Con el Premio "Miguel de Cervantes" que es el Nobel español (unos diez millones de pesetas, o ciento veinte mil dólares), Juan Carlos Onetti (1909), el novelista uruguayo exiliado en Madrid desde 1975, recibió el espaldarazo definitivo que la crítica ya venía dándole desde hace unos quince años. Onetti, tan escéptico como lúcido, oyó decir al Rey que el galardón se le otorga como "creador de una atmósfera y de un ámbito literario propio que sumerge al lector en un mundo real y universalmente humano". Antes, en 1979, con la novela Dejemos hablar al viento (pdf) había obtenido el Premio de la Crítica en España.
Toda su obra, a partir de unos relatos desencantados, grises y dramáticos, de 1933, congrega una serie de puntuales decepciones humanas que sirven para dar fundamento y explicación a la vida, a su idea de la vida. Son historias —según Jorge Rufinelli— "en las cuales los hechos exteriores son apenas visibles señales de motivaciones oscuras y hondas, de soledades, ternuras y cinismos, propios de algunos seres o personajes que están recorriendo siempre las cuerdas de la frustración".
En 1939 publicó una novela, El Pozo, en la cual su héroe —si cabe usar término de tal jaez para sus criaturas desdichadas— iba pre viendo la única forma del dolor, el hábito del fracaso, orillando siempre la catástrofe, de la cual se nutre. Luego vendrían Tierra de Nadie (1941) (pdf), Para esta noche (1943) y La Vida Breve (1950). En su novela corta Los Adioses (pdf) aspira irremisiblemente a que su personaje central cargue con una culpa que parece venir desde un pasado que se halla fuera del libro, un pasado de la doliente humanidad. Es "la inseguridad considerada como inseparable de la condición humana", el pivote de la historia que desea contar, en donde salta uno de esos personajes familiares en la obra onettiana, algo así como el hombre "al que le ha tocado su fatalidad de dicha o desdicha, y que haga lo que haga, siempre tendrá impreso en sus actos el sello de su destino" (Jorge Rufinelli).
En lugar de una pistola, una soga o el veneno, sus héroes buscan la puerta en el muro, y suelen no hallarla jamás. Onetti comentó en una oportunidad que él escribía "para mi placer, para mi vicio, para mi dulce condenación" y, mediante la confesión de uno de sus personajes, el del cuento Matías el telegrafista, sugirió algo que puede aplicársele a él: "Para mí, ya lo saben, los hechos desnudos no significan nada. Lo que importa es lo que contienen o lo que cargan; después averiguar qué hay detrás de todo esto y detrás hasta el fondo definitivo que no tocaremos nunca".
De ese credo artístico uno puede saltar en busca de sus predilecciones literarias: Knut Hamsun, William Faulkner —que es una verdadera galaxia onettiana—, Louis Ferdinand Céline, el autor de Viaje al fin de la noche; Ernest Hemingway, de quien admira Adiós a las Armas; Juan Rulfo, Raymond Chandler, Roberto Arlt, el desmañado narrador argentino, que representa lo crudo frente a lo cocido de Borges, a quien debe un sentido del estilo y esas formas de humor negro y oblicuo que encantan al autor de Funes el Memorioso.
En La Vida Breve inventa una ciudad-ónfalo, un feroz artificio platónico, la Santa María de sus historias, imaginada por el demiurgo Braussen, "un pequeño país en broma, desde la costa hasta los rieles que limitan la colonia, donde cada uno cree en su papel y lo juega sin gracia".
El sitio tiene algo de Buenos Aires y de la melancolía nocturna de Montevideo. Onetti ha insistido en que más allá de sus libros "no hay Santa María. Si Santa María existiera, es seguro que haría allí lo mismo que hago hoy. Pero, naturalmente, inventaría una ciudad llamada Montevideo".
En Santa María se vive desde la fundación hasta el Apocalipsis. Colón y los ángeles vengadores se encuentran algún día, culpándose mutuamente por la roña de la vida, por el sinsabor perpetuo a que los hombres están condenados. Cuando llega la noche, "el río desaparece, va retrocediendo sin olas en la sombra como una alfombra que envolvieran; acompasadamente, el campo invade por la derecha, nos ocupa y ocupa el lecho del río. La soledad nocturna en el agua o a su orilla puede ofrecer, supongo, el recuerdo o la nada o un voluntario futuro; la noche de la llanura que se extiende puntual e indominable sólo nos permite encontrarnos con nosotros mismos, lúcidos y en tiempo presente".
