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Cisneros se fue a la última casa de Ribeyro

Por Orlando Mazeyra Guillén


 

 

 

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Manuel Flores va a morir.
Eso es moneda corriente;
morir es una costumbre
que sabe tener la gente.

J. L.  Borges

Corría el año 1996. Yo tenía quince años y, antes que con ser escritor, soñaba con ser periodista. Había un programa deportivo en radio Nevada (buen nombre para una radio arequipeña, ¿no es cierto?) que daba de lunes a viernes a las siete de la noche. El bloque estelar era el dedicado al equipo «sangre y luto» de la ciudad: Vértebra rojinegra. Leía con fervor la revista El Gráfico de Argentina y soñaba con, algún día, hacer eso que yo descubría en las crónicas deportivas de ese legendario rotativo: ¡un partido de fútbol convertido en literatura! Gracias a El Gráfico conocí a Sábato (hincha de Estudiantes de La Plata y de Diego Armando Maradona) y luego sucumbí ante El túnel. ¿Se imaginan a algún diario deportivo —El Bocón, Líbero, Depor, etcétera— entrevistando a escritores o intelectuales peruanos? Yo tampoco… En esa revista también leí un cuento que me lanzó a escribir, con una mezcla de candor y pasión, «cuentos de fútbol»: El penal más largo del mundo de Osvaldo Soriano. ¡Cómo olvidar algún reportaje que le hicieron a Roberto Fontanarrosa! Y, a la par, había un programa de Radio Programas del Perú que escuchaba cada vez que podía y, además, lo grababa (o hacía que me lo grabaran) en los viejos casetes de audio: las Crónicas del Oso Hormiguero.

Estuve buscando (quiero decir, exhumando) papeles en mis polvorientos archivos y me encontré con un texto fechado precisamente en 1996. Se trataba de una transcripción de un programa de Antonio Cisneros dedicado justamente a otro escritor amante del fútbol: Julio Ramón Ribeyro. Sin embargo, sólo tengo la primera página. Es una reliquia incompleta. No obstante, vale la pena compartirla pues el autor de El libro de Dios y de los húngaros, recuerda al amigo desaparecido (triste coincidencia, también víctima del cáncer):

Ahora que ha salido el sol he rescatado mi vieja bicicleta. Estaba anteayer pasando por el malecón de Barranco (creo que, en este caso, el «malecón de los ingleses») y paré frente al departamento de Julio Ramón Ribeyro. Allí vi la casa vacía y parece mentira que ya no esté entre nosotros hace más de un año. Ese departamento: con su terraza sobre el mar para los buenos tragos del verano, y su cálido estudio de madera para los buenos tragos del invierno. Ahí hemos visto grandes partidos de fútbol (lástima que Julio Ramón era de la «U»). Pero, en general, fue un lugar de conversaciones torpes o sabias: hablábamos de todo lo divino y de todo lo humano… rara vez de literatura, muy rara vez, casi como si estuviera prohibido. Dicho sea de paso, con mis amigos los escritores, y sobre todo con los poetas, nunca se habla de literatura*.

¡La casa de Julio Ramón Ribeyro! Y pienso en las casas de Julio Ramón Ribeyro. En mis épocas de cuando yo vivía en Londres, cada vez que pasaba por París ahí estaba clavado en su casa de la plaza de la Contrescarpe. Después me acuerdo de su casa de la plaza Falguiere y, finalmente, de un hermoso  departamento en el parque Monsoon. Ahí era mi refugio de «papa a la huancaína», «lomo saltado» y la conversación obligatoria impuesta por Julio Ramón era sobre el Perú. En realidad, nadie habla tanto del Perú como la gente que vive fuera. La casa de Julio Ramón era también el refugio de toda la muchachada que vivía en París: esa especie de generación peruana perdida que, año a año, se renueva, década tras década, y allí se va quedando y viviendo en París.

Julio Ramón siempre fue muy generoso y su casa era un centro de reunión. Aunque una vez lo vi tomando notas en una libretita, apuntando; y yo le pregunté qué es lo que estaba haciendo. Mientras tanto, continuaban los vinitos, los piqueos y las conversaciones entusiastas de todos los invitados a la casa.

En realidad, lo que estaba haciendo Julio Ramón era lo que los antropólogos llaman «trabajo de campo», es decir, captar lo que la gente dice, cómo la gente habla en vivo y en directo, así mientras pasaba la noche y los vinitos y los piqueos. Cada barrio de Lima hablaba como habla cada barrio de Lima, cada barrio del Perú hablaba como habla cada barrio del Perú. Los muchachos recién llegados a París tenían, por supuesto, el lenguaje más fresco y, por lo tanto, eran su mejor fuente de información. Así, Julio Ramón vivía tantos años fuera del Perú y se iba poniendo al día del lenguaje cotidiano. Ahí apuntaba «pelea de perros» o si no iba pasando, evolucionando, desde el clásico  «pata», «patita», «cuñado»,  «choche»,  «causa», «causita»…

Quizá el Oso Hormiguero ya esté en la última morada de Ribeyro, viendo junto a él —«como buenos causas»— algún partido de fútbol o hablando de cualquier cosa… menos de literatura: lo mejor que nos dejaron antes de morir (y eso no es moneda corriente).
Morir, decía Borges, es una costumbre que sabe tener la gente.

Arequipa, 13 de octubre de 2012.

 

 

* Le pregunté a su gran amigo Fernando Ampuero, de qué hablaba Antonio Cisneros con sus amigos: «de la vida, de lo más significativo y de lo más trivial que hay en ella, pero cuando se habla de trivialidades con gente culta, inteligente y bien hablada, las conversaciones resultan enriquecedoras y amenas, y cuando se habla de lo realmente serio en este mundo nunca debería faltar un ataque de rabia o un bostezo, seguido de alguna carcajada. El asunto, si se quiere, consiste en tomarse la vida en serio, pero de ninguna manera tan en serio». Recomiendo leer «CISNEROS Poeta de la Luz», una semblanza a cargo del propio Ampuero que apareció en Caretas: «Tan pronto sus males (enmascarados, traicioneros) se manifestaron, comenzamos a hablar de la muerte, y lo hacíamos, en los últimos meses, casi a diario. Le fastidiaba de ella su inminencia de tinieblas, sus mañas para robarse a los amigos, su rastro de aguafiestas. Decía, con verdadera preocupación, que aún le faltaba mucho por sufrir y gozar en este mundo. Mantenía siempre, sin embargo, el buen humor, el carácter firme y la gentil apostura, la cabeza en alto y el gesto airado, como solía mostrarse cada día, destilando comentarios ingeniosos, opiniones lúcidas y bromas filosas, con las que solía defenderse ante la adversidad. Cada amigo, o cada conocido que fallecía, era una señal de alarma. Toño llamaba entonces por teléfono, o a veces era yo quien lo llamaba. “¡Muerte cabrona!”, me decía. “Ya empezó el desfile. ¿Una pena, no? ¡Con tantos bríos, con tanta alegría de vivir que hay en nuestras vidas!”».



 

 

 

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