A mediados de octubre de 2025, participé de un encuentro en Casa Rusia, donde uno de los panelistas era Sergei Lukyanenko. En mi batería de lecturas —salvo excepciones— la ciencia ficción no se encontraba dentro de mi proceso de indagación literaria. Recurrí a la búsqueda de entrevistas, algún libro que pudiera obtener de manera rápida, con el objetivo de conocer algo más de ese escritor que desconocía. Como casi siempre, son los problemas concretos los que urgen respuestas concretas. En este caso, intentar comprender y asimilar desde mi experiencia literaria, desde mi ubicación geográfica y desde la perspectiva de análisis que he ido adquiriendo en el transcurso de los años, como herramienta para ingresar al mundo generado por Lukyanenko. El siguiente comentario se encuadra en ese proceso reflexivo del que espero pueda surgir una propuesta más amplia.

Sergei Lukyanenko (1968) es un escritor ruso contemporáneo, médico psiquiatra de profesión, hijo de médicos. Ese dato biográfico no es anecdótico: configura una mirada clínica sobre el mundo, una observación que opera en clave farmacológica —curiosa elección, escoger el pharmakon (1) griego que es a la vez veneno y remedio—, donde los síntomas sociales se leen como patologías sistémicas. Lukyanenko presenció con sus ojos de juventud —y tuvo tiempo de madurar en la medida en que una existencia permite— el tránsito de un mundo a otro: el ocaso del socialismo histórico soviético y el nacimiento de una Federación Rusa integrada a las relaciones económicas occidentales en condiciones muy distintas, casi de periferia.
Sus fuentes literarias son variadas, desde los hermanos Strugatsky (2) (Arcady y Boris); Robert Heinlein (3), uno de los grandes escritores del género ciencia ficción norteamericano; Vladislav Krapivin (4), periodista y escritor ruso, destacado en la literatura infantil y en la ciencia ficción, sin dejar de lado a Stephen King (5), donde la ficción y el terror juegan un papel relevante o, dicho de manera refinada, donde la banalidad del mal se manifiesta en la burocracia. A ello y no menos importante, hay que incluir la propia construcción cultural eslava con su cosmogonía precristiana, con sus dioses y diosas, con su concepción del mundo organizado en una dualidad cósmica que es opuesta y a la vez complementaria: un Dios (blanco) llamado Belobog y otro (negro) de nombre Chernobog (6). El tema es más denso y recurro a él en la medida en que contribuye a entender de mejor manera algunas de las características literarias de este escritor ruso.
Moscú es el epicentro de la historia y Antón Gorodetski su personaje principal. Un Moscú que muestra el tránsito doloroso y contradictorio de la ilusión colectiva al individualismo neoliberal. En ese espacio plagado de grietas, entre la memoria común y la fragmentación del mercado, nace Guardianes de la noche: una novela de ciencia ficción donde un mago de tercera categoría que patrulla las calles heladas de la capital rusa descubre que tras cada vampiro recién iniciado, cada hechizo ilegal, existe una lógica siniestra que va más allá del simple enfrentamiento entre Bien y Mal. Antón, en el transcurso del relato, descubre que los monstruos obedecen reglas, y esas reglas forman parte de un Gran Pacto que sacrifica vidas humanas para mantener un equilibrio ficticio. Esta novela, bajo apariencia de entretenimiento, desnuda la lógica totalizante del orden moderno/colonial.
Una categoría temporal y ontológica instalada es El Crepúsculo, como dimensión paralela donde los [otros] ejercen su poder; no se trata de un recurso mágico. Es una metáfora precisa de la colonialidad del saber: un campo invisible que organiza la realidad visible, determina quién tiene acceso al poder y quién debe permanecer ignorante. Los humanos no pueden verlo; los Otros sí, pero sólo si aceptan las reglas del sistema.
"Ahora mismo estás en el mundo crepuscular, pequeño. Mira a tu alrededor. Aguza el oído. Los colores se han borrado, los sonidos han enmudecido. El segundero de aquel reloj apenas consigue avanzar. Has entrado en el Crepúsculo. Quisiste ver el peligro y ese esfuerzo te llevó a cruzar la línea que separa ambos mundos". (p. 75)
Esta dinámica puede funcionar, dialogar y cobrar un profundo sentido con el concepto de "totalidad totalitaria" elaborado por el maestro Enrique Dussel. Bajo esa óptica, la ficción de Lukyanenko nos relata un orden que pretende abarcar lo real, negando lo que no puede integrar o domesticar.