En la ciudad hay un Club, el bar del Plaza, la Avenida Artigas, el muelle de pescadores, el Club de Remo y la convergencia del camino de la costa con el que va a la Colonia. Los viajeros suelen aguardar los ómnibus que llegan de Colón, y ya nadie admira el astillero en ruinas que marca la grandeza y decadencia de Jeremías Petrus. La plaza es cuadrada, "con senderos de arena y pedregullo rojizo, donde comenzaba a trazar los canteros". La iglesia en ruinas, rodeada de andamios, tiene "la marca de una bala de cañón en la torre". La vieja plaza a veces se vuelve circular, Plaza Braussen o Plaza del Fundador.
En Santa María, algunos suelen irritarse con la forma de la mordiente estupidez, "la paz nocturna de las sobremesas, las horas perfectas de paz, digestión e hipnotismo frente al mundo absurdo por torpe, de la imbecilidad crasa y jubilosamente compartida que parpadeaba y decía tartamuda en los aparatos de televisión". Los antiguos moradores creen que Santa María ya no es lo que fue. Ni el río, ni los barcos ni la niebla. Creen percibir a diario la miseria moral y a descreer de los grupos trotskistas y de las ráfagas de metralletas que emiten los sostenedores del orden, los del Cuerpo de Pundonorosos. Aguardando su oportunidad, un pirómano, el Colorado, merodea siempre, recostado en los años, buscando la oportunidad, con ayuda del sucio viento, de que Santa María arda pоniendo a los fantasmas en procura de una definitiva expiación.
Hay una noche de Santa María "con su luna o su llovizna y el vaho mezclado, incomprensible, de tantos miles de sueños simultáneos", y hay una figuración mítica del lugar, ese "pensamiento que se llama Santa María para todos nosotros". Por obligación y por vicio, el personaje central de Dejemos hablar al viento mira desde lejos la ciudad perdida y urde un sentimiento: "en la primavera me era forzoso evocar Santa María y su río, tan distinto a éste que llamaban mar, mi río con la otra orilla visible, con su isla en el medio, con la periodicidad de la balsa o el ferry, con la exacta distribución cromática de lanchas, gabarras, yates, botes, cabezas de nadadores".
En Santa María viven, han vivido, sobreviven, gentes como Díaz Grey, el médico, solterón, "casi calvo, pobre, acostumbrado ya al aburrimiento y a la vergüenza de ser feliz", sonriente siempre, "feliz y reconocido porque la vida de los hombres continuaba siendo absurda e inútil". Sin relieve, Morentz, el dentista, o Montero, el de la granja, o Hagen, el del surtidor de nafta en la esquina de la plaza, aminoran la importancia que da el censo a los otros, los ilustres, que viven porque sí. El padre Bergner envía almas al cielo o al infierno. Con su sombrero negro, Larsen, alias Juntacadáveres, sueña con obtener artísticamente ''una forma de la prostitución perfecta", hermanándose en sus sueños con el boticario Barthé, adivinando en él a un hermano en una vocación o manía común, "la necesidad de luchar por un propósito sin tener verdadera fe en él y sin considerarlo un fin".
Todo el lugar sufre de ese estado "de descomposición alucinatoria" que ha indicado Angel Rama, y los seres aceptan "irremediablemente la necedad humana", sin mayor prisa, casi morosamente. Onetti va explorando sus temas y amando y odiando a sus personajes, redondeando un complejo universo que va animándose constantemente en el visible caos que proyecta este mundo sombrío y sórdido, con sus lobregueces e insatisfacciones, infinitamente melancólico, expresado siempre con un enorme pudor expositivo.
Un leit motiv onettiano es el fracaso, el "repugnante fracaso" de todos los seres que, como el personaje del cuento "Un Sueño Realizado", parecen destinados a desmoronarse roídos "por el trabajo sigiloso de los días". A nadie le parece extraño, en sus hermosas historias, llevar años en el "ejercicio de la desesperación impura". Como las esposas sanmarianas, las mujeres de Onetti están rumiando siempre prematuramente y desconcertadas "el rencor y la estafa". Más de alguien dará en sospechar que "la única sabiduría posible era la de resignarse a tiempo", dándose mañas y bríos para vivir "comparando la semejanza de las lamentaciones", en un "discreto desánimo" que sirve de antídoto a la hipotética ilusión de la felicidad.
El hombre habrá de sobrellevar, entre la franqueza, la mentira y el libre juego de las obsesiones, una vida que apenas es un simulacro, poco menos que una ficción. Nadie es culpable, en último término. ¿De qué culpa puede hablarse cuando todos están condenados, disfrutando amargamente de la Caída? "Tal vez —supone el narrador de Tan Triste como Ella— no fuera totalmente suya la culpa, tal vez resulte inútil tratar de saber de quién la tuvo, quién la sigue teniendo", pero, más allá de una ilusión puramente teológica, se termina por padecer la culpa, por aceptarla, "admitiendo que vivir es culpa suficiente para que aceptemos el pago, recompensa o castigo. La misma cosa, al fin y al cabo".
