lectura resulta siempre esclarecedora, imaginativa, delirante, humorística incluso, pero terriblemente  lúcida.



 

 


 

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