"La totalidad —escribe Dussel— no es el mundo, sino el mundo desde el centro que se constituye a sí mismo como tal" (Estética de la Liberación, 2022).
En Guardianes de la noche, ese centro es el Gran Pacto: un acuerdo entre Luz y Tinieblas que no busca la paz, sino gestionar el conflicto. Y como todo pacto colonial, se legitima excluyendo al Otro/a real —el humano común— y domesticando al Otro/a instrumental —el mago reclutado.
"Los Otros, como te decía, son pocos, pero cada uno de ellos es capaz de arrastrar a miles de personas corrientes. Si ahora estallara la guerra entre el Bien y el Mal, la mitad de la humanidad moriría. Es por eso por lo que hace casi medio siglo se firmó un pacto. El Gran Pacto entre el Bien y el Mal, entre la Luz y las Tinieblas". (p. 84)
Antón es un antihéroe. No es en sentido estricto un rebelde. Es más bien un testigo fronterizo: alguien que habita el límite entre sistemas, que sufre la contradicción sin resolverla fácilmente y que, por ello, puede articular una crítica desde la duda.
"—¿Qué vas a responder a eso, agente? —me susurró Olga desde las profundidades del Crepúsculo—. ¿Te arriesgarás a decirle la verdad? —Salen a cazar, sí —respondí a Iegor antes de añadir algo que me había impresionado más que cualquier otra cosa cuando me lo confiaron cinco años atrás—. Se les otorgan licencias de caza. A veces... a veces necesitan sangre de un ser vivo". (p. 85)
Su evolución no es hacia el poder, sino hacia el quiebre del proceso de anaisthesis —concepto clave en la estética de Dussel— y que utilizo como categoría de análisis, porque implica la pérdida de sensibilidad estética, es decir, de la relación con la vida, por la incapacidad de entender lo bello fuera del propio círculo o comunidad.
"A este estado de indiferencia, podemos definirlo como de anaisthesis, no tanto de antipatía sino de no valoración. Lo propio, lo de la comunidad vale, lo otro se denigra". (Estética de la Liberación, 2022).
Antón ya no cree en la pureza de la Luz. Ya no acepta que el Bien tenga derecho a matar en nombre del equilibrio. Su famosa frase —"Ya no me lo creo"— es un acto de desobediencia estética: rechaza la narrativa oficial y abre un espacio para otra sensibilidad. No es un gesto de rebeldía moderna, sino de desobediencia decolonial: una ruptura con la lógica que reduce al Otro a categoría funcional (Luz/Tinieblas, aliado/enemigo).
El Gran Pacto no es un tratado de paz. Es un dispositivo de control. Como señala Antón con creciente desencanto: "Cada acción del Bien corresponde a una licencia concedida al Mal". Esta reciprocidad no es justicia; es burocracia metafísica. No es ética; es gestión del orden.
Aquí encontramos una analogía precisa con la modernidad/colonialidad tal como la conceptualizan Dussel y Grosfoguel: un sistema que se presenta como universal, racional y emancipador, pero que en su interior reproduce jerarquías, sacrifica periferias y niega la exterioridad del Otro/a. El Pacto no busca la paz, sino la estabilidad del sistema. Y para ello, instrumentaliza tanto a humanos como a Otros, reduciéndolos a recursos energéticos o peones estratégicos.
Un paréntesis en la estructura del relato. Lukyanenko combina distintos tipos de narrador según las necesidades dramáticas y epistémicas de la trama. Existe una asimetría evidente entre la forma en que Antón Gorodetski interviene en el relato, siempre en primera persona, siendo la voz predominante en la novela. Estamos frente a un narrador testigo, con una capacidad subjetiva relativa; su voz está marcada por la duda, la ironía y el desencanto.
Sin embargo, existe también un narrador omnisciente, uno que deja entrever que los personajes y el propio relato contienen una jerarquía, si se quiere una geopolítica. De hecho, el relato que nos cuenta la amenaza que se cierne sobre Iegor, un menor de edad amenazado por vampiros, se realiza en tercera persona omnisciente. Es decir, es objetivado, contado y descrito.