Onetti nunca ha sido devoto de las entrevistas y, entre bromas y desganos, ha ido diciendo algunas cosas a sus amigos. Por ejemplo, que, de niño, descubrió que la gente se moría, y eso "no lo he olvidado nunca; siempre está presente en mí". Que existe "una profunda desolación a partir de la ausencia de Dios". Que escribe por ataques, y "a veces me paso meses y meses, y no se me ocurre nada. Pero siempre sé que va a volver, que siempre volverá. Y vuelve: en el momento más inesperado el tema llega y lo domina uno". Con respecto a los personajes, cree que no logran dominarlo a él, como escritor, "pero sí existe una interrelación. Yo no tendría interés de escribir si supiera de antemano lo que va a pasar en mis obras”.
Su credo es simple como la música de cámara: "no me siento un escritor. Sí, en todo caso, un lector apasionado capaz de conversar y discutir horas y horas sobre un libro. Pero ajeno. Y cuando uno escribe tampoco se siente un escritor, porque se está trabajando en la inconciencia y lo único que importa es escribir. Porque hay tres cosas que a mí me han sucedido, me suceden, que tienen similitud: una dulce borrachera bien graduada, hacer el amor, ponerme a escribir. Y no se trata de fugas, sino de momentos en que la inconciencia fluye con increíble intensidad, como no fluye con el resto de las cosas; momentos en que uno participa con todo y abre lo inconsciente, como diría Freud. Aunque se sabe, en general, lo que va a pasar con cada una de esas tres situaciones, en realidad no se sabe lo que va a pasar. Las suceden, simplemente. Cuando uno va a hacer el amor, no se pone a pensar previamente en la técnica que aplicará. Uno va y lo hace y las cosas pasan. Lo mismo al escribir. Uno se sienta con un sentimiento, pero, a partir de ahí, lo que pasa es otra historia. No es la técnica".
¿Le preocupa el éxito? ¿Qué ocurre con el artista como triunfador? Sabe que a esto se llega "de manera incidental y nunca deliberada. Si alcanzamos el éxito nunca seremos artistas plenamente. El destino del artista es vivir una vida imperfecta: el triunfo, como un episodio; el fracaso, como verdadero y supremo fin". No vale mensaje alguno en una obra: "El que pretende dirigirse a la humanidad o es un tramposo o está equivocado. La pretendida comunicación se cumple o no; el autor no es responsable, ella se da o no por añadidura. El que quiera enviar un mensaje que encargue esta tarea a una mensajería".
Con respecto a la técnica, remacha siempre con sana indignación: "Dejemos de lado, porque carecen de interés para el escritor, la semántica o el estructuralismo. Que le pregunten a Shakespeare y a Dostoiewski cómo se las arreglaban —y siguen— sin esas muletas". No quiere trampas con respecto a qué es el escritor. Es quien es. Y entiende por tal al hombre "que nació para escribir, el hombre para el cual el ejercicio de la literatura es una forma de vivir, no menos importante que el ejercicio del amor, de la bondad y del odio. Hablo de un hombre que no necesita ni aplausos ni obstáculos. De un hombre que no tiene más remedio que escribir".
Hay un libro que le emociona cada vez que lo lee: Laura, de Vera Caspary. Hay un momento en que la mujer desaparecida vuelve, como si regresara de la muerte, "y eso es como una visión". El detective que aguarda se ha dormido en un sillón. Onetti la ha leído decena de veces, "pero nunca, desde hace tiempo, he podido pasar de esa escena. Es que soy un sentimental". Le atrae sobremanera El Halcón Maltés, de Dashiell Hammett, y, una vez y otra, el libro de Céline, el único, Viaje al fin de la noche, porque es un libro feroz y fue escrito para mostrarme y confirmar la ferocidad del mundo.
Siempre que uno deja atrás un texto de Onetti, tras la lectura algo de esa ferocidad queda en pie, quizás en la común aceptación del fracaso, en el decirle que sí "con una mueca, una sonrisa". Ni de Santa Мaría ni de ningún lado la gente volará al cielo en gloria y majestad. ¡Qué duda cabe! Esa mezcla de imprecisiones y cobardías que es la vida son el resultado de una "indefinida mala jugada que nos ha hecho el mundo". Una mentira simple e imprecisa para entretener a todos cuantos "no tienen el privilegio de elegir".