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Bulgákov: ¿Arden los manuscritos en Ucrania?

Omar Pérez-Santiago

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En el Moscú de los años treinta, bajo la mirada de piedra de la burocracia comunista, un escritor lee a una mujer fragmentos de La desgracia de tener ingenio. Es una escena de "El maestro y Margarita", esa joya magnética donde Mijaíl Bulgákov volcó su desprecio por los anodinos poetas de la Proletkult. Pero en la Rusia de Stalin, el ingenio no era una desgracia: era una sentencia.

La novela fue silenciada por la oficina de censura, el GlavLit y la Unión de Escritores, pero el verdadero censor habitaba en el Kremlin. Se dice que un día el teléfono de Bulgákov sonó. Era Stalin. Fumaba tabaco acre mientras se acariciaba su bigotón. Esas llamadas eran rituales de un terror fascinante, una forma vanidosa de colonizar la mente del artista a través de la dependencia psicológica. Stalin, que tenía un ingenio de verdugo y que en sus cartas se autodefinía con falsa modestia como un "diletante", sabía bien lo que hacía: mientras el dictador jugaba al gato y al ratón, la obra de Bulgákov quedaba proscrita por su misticismo y por ese Jesús —Yeshua— que caminaba entre sus páginas.

Bulgákov se vengó con tinta. Creó la MassoLit, la literatura de masas, una parodia de la literatura comunista poblada por poetas de versos mediocres y envidias afiladas. No hablan de literatura, solo de chismes. Los colegas lo odiaban y la Cheka allanó su casa, llevándose sus papeles. Aunque nunca conoció una celda de terror de Lubianka, Bulgákov supo que su libro jamás vería la luz mientras el camarada Joseph estuviera en el poder.

"Misha, yo cuidaré tu tesoro", le prometió Yelena, su esposa. Y cumplió. Tras la muerte de Mijaíl en 1940, ella se convirtió en la guardiana de una llama que tardaría décadas en propagarse. El manuscrito sobrevivió a la larga noche: primero mutilado en la revista Moskva en 1966, luego íntegro en Italia, y finalmente regresando a casa, a la URSS, en 1973.

Como la Odisea o la Metamorfosis, la obra de Bulgákov reclama su lugar en la gran literatura fantástica. Es un realismo mágico que se mueve entre lo onírico y lo cotidiano a través de una estructura dual maestra. Por un lado, el Maestro: un historiador que, tras ser triturado por la crítica y recluido en un manicomio, quema su novela sobre Poncio Pilato. Por otro, Margarita, la mujer hermosa que pacta con el diablo para salvarlo.

Y en el centro del torbellino, Voland. Un Satán disfrazado de profesor de magia negra que llega a Moscú con un séquito delirante: el gato Behemoth, el sicario Azazello y el inquietante Koroviev. Voland no es el mal absoluto; es un juez cínico que pone al desnudo la estupidez de los funcionarios. Es esa fuerza necesaria que, queriendo el mal, termina haciendo el bien.

En el relato dentro del relato, conocemos a Pilato, el cobarde atormentado que condena a un inocente a sabiendas de su luz. Es el espejo de los intelectuales moscovitas, aquellos que no actúan según su conciencia por miedo al poder.

Pero el arte tiene una invencibilidad propia. En el capítulo 24, cuando el Maestro confiesa haber arrojado su obra a la chimenea, Voland le devuelve el papel intacto de las garras del gato. Es entonces cuando se pronuncia la frase que se convertiría en el lema de toda una generación de perseguidos: Rukopisi ne goryat. Los manuscritos no arden.

 

Museo Mijaíl Bulgákov, Kiev



Resulta una ironía casi literaria que hoy, al cumplirse 135 años del nacimiento en Kiev de Bulgákov, la Unión de Escritores de Ucrania —ese fetiche burocrático que aún exhala vapores de la era soviética— haya decidido emprenderla contra su museo. En medio de la brutal invasión rusa, la urgencia por purgar cualquier rastro de "imperialismo" ha terminado por alcanzar al cronista más brillante de la identidad kievita.

El argumento es tan endeble como anacrónico: tachan a Bulgákov de «favorito de Stalin». Una lectura perezosa que confunde la supervivencia con el privilegio. Es irónico. Dicen que el dictador lo apreciaba porque no lo mandó fusilar; olvidan, con una amnesia selectiva digna de sus antecesores, que Stalin prefirió un castigo más refinado: la muerte civil. Prohibir su obra, silenciar su voz y condenarlo a escribir cartas desesperadas al Kremlin implorando el exilio o el pan.

Es la paradoja de la cancelación actual: la Unión de Escritores de Ucrania recurre a las mismas tácticas de exclusión que Bulgákov satirizó hasta el cansancio. Al final, parece que el espíritu del censor es mucho más difícil de erradicar que el nombre de un autor en una placa de museo.


 

 

 







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