"Cuando Iegor avanzó unos cien metros, el hotel dejó de protegerlo del viento. La corriente de aire helado le golpeó el rostro y casi silenció la melodía que lo llamaba. El niño se estremeció y se detuvo. El hechizo se había desvanecido, pero en su lugar volvió la sensación de que alguien lo miraba, y empezó a fundirse con el miedo". (p. 8)
La distinción técnica en este caso tiene un contenido político: el que tiene derecho a contar y los que son contados.
El lector necesita entonces estar atento a los giros internos del relato. No existe comodidad de lectura; lo que hay es una destreza narrativa que maneja el medio, forzando el juego de acuerdo a la necesidad de la narración. Profundizando más el argumento, Antón posee una voz del sistema dentro de la "totalidad totalitaria" y su subjetividad se encuentra bajo vigilancia; su acción es instrumental de acuerdo a los códigos del pacto. Ha conquistado el derecho a tener una voz, un "yo pienso" en el código cartesiano moderno; sin embargo, su marco de conocimiento y acción son los del colonizador.
Iegor, en cambio, encarna la exterioridad radical: un ser que aún no ha sido domesticado por el Gran Pacto. Su potencialidad en estado de indecisión amenaza la totalidad, por lo que el sistema debe observarlo, analizarlo y finalmente colonizarlo ontológicamente (guiarlo hacia la Luz).
"—¡Antón! ¡Despierta! Aquí se trata de algo mucho más grave. ¡A ese chico la Llamada lo enganchó a una distancia de varios kilómetros! ¡Tuvo que haber entrado en aquel traspatio convertido ya en un muñeco absolutamente indefenso! Y más tarde, cuando el Crepúsculo se desvaneció, ¡debería haber perdido el conocimiento! Sin embargo, nada de eso sucedió. Y te digo más, Antón. Si después de todo lo que tuvo que soportar aún era capaz de moverse... ¡ese niño ha de tener un potencial mágico sencillamente enorme!". (p. 29)
Iegor es reducido a un objeto de conocimiento, a una necesidad imperiosa de integrarlo (colonizarlo), y ese proceso por humanizado que parezca es violento; se trata de una necesidad epistémica que busca conquistar su subjetividad.
"El niño percibió claramente que el ya conocido escalofrío le recorría el cuerpo. Dio un salto con tanta fuerza que cayó al suelo desde el sofá. La butaca estaba vacía. El apartamento estaba vacío y la puerta cerrada con tres cerrojos. De pronto, comenzó a oscurecer, como si el sol que brillaba al otro lado de la ventana se apagara... Había alguien más allí". (p. 68)
Cierre del paréntesis…
Otro elemento a considerar es el manejo de la necro-estética, trabajada también por Dussel, manifestada en una sensibilidad que se funda en la muerte, en la dinámica del horror, en la homogenización y la violencia simbólica. En Guardianes de la noche, esa necro-estética se manifiesta en la forma en que los cuerpos humanos son explotados sin consentimiento, en cómo las emociones se convierten en combustible, y la pregunta de la vampira condenada a muerte por el orden existente late con fuerza.
"—No ha sido culpa mía —dijo de pronto, y su voz se serenó y suavizó. Incluso la mano que amenazaba el cuello de Iegor pareció ceder a la relajación general—. Vosotros, vosotros que os llamáis Guardia Nocturna... los que pasáis las noches en vela y os habéis arrogado el derecho de proteger al mundo de la amenaza de las Tinieblas... ¿dónde estabais cuando se bebían mi sangre?". (p. 132)
En palabras de Dussel, nos encontramos con la expresión misma de la estética de la dominación, exhibida en la negación de la dignidad del Otro/a en nombre de un orden supuestamente superior (Estética de la Liberación, 2022).
El acto de leer Guardianes de la noche desde un espacio fronterizo no es una operación académica. Implica una acción política. Porque al situarse en el afuera, en el espacio de la línea divisoria del no ser —porque el ser es la civilización de la muerte—, esa operación implica reconocer que la verdadera batalla no es entre Luz y Tinieblas, sino entre la totalidad que todo lo absorbe y la exterioridad que insiste en existir.
Leer con perspectiva fronteriza supone no solo representar la realidad (el texto), sino interpelarla desde el afuera. Guardianes de la noche, leída desde esta geografía, deja de ser una simple novela de entretenimiento y se convierte en un archivo de la crisis del orden moderno. Sus personajes no son héroes, sino sujetos atrapados en una totalidad que los instrumentaliza.
A través del relato, el lector tiende a identificarse con Antón; entonces surgen las preguntas incómodas: ¿en qué pactos invisibles participo yo? ¿Qué equilibrios son los que acepto a cambio de mi comodidad? ¿A quiénes instrumentalizo sin darme cuenta?
La novela está lejos de plantear la utopía de la destrucción del sistema o alguna revolución en curso. Si se quiere, ahí se hermana con las distopías. Tampoco tiene la pretensión de que el bien se imponga. Su baraja de cartas se abre con la interrogante: ¿Qué pasa cuando descubres que el Bien también mata? Acompañada con una afirmación ontológica radical, pronunciada por Semión:
"Solo te ruego que no olvides una cosa: no eres un grano de arena. Ningún hombre es solo un grano de arena. Y mucho menos si se trata de un Otro". (p. 332)
En esa frase reside la potencia crítica de la obra. Rechaza la lógica que reduce al Otro a categoría funcional y lo restituye en su dimensión ética y estética. En ese sentido, Guardianes de la noche, leída a contracorriente de su género, puede convertirse en un texto fronterizo: no por su geografía, sino por su capacidad de interpelar al lector desde el exterior, invitándolo a cuestionar los pactos invisibles que sostienen su propio mundo.
Dussel propone, en su tercera constelación, una estética insurgente basada en la hospitalidad, la revelación de la belleza del Otro y la construcción de un "mundo de la vida" (Ecoceno). Aunque Lukyanenko no concluye con una utopía, abre una grieta: la posibilidad de que el equilibrio no sea la paz, sino la justicia.
"Abrirse al que no tiene casa —escribe Dussel— es justamente el gesto ético fundamental de la estética de la liberación" (Estética de la Liberación, 2022).
Guardianes de la noche no es una apología del dualismo moral, sino su disección. Y su verdadero protagonista no es Antón Gorodetski, sino la frontera misma: ese espacio ético, estético y ontológico desde donde se vuelve posible cuestionar la totalidad sin ser absorbido por ella.
En ese espacio —fronterizo, incierto, peligroso— reside la posibilidad de una estética otra: no fetichizada, no eurocéntrica, sino pluriversal, hospitalaria y liberadora. Una estética que no consuela, más bien despierta; que no integra, sino que interpela. Mientras sea posible afirmar "ya no me lo creo", la batalla no está perdida y el campo de la esperanza continúa fértil.
* Escritor. Máster en escritura creativa
Bibliografía
- "Pero a este respecto, y si el logos es ya un suplemento que penetra, Sócrates, «el que no escribe», ¿no resulta también un dueño del pharmakon? Y con eso, ¿no se parece hasta la confusión a un sofista?, ¿a un pharmakeus?, ¿a un mago, a un brujo y aun a un envenenador?" (Derrida, J. La Diseminación. Fundamentos, 1997, p. 176).
- Robert A. Heinlein: Una biografía – La Sociedad Heinlein. Recuperado de https://www.heinleinsociety.org
- Hermanos Strugatsky – Rusopedia: Todo sobre Rusia. Recuperado de http://rusopedia.rian.ru
- Vladislav Krapivin – Escritor :: gente :: Russia-InfoCentre. Recuperado de https://russia-infocentre.com
- Fundación Joaquín Díaz – Revista de Folklore. Recuperado de https://www.fundacionjdiaez.org/revista
- Dussel, E. (2022). Estética de la liberación: Arte, ética y política en el fin del sistema-mundo. Trotta.
- Grosfoguel, R. (2022). De la sociología de la descolonización al nuevo antiimperialismo decolonial. Akal, pp. 159-180.
- Lukyanenko, S. (2006). Guardianes de la noche [Nochnoy Dozor]. AST. (Trabajo original publicado en 1998).
- Entrevista a Sergei Lukyanenko. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=YM51p86rR_o&t=